No days off, puta;
no hay descanso,
katana afilaa’, puta;
Hattori Hanzo

Yung Beef, «Sunydeis»

La pantalla de mi celular está rota, pienso usarlo así hasta que truene por completo. Entre las grietas del cristal, alcanzo a leer una convocatoria sobre el trabajo que me interesa, aunque no me salga escribir nada cuerdo, nada serio. Bcouse i’m on my time off. And crocs is all I am wearing. Then later, me susurro a mí mismo; ¿si ya saliste por qué piensas en inglés?

He visto humanos de cerebros toscos taladrados por el trabajo. He visto a humanos morir trabajando, pero no estoy seguro de alguna vez llegar a ser testigo de ver al trabajo morir del cuerpo humano. Como el microplástico, aunque sea invisible, el trabajo es materia y llegó para quedarse. El trabajo, por desgracia, y aunque nos excite ignorarlo, es inseparable de lo que produce. ¿Qué produce un policía? Laboralmente, en mi cuerpo y en el mundo, puedo concebir breves periodos de pausa posteriores al burnout season, similar a esos personajes que se fracturan todos los huesos y terminan siendo un yeso gigante en un cuarto de hospital, para estar como nuevos, igual de imbéciles al capítulo siguiente. La pausa y el descanso no curan lo mismo.

Pensarme un esclavo es lo único que me da fuerza para seguir en un trabajo, despertar entre los primeros pitidos de la alarma, respirar profundo y lavarme la cara. Mañana fría, cuerpo frío y descubierto. Tener todo listo en menos de 20 y salir a cazar lo predecible, dominar la jornada. Estoy donde estoy porque soy el mejor atándome los grilletes. Antes de las 7 todo es un behind the scenes. A diferencia de un panadero, ¿qué produce un contador?

He vendido droga, pero nunca como trabajo. Los peores trabajos que he tenido son en los que te tienes que drogar para seguir trabajando. Drogarte para no quedarte dormido, o para no pestañear, o para no cagar en 23 horas más. Todos los anteriores fueron trabajos legales y honrados en los que cotizas con el seguro social, tienes nómina, so on, and so on.

He visto choferes de uber con tendencias evitativas, deudas y facilidad a la ludopatía tornarse en un nuevo ingreso al mundo de la piedra. Pilares patriarcales de familias jóvenes convertidos en zombis motorizados merodeando la ciudad, listos para llevarte a tu destino. Esmegma, noche, putas y jotos. El camino. Pero no sé, no sé si hay algo de beatnik ahí.

Antes de olvidarlo, te quiero escribir algo que considero un principio, parte del código y fundamental como el oxígeno a los pulmones de un minero de carbón; quien defienda el trabajo, no sabe cuidar de sí. Tripalium, ¿tu cuerpo importa?

Yo sé que sí soy una buena vaca,
una vaca alegre,
mi cuerpo producirá leche sin abscesos durante más tiempo
hasta que mi existencia se difumine
lo más posible
como un solo atardecer pastando.
–Jamás he leído lo que es un conatus;
la vaca pensó para sí.
Mascando.

Lo hermoso de la deuda, al igual que la poesía, es que está en todas partes. Trabajo tripalium, el tormento es imaginarse libre, te lo juro por el diablo, que él no inventó el trabajo. Te bañarás con sal cuando entiendas que no hay agua en el desierto.

He sabido de gente que gusta de ir al trabajo como motivación para armarse un buen outfit. Todos somos gente. Todos somos TikTok. ¿Será posible entender mis grilletes, sin enamorarme de ellos, para poder traicionarlos?

Aunque el cien por ciento de nosotros llegásemos a entregar el cien por ciento de nuestra fuerza y lucidez, me es imposible imaginar que el trabajo remede en algo las rupturas del mundo, todavía no sé qué produce un policía, ni tampoco en qué favorece un contador a que las plantas sean más verdes, o que el agua se conserve limpia: ¿de qué cuida tu trabajo?

La diferencia entre una gallina y un trabajador de call center es que el segundo tiene que militar la administración de sus antibióticos a través de los ductos de aire acondicionado de su sitio laboral; asegurar la permanencia.

Dos gallinas rostizadas es lo que yo gano al día ahora mismo como secretaria bilingüe. Bitch, tengo suerte. Pero si llegara a tener la intención de congelar mis ahorros en gallinas rostizadas y aspirar a vivir de pollito congelado, no sé si pueda llegar a ser capaz de pagar la cuenta de luz. Rentabilidad; la malilla del hombre productivo. Ni idea de cuánto gana mi jefe, con su granja de operadores de dos gallinas rostizadas por cada uno de sus hombres libres.

Desde el primer trabajo que tuve, siempre traje un libro conmigo. Siempre leo en mis tiempos libres, in fact, procuro la vida como tiempo libre, que los textos fluyan más que el trabajo. Soy una vaca en crocs mascando Roland Barthes, mañana no sé, quizá Spinoza otra vez… o Keret… Para cordura, trabajo tripalium.

Imagen tomada de shutterstock

Escrito por:paginasalmon

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