Estamos cansadas, preocupadas, frustradas, de repente un poco más felices. Por momentos decimos “No, el trabajo no, ni el futuro económico, mejor prioricemos el amor, el tiempo que compartimos y pensamos para y con los otros”.

A final de cuentas, el trabajo representa el tiempo en el que nuestro cuerpo y mente se monetizan. Por ejemplo, desde esta perspectiva se abre el debate de la muerte —dícese sicarios o el jabón de la Segunda Guerra Mundial— como labor que produce una remuneración. E incluso, la prostitución como el empleo que, bajo cierta dirección suiza, lograría emerger como un proyecto tan sufrible y aceptable como cualquier otro.

Actualmente, el trabajo funciona y es reconocido formalmente cuando existe alguna estructura —aunque sea precaria— que permita un salario, por más injusto o indignante que sea. El trabajo es aquel que te da un par de pesos para (sobre) vivir. Así que, si lees, pintas, estudias o limpias tu casa incesantemente para que alguien más disponga del tiempo suficiente para traer más dinero, bueno, no trabajas, así de simple.

Y, si no trabajas, no te cansas, ¿verdad?

Queremos aclararles que estamos hablando sobre el trabajo desde la vida en una ciudad periférica del país mexicano. Así que nuestros lectores deberían partir de este contexto que, en el mejor de los casos, seguramente compartimos. Como humanistas algunas veces tenemos un entorno “estable” que nos permite esforzarnos en leer, escribir, pintar, cantar, etc. En busca de enseñar, exponer y materializar esto con consciencia política, económica, social y cultural —o cuando menos, intentarlo—. Ah, claro y sin soberbia, que no se nos olvide.

Alguna vez nos comentaron: “¿quién estudia leer?”, y es cierto, pero también sabemos que es mucho más que eso. Y probablemente por eso sigue siendo castigado y desprestigiado —en cuanto a lo económico—. Porque, ¿a quién le convendría un humanista potente y revolucionario con suficiente dinero y tiempo para leer lo contemporáneo y expandirlo?

Presentar a los trabajadores

Tenemos a dos humanistas mujeres: K y S, en una odisea interminable para conseguir su primer trabajo en el área. Sí, se pudieron dar el lujo de buscar hasta encontrar uno en humanidades. Lo cual es tenebroso, porque si el estrés lo vivieron terriblemente, buscando algo que sea de “su perfil”, es mil veces peor cuando tienes que tomar lo que sea.

La frustración acarrea un bajo desempeño, pero entre trabajadores no deberíamos criticarnos, sino más bien intentar empatizar. Los trabajadores vertebramos el sistema, pero no tenemos completa consciencia de todo lo que involucra, siempre hay más detrás.

Ser un trabajador consciente es lo que buscamos ser, por eso los trabajadores de esta era nos felicitamos cuando logramos renunciar a un trabajo deplorable teniendo un guardado para sobrevivir o teniendo algo —en cierto grado mejor— esperando. No obstante, la certeza del trabajo será un pesar que hemos inaugurado con la adultez. Ya no solo te preocupará el amor o la libertad, si no cómo será tu vida con o sin trabajo estable.

El maestro de K comentó que esto apenas comienza: el terror de cambiar de trabajo, barajar posibilidades, sollozar el ambiente laboral y la paga. “No, eso sigue, así será, tendrás la fuerza para sobrellevar tus decisiones al tomar o renunciar a una propuesta laboral. Este ciclo se repetirá una y otra vez”. Y sí, queda adaptarnos porque así es la vida de un trabajador.

En fin, es medianoche, a las cinco de la tarde K terminó su jornada laboral formal —la que le paga pero no le gusta—, cocinó, cenó, sacó a pasear al cachorro, se estiró y tomó un baño. Pero, esto apenas inicia, se dispuso a alimentar el CV, editó unos textos y revisó los ensayos de sus alumnas. Esto último gratis.

La historia de terror de K es que, anhelando un futuro mejor, trabaja sin remuneración en varias cosas, pero ya se topó con la siguiente leyenda en las páginas de trabajo:

 «Solo se toma en cuenta la experiencia que tenga ingresos comprobables».

