De: pderrant@hotmail.com
dom 26/02/2017 06:37 p.m.
Para: jon.a.rosas.@hotmail.com

Querido Jonathan:

Seguro te alegrarás cuando, al leer estas líneas, te enteres de que aproveché el fin de semana para hacerle caso a dos de tus consejos más añejos y recurrentes: primero, interrumpir por un par de días la lectura de poesía barroca –no un demonio a poseerme vaya culterano-, y, segundo, ver de una vez los ocho capítulos de Stranger things, pues, según tú, no tienen desperdicio. Debo ser sincero desde ahora y decirte que no compartí tu entusiasmo por la serie, aunque, como pronosticabas, no me interrumpí hasta terminarla (bueno sí; me regalé un interludio de algunas horas para dormir, pero ya sabes que, tratándose de mí, es de admirarse que algo consiga mantenerme más de dos horas atento). No sé si haya sido el síndrome de abstinencia gongorino, el atragantamiento de devorar al hilo cuatro capítulos por día, o las ganas de llevarte la contraria, lo que no me permitió disfrutar la serie tanto como P.e o X. o M. o tú, a pesar de que, no lo niego, tiene sus buenos momentos. Quién sabe. Mi conclusión es, en todo caso, somera: la historia, aunque decorosamente manejada, nunca me ofreció algo diferente a lo que tantas veces había leído en las novelas de ciencia ficción y terror que frecuentaba cuando iba en la preparatoria.

Puedes argüir, y con toda justicia, creo, que todas las historias no son sino un refluir de los mismos temas y estructuras, por lo que estas razones, además de pocas, son pobres y ridículas -como la Generación de Medio Siglo-, pero en realidad no me interesa tanto discutir si la serie es buena o no como platicar contigo de algo que advertí leyendo en unos foros de internet dedicados a la serie, ya que, no sé exactamente por qué, me hicieron acordarme de ti. Pareciera que la mejor razón, o cuando menos la más recurrente, que encuentran para explicar su simpatía por Stranger things, aquellos que dicen haberla disfrutado, es el catálogo de referencias audiovisuales a la cultura pop gringa de los ochenta. Hay en Cultura Colectiva y otras revistas afines tantas notas enlistando las intertextualidades de marras que hasta me parece grosero someterte una vez más a una enumeración que de seguro ya conoces o sospechas, además de deshonesto, pues, fuera de E.T., no sería capaz de cachar ninguno de los paralelismos. He incluso llegado a creer que no tener estas alusiones entre mi acervo me ha impedido conectarme con la obra al nivel de quienes hablan de ella como si fuera igual de buena -o más, porque nunca faltan exagerados: si lo sabré yo- que Breaking bad.

Me pregunto si tu vecindad prolongada con el terror y la ciencia ficción no te ha dotado de una capacidad peculiar para la sorpresa que, por haberme retirado de ellos hace ya varios años, yo no tengo. Una vez me contaste que sólo no podías escribir cuentos de terror, a pesar de saber casi todo de ellos, de conocer mucho más de la nómina canónica: llegamos a la conclusión de que la seriedad con que examinabas cada uno de sus elementos constitutivos te impedía abandonarte a la escritura, nunca suficiente para satisfacer los estándares que te habías hecho. Te pasó lo que reza el título del libro de Zaid: demasiados libros. Pero si a lo mejor para la creación es contraproducente leer con mucha fruición cierto tipo de libros (aunque, a priori, lo niego y le atribuyo el congelamiento a tu cobardía), para la apreciación estética acaso sean una ventaja.

Acabo de regresar de la cocina y pasé frente al librero en el que tengo, medio escondidas para qué te lo niego, las novelas que leía en mi adolescencia. Revisé, con un nudo en la garganta, los tomos deshojados de Stephen King: ellos atestiguaron casi todos mis descubrimientos. Uno en particular, el kilométrico It, estuvo en mis manos el mes que escuché por primera vez Horses, de Patti Smith. Para mí, escuchar “Kimberly” o “Birdland” es automáticamente imaginar al grupo de amigos en el verano de Derry. Hasta ahora descubro que una de las cosas que más disfruté de Stranger things fue la sensación de revisitar ese ambiente íntimo de la amistad entre los niños. También me gustaron la desproporción de los términos enfrentados y la completa confusión, el no saber hacia dónde iba esa maraña: como ocurre con ItLa torre oscuraFarenheit 451La conjura de los necios o el Quijote.

Quizás haya sido un poco injusto en la evaluación del principio (por eso le escribo un correo a un amigo y no un ensayo a alguien que vaya a juzgarme con más severidad), pues, pensándolo bien, sí hubo algo de mí que se movió con la serie. Tú me conoces, amigo, sabes que padezco nostalgia de la fuerte –sin albur, claro está-, pero hasta ahora no me había dado cuenta hasta qué punto afectaba esto la forma en la que percibo el arte: me gustan las películas que me recuerdan a las que más disfruté cuando mi papá me llevaba al Blockbuster después de mis clases infantiles de pintura, la música que me retrotrae a las comidas con el Fonógrafo –la estación, no el aparato- en casa de mi abuelo, las historias que tienen algo de los “Músicos de Bremen” o Scooby Doo. ¿No es esa también la forma en la que funciona el criterio estético de esas personas que leí en el blog de Stranger things? ¿No está de sobra justificada la lectura nostálgica y memorabilística, pues de qué otra forma leemos sino comparando con lo que ya conocemos, con lo que amamos? M. no se cansa de repetir esa frase cursilísima de que uno siempre vuelve a los lugares en que amó la vida, pero en este contexto parece apropiada.

También tú, John, lees de esa manera, según entiendo. El fantasma de tus lecturas -¿pues, la nostalgia qué es sino un fantasma?- te alienta a seguir disfrutando de tu feliz y terrorífica parcela, a pesar de que siempre recurran los mismos elementos; también él te impide escribir porque no te dejas de comparar con lo que juzgas mejor que tú. Deja de hacerlo, no seas ridículo; puedes hacer cosas grandiosas, cuando menos mejores que la abstinencia, si depones el celibato. El otro día vi en la Jorge Cuesta un libro de Harold Bloom, que no compré porque ya llevaba los cuentos de Bustos Domecq, que quizá nos convenga revisar y discutir: se llamaba algo así como La angustia de las influencias. No lo he leído, pero me parece nocivo perpetuar esa idea de las influencias como angustiosas cimas que no podremos alcanzar; por qué no mejor nostálgicos lugares, benévolos regresos a la comarca de la memoria.

La etimología de nostalgia es bellísima, ¿la conoces? Nostos es el retorno a la casa, como Odiseo regresa a Ítaca, como tú regresas a Lovecraft, como yo y todos a nuestra infancia; algia, como todo diccionario médico podrá decirte, es dolor. Súmalos y tienes la respuesta: es el dolor irrevocable de estar lejos e inútilmente querer regresar. Cuando leemos entramos en los territorios de la nostalgia y por eso nos volvemos vulnerables: estamos, pero no, en el pasado, mientras el presente sigue desmoronándose entre nuestros dedos. ¿Qué vamos a disfrutar mañana? ¿Seremos siempre los que somos y desde entonces hemos sido? Espero tu respuesta, pero pronto, amigo, antes de que el tiempo muera en nuestros brazos.

Imagen tomada de UFM

Posted by:paginasalmon

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