Al hablar sobre la ciudad y sus monumentos no falta preguntar cómo varios de estos, tan insignificantes a ojos de hoy día, consiguen prevalecer en la oportuna mirada de reojo de los paseantes pese a la ocasional interrupción del hábito de recorrer la misma ruta. Quienes caminan por las calles dicen: “mira, ¿lo habías visto antes? No sabía que había una cosa así por estos lados”. Lo admiran detenidamente durante segundos y en la transición que va de observar a recuperar la transmisión original, terminan olvidándolo, hasta que pasan un par de días o semanas, cuando ocurre exactamente lo mismo.

Tanto en las ciudades como en la mente de sus habitantes hay zonas con marcas profundas causadas por hechos que, de pronto, por la insistencia puesta en el no olvidar, se materializan. La idea detrás de estos soportes está basada en el supuesto de que su estar provocará el justo giro epistémico de las próximas generaciones; no obstante, puede que eso ocurra más tarde de lo necesario o quizá nunca. Entretanto, la contra-memoria activa mantiene en tela de juicio el sentido de memorizar, como también el cometido del olvido que dicho monumento parece dejar, como un dedo, sobre el renglón.

A diario, la memoria y el olvido tiran o aflojan según ameriten las circunstancias, hasta el punto en que la cuerda se deshilacha y se rompe. Entonces, ¿cómo se reconecta cada fibra?, ¿vale la pena mantener la misma cuerda?, ¿de quién fue la culpa? Estas son preguntas que flotan entre líneas en el poemario obeliscos (2021) de Draupadí de Mora. Número 10 de la colección La Palestra de Dharma Books + Publishing.

Es inevitable que olvidemos; “se olvida por necesidad” dijo Tzvetan Todorov, debido a que es parte del mecanismo que da cuerda a la vida: olvidar para volver al punto de inicio: espiral donde jugar basta, sin tener claro quién es el policía y quién el ladrón:

“Se cita a menudo la frase de Santayana que dice que los pueblos que no conocen su pasado están condenados a repetirlo. La frase solo expresa una media verdad, porque parece indicar que el pueblo que recuerda su pasado no lo va a repetir. Pero no hay ninguna garantía de que vaya a ser así (Todorov)”

En este caso, la memoria y el olvido, vistos por Draupadí, son parte del mismo punto de origen: el lenguaje. Baluarte que será la metáfora clave a lo largo del poemario, especialmente desde el inicio: “nada / como el marchitarse de los párpados / las preposiciones canallas del español / al final de nuestra lengua / reclaman / estar cansadas / bajo los escombros / ante la ley / sin pena ni gloria / o hasta el culo / según dicte el caso” (De Mora 7); percepción que prevalece bajo un aura: “hay memoria / sin inscripción” (14), que eventualmente habrá de volcarse hacia lo material: “obelisco / otro poema de amor / escrito con el puño cerrado” (45), no sin dejar una marca de violencia, como predispuso Walter Benjamin, de barbarie, hecho que tampoco escapa a los obeliscos, que en su origen, generalmente egipcio, fueron un medio de delimitación territorial y a su vez demostración del dominio político de cierta época sintetizada por medios estéticos, lo cual a su vez se reescribió al momento de su robo y exhibición en distintos museos de Europa. A manera de alfiler o de aguja acupunturista, el obelisco perfora toda superficie del paisaje, sea blanca hoja, avenida principal, piel o anécdota de abuelitos. Tiro de dardos que no dan en el blanco: sed perpetua.

un obelisco robado
la letra que apuntala el cielo
una letra dolorosa
también
duele el obelisco
sus aristas se clavan
hacen orificios     surcos
apergaminan la carne
nos sostienen de pie
inscrito el movimiento en piedra
olvidada la memoria
queda solo una cúspide
punzante (29)

