Pensé que nada había más aburrido que leer los poemas de Vicente Quirarte, hasta que lo escuché a él mismo leyéndolos. Hace unos meses reseñé, por encargo, el disco que la UNAM le dedicó en su colección Voz Viva, pero me faltaron espacio y espíritu pendenciero para escribir todo lo que tenía en mente; hoy, que mi carta del servicio social ha sido despachada, puedo serme justo y decir lo que entonces callé. Primera confesión: de puro tediosas no escuché todas las grabaciones de la antología. Segunda: y, sin embargo, disfruté algunos versos espigados. Tercera: porque creo que, en el fondo, aunque sea aburrido es un poeta modestamente bueno. Cuarta: pero si sólo por estimable fuera a aguantar algo soporífero mejor sería dejar de aplazar mi cita con la Crítica de la razón pura o las obras completas de Gonzalo de Berceo. Aunque, visto en perspectiva, creo que tuve un motivo menos caprichoso que el tedio para interrumpir la escucha de El mar que nos vendieron en la infancia.

En una muy conocida charla, disponible en YouTube, Álvaro Gálvez y Fuentes le sugiere a Borges la conveniencia que para la poesía podría tener el aprovechamiento de medios tecnológicos como la cámara cinematográfica o los vinilos, si se utilizaran para recuperar la manifestación primitiva de la poesía: palabra orgánica, física y ritual. Esta idea, responsable de proyectos como Voz viva, a Borges le parecía tan repulsiva que incluso llegó a asegurar que lo mejor sería desaparecer del todo la relación de la mecánica con la literatura: ni cámaras, ni grabaciones, ni imprenta, y de plano volver al manuscrito. Una postura muy conservadora para mi gusto, sobre todo si la comparamos con los trabajos tan interesantes que con estos medios se han hecho últimamente; pero, en fin, Borges nunca se distinguió por ver más allá de sus narices.

Pero tampoco es muy innovadora la idea que expresa en el vídeo Gálvez y Fuentes, aunque a primera vista, y porque los avances en la técnica son siempre deslumbrantes, lo parezca; antes bien es un resurgimiento velado del peor romanticismo, del culto a la personalidad del autor, del discurso monológico y de la poesía concebida como “arte puro” que se corrompe a menos que lo interpretemos cabalmente. Un retroceso de doscientos años o más, vamos. A veces creo que Werther y sus hijos nos heredaron tanta basura como el propio Carlos Salinas.

El paso que con las nuevas tecnologías y el internet hemos dado en el terreno de la literatura es semejante al que se efectuó con la escritura, y aún después la imprenta (muchos antes de mí lo han dicho, no pretendo venirles a predicar una novedad), cuando la poesía se separó del andamiaje ritual al que pertenecía. Es el tránsito de un sistema a otro totalmente diferente, no sólo la adaptación a un nuevo medio (papel o grabación, lo mismo da), de un mismo discurso. Es decir, es la creación de un discurso por completo diferente, aunque por ser las mismas palabras en el mismo orden parezca que no. Hace unos meses, en una mesa redonda, escuché a Mariana Orantes decir que a veces quería escribir un poema durante semanas y la idea no conseguía salir sino hasta que la ensayaba en otros géneros, y entonces, cuando encontraba que el poema no debía ser poema sino un cuento o una pequeña nota, salía con naturalidad. Creo que en el fondo actúa aquí el mismo principio que intento delinear: la creación de una obra es inseparable de sus circunstancias formales y materiales.

Cuando un poema, escrito con la intención de ser leído por un individuo desde la hoja de papel, se trasvasa a una cinta pierde varias de sus cualidades más valiosas. En primer lugar está el carácter visual de la escritura, eso que tanto ocupó a Mallarmé: la escritura participa de una doble dimensión, por un lado significativa en tanto codificación de una articulación semántica de sonido, y por el otro puramente evocadora por la materialidad de las tintas sobre el papel. A esto hay que sumar que la página es como una partitura que debe ser descifrada en la lectura, lo que le da al poema (o al texto en general) una cualidad de irrepetible, pues cada enunciación particular es diferente, nadie accede a él de la misma manera. Tomemos, por ejemplo, un versículo de la Biblia, según la traducción de Nácar y Colunga:

[…] y aún apenado ha de pedir tu hijo que sea más grande su hoyo (Ez, 16:64)

Una lectura de esta línea me presenta al joven, objeto de la profecía, como un primogénito que, todavía motivado por una antigua y profunda vergüenza, pide que su escondite, su hoyo, según la sencilla metáfora, cubra su bochorno; en la otra lectura, en cambio, ese mismo muchacho es, aunque con las reservas del pudor, un entusiasta de la sodomía y, por lo que se echa de ver, poseedor de una flexibilidad envidiable.

