Crecen sin tregua las burbujas alrededor de mis manos. Qué impresionante es el tiempo que avanza en el cotidiano pero que, en las palabras, en el bucle que se expande entre un tú y un yo, permanece intacto, esperando con confianza y paciencia. Alguna vez leí por ahí que ser adulto es tener siempre algo que pagar, algo que limpiar y algo que reparar. Últimamente limpio mucho, últimamente la suciedad no deja de insistir en mi casa. ¿Sabes por qué no se detiene? ¿Sabes quién inventó esto de tener que sacar las manchas, la tierra y el camino de todo lo que usamos día a día? ¿Sabes quién inventó este instrumento cruel de habitar una casa, de insistir en un hogar donde solo crece la mugre?
Veo mis manos sumergidas en el agua jabonosa y caliente, mis poros comienzan a encenderse, mis manos son dos fresas mallugadas, enrojecidas. Lavar la ropa interior, el uniforme del niño, los trapos de casa, platos y vasos —porque no tengo dinero suficiente para un lavavajillas—, las frutas y verduras, los cuchillos filosos. Las manos con las que me sostengo por la vida y que no dejan de ser torpes, no dejan de parecer las de un niño que apenas empieza a gatear: curiosas y torpes.
El día ha traído algunas lluvias, un necesario respiro del calor despiadado de los últimos años. Un calor que emana desde el Sol se regocija en el suelo de concreto, se va estirando, como quien toma una plácida siesta a lo largo del espacio entre el cielo y la tierra. Un calor sofocante acá en el Bajío, en la ciudad que, como dice L, parece una plancha en la que brotaron casas.
El gran día
Caminamos con calma en la acera tomados de las manos. Sostengo esos dedos pequeñitos con los que aún me acaricia el rostro como si fuera una flor suave. Vamos buscando eso, algunas flores con las que decorar el vacío de la mesa. Es mi cumpleaños y él está más emocionado que yo. Tiene un brillo especial por celebrar que mami vino a la vida un domingo de 1998, hace muuuuuchos años, dice él, para quien el tiempo aún es un parpadeo y “muchos” solo es una ilusión contenida en sus principios de balbuceos y palabras.
Buscamos flores, algunas margaritas o dalias bien rellenitas. Nos llevamos un ramito de oferta con una variedad muy discreta de varias especies que no se han vendido, pero que a nosotros nos quedan perfectas porque nos gusta la espontaneidad cuando se trata de flores, animales, naturaleza, planes, días, atardeceres, vida. Excepto comida, ambos odiamos no saber qué es lo que vamos a comer.
Soplamos una vela juntos en una mesa que ahora está rodeada de presencias, rodeada de los mismos corazones que vienen acompañándome desde que empezó esta locura de viaje. Veintiocho. Estoy cumpliendo veintiocho. Miro a mi papá y le digo:
—Llevo diez años siendo adulta y todavía no me sale.
—¿Qué no te sale?
—No me sale bien.
Resopla y deshecha mi comentario. Dice que así nos pasa a todos, que es parte de la vida no saber y que en unos años eso cambiará, que debo ser paciente. No lo sé, no confío en que esta sensación de incertidumbre se vaya nunca. Creo que la vida es todo menos certeza. Y otra vez estoy en el tobogán de los absolutos, otra vez estoy pensando en blanco y negro. El pensar que algo es todo o nada, ¿será un signo de inmadurez?, ¿de atisbos de infancia?
Dentro de la numerología, el número 28 se conforma de dos números par con energías equilibradas. Por un lado, el 2 simboliza la dualidad, la cooperación y la empatía hacia las relaciones humanas; el número 8, una balanza de equilibrio entre lo material y lo espiritual, un espacio en el que se encuentra la abundancia en ambos sentidos. Juntos forman algo así como un combo de sabiduría e intuición en el que cualidades como la inteligencia, la creatividad y la ambición encuentran su florecimiento gracias a la organización, la estrategia y dirección que trae el tiempo y la experiencia. Se supone que, además, es el cuarto ciclo de vida, según la antroposofía, en la que el cuerpo y el cerebro han madurado lo suficiente para reconocerse, finalmente, lejos de la infancia. Cumplir, tener o llegar a 28 podría significar que se ha avanzado lo suficiente, se ha probado lo suficiente de la vida para tener dirección, para tomar decisiones que se sostengan tanto en la intuición como en la experiencia. Un número auspicioso, poderoso, equilibrado.
