Para Chela

Duermo y sueño: me sueño dormido y soñando que duermo. Sueño con mi propio dormir. Sueño que sueño que duermo y, dormido, sueño conmigo durmiendo y soñando que duermo. Y recorriendo ese tren infinito de espejos reflejándose en espejos que es mi sueño, duermo por siglos y milenios que para mí son como segundos. Sueño que, dormido, siento el agua agitándose alrededor mío, yendo y viniendo, y siento también la vida que recubre mi postrada figura como una sábana. Sueño con mi lecho de isla y mi manta de flora y fauna, sintiendo de ambos el estático hormigueo que me acompaña mientras duermo.

Y de tanto en tanto sueño que me sueño despertando y volteando hacia arriba, hacia las estrellas (porque me sueño despertando de noche), preguntándome si son las mismas que vi antes de irme a dormir; ¿Será que hay más? ¿O menos?

También sueño que, dormido, escucho a las personas a mi alrededor hablar: se preguntan si de verdad soy, y si de verdad soy yo, y si de verdad yo soy lo que dicen que soy —Depende ¿Qué era lo que dicen que soy?—; todo eso se preguntan mientras pululan alrededor de mi silueta, a veces escalándome para instalarse en algún punto a lo largo de mis piernas o mi torso (eso no me molesta: al fin y al cabo, estoy dormido).

Los oigo decir cosas como: “¿Ves? La cima de allá es el hombro, y lo que viene después es el cuello ¿Entiendes ahora?”; sienten mucha curiosidad por determinar qué parte de mí que ven es cuál, sobre todo cuando hay extranjeros a los que quieren contarles y explicarles, y demostrarles tal vez. El extranjero siempre está escéptico al principio, y siempre le lleva un rato encontrar el patrón de mi figura; y como no pueden convencerse hasta lograrlo, pasan un buen rato especulando en voz alta. No siempre le atinan; estoy seguro de que muchos confunden todavía mi oreja con mi mano, por ejemplo, porque no se dan cuenta de que tengo una mano sobre la oreja.

A veces los oigo referirse a mi despertar: se preguntan cuándo despertaré, o si acaso despertaré alguna vez —No se preocupen, no tengo prisa por eso—. En ocasiones incluso bromean sobre mi despertar, no sé si porque no creen que despierte o porque tienen demasiado miedo de que despierte.

Y a veces me sueño soñando que yo mismo me imagino cómo será mi verdadero despertar. En esa imagen ya ninguno de ellos está allí, porque estoy seguro de que para cuando despierte ya se habrán ido desde hace mucho tiempo. Tampoco está ya mi sábana de flora y fauna, pues se ha desintegrado; quizás su desintegración es lo que me hace despertar. Y mi cama de isla se comienza a tambalear, como si estuviera pronta a desmoronarse; quizás sea más bien ese tambaleo lo que me despierta. O quizás sean ambas cosas juntas. O quizás hay algo que me dice que es hora de despertar al mismo tiempo que le dice a mi manta y a mi lecho que es hora de disolverse.

En esa imagen que me sueño soñando, cuando sueño que sueño que me imagino cómo será mi verdadero despertar de ese sueño que me sueño soñando, sueño que algo en el ambiente me indica que es hora de despertar.

Entonces me levanto lentamente hasta estar completamente erguido y me tomo un minuto para ajustar mis ojos de nuevo a la luz, porque extrañamente esta vez no es de noche sino de día, aunque un día que se acerca a la noche. Después miro hacia abajo, alrededor mío, sorprendiéndome un poco de mi altura, pues me imagino (sueño que me sueño imaginando) que tras tanto tiempo dormido se me habrá olvidado mi propio tamaño; que tras tanto tiempo con la cabeza apoyada en la superficie, ésta se sentirá extrañamente distante cuando me yerga de nuevo. Después sigo mirando en derredor, pero ya no a mis pies sino al horizonte, y todo lo que hay entre mis pies y el horizonte; y me sorprendo de cuán ancho es el océano, y cuán ancho es el mundo, pues imagino que esto también ya se me habrá olvidado; entonces me acordaré de lo pequeño que soy a pesar de mi tamaño. Y luego volteo hacia arriba, hacia el azul vacío del cielo, y una vez más me sorprendo, pues también imagino que habré olvidado qué se siente observar el cielo; y entonces recordaré lo minúsculo que es el mundo, porque todo es microscópico siendo, como es, un fragmento del infinito.

Y tras pensar un momento en todo eso, me doy cuenta de lo que significa despertar, del porqué de mi despertar. Cierro los ojos, respiro hondo, los vuelvo a abrir, y comienzo a caminar. Camino hacia adelante, descendiendo mar adentro, porque comprendo que si he despertado es porque ha llegado ese día en el que todos hemos de regresar al mar.

Duermo y sueño, soñando que duermo y que, dormido, estoy soñando con mi propio dormir y mi propio soñar, soñándome dormido y soñando que duermo y que sueño. Y en ese tren infinito de espejos reflejados unos en otros, sueño que no despertaré hasta que llegue el día de regresar al mar.

«Amida Waterfall on the Kisokaido Road» de Katsushika Hokusai.

Rodrigo Ruiz Spitalier (Ciudad de México, México, 1994). Escritor, articulista y corrector de estilo. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y trabajó por cuatro años en el Programa Universitario de Bioética de la misma institución. Actualmente cursa una Maestría en Literatura y Escritura Creativa en la Universidad de Essex, Reino Unido. Sus intereses se centran en temas literarios, ecológicos, filosóficos e históricos. Entre otros espacios, ha escrito para la columna Una vida examinada: reflexiones bioéticas publicado en Animal Político
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