La primera vez que fui a ti,
mis ríos conocieron tu mar.
En un espacio de dos le(n)guas marítimas,
me dejaste en la deriva.
Yo buscaba tierra,
pero me enseñaste a flotar.
En ese vaivén
—que solo me exige no soltarte,
no por lo tempestuoso de las aguas,
sino para ver a dónde nos lleva la aventura—
me tienes.


Te recorrí mientras tomaba tu mano.
Hemos explorado lugares inhóspitos
e intentado construir sobre ellos.
Las palmas y semillas en mis manos
se unen a las tuyas para buscar refugio,
para buscar sombra y un poco de esa agua.
Sin embargo, hoy le diré al viento
algo que siempre he temido:
estos dedos que se entierran en las profundidades
de la Tierra no pueden sostenerte por siempre.


Un día nos acabaremos el tiempo
a mordidas; o quizá veremos una bifurcación
y seguiremos por caminos separados.
Alguien se llevará consigo montañas
y dejará riachuelos.


La Tierra sanará, seguirá su curso
de la manera en la que siempre lo ha hecho.
Pero los rastros de nuestro encuentro
siempre estarán escritos entre capas
geológicas.
Ahí estaremos por siempre, tú y yo,
a un lado de tu roca favorita.

Fotografía de Flor Garduño

Escrito por:paginasalmon

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