En medio de la sala vas a encontrar un sillón colocado frente a un televisor de bulbos. Volteas alrededor en busca de testigos y te complace observar que la exposición no cuenta con demasiada asistencia. Te acercas al sillón, dudoso del motivo por el que se encuentra ahí; dudas si puedes tocarlo. La televisión proyecta imágenes en blanco y negro con el sonido de fondo de una batería. Giras de nuevo la cabeza y decides, finalmente, tomar asiento. Después de unos segundos, te levantas, buscas una cédula que no estará, y otra vez dudas hacia dónde caminar. Acaso te detengas para preguntarte por qué eliges ir hacia la derecha o a la izquierda, incluso volver o salir apresurado.

La ciudad, ya afuera, nos obliga a respetar señalamientos, a asumir direcciones y a determinar formas ineludibles de desplazarnos. Para llegar del punto A al punto B hay un camino económico, la línea recta es ideal; pero ¿qué ocurriría si, de la nada, fuéramos libres de elegir entre dos sentidos, si desaparecieran los signos que nos aseguran un trayecto, o que eso pretenden? ¿Acaso perderíamos el rumbo? Quizá nos serviríamos de la memoria, de la intuición, de otro tipo de asociaciones no formalizadas para movernos.

Ese otro modo de recorrer un espacio se encuentra implícito en la experiencia de visitar un museo. La necesidad de señalar un tránsito se desvanece. ¿Hay un inicio? Sí, generalmente; y un final, una salida. Incluso podemos hallar flechas, huellas, números. Con frecuencia, sin embargo, no es así. La visita nos exige cierta intuición espacial, visual, que se despliega en nuestros pasos y con seguridad fue planeada por un curador, un museógrafo, un artista, las piezas mismas o el discurso que proponen ofrecer. Un camino es sugerido: uno, o muchos. El concepto de la exposición, digamos, se materializa en el espacio.

Hace unos días, por ejemplo, visité dos exposiciones en un mismo museo. La primera se componía de grandes piezas, todas escultóricas, que se encontraban dentro de amplios espacios que dejaban deambular al gusto entre ellas. Nosotros, visitantes ahora libres de la automatización del tránsito exterior al museo, decidimos a qué pieza dirigirnos, cambiar de dirección, cuál sería la siguiente, a qué otra regresar, andar en círculos si lo quisiéramos, y también pasar de largo. La segunda exposición, con una propuesta distinta, operaba por acumulación lineal, su narrativa iba construyéndose paso a paso, todos necesarios, entre salas con piezas sucesivas y pasillos que sólo podrían llevar a un lugar: el siguiente. ¿Podríamos no seguirlos? Claro, olvidar su sentido, pero conscientes de inmediato de que su propósito era otro, bien definido. Cada cédula, cada pieza y conjunto, complementaba al anterior, hasta su resolución final.

Ambos tipos de exposición, si las pensamos como dos posibles extremos, implican un proceso distinto de movilidad, de actos corporales por parte de sus receptores que van de lo unívoco a lo indefinido, cada cual con su sentido. Los responsables de ambas, así, nos ofrecieron dos específicas experiencias museísticas. Nosotros las asumimos, incluso sin saberlo. Somos libres y al mismo tiempo conducidos, manipulados, en el mejor sentido de estos términos.

Si antes del siglo XX, con la aparición de galerías y museos, una exposición podía agrupar cuadros casi de forma aleatoria en sus paredes, prescindiendo de núcleos temáticos, cronologías o cualquier otro criterio ordenador, la exposición moderna, contemporánea, conlleva siempre una elección para cada uno de nuestros pasos. El espacio museístico es preparado, frecuentemente intervenido, de acuerdo a esa necesidad. Todo es diseñado, con mayor o menor éxito, a partir de la venidera experiencia del espectador, de ti y de mí, sujetos concretos. Esa experiencia es determinada temática, conceptual o visualmente, de la mano de un solo orden espacial que cumpla esos fines.

Podemos entonces pensar en la exposición como un sistema de recorridos posibles en los que algunas fuerzas prestablecidas nos invitan a movernos de ciertas maneras, a participar corporalmente en la construcción del sentido de las obras, a formar parte de ellas. Y esto no únicamente en el arte contemporáneo, dentro de una instalación que nos haga habitarla, sentarnos en el ya mencionado sillón, sino también en la sucesión de cuadros de —yo qué sé— las salas de pintura virreinal de algún museo de la CDMX. El museo organiza nuestras posibilidades de andar, haciendo uso de parámetros distintos a los de nuestra movilidad cotidiana, lo que nos exige utilizar otras facultades, liberar y ensayar nuestra intuición espacial, generar relaciones visuales, afinidades con entornos artísticos particulares que están hechos para verse, pero para verse mientras se recorren.

Posted by:paginasalmon

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