Cuando Vicente Quirarte, o cualquier otro (nada tengo contra él en particular, de Bonifaz o de Rulfo, de Octavio Paz o de Arreola me parece ridículo), se graba leyendo sus poemas nos priva de involucrarnos en la dimensión visual del poema, algo sin duda empobrecedor, pero tolerable; sin embargo, más allá de esto, nos obliga a escucharlos de una sola manera, a entenderlos desde una sola enunciación, desde un solo lado, desde la univocidad de la grabación. No hay capas, ni recovecos, ni sorpresas: siempre lo mismo. El poema pierde, pues, una riqueza tremenda que le viene de lo móvil y equívoco de la interpretación que podemos hacer de su esfera vocal. Decía hace un rato que Voz viva es un engendro del peor de los romanticismos, de ese que más que admiración siente fetichismo por un autor, de ese que asume que el creador es genio y debe iluminar a la humanidad como profeta, y lo sostengo. Sin embargo, también dije que hay buenos ejemplos para refutar que es un callejón sin salida.

El primero que me viene a la cabeza es del mismo orden que los discos de Voz viva: sonoro. En sus actuaciones, el artista chileno Martín Gubbins experimenta con los alcances que las herramientas de grabación pueden darle a un poema que se construye sobre la marcha. Una de sus piezas, “Primer Soneto”, que pude ver en vivo en el último Festival de Poética Sonora, organizado por el Laboratorio de Literaturas Extendidas y Otras Materialidades, es una curiosa interpretación de la sonetística áurea: Gubbins aisló las rimas de los sonetos de Góngora y los enlistó en arreglos de catorce en catorce que, ya en el performance, leía con un cierto ritmo, mientras en una pantalla se proyectaban las palabras que iba diciendo. Conforme las capas de sonido se iban superponiendo se creaba una especie de canto polifónico, aunque monótono, que no se interrumpía, sino que crecía hasta volverse ininteligible. En esta obra en particular, Gubbins manipula el sonido con los instrumentos de la grabación, la reproducción simultánea, la repetición y el sample; no se conforma con la petrificación de un poema en una cinta, aprovecha los límites de este territorio.

Propuestas como ésta, en la que los medios tecnológicos no son ancilares al contenido, sino que trabajan con él, son las que Borges no intuyo con su comentario y Gálvez vulgarizó. También la imagen ha sido explorada en estos términos. Inspirados por la poesía concreta brasileña, muchos artistas contemporáneos de Brasil han revitalizado la poesía visual, en la que los elementos disponibles (tipografía, disposición y forma) ganan dinamismo al poderse manipular con la edición de vídeo, además de conjuntarse con pistas de audio, en un juego cercano al collage. El poema anónimo “O tempo passa” juega con una sencilla sucesión de palabras: o tempo passa, más una de las cualidades del tiempo, depresa, devagar, de surpresa, y así. Lo interesante es que existe para cada caso un apoyo visual y sonoro del sentido que hay en las palabras. Una vez más, el medio es inseparable de la obra.

Podemos también acudir a la obra del joven poeta mexicano Cesar Lopez, que en un gif titulado “Fly timer”hecho para repetirse hasta el infinito, realizó un poema sobre la omnipresencia de la muerte y su repetitividad en la vida humana: la realización de esta pieza en forma de gif no obedece al capricho de la novedad, sino a que sólo en esta plataforma puede existir un bucle infinito que, como la muerte concebida por Lopez, no acaba de repetirse y ocurrir.

Y así yo podría seguir lanzando ejemplos hasta volverme tedioso y repetirme, hasta parecerme al gif o, aún peor, una voz dormida en un disco.

Fotografía de Isma León

Posted by:paginasalmon

One thought on “La voz dormida: testimonios sonoros y poesía intermedial | Por Pedro Derrant

  1. Sin duda las circunstancias de cada obra tienen repercusiones en ella y es necesario que el autor las exhiba junto con ella para que el escucha perciba de la misma forma ese entorno , ahora que si se utilizan medios para exhaltarla con el simple propósito de aumentar la atención entonces cada quien percibirá lo que su cerebro procese

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