De esta forma, la idea se reitera, no trabajas, no te cansas y prácticamente tus males no tienen sentido si una estructura de trabajo no te aplasta. Nos referimos a que, con algo de suerte, encontrarás un trabajo que te exigirá muchísimo y te pagará poquísimo —cabe resaltar que, al pagarte, podrá solicitarte cosas puntuales en cualquier momento. No te dejará tiempo para más. Ahora eres el trabajo—.

Cuando lo obtienes, ya no existes, tu vida, tus modos, tus sueños son el trabajo y ya sea que te guste o no, vives por él y para él en un ciclo infinito, por ello, ojalá fuera más ameno, con mejores jefes, derechos y límites saludables, pero no. La relación tóxica adulta no será con tu pareja sino con tu trabajo, y te verás igual de vulnerable ante él.

Por ejemplo, ¿de casualidad tienes ese amigo con miles de trabajos y cosas por hacer? Aquel que distribuye su tiempo y tú no tienes ni idea de cómo lo hace, pero repite que es difícil. Si no tienes trabajo solo te queda imaginar que sí. Lo malo es que ahora tus problemas se minimizan, sí, es que aún no entiendes lo que significa ser un trabajador real. Lo que es encarnar la labor. Lo que es vivir para trabajar y trabajar para vivir.

Es terrible, esa perspectiva del trabajo es sumamente desesperante y poco esperanzadora. Aunque definitivamente el peor momento es cuando tus aliados se casan —o los cazan— con su rol en su oficina, escuela, o el espacio al que decidan o les toque subyugarse.

El trabajo debería tener un espacio establecido, uno para el que las fronteras sí sirvan como límite, pero no, las fronteras de la oficina no son suficientes para contener al trabajo, que como un monstruo de tentáculos viscosos se te enreda al salir.

El trabajo es como una maldición romántica. Y sin importar qué trabajo tengas, reprocharás y con justas razones.    

Por su parte, S llegó del centro de la ciudad, con cero pesos después de que su combi se incendiara y tuviera problemas para que le regresaran el pasaje. Tardó tres horas en llegar a casa. Ah, hogar, dulcísimo hogar.

Pero, ojalá brindara mayor cobijo. Pues no, porque aún no puede costear ni un pequeño cuarto para ella, así que sigue con sus padres y como retribución ayuda. Debe hacer todo, ya que “el quehacer intelectual no cansa lo suficiente”, dice su mamá. Así que la labor manual del hogar tendrá prioridad sobre sus planeaciones y pinturas. Sin un respiro, al final del día, llorará en un pedacito de su cama, mientras su hermana se pinta las uñas en el baño.

Ser mujer y tener un perfil humanista es difícil, ya sabemos. Y eso que todos los días intentan reconocer sus privilegios. S y K son personas que tuvieron algunos libros en casa, que no trabajaron al estudiar la licenciatura y que aún siguen bajo el techo de sus padres.

S y K han tenido y aún tienen una vida despreocupada. Aun así, no logran conciliar el sueño por la noche, no paran de pensar en el amor, en su salud y en la realización personal, todo esto las ancla, indiscutiblemente, a pensar a cada momento, en el trabajo. 

El trabajo es el que abre todo lo demás. Pero, nunca nadie lo dijo, no lo mencionaron. Necesitamos salud mental y corporal para trabajar —entre comillas, ya que el trabajo no perdona ningún malestar— y conseguir todo lo demás. Sin trabajo no existimos, nos han convertido en él, pero es difícil de notar.

El inicio del trabajo

Desde que terminaron la universidad, S y K han hablado de lo frustrante que es intentar conseguir un trabajo y el hecho de poder “desempeñarlo medianamente bien”. Es curioso como uno llega sintiéndose una inútil pese a todo. Algunas personas ya tenemos el chip de la falta de experiencia, ya saben, por eso es que no merecemos el gran salario.

Esto nos lleva a pensar que no podemos aspirar a más, al menos hasta que nuestros jefes evalúen nuestra capacidad. Sin embargo, lo que esto implica es bastante agresivo. ¿Bajo qué parámetros pueden ellos clasificar nuestro desempeño? En retrospectiva, si te mantienes haciendo antigüedad en el trabajo al final parece que lo único que cambia es cuando tu voz, harta del abuso, decide exigir un aumento o un rango mejor. ¿Realmente creces o simplemente eres más viejo y te usan para pagarte dos pesos más por pagarle menos al nuevo, que sabe que no puede decir nada porque tiene suerte de que lo hayan contratado?

