Ella amaneció sola, como lo hacía cada día de su vida. Fresca, aunque sin la fuerza interna necesaria para despertarse emocionada por haber sobrevivido la noche y sus sutiles ofrecimientos. Tras una breve meditación sin sentido, con la vana esperanza de que algo sucediera que le impidiera levantarse, se metió a la regadera a pesar del frio.
Él no se despertó ese día, pasó toda la noche en vela, pensando, imaginando, soñando despierto; viviendo como muerto. Nada podía inmutarlo, permanecía inflexible con los ojos clavados en el techo, anhelando, orando sin recibir portento. La radio de los vecinos amaneció con aquel insípido noticiero, regresando el aliento a ese con los ojos clavados en el techo.
Ella se puso sus interiores sin prisa ni emoción. Vistiendo sus pantalones azules, acomodando la playera blanca, abotonando la camisa color cielo, calzando el lustroso calzado negro. Perdida en su desgana, mecánicamente maquilló su rostro, evitando preguntarse como la rutina se comió su sonrisa.
Él continuaba inmóvil pero atento, escuchando la omnisciente voz del locutor, quien recapitulaba con desgana los eventos del fin de semana, narrando a veces con morbo, a veces con gracia, las noticias que él aseguraba eran de interés para esa mañana. Primero el reporte de una inundación, seguida de la visita del candidato presidencial a la policial estación, una pequeña nota sobre una misteriosa desaparición y desde luego, una vez más como todos los días desde hace un par de meses, la mención de aquella tragedia poco entendida, pero profundamente discutida. Ante el recuerdo, su ceño inflexible se torció.
Ella colocó el pesado chaleco y la chamarra, no olvidó herramienta ni sombrero, partió con prisa de su casa sin poder abandonar aquel recalcitrante sentimiento de mal ahuero. Avanzó con prisa hacia el Metro, en donde la desgana la hizo tomar asiento. El vagón se puso en movimiento, con un anciano dormitando a la izquierda y a la derecha un hombre gordo leyendo, se alegró de al menos poder descansar durante el largo trayecto.
Él se preparó tal y como lo había ensayado, movimientos precisos y memorizados le transformaron su desastroso semblante en desapercibido aspecto, el plan trazado y una voluntad férrea lo llevaron del trolebús al pesero, llegando a su destino desde temprano, logrando la primera parte de su día sin menor esmero.
Ella avanzaba en el Metro sin más tardanza que la usual demora. Aunque lentamente se hacía evidente su congoja, pues frente a ella se sentó una peculiar pareja de enamorados, absortos en ellos, dispuestos a evidenciar y vivir su feliz momento. Verlos besarse era sufrir en silencio, la novia coqueteaba sin el menor recelo, el muchacho aprovechaba su suerte hundiendo sus labios desde los labios hasta el cuello. Ella no sentía celos, simplemente la enloquecían sus propios recuerdos; antiguos y raídos danzaban en la mente recordando pasiones, besos universitarios, besos pedidos, besos robados, besos tan largamente añorados.
Él continuaba esperando; disimuladamente sudoroso, nervioso e impaciente. Con sus ojos clavados en la enorme sala donde se encontraba, sentado frente a una recepción vacía, con los hombros gachos, mascullando el pasado entre dientes. No el pasado remoto de amor y pasión, sino el lúgubre, el cercano, aún fresco de ausencia y dolor. Uno en el que con los ojos viendo el presente, presentaba al alma, nada más que fuego, dolor y muerte, todos los que se quedaban grabados con sangre en la mente.
Ella se desesperaba por aquel terrible tormento, no el de los novios sino el de los recuerdos. Esos que bailaban en sus sienes, esos que cosquilleaban sus mejillas y que le recordaban a sus oídos aquellas promesas de amor eterno. Sabía que aquello fue solo una pasión juvenil, pero era tan poderosa que en ese momento parecía una verdad vil. ¡Nada tan ruin como el amor entre jóvenes amantes jurándose un mismo fin!
Él desesperaba por la espera, los segundos se tornaban años, los minutos se convertían en eras. Respiraba lentamente, manteniendo la calma, repitiéndose a sí mismo que él estaba en cualquier lado menos esperando. Lo repetía una y otra vez, con tanta fuerza que la infinidad de asistentes que entraban y salían no lo pudieron notar. Entraban libres y sin demora, pues no había aún nadie en la entrada limitando la aceptación. Empero, ese peculiar truco de desaparición le costó que su mente se transportara hacia atrás, hace muchos años, cuando con su hermano y padre, vestidos de rojinegro, igual que todos los manifestantes que atendieron al evento, gritaban consignas, empujaban policías y reclamaban los derechos con sangre adquiridos, con sangre reclamados, con sangre defendidos.
