Cuando yo empleo una palabra, esa palabra significa exactamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos […] La cuestión es saber quién dará la norma… y punto.
-Through the Looking-Glass, and What Alice Found There

¿Quién es el yo que hace uso de las palabras tan libremente? Quizá Humpty Dumpty, personaje fictivo que ha trascendido la materialidad de su texto. Quizá Lewis Carroll, autor de dicho texto. Quizá no es ninguno de los dos, sino Luis Maristany, el traductor ─¿o  autor?─ de las palabras que recién escuchamos. La cuestión es saber quién dará la norma para que el texto adquiera un sentido completo. Quizá, se preguntaron alrededor de los años 60, quien da la norma es quien está frente al texto: el lector. Un sujeto en movimiento en virtud de su acto de lectura, un sentido cuya construcción se mueve en función del significado que Humpty Dumpty, o Carroll, o Maristany, quiere que tenga.

Entiendo el acto de lectura como uno de los pilares para la articulación del sentido, la cual ha sido establecida en múltiples ocasiones como un recorrido físico mediante la configuración del tropo del viaje, del recorrido. Encontramos esta posibilidad en el diálogo entre el gato Chesire y Alice, que comienza con un “Would you tell me, please, which way I ought to walk from here?” y culmina con la respuesta “You’re sure to do that [llegar a alguna parte] if you only walk long enough” (Carroll 1866: 89-90). Las pautas del recorrido delinean los márgenes de sentido que los lectores seguirán, o romperán, en función de los caminos que sigan sus horizontes interpretativos.

Al identificar la lectura como un recorrido de mundos textuales fictivos, nos encontramos en terreno escabroso. Discutimos la transformación en ficción ─o la inclusión dentro de esta─ de algunas de las reflexiones que ocupan a la teoría de la literatura: qué es un autor, quién construye el sentido, la trascendencia del texto, los objetos y prácticas de lo escrito, y los límites entre ficción y realidad. Nos encontramos también ante la posibilidad de sentidos de márgenes móviles, los cuales fluctúan con cada lectura y cada lector, con cada (re)construcción del mundo textual fictivo que leemos, es decir, con cada traducción.

Esta ha sido abordada dentro de la ficción desde tiempos del Quijote, historia escrita por Cide Hamete Benengeli, traducida toda por un morisco y referida tal cual en el texto de Cervantes (cfr. Cervantes 1996). A partir de la perspectiva teórica del fictional turn (Vieira 1995), se incorporaron los parámetros de la construcción de textos fictivos─ siendo referentes los textos de Jorge Luis Borges, Mário de Andrade, Joao Guimaraes Rosa y Gabriel García Márquez─ como fuentes para los fundamentos teóricos sobre la traducción y otros procesos hermenéuticos (cfr. Pagano en Tymoczko y Gentzler 2002).

Desde esta perspectiva teórica, analizo los conceptos lector paseante y texto jardín ─propuestas basadas en “El jardín de senderos que se bifurcan” (1942), de Borges─ desde su aporte a los estudios de traducción como elementos que posibilitan la comprensión de este proceso como una construcción en movimiento. Espero establecer un diálogo contigo, lector, de modo que te dispongas a despedirte de ti mismo en el espejo y realizar un recorrido en tren, hacia ilusorias imágenes entre marcadores teórico-referenciales de realidad que permitan, a su vez, que los límites del texto, de la lengua y de la experiencia dialoguen entre sí para construir un puente que los relacione. Un puente delineado por mi texto, un puente recorrido con tu lectura.

En una adivinanza cuyo tema es la traducción, ¿cuál es la única palabra prohibida?

El texto literario es un tejido de relaciones. Estas se establecen dentro del texto, pero no se limitan a su interior. Se extienden hacia otros textos, productos lingüísticos y culturales, refieren circunstancias de la realidad social donde se produjeron, y permiten que “los hablantes y lectores [vean] a través y alrededor del marco de su lenguaje, para que perciban una realidad diferente” (Culler 2000: 76). De este modo, el texto literario construye su propio marco de referencia para los elementos referenciales de su mundo, es decir, construye un mundo textual fictivo que se configura como el contexto implícito de la obra: la base de los actos de compresión de un lector.

Al estar frente al texto durante un acto de lectura particular, “la percepción estética exige del observador un recorrido, un desplazamiento imaginario o real por el que la obra es recompuesta en función de las referencias y asociaciones propias del observador” (Lipovetsky 1990: 101-102). En este sentido, el lector se configura como un lector paseante, quien debe conocer su mundo para reconocer en el mundo textual fictivo las referencias hechas a éste. En “El jardín de senderos que se bifurcan” se teje una relación entre el absurdo y el infinito, entendido este en la multiplicidad de lectores, cada uno de los cuales construye una interpretación particular del texto; un texto jardín, en tanto que sus senderos de sentido son recorridos con la lectura para concretizar interpretaciones.

El laberinto de “El jardín” es uno en el que todos, los múltiples e infinitos desenlaces, ocurren en virtud de un presente en constante transformación que da cabida a múltiples bifurcaciones que, al concretizarse, actualizan el pasado como memoria, el presente como interpretación y el futuro como horizonte interpretativo. Cada uno de estos procesos interpretativos responde a la lectura individual de un mundo en el que se cuentan y se leen múltiples relatos, los cuales cuentan una verdad diferente y apelan todos a la receptividad de sus lectores paseantes, cualidad esencial de todo sujeto viajero y ser errante (Maffesoli 2004).