Quizá, en el último momento, no era la evaluación de tu trabajo a través de ellos, sino por ti mismx y claro, enfrentarte al miedo, estar tan harto que preferirías que te corrieran por no darte un aumento, antes que seguir ahí. 

Buscar trabajo

Resulta que como bien decían, ninguna institución te prepara para el mundo laboral. Hubo un momento cuando creíamos que el obtener un grado académico sería lo más complicado de nuestras vidas. Pero estábamos equivocadas. Y esa equivocación ha traído más frustración de la que el estómago puede digerir.

Un buen día, después de obtener el tan ansiado título, alguien decide crear su CV, en una de esas tantas páginas para buscar empleo que pululan en el vasto internet. Casi de manera automática, llena los campos con una experiencia recién adquirida en sus prácticas profesionales, pero no se pueden camuflar, los reclutadores huelen el aceite de bebé desde sus pantallas. Enseguida pasas a lo más recóndito de su cerebro. Simplemente no tienes lo que se necesita: EXPERIENCIA, y es que esa palabra se ha vuelto la cruz de nuestra parroquia, uno sufre un calvario para conseguirla.

Pasaron 5 meses para que S consiguiera un empleo medianamente serio, claro, no fue por sus licencias ni por las constancias que acreditaban sus capacidades, ha sido porque una buena amiga que entendía bien la frustración de no conseguir un trabajo, le pasó un contacto para ser profesora de universidad. Sin embargo, el mensaje venía acompañado de una profecía: “es una universidad patito”. No había nada asegurado, simplemente volver a enviar con mucha fe —porque esa no puede acabarse— el CV que ya había sido manoseado en incontables postulaciones.

La llamaron a la semana siguiente y con palabras dulces la aceptaron, ¿victoria? Eso sí, debido a las nuevas reformas, debía estar dada de alta en el SAT bajo un régimen en específico, facturar y ceñirse a los lineamientos burocráticos. Sin entender de lo que hablaba su nueva jefa, S aceptó encantada y con una sonrisa de oreja a oreja pensaba que por fin su familia dejaría de tratarla de perezosa y, claro, el ser docente viene con un bonito moño de aceptación social.

El gusto le duró bien poco, enseguida pudo darse cuenta de que su jefa se había puesto una máscara, y tampoco le apetecía mantenerla mucho tiempo. No solo eso, sino que toda la institución se manejaba de una manera bastante similar, donde lo único que les motivaba era el seguir drenando el bolsillo de los padres del alumnado.

A pesar de que cada sábado durante dos horas la plantilla administrativa se persignaba subiéndose a un altar y pidiendo que el resto les aplaudiera como si fueran una universidad de primera línea, que ponía el pensamiento crítico como su razón de existir, cuando solo era un dulce caramelo con el que atraían incautos para que entraran a su casa de jengibre, que se desmorona una vez que cruzan el umbral.

A todo esto, ¿dónde queda para lo que sí nos preparó la universidad? ¿Dónde escondemos nuestra ética y nuestro compromiso con la sociedad para permanecer en un primer terrible trabajo que, cuando menos, ya será pagado y podrá figurar firmemente en el CV?

Ah, en fin ¿y el pago, al menos valía la pena quedarse por eso? Para nada, a S no le pagaron hasta el tercer mes, y los números que se reflejaban en la aplicación bancaria eran una vergüenza que ni siquiera merece ser escrita. S no pudo sino apretar fuerte los labios mientras en su interior surgía una tormenta. ¿Ese era el precio de su vida? No, no podía ser… ¡tendría que haber otra respuesta! ¡tendría que haberla! Pero, esas preguntas no surgen a menudo cuando encarnas al trabajo, porque adquieres una especie de compromiso tóxico con él.

Indignada, con el coraje haciendo presión en el pecho, se acercó a esa buena amiga que le pasó el contacto, ella era docente de otra institución y algunas palabras de consuelo debía tener. Sin embargo, era todo lo contrario. A pesar de tener varios grupos a su cargo, su salario apenas la mantenía con vida, se encontraba buscando otro trabajo para las tardes, porque no podía darse el lujo de descansar, como bien dicen los papás, las cuentas no se pagan solas y ella lo entendía bien. Aunque no pagaba renta, tenía tres perros a su cuidado, así como a su misma persona, con una voz cansada recitó como si fuera su epitafio: “es que ahora, tener un solo trabajo no basta”.

