Tan solo entre 1563 y 1700, los Austrias tuvieron más de 120 enanos y locos al servicio de la corte española. Esto quiere decir que, en el casi siglo y medio de su reinado, los Habsburgo habrían tenido suficiente “gente de placer” (not my words) para “gastar” (neither mine) al menos una por año. La peculiar comitiva tenía el propósito de, naturalmente, entretener a Susmajestades –reverencia, reverencia­­‒, pero es inverosímil creer que sólo por divertida la mantuvieran con tanto esmero como lo hacían: más allá de lo esencial, la comida, el vestido y la protección, los tres ya una pequeña fortuna en una sociedad europea de entonces, a algunos de ellos se les recompensaba con la intimidad de algún Grande o la inmortalidad de un retrato –de qué otro modo iba a ser‒ de cuerpo entero. ¿Cómo explicar una fascinación como esta?

La explicación fácil, la equivocada, es entenderla como un capricho de los cortesanos; menos evidente, más adecuada, es, en cambio, la idea de que los freaks eran otra cosa que un entretenimiento para ellos. No tengo noticia de una sola lengua incapaz de referirse a quien la ejerce y a quienes le son ajenos: siempre hay una forma de referirse a la pertenencia y a la otredad. Me atrevería, incluso, a asegurar que un lenguaje humano es imposible sin ese límite y que, en tanto que no existe la afirmación de una idea sino a través de la confrontación con su opuesto, la lengua es hija de esta necesidad fundamental. En consecuencia, ¿no podemos ver en la atracción por lo diferente una forma de autodelimitarnos constantemente? Los cortesanos no veían a los enanos; se buscaban a sí mismos en ellos.

Esta pequeña respuesta no zanja, empero, la cuestión; abre la posibilidad a una pregunta, que, según los factores incluidos en la ecuación, es muchas, es todas: ¿qué vemos en eso que no pertenece a lo propio? O mejor aún, ¿qué vemos en algo que no pertenece a ningún lugar, en un ser abyecto? Esta pregunta resuena en Página Salmón desde sus inicios y no puede ser de otra manera, pues el único principio al que se adhiere esta revista es el rigor y, contra lo que la etimología quiera mentir, el rigor es una actividad dinámica, nunca rígida; lo demás es incertidumbre, no permanencia, no pertenencia. La palabra que, a nuestro juicio, sintetiza mejor el concepto es ‘disidencia’: en las asambleas del foro romano el disidente era aquel que elegía sentarse aparte de las facciones, el que no sometía su devenir al dicho ajeno. Así, con “Formas disidentes”, nombre desde el que hemos decidido abordar este dossier, buscamos abrigar reflexiones que circunden cualquier fenómeno análogo a esta actitud: lo inmoral, lo obsceno, lo grotesco y lo extranjero. Tan disidente puede ser la narrativa de una telenovela, como la discusión en torno al aborto; sólo resta mirarnos en ese espejo.

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Escrito por:paginasalmon

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