Ella mordía sus labios intentando que las lágrimas no nacieran, porque aunque estos pensamientos la acompañaban día a día dese hace años, hoy se sentían particularmente fuertes, más profundos y verdaderos. Desesperantes. Necesarios como el aire después de pasar unos minutos muriendo. Y mientras bajaba del transporte no podía dejar de tratar de acomodar el razonamiento que le hizo abandonar a su juvenil amante; no fue falta de compatibilidad, pues él era el idealismo que desplazó su banalidad, no fue que no hubiera cariño, además el sexo era genial y siempre admiró su devoción familiar, la lealtad que le profesaba a sus principios, su incapacidad de romper promesas, lo convencido que estaba de que la justicia se podía alcanzar.
Él estaba sentado en una sala grande de ambiente refrescante, llena de solemne silencio. Sin embargo por sus recuerdos, podía sentir el calor de la marcha, los gritos de indignación ante los atropellos laborales, los intentos vanos del secretario del trabajo de apaciguar el descontento. No pudo evitar recordar con culpable claridad cuando lanzó la piedra que inició la guerra. Batalla que dejó con rojo uniforme la bandera de huelga.
Ella seguía las calles hacia su trabajo, recordando con claridad la integridad de su perdido amante, la pasión por los principios en la Universidad inculcados, tan diferentes al pragmático salario al que ella se había entregado. Lo quiso y aún lo admiraba. Lo genuinamente inocente que era al creer en los elevados conceptos de dignificación laboral. Días viejos, días aciagos, en los que acompañaba a su novio, cuñado y suegro, a enfrentar el despotismo con pancartas y gritos de estruendo.
Él apretaba su puño, de la misma manera que apretó la mano de su hermano mientras lloraba sangre y lágrimas por su padre muerto, apretaba con fuerza porque sabía que esa herida en el estómago eran sus últimas palabras, que por sangre ahora eran un juramento.
Ella secó sus lágrimas. Se recompuso y saludó mientras entraba por la puerta del recinto, sus compañeros policías se formaban con prisa, y pese la confusión, fue severa en su revisión. Incapaz de notar al único gendarme cuya figura estaba demás, pero no le inspiraba desconfianza pues de hecho le era familiar.
Él se juró venganza entonces. Jamás en su vida rompió una promesa. Ni siquiera a sus muertos, aun cuando abandonar al amor de su vida fue el costo. Era un alto pero necesario precio.
Ella levantó el teléfono, y dio la señal, inmediatamente la comitiva del candidato presidencial, ingresó como si con solo este acto las elecciones fuera a ganar. No era para menos, los policías eran su agenda; su plan.
Él apretó el ceño e imitó al resto de los presentes, saludando y congratulando a todos para hacerse paso.
Ella se resignó a su realidad, y concluyó, en vísperas del naciente estado policial, que el mundo necesitaba más hombres como su amante ideal. Pues eran idealistas como él y su familia los que mantienen lejos a la tiranía.
Él apretó los dientes cuando vio pasar al Secretario del Trabajo, quien ahora se paseaba por la comisaria como el dictador por elecciones necesario.
Ella miró la recepción tal como su entrenamiento le sugería; los policías uniformados, los agentes al pendiente, todo estaba en su lugar y momento, salvo un hombre nervioso con los dientes apretados y semblante de tormento.
Él sacó el detonador.
Ella desenfundó el arma.
Él le dedicó su último pensamiento.
Ella lo miró a los ojos.
Él la reconoció.
Ella lo entendió.
Ellos se reconciliaron.
La bomba detonó.
*Una versión de este texto se publicó en Revista Epektasi, Vol 4, Año 3, Julio-Diciembre 2021, Página 80, revista de estudiantes de El Colegio de San Luis, A.C.
Fotografía tomada de Quadratin, Michoacán
| Jorge Armando Ibarra Ricalde (Ciudad de México, 1983). Diseñador de juegos y experiencias narrativas. Escritor, cronista, máster profesional e investigador de juegos de rol, así como diseñador de procesos lúdicos, especializado en la transmisión cultural directa a través de la oralidad. Su trabajo se enfoca en explotar los sesgos narrativos para producir inmersión e intercambio de experiencias como un frente para defender el ocio, mientras se aprovechan los componentes intrínsecos a la construcción narrativa para generar experiencias transformadoras en el storytelling o la literatura ergódica. Es autor de artículos como “Elementos constitutivos del juego de rol”, en Editorial IBERO. Ha publicado en las revistas Anapoyesis, Revista La Silaba, Revista Epektasi, Cinética Revista Cultural, Revista Kametsa, entre otras. |