Otra de sus buenas amigas le contó que está envejeciendo en un call center, donde al menos la mitad de los empleados cuenta con un título ¡y vienen de todas las áreas! Lleva a pensar ¿acaso ya no se necesitan profesionistas? De nuevo, ¿dónde se han guardado 4 años de carrera?

Y cómo olvidar que ante la incapacidad de S de enfrentarse a los procesos burocráticos tuvo que contratar a una contadora, por fortuna lo suficientemente confiable, pues era una vieja amiga de sus años adolescentes.

A pesar de tener un trabajo estable, debía tener una cartera de clientes externos para solventar su vida. La pandemia no había sido piadosa con su familia, sus padres perdieron el empleo. Así que, a sus 23 años, junto con sus hermanos, debió hacerse cargo de todos los gastos familiares, con un horario laboral que rozaba la explotación y un salario del cual solo queda reírse, porque llorar ya está muy gastado.

Con una media sonrisa comenta orgullosa su pequeño triunfo: resistió… y eso fue una victoria que le brindó la posibilidad de aspirar a un ascenso, pero a pesar de todo, S recuerda con tristeza que ella nunca quiso estudiar contaduría, fue a la fuerza, por la “influencia” de sus padres, que “escogió” esa carrera.

La gloria del primer trabajo

Es difícil conseguir trabajo con la primera bala, casi imposible, de hecho. Cuando por fin lo logras, es casi seguro que será en las peores condiciones, pero uno agradece, por supuesto. Siempre podría ser peor, de eso no hay duda.

Como sea, para conseguirlo es seguro que sufriste de manera casi ociosa, evitaste a tus amigos que ya tenían trabajo porque es doloroso. El no tener trabajo causa dolor y el tenerlo también, el necesitarlo es aún más agobiante.

La rutina de trabajar constantemente te valida como humano de la sociedad, prácticamente es lo que te humaniza, lo que te da derecho a hablar y a saber de la vida, incluso a sufrir.

El ambiente laboral

La cuestión de la competitividad suele ser caótica y muy estresante. Lo único que logra es segmentar en todos los niveles la convivencia y el desempeño de los equipos. Y esta conducta es la que más hace progresar la idea de encarnar el trabajo. 

Las jerarquías y el manejo de estas son agobiantes. Existen ene mil casos de acoso laboral y de abuso y presión por los cargos. Pero hablar de esto es como llegar a un callejón sin salida. La esfera laboral en sí nos lleva a vivir pequeñas revoluciones más de intención que de manera material.

Por otro lado, realmente vivimos el trabajo desde que comenzamos a prepararnos para salir de casa mientras llegamos en una, dos o tres horas a la oficina. Prácticamente ya estamos en el trabajo. Posteriormente, queda el eterno regreso. Ese valioso tiempo que muchas veces es inmenso, y no debería ser desdeñado. Habría de ser un pilar en los enfoques laborales. Pero no podemos darnos ese lujo.

Nosotras como mujeres

Es así como las experiencias cercanas que expusimos pertenecen todas a mujeres, que cargando su género, tratan de sortear el campo laboral. No pretendamos que el “femenino” y “masculino” no influye en las elecciones laborales, no es sorpresivo que muchas vacantes ofertadas destacan si contratan hombres o mujeres.

La cuestión es que los roles ya están asignados: ¿cuidado y ventas?, mujeres; ¿carga y seguridad?, hombres. Es así como desde el momento en que se conforma el sexo en el vientre materno, la labor ya está delimitada.

Nadie se salva, tenemos como ejemplo a una gran muralista que cargó su género en picada. María Izquierdo fue una de las mejores pintoras de su tiempo, pero la sociedad y los hombres a su alrededor no paraban de decirle: “No, María, tú no puedes.” Esto lo expone después de ser reconocida en la Academia de San Carlos, por Diego Rivera —que, cabe resaltar, luego boicotearía varios de sus murales—. “Es un delito nacer mujer”, dice Izquierdo en sus memorias. “Es un delito aun mayor ser mujer y tener talento.” (Poniatowska 90). La adversidad se sobrepondrá a ella y tendrá que renunciar.