Dado el contexto político e intelectual de la posguerra, “the extensive migrations of writers and their texts across language boundaries has drawn attention to the necessity and difficulty of literary translation” (Thiem 1995 en Isik 2012: 8). El escritor y el lector, en tanto que ambos son paseantes, deben comprender lo que leen y las razones por las que lo hacen, al momento de recorrer los caminos de su mundo. En la vorágine de este proceso, la internacionalización de la literatura y la extensión del uso de las lenguas permitieron el reconocimiento de la traducción como una disciplina, y su inclusión en los temas autorreflexivos de la ficción posmoderna, puesto que “translation completes the postmodern questioning of traditional conventions” (Isik 2012: 10).

Dichos cuestionamientos trascienden los planteamientos principales de la ficción posmoderna, según Brian Nicol (2009 en Kaindl 2014): la interrogante sobre una existencia análoga del texto fictivo al mundo “real”, y el planteamiento del narrador como el mediador de una historia ya existente. La construcción de un lector paseante en “El jardín”, dada en Yu Tsun, Richard Madden y Stephen Albert, permite cuestionar los límites de las fronteras conocidas entre lenguas, sujetos, culturas e interpretaciones, de modo que el recorrido del lector no es un movimiento lineal entre significados fijos, sino un movimiento laberíntico entre sentidos móviles.

Entender la traducción como movimiento, un llevar al otro lado, nos acerca a la comprensión de que el traslado de la intención comunicativa y poética de un texto, implica la desestabilización del sentido “fijado” en éste. El movimiento laberíntico del lector trae consigo dicha desestabilización, y si “la posibilidad de la traducción literaria depende en primer lugar de la posibilidad de comprender la obra que ha de ser traducida” (García Yebra 1989: 127), entonces podemos entender el proceso de traducción como una experiencia subjetiva (Delabastita and Grutman 2005 en Kaidnl 2014). Por lo tanto, el traductor es un lector paseante en la búsqueda de su interpretación del texto jardín del que es responsable, la cual depende de una lectura particular y pide su propio proceso de traducción.

Lejos de un modelo universalista de las técnicas de traducción, de un lenguaje universal, y de los conceptos de fidelidad y originalidad, propongo lo siguiente: la lectura recorrido de cada texto impulsa la construcción de varios senderos traductológicos que, a su vez, constituyen nuevos textos con valor estético propio y no adquirido en razón de su fidelidad a un texto original que, en aras de la naturaleza de todo proceso creativo y los lineamientos editoriales, no podemos estar seguros de llamar original.

Por lo tanto, el proceso de traducción trata al texto como “a mutable mobile which operates within a topology of fluidity” (Cronin 2006 en Kaindl 2014: 2), desde la que se reflexiona sobre la articulación de la diferencia y el sentido. Este se compone de la construcción hecha por su autor (o intención del hablante), es también producto del lenguaje utilizado para construirlo, así como del contexto de producción y recepción. Al recorrer el texto, el lector completa su sentido global según los artificios expresivos que hayan sido concretizados en su interpretación. La traducción de un texto, entendida como la interpretación particular de su traductor paseante, “responds to the original by filling that openness of the source text” (Isik 2012: 47): la apertura de la concretización de artificios expresivos del texto, cuyos sentidos evocados serán sustituidos, omitidos o proliferados en el proceso de traducción sin establecer jerarquías entre este y el proceso creativo.

Why is a raven like a writing-desk? 

Según Walter Benjamin, si la esencia de la traducción fuera la igualdad con el texto “original”, esta no existiría. Si bien la traducción literaria nos permite estar frente a dos textos que narran una misma diégesis, hemos de aceptar que, aunque similares, estos no son iguales pues responden a diferentes contextos de producción y recepción, cada uno con sus propios horizontes estético-literarios. Nos encontramos ante el absurdo de encontrar una equivalencia semántica fija entre dos textos que, de entrada, sabemos no son iguales.

Preguntarnos why is a target text like its source text? esperando una respuesta totalmente aclaratoria y definitiva, podría dejarnos con la misma sensación de desconcierto que tuvo Alice al escuchar que la única respuesta a la adivinanza de Mad Hatter era “I haven’t the slightest idea” (Carroll 1866: 101). Desde la perspectiva teórica del giro fictivo, entiendo la traducción como movimiento, como un proceso en el que no podemos esperar obtener respuestas fijas para preguntas que, en esencia, son móviles.

El texto jardín del que partimos resuelve las preguntas que plantea dentro de su mundo textual fictivo, pero mantiene vigentes en la mente de los lectores sus cuestionamientos sobre la simultaneidad e infinito del tiempo-espacio. Dichos elementos evocan la falta de una respuesta, así como la disolución de los límites que constriñen el mundo textual fictivo y que delinean los senderos a seguir. La disolución de los límites da pauta al diálogo entre las fronteras de las lenguas, las culturas y las interpretaciones, de modo que, desde “El jardín”, cada texto traducido se vuelve en sí mismo un jardín interpretado por su traductor (en el cuento, Stephen Albert) que impulsa nuevos sentidos (bifurcaciones) en la lectura de cada paseante, quien se acerca al texto para construir su propio recorrido.

Leemos para construir nuestra interpretación y construimos para responder a los marcadores teórico-referenciales de nuestro momento, dialogar con sus propuestas y delinear otros senderos. Dada la posibilidad de la desarticulación de los sentidos ya “fijados”, tal vez valdría la pena voltear la adivinanza y preguntarnos why is a writing-desk like a raven? o, por qué no, why is a source text like its target text? Imagina, lector, que bajando del tren llegas a Ashgrove, o persiguiendo a un conejo caes por su madriguera, y te encuentras en un mundo en el que un traductor comienza el fascinante tejido de una traducción magistral y, una vez finalizado el manuscrito, le propone a un autor que le redacte el original. Dime, lector, sabes tú, ¿en qué se parecerán?

Imagen tomada de A Fantastical Librarian

Escrito por:paginasalmon

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