Dios dijo, “hágase la luz” y se hizo, el principio fue el verbo. La escritura separó la prehistoria de la historia, se desarrolló el tiempo diacrónico; nos dimos cuenta que somos narración y, como tales, unívocos, cerrados en nuestra temporalidad y espacialidad. Eso es lo que nos hicieron creer, no hubo discusión, era la ley impuesta por otros, nos dieron el dogma. Sin embargo, en el Renacimiento se empiezan a romper esos moldes, la Reforma separó a la cristiandad. Erasmo de Rotterdam en su Enquiridion o manual del caballero cristiano le dice al hombre que como individuo debe de acercarse con su propio conocimiento a la lectura de la Biblia e interpretar el texto, ayudarse de los autores religiosos, pero también de los paganos, siempre discerniendo para alcanzar a Cristo. Años después, un manco leerá los libros de caballerías, los libros de pastores, las novelas sentimentales, los relatos moriscos y, seguramente, al mismo Erasmo; y un día de 1605 publicará una obra tan famosa como la misma Biblia, con un loco de protagonista y un necio a su lado, tal obra levantará una constelación de bibliografía, de pinturas, esculturas, suvenires y un musical.

Pero, ¿para qué hablar de lo obvio, de lo que en clase o en la vida nos han dicho sobre este personaje que sin haberlo leído aparece, por lo menos, una pintura de él, junto con su escudero, enfrentándose a molinos de viento, en una casa cualquiera? Las vacas sagradas de entre los libros se han vuelto La Biblia y El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; pero, pese a que Erasmo escribía que cada quien debía acercarse libremente a los textos, se les ha impuesto un dogma, sea la voz de la Iglesia o sea la pluma de algún rico investigador de la Academia. Hoy siglo XXI, época de la intertextualidad y de la metaliteratura, cualquier autor tiene las posibilidades de jugar con su tradición, leerla e interpretarla a sus anchas como un Pierre Menard que escribe a un Jorge Luis Borges, o una minificción que emplea una serie de referencias con la historia, la literatura y la filosofía para fomentar la ironía que envuelve al género: los creadores son los que buscan atacar al dogma académico, aunque a veces también reafirmen eso que buscan aniquilar, la paradoja de la cultura.

¿Acaso yo no venía a reseñar una novela de Marina Perezagua? Estás divagaciones no me llevan a ningún lado, cómo hilo estás reflexiones… “En un lugar de la Mancha cuyo nombre no quiero acordarme…” de esa manera no empieza la novela, aunque quisiera ser así. La autora desplaza a sus dos personajes principales a un tiempo que no les corresponde, en un lugar que nunca conocieron ni supieron que en algún momento existiría. La historia empieza un 17 de enero del 2016 en la isla de Manhattan con don Quijote y Sancho Panza amnésicos de su pasado, pero sin perder las características que los definen, la alta y flaca figura de uno, la redondez y peludez del otro, como tampoco ninguno pierde su locura y su sandez; es así como el narrador nos permite identificar claramente a los personajes canónicos de Miguel de Cervantes. A lo largo del relato (33 capítulos de andanzas por la caótica ciudad y otros y varios divertimientos) veremos a un don Quijote que ha olvidado a su Dulcinea del Toboso y ha encontrado el amor en la blanca y alta figura de Marcela, representante de la libertad, la cual parirá a toda la humanidad, pero también conoceremos las historias de un vendedor de Starbucks que acaba en la cárcel, de Zorrita número uno y su historia de amor, de Simón el esclavo ahora libre y de una presa en Utah que asesinó a los hijos de su amigo, además de eco-feministas protestando a favor de las ballenas, una obra teatral en Broadway, una visita al Instituto Cervantes en Nueva York y otras entretenidas historias.