Pero, no es solo ser mujer, si no el maternar. Eso sí que te cierra las puertas del mundo —del trabajo, que es lo mismo—. Es más sencillo que el trabajo te encarne cuando eres solo tú, pero cuando hay un rol que, al menos en México pesa incluso más que ser mujer, el trabajo no puede arraigarse a ti, por eso te desprecia aún más si eres madre.

El enfoque de la maternidad te elimina como candidata de la mayoría de trabajos. ¿Quién puede negar lo que muchas afirman? Algunas mujeres dicen que no quieren tener hijos para centrarse en sus carreras. Las decisiones aquí no son cuestionadas, sino lo que es cuestionado es el trasfondo que afirma que no se puede maternar y trabajar al mismo tiempo.

Si se tienen definidas las decisiones desde el comienzo, pues la lotería ha salido a su favor, pero si la duda las carcome, cuando el momento llegue, tendrán que cortarse una parte de sí mismas para poder dedicarse a una sola área. Porque es un lujo —una caja de caoba exótica y remaches de oro— que un trabajo proporcione las herramientas para una maternidad y un trabajo digno.

La dignidad del trabajo

Esa es la palabra firme y entera: dignidad. Una ya no piensa en volverse rica, hace mucho que se cayeron los ídolos de internet. Una vez que la adultez golpea, es difícil creer en las ilusiones de las redes sociales, que recitan como comerciales de bajo presupuesto: el esfuerzo tiene su recompensa. Sigue echándole ganas. Invierte en bitcoin. Manifiesta al universo. Abre los chakras. El coaching motivacional funciona. El pobre es pobre porque quiere. La meritocracia es real. Si sigues subiendo en grados académicos, tendrás mejores ofertas laborales. Lo que te falla son las claves para diseñar un buen CV. Qué debes decir el día de tu entrevista. Debes tener mentalidad de tiburón. Levántate a las 5 de la mañana todos los días para cambiar tu futuro.

Así, hay mil mentiras más que se hunden con su propio peso en el fango de la corrupción. Vamos a recordar que, aunque se siguen creando reformas y nuevas “oportunidades” en papel, nada sirve, como acertadamente menciona De Sousa: “la ceguera de la teoría acaba en la invisibilidad de la práctica (…) mientras que la ceguera de la práctica acaba en la irrelevancia de la teoría.” (18). Así que lidiamos con los mitos de cómo conseguir trabajo, ignorando las reformas que en teoría deberían ser de ayuda concisa.

Con rabia y apretando los puños una entiende que los altos cargos no hacen su trabajo, que las vacantes no las gana quien está mejor preparado, sino el hermano, amigo, primo o conocido del jefe. Conseguir —o encarnar— el trabajo es muy difícil, y la expectativa que viene con esto es mucho más desmoralizante.

Todos te tratarán de inútil y de floja, porque no entras en el rubro de la explotadísima cadena laboral. Como apunta de Sousa:

El crecimiento económico es un objetivo racional incuestionable y, como tal, es incuestionable el criterio de productividad que mejor sirve a ese objetivo. Ese criterio se aplica tanto a la naturaleza como al trabajo humano. La naturaleza productiva es la naturaleza máximamente fértil dado el ciclo de producción, en tanto que trabajo productivo es el trabajo que maximiza la generación de lucro igualmente en un determinado ciclo de producción. Según esta lógica, la no existencia es producida bajo la forma de lo improductivo, la cual, (…) aplicada al trabajo, es pereza o descalificación profesional (24).

Hacia la gloria del trabajo

Desde luego, ya hay indicios de “revoluciones”, claro que sí, tenemos a los hikikomori y a los johatsu. Japón nos lega el inicio de la muerte como una forma de negarse a entrar a la sociedad, a la rueda del capitalismo, de la exigencia despiadada e incluso de las condiciones del sufrimiento adulto.

¿Llegará el momento en que nos deslindemos del trabajo? Suena a imposibilidad, no obstante, la modalidad del home office aunado a la idea del hikikomori, genera un panorama distinto. No completamente, pero en cierto grado, quizá podamos cambiar la perspectiva del trabajo o al menos de cómo lo encarnamos.