Más allá de su forma de pilar cuadrado, cuyo ancho disminuye proporcionalmente en relación a su altura hasta terminar en una punta de forma piramidal, la palabra que significa dicho objeto monumental, en el terreno de la metáfora del lenguaje de Draupadí, permite abordar varios aspectos sin explicación alguna, precisamente porque hay barbaries que no caducan, solo cambian de nombre y se hace tabula rasa. Los obeliscos se vuelven los alfileres con que se detuvo la piel durante la disección y montaje de los cuerpos que aún se mantienen exhibidos detrás de las vitrinas empañadas por el tiempo.

quisieron quitarnos el aliento
pero llevábamos ramas muertas
hojas y piedras
aún conservo las plantas
las ramas
las piedrecillas que traía en el bolsillo
el día que nos robaron todo (26)

Con estos versos, Draupadí desempolva obeliscos, que de tan incógnitos e irreconocibles son familiares a la luz del canto coral de las últimas generaciones: la violencia hacia las mujeres, hacia los pueblos originarios, al ecosistema y demás, que si bien mantienen una presencia incólume, no son perpetuos. Al contrario, la voz de Draupadí destaca que ya comienzan a notarse algunas grietas de consideración en la superficie. Crujen calladamente.

seguimos adelante
haciendo del tiempo un trago irrecuperable
me acuerdo
no te rescato ni te instalo en la punta
algunas veces duermo
bebo ron
y despierto con la cabeza gacha
en el sueño no toco la tierra
ni el vino sabe a vino
las manifestaciones se alejan
aparecen árboles enormes
le prendemos fuego al cuerpo de un muerto
los humanos se pierden como pedruscos
en algo parecido a un paisaje
entre la oreja y la almohada (37)

A lo largo de la historia, los poetas han puesto su voz en las manos de la gente sin intención de ser propiamente los líderes –o mártires– circunstanciales de un tema o momento álgido que conmocione al grueso de la población. La fineza de los poetas radica en la disposición de sus cuerpos, dejados a que el todo los atraviese, haciéndose así de las palabras justas, o bien, las sensaciones que prescinden propiamente de una palabra referencial. Habilidad crítica que con justa razón ha colocado a los poetas entre los escaños de locos y mentirosos, así como de profetas y sabios. Un poeta con la suficiente preparación logra vincularse con los otros, pero lograr que un texto supere la lectura única, traspasa la técnica directamente hacia la poiesis, cuya clave consiste en un proceso de autofagia.

nada
como no tener nada
en la plaza rebusco monedas en los bolsillos
encuentro pelusa azul y blanca
cada cierto tiempo
erigen un obelisco
nadie sabe cómo
los ponen de pie
nada
como no saber nada
borrar la flor de lis de los hombros
la inscripción en piedra
ausentarnos de los obeliscos
donde no nos llama la noche
ni ese tiempo puntiagudo
en lo más sordo del pie
las luces
pasan a velocidad de las luces
pero mi ojo
se queda enganchado al asfalto (44)

Draupadí se devoró a sí misma a través de la poesía para sobrevivir los escenarios que hábilmente no requiere nombrar. Sobrevivió haciendo de obeliscos un testimonio que no es propiamente suyo, pues en la misma tónica de omitir los lugares, omite la presencia del yo, abriendo la puerta a cualquiera para encarnar estas escenas con su propia memoria; persiguiendo el objetivo de solo ver a través del cuenco. No existen propuestas, ni soluciones debido a que justamente ese es el objetivo de los monumentos: volver a ver en otro momento, dejando al observador con la libertad de elegir qué hacer con aquello que terminará sintiendo una vez que pase la euforia de haberse percatado de que en su ruta normal hay un monumento que quién sabe para qué se hizo, pues desde hace años se robaron las placas para venderlas por kilo. Quizá la próxima vez encuentre alguna persona de las que siempre andan alrededor de los monumentos y recuerdan a todos qué conmemoraba esa mole. Tal vez también busque alguien que se acuerde cómo se acordaba de lo que ya nadie recuerda.

¿para qué?
tanto obelisco de pie
sino para el barranco
      el fondo interminable
               del infinito olvidar (50)

Imagen: portada de Obeliscos, Dharma Books

Escrito por:paginasalmon

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