¿Qué hace don Quijote, introductor de la modernidad, en medio de la posmodernidad? “Aún no podían imaginar, pobres de ellos, que el hidalgo estaba loco porque quería arreglar el mundo, y el mundo, desocupado lector, ya no tiene arreglo”. Don Quijote recibe de regalo una Biblia, al leerla cae en la locura, con una misión a cuestas: recordarles a los habitantes de la isla la palabra de Dios. Don Quijote pasa de ser un caballero andante a convertirse en el mesías, en el nuevo y esperpéntico Cristo que, con doctos y locos razonamientos, busca “enderezar entuertos”, a veces recibiendo más una paliza o una inyección narcótica y otras veces la admiración de Sancho o la serenidad de su interlocutor. El narrador nos presenta este viaje en donde se entrecruza el intertexto de la obra de Miguel de Cervantes y el de las sagradas escrituras; pero sobre todo, nos hablará de un nuevo tiempo (acaso ya existente) de la sincronía, tiempo caudal donde todo se confunde, se entremezcla, y toda la historia de la humanidad va a dar a la mar: es así como podemos ver a dos hombres del siglo XVI portando para estas nuevas épocas un traje de C-3PO y de un Ewok.

Pero, ¿es acaso, esta novela de Marina Perezagua, una hija de las técnicas cervantinas o vástago de Mateo Alemán, autor del Guzmán de Alfarache? De aquí se desprende una serie de consideraciones largas y exhaustivas que serían más propias del ambiente académico que de una reseña. Pasada la capatatio benevolentis, debo decir mis opiniones. Hay un momento de la narración en la que, en vez de considerar la existencia de una polifonía, se llega a una premisa que se busca demostrar que el mundo está mal, y son los locos quienes lo arreglarán; si bien este pensamiento invadió mi mente algunos capítulos, luego parece que no es así. En el Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha existen momentos en los que dejas de pensar en la locura del personaje, porque se presentan razonamientos y comportamientos que en vez de ser impetuosos y de consecuencia catastrófica están plagados de razón y discreción; es así como el Caballero de la triste figura deja de tener una personalidad unívoca, para tener toda una serie de personalidades que nos permiten darnos cuenta de que se trata de un personaje complejo; el don Quijote de Perezagua parece que nunca, a diferencia del otro, cesa en su locura, que es loco por naturaleza misma (sea cuando grita que se haga la luz en un comedor oscuro de gente ciega, sea cuando lanza dinero en un Starbucks), sin embargo, conforme avanza la narración se va complejizando su personalidad, nos empieza a mostrar sus diversas facetas (cuando habla sobre el arte y la religión, cuando trata el tema de las armas o platica con la presa de Utah), pero, sobre todo, cuando empieza la narración de la muerte viva (segmento de la novela de tintes apocalípticos donde los protagonistas caminan desnudos por toda la isla de Manhattan, ya sin ningún ser orgánico existente, para encontrarse con Marcela), es en esos momentos en donde su fe se pone a prueba y junto con Sancho tendrá que hacer frente a la desolación total y con los sin sentidos de la vida.

La técnica cervantina no consiste sólo en crear un narrador que reflexione sobre su quehacer mismo, tampoco en emplear personajes locos que tengan razón, o sólo parodiar, sino en considerar que pese a lo dinámico y caótico que es el mundo se puede hacer algo por cambiarlo, que la libertad es la meta de cada ser humano, que en la desunión se debe encontrar lo que nos enlace con los demás, que no somos unívocos ni estamos determinados por el dogma, que somos libres de transformar al mundo y transformarnos al mismo tiempo, que ser racionales no implica un camino único sino que se trata de observar más allá de nosotros, interpretar con nuestra propia inteligencia y voluntad. En este caso, Marina Perezagua demuestra que su lectura del Quijote es interpretativa, no vil servilismo o imitación, sino una manera de enfrentarse al mundo contemporáneo y decir que todavía hay un camino que se puede conseguir, que leamos el Quijote para alcanzarlo (como Erasmo proponía con La Biblia), aunque hoy “derribados estamos, mas no destruidos”.

Imagen tomada de El libre pensador

Posted by:paginasalmon

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