¿Hacia dónde nos conducirá la nueva ventana del “trabajo en casa”? ¿Deberíamos bendecir la llegada del mismo o tendríamos que discutir mucho más acerca de él con vistas a eliminarlo? Quién sabe, de momento no hay que perder de vista los conceptos, en un intento de repensar a nuestro yo trabajador en el hartazgo diario, porque cada día buscamos un trabajo mejor —más que perseguir al romance o a los sueños—. Si el trabajo es una parte de nosotras, más grande de la que imaginamos, al menos pensémosla de una forma piadosa hacia nosotras mismas.   

Una reflexión final

Entonces, de alguna manera, como una revelación catártica una se da cuenta: no es nuestra culpa el vivir diariamente en medio de la neblina de la frustración, no está bajo nuestro control, es el mundo moviéndose.

Pero hay que recordar que el cómo recibimos y nos movemos con los hechos es importante para nosotras. El trabajo sigue adorándose como fundamental en esta época. Nos preocupamos por él, nos carcome cada segundo y, por ello, siempre debemos aterrizarlo y enfrentarlo pero de una manera que nos ayude en todos los aspectos posibles y referimos a que esto “significa asumir nuestro tiempo, en el continente latinoamericano, como un tiempo que revela una característica transicional inédita que podemos formular de la siguiente manera: tenemos problemas modernos para los cuales no hay soluciones modernas” (De Sousa 20).

Cabe recalcar que es un problema colectivo más que individual, que necesita reformas desde la misma naturaleza de lo que se entiende por trabajo, entonces la decisión final no recae en una. No es carencia de capacidades sino de revolución, y esto llega como un soplo de viento invernal —frío pero liberador—. La valentía va por delante, el miedo se desvanece, las expectativas de repente se vuelven pequeñas y sus gritos se han vuelto canto de pulgas. Aunque luego se vuelvan devoradoras y de nuevo drenen la sangre revitalizada, una siempre puede dejarse llevar por el sueño, y aplastarlas con un cuerpo cansado que terminara asfixiándolas.

Al final de todo, aunque intenten que sea así, un trabajo no nos define, hay que recordarlo siempre. Apenas si conforma una parte de nuestro ser, así es como debemos tratarlo.

Esta nueva noción está empezando a permear en el torrente sanguíneo de la comunidad, a nadie le sorprendió la ola de renuncias después de la pandemia. Una entiende que la dignidad va más allá de estar pegada horas a una pantalla trabajando o buscando empleo. Así que, en la recta final de la vida, los trabajadores decidieron que, si debían vivir, lo harían bajo sus propios términos.

Proponemos entonces continuar esta ola, muy a pesar de la frustración y la incapacidad de renunciar a un trabajo desmoralizante y agotador en búsqueda de las rutas de escape. Porque toda maquinaria posee grietas y en algún momento la presión será tanta que la máquina reventará para reformarse.

No es un sueño utópico, se trata de “sustituir el vacío del futuro (…) por un futuro de posibilidades plurales y concretas, simultáneamente utópicas y realistas, que se va construyendo en el presente a partir de las actividades de cuidado” (De Sousa 24), en otras palabras, es un todavía no. Pero, con nuestra mente, mantendremos un proceso latente y en continuo movimiento, hay que reformar desde el centro con consciencia, crear una red mutua entre trabajadores que sepan que no son ni le pertenecen al trabajo.

Mientras tanto, es nuestro trabajo —nótese la ironía— no olvidarnos a nosotras mismas entre los pendientes y archivos por entregar. No debemos disolvernos en el sudor del esfuerzo, debemos procurar recogernos con ternura cada noche y reconocer el valor que posee nuestra cotidianidad.

La huelga contemporánea contra el trabajo es recordar a cada segundo que este no es más importante que nosotras y que no lo encarnaremos. Lo realizaremos porque es necesario, pero no nos ocupará. Este espacio en el que late nuestro corazón y la mente revolotea nos pertenece a nosotras. A la parte nuestra que no es el trabajo.

Referencias

Arendt, Hannah. (2020). La condición humana. Paidós.

De Sousa Santos, Boaventura. (2010). «Des-pensar para poder pensar». Descolonizar el saber, reinventar el poder. Trilce. 11-27.

Poniatowska, Elena. (2000). Las siete cabritas. ERA.

Escrito por:paginasalmon

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