De: pderrant@hotmail.com
dom 26/03/2017 07:18 p.m.
Para: liz.alvarado@gmail.com

Liz:

Tal vez esté siendo víctima de los recordatorios fotográficos de Facebook, pero hace cinco días que no consigo sacarme de la cabeza las dos semanas que pasamos juntos hace un año. Nos encontramos (me encontraste) en la estación de autobuses, después de casi tres meses sin vernos: estaba dormido sobre la maleta y con el suéter amarrado alrededor de la cabeza, orejera y almohada al mismo tiempo; pero eso fue hasta las diez de la mañana y yo llegué cuatro horas antes. En ese tiempo me ocurrió algo que por la emoción no recordé contarte y después sólo se diluyó entre la vergüenza y el olvido.

Como llevaba más de veinte horas sin probar bocado, salí de la terminal para buscarme algo de comer, aunque no estaba seguro de que fuera una buena decisión: no teníamos señal de teléfono y había olvidado a qué hora llegaba tu autobús, además de que no sabía qué tan seguro podía ser merodear a esas horas, con tan poca luz y en un lugar desconocido. En mi familia dicen, creo que ya lo sabes, que el hambre no mata, pero apendeja. La regla se verificó en mí, de modo que opuse muy poca resistencia al impulso de quedarme. Arrastré la maleta a través de una avenida recta, para no perderme, con la esperanza de encontrarme una cafetería abierta; sin embargo, sólo hallé banquitas y camellones. Cruzaba del camino central a las calles laterales, en busca de cualquier cosa. Supongo que, como el D.F. me tiene tan acostumbrado a la comida madruguera, no me di cuenta de lo improbable que sería encontrar algo a esas horas. Pero de hecho sí encontré algo.

Donde la avenida se convertía en una calle delgada y de subida, el camellón dejaba de ser peatonal y se volvía una estrecha línea de tierra sembrada de árboles de naranja. Tiempo después me explicaste (y he aquí por qué nunca te lo había contado) que esos árboles eran un adorno urbano que los andaluces habían heredado de los musulmanes, y que sus frutos permanecían intactos (algo que yo atribuía a la civilidad) porque no eran comestibles y todos lo sabían. Era algo así como un conocimiento tácito, la piedra de toque diseñada para burlar a los turistas. Y bueno, sí son comestibles porque no me intoxiqué ni nada, pero son amargos y desagradables, como pocas cosas he probado: a lo mejor por eso los cristianos andaban tan enojados con los moros, qué sé yo. Incomibles, en fin. Lo juro. Ahora me divierte la idea de que algún granadino me haya espiado desde lejos, esperando a ver mi cara de disgusto, siguiendo mi trayectoria desde que crucé la calle, miré a los lados y arranqué, según yo discretamente, media docena de naranjas que no probé sino hasta llegar a la acera de enfrente.

Una vez leí en internet que el único provecho que la gente ha conseguido sacar de esos frutos de ciudad ha sido el de balones improvisados para partidos de futbol y el de proyectiles para las manifestaciones contra el gobierno. Es una bonita metáfora si lo piensas: esa naturaleza artificial y decorativa ha servido para tres de las tareas más inútiles de nuestra sociedad: el espectáculo, la política y el adorno, tres tareas que, bien visto, no son muy diferentes entre sí. Todas ellas se ocupan del deshonesto ocultamiento de lo evidente, son el empeño de maquillar las relaciones del hombre con el hombre y su entorno, la evasión de la terrible verdad que es este siglo XXI. Lo mismo pasa en esta ciudad con las sacrosantas jacarandas: a todos nos encantan, pero ¿qué son sino eso, un afeite? La peor parte es que ni siquiera tenemos el consuelo de que con las flores podríamos hacer proyectiles. ¿Qué se hicieron las guerras floridas?

Pero divago. Anoche, terminé de traducir un poema de Cummings que ahora parece apropiado adjuntarte aquí: dime qué te parece y confiésalo de una vez, a ti también te agarraron desprevenida las naranjas.

O sweet spontaneous
earth how often have
the
doting

                        fingers of
prurient philosophers pinched
and
poked

thee
,has the naughty thumb
of science prodded
thy

            beauty             .how
often have religions taken
thee upon their scraggy knees
squeezing and
buffeting thee that thou mightiest conceive
gods
(but
true

to the incomparable
couch of death thy
rhythmic
lover

            thou answerest

them only with

                        spring)

Oh espontánea y dulce
tierra cuán a menudo han
los
ardorosos

                        dedos de
los lúbricos filósofos pinchado
y
pellizcádo-

os
,ha el pícaro pulgar
de la ciencia turbado
vuestra

            belleza             .cuán
a menudo os han las religiones
montado en sus ásperas rodillas
estrujándoos y
zarandeándoos para haceros parir
sus dioses
(pero
fiel

al incontrastable
lecho de la muerte vuestro
cíclico
amante

            tú les respondéis

tan solo con

                        la primavera)

Posted by:paginasalmon

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