También, este número converge en su positividad dentro de varias filosofías. Por ejemplo, para la cultura china es un símbolo de prosperidad y buena suerte. En la cultura india se relaciona con la deidad Chandra, que es iluminada, brillante, resplandeciente, la que permite el crecimiento, la expansión y la plenitud. Y dentro de la filosofía bíblica simboliza la redención, la justicia y el camino para la perfección divina. Me parece que, cumplir 28 se siente en mi cuerpo un poco así. Cierta luz naciente entre las sombras, excepto la parte de la perfección. Y creo, quiero creer, que eso está bien. Hay una cierta necesidad de perfección arraigada en mí misma que con los años ha ido envejeciendo. Una voz afanosa que va encontrando su propia contradicción. Una voz que, cuando cierro los ojos y le pongo tono, forma, cuerpo, se parece mucho a mi madre.
Creo que he llegado a los veintiocho con las manos vacías. No puedo mirar a otro lado. Cuando me miro al espejo me reconozco como la única responsable de mis decisiones, de las que he tomado al menos estos últimos diez años, en los que he jugado a ser adulta. Como dicen por ahí: una niña demasiado adulta, una adulta demasiado niña. Los veintiocho han llegado un poco así: como un reencuentro para soltar la rigidez, la perfección, la expectativa. Un encuentro con mi corazón espontáneo, frágil, que ya no se siente tan piedra, como todavía se palpaba hace unos meses. Hay días que ya no se siente tan roto, que no se escuchan sus pedazos cayendo, como dice mi hijo cuando me ve llorar en silencio. Cumplir 28: encontrar la redención, la sabiduría. Algo debe haber, algo, por Dios.
En medio de la noche
El niño se ha quedado con los abuelos y ha sido noche de copitas, de brindar y bailar un ratito con las amistades. Con M y L, que viajaron en sus propios barcos con ruedas para llegar hasta mí. Ha sido hermoso, el primer cumpleaños desde el 2020 que no me siento sola.
No estoy tan lúcida. Creo que me encuentro más perdida que cuando cumplí dieciocho. En ese momento me sentía tan segura de lo que quería hacer, de en dónde quería vivir, de qué quería experimentar en el cuerpo. Cuando cumplí dieciocho decidí que, con puro instinto, elegiría a la primera persona con la cual probar el placer. No me tardé mucho y tampoco elegí mal. Sin duda, una época de corporizar el instinto, de darse de bruces contra el suelo, levantarse y hacer como si nada. Ahora con dificultad paso de sumergir mis manos en el agua jabonosa, de sostener una casa siempre con la mecha en las manos, tentada de prenderle fuego y quemarlo todo. Quemar la casa.
Tengo ideas, deseos, ambiciones acumuladas, un montón de proyectos que solo se quedan abigarrados en forma de letra en mi ecosistema de libretas, que ya alcanzó los diez ejemplares. Insostenible. Hay ideas que no encuentran ruta, porque no encuentran tiempo, porque la creatividad se me queda flotando. Criar es igual a crear, leí por ahí. Mis días se van en la crianza de un pequeño ser humano, una especie de extraterrestre que aún no entiende cómo funciona el Antropoceno:
—Estoy aprendiendo, mami —dice cuando derrama el tazón de leche en la cama, cuando tira la basura fuera de la composta, cuando lanza los carritos contra la pared por frustración, cuando esparce las migajas de pan por todo el suelo. Alguien tiene que limpiar, alguien tiene que limpiar, y ese alguien tiene forma de una mujer de veintiocho años que a veces responde con mi nombre.
Yo también estoy frustrada. Una sensación de tensión se hace bulto entre el día y la noche, se tumba en el suelo, porque la maternidad es cabrona y casi todos los días ella gana: a la maldita no le gustan las treguas. Luego, me pregunta, como quién quiere suavizar el problema: ¿acaso no hay creatividad también aquí? Creatividad en poner arándanos en la medicina del niño para que le sepa dulce, creatividad en armar la ropa por tejidos y colores, creatividad en alimentar un frasco de masa madre por un mes para dar forma a una nueva vida, creatividad en huir al parque cuando la histeria se asoma sonriente por la ventana. Crear todos los días un sistema de crianza que permita vivir creativamente. Creatividad en sentarme a leer en voz alta y que mi hijo aprenda, así, a pronunciar nuevas palabras. En que mis brazos alcancen a sostenerlo por la noche cuando despierta y dice que tuvo pesadillas. Creatividad en sacar las manos de la tina con agua, de dejar de estar perdida entre las burbujas. Bajar la mano y soltar la mecha que ya se veía quemando la casa. Esperar y esperar y esperar. “Spes”, confianza. “Esperare”, esperar. Tener confianza en esperar.
Cumplí veintiocho. Un día, de pronto, como por azar y contra mi voluntad, ya no supe cómo es no tener esperanza.
Imagen tomada de Pinterest
