El libro y la imagen se han encontrado siempre. Aun más que eso: el primero es, me atrevo a decirlo, una imagen y un mapa posible de muchas de ellas. El lector, cartógrafo de ese conjunto equívoco de signos, mira el libro y traza sus rutas, construye un sentido. Me explico. O no. Algo causó que un día pasara a través de los candados protocolarios de una biblioteca hasta conseguir tener entre las manos el facsimilar de un libro antiguo: Les Trés Riches Heures du Duc de Berry [Las muy ricas horas del Duque de Berry], datado en el inicio del siglo XV. Este libro de miniaturas, “el rey de los manuscritos iluminados” —no lo digo yo—, me enseñaba en cada página que el texto y sus ilustraciones son inseparables, e incluso lo mismo, en sus elaboradas letras capitulares, donde todos los elementos visuales del signo verbal fueron explotados. Una t como cruz, con un dios crucificado; una s a la que le crecen fauces; una l frutal… Si las imágenes eran de por sí interminables de ver por su cantidad y su riqueza pictórica, las letras y su composición no lo eran menos. Invito a cualquiera a confirmarlo.

Ahora, seis siglos después, hay ejemplos no menos sorprendentes del uso de la tipografía como elemento transfigurador del sentido de la palabra, de las formas de leer y de ver, al mismo tiempo. El libro The Word Made Flesh, de Johanna Drucker, cuyo título es suficientemente significativo para lo que tratamos, abre al máximo las posibilidades de legibilidad. Cada signo, de diferentes tamaños, colores, fuentes, se encuentra en un lugar preciso dentro de la página; cada página se convierte en un rizoma por el que los ojos transitan de un lado a otro, confundidos, libres, en busca de definir los niveles de lectura que en un instante parecen ocultos y en otro evidentes, de manera alternada. La experiencia de escritura se aleja definitivamente de las prácticas comunes y con ella, también, la nuestra, de lectura, es otra: asistimos a la contemplación de un cuadro compuesto de letras.

Cuestionar, como obligan a hacerlo los dos ejemplos anteriores, tan alejados temporalmente, al objeto libro como portador de mensajes unívocos, como manufactura de un sentido verbal abstracto que lo trasciende, es entonces cuestionarnos como lectores, hallar que es posible mirar los signos de otro modo, jugar con ellos y ensamblarlos sin perder el sentido dentro de la página o la obra entera. La letra y la palabra, vemos, son sobre el papel materia, carne, imagen. Lo legible es lo visible y lo palpable.

En la actualidad, la discusión acerca del presente, futuro y pasado del libro ha tenido un auge que generalmente se asocia a la aceleración de los cambios de los nuevos medios en los que los textos, más allá del papel como soporte, nos son presentados. Sin embargo, queda claro que la forma “tradicional” del libro ha tenido en sí misma sus propias transformaciones e interpretaciones a lo largo de su historia. Durante las primeras décadas del siglo XX, por ejemplo, las vanguardias artísticas problematizaron las prácticas del libro de diferentes maneras, enfatizando innovaciones en sus características visuales y materiales, como lo hizo el peruano Carlos Oquendo de Amat con 5 metros de poemas, que, por principio de cuentas, puede abrirse con dos personas alejándose una de la otra con cada extremo en sus manos.

Como éste, los caligramas de Apollinaire, los poemas pintados de Huidobro, las revistas y manifiestos que hacían de la tipografía su principal arma, entre tantos otros creadores y “objetos”, fueron sin duda los primeros en hacer del material visual de la palabra una consigna de nuevas prácticas. A partir de este primer impulso de experimentación sistematizada con el medio convencional del signo verbal y del libro, su concepto ha sido reelaborado de diferentes maneras y explotado por otros muchos artistas y escritores.

A pesar de todo esto, ¿acaso las prácticas de lectura han cambiado?, ¿cuántos lectores tienen acceso a este tipo de materiales o a qué precio? La palabra como imagen no circula como lo hace la imagen aislada o los textos cuya materialidad es convencional. Las posibilidades de escritura y legibilidad han sido siempre exploradas, los resultados esperan ser atendidos, difundidos, valorados, o tan sólo vistos por ojos abiertos a lo que nos ofrecen, dispuestos a poner en entredicho nuestras propias expectativas como lectores ante estos objetos que alteran una forma ya arraigada de mirar, a asumir que el acto de leer es también el acto ver.

Imagen tomada de Cecilia de Torres

Escrito por:paginasalmon

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