El siglo pasado, un montón de físicos sostuvo una polémica sobre cuál sería el destino final del Universo. Unos, Hoyle y Tomán, creían que era estático, y con una cantidad limitada de masa y energía, por lo que su destino sería permanecer idéntico; otros, Hubble y Lemaître, pensaban que era la consecuencia de la expansión de un punto en el que todo estaba concentrado, un punto que degeneró en la multiplicidad de las cosas y que aún hoy se expande: su destino, entonces, sería la infinitud. No pretendo comprender los detalles físicos de cada postura (disculpe el lector a este hombre que hace no mucho creía que el azul del mar era el reflejo del azul del cielo); en este momento me importa revivir otro asunto, tal vez tan definitivo como el destino del Universo: su recurrencia.

Cien años antes de la discusión entre el estatismo del Universo y su expansión, Nietzsche pensaba ya en el asunto. Como Hoyle y Tomán, creía que había una cantidad limitada de materia y energía, pero un tiempo ilimitado. De aquí, extraía la conclusión de que existía una cantidad inmensa, aunque finita, de variaciones de lo existente y que, en algún momento, estarían condenadas a repetirse: el tiempo y los eventos, por lo tanto, se reiterarían por siempre. Su planteamiento del eterno retorno de las cosas era (él mismo) un testimonio de veracidad: ya antes de Nietzsche lo habían pensado los sacerdotes egipcios que en la cámara mortuoria de la Pirámide de Unis habían grabado una serpiente mordiéndose la cola; lo habían pensado también los helenos que recordaban el mito de Sísifo; lo mismo que tantos otros, después y antes.

Sin embargo, en 1965, se presentaron pruebas experimentales de la ocurrencia del Big-Bang. Esto significó la refutación del eterno retorno: si el Universo se expande, entonces las variaciones potenciales de la materia son infinitas. Y, sin embargo, una y otra vez vemos las recurrencias de las ideas, de los hombres y los accidentes. ¿Cómo conciliar nuestra experiencia del mundo con la física? Turok y Steindhart, dos físicos que aún viven y trabajan, proponen un camino: ninguna de las dos hipótesis, ni la del estatismo ni la de la progresión sin freno, explican el Universo; lo hace, en cambio, la idea de que el Universo es una serie, un ciclo infinito de bangs y crunches, explosiones y contracciones continuas que expanden el Universo y lo reunifican en un punto, como un corazón imposible que bombea la totalidad.

Según esta idea, no sólo las variaciones de la materia serían finitas, sino que la historia del Universo estaría condenada a repetirse en cada ciclo. Si, como quería Hegel, la historia no es sino una espiral de espirales, ¿qué nos impide creer que eso mismo no ocurre a niveles más pequeños, en espacios que nuestra mirada alcance a ver?, ¿qué nos impide ver en los procesos vitales, en las generaciones y en los siglos la contracción y expansión de lo mismo?

No ha pasado ni un mes desde que se estrenó una de las mejores series que vi este año: Dark. La trama es más complicada que esto, pero resumo la idea central: diferentes personajes se pierden en diferentes cronologías, a causa de un agujero temporal que se abre por una explosión en una planta nuclear, y descubren que los eventos del futuro dependen de que ellos se hayan perdido en el tiempo. Uno de ellos descubre que su padre no es más que uno de sus amigos que se perdió en el tiempo; ese mismo personaje, más tarde, entenderá que él es el responsable de la explosión en la planta nuclear y, en consecuencia, de que el portal se haya abierto, el responsable, también, de que su amigo se haya perdido en el tiempo, que haya crecido para ser su padre y que lo haya engendrado para que cerrara el círculo irrevocable de los eventos al abrir de nuevo el portal que haría a todo repetirse. El futuro altera el pasado.

¿Es el tiempo, entonces, una progresión de momentos? Me inclino a pensar otra cosa, a pensar que es un instante en el que todo se repite y se anuda, una interacción de la totalidad consigo misma. Así como en el Big-Bang toda la materia y energía estaban concentradas en el centro, en la eternidad todo el tiempo está concentrado en el ahora. No hay futuro, no hay pasado, porque cualquiera supondría un término. Tal vez por eso, en el Antiguo Testamento, Dios se presenta como ehyeh asher ehyeh, que lo mismo puede traducirse como “soy el que soy” y “seré el que seré”. Ante estas afirmaciones, los paralelismos históricos deberían presentársenos como algo más que coincidencias, y las resonancias como las manifestaciones de una sola voz.

Hace dos años advertí que un par de hilos débiles comunicaban a dos de mis artistas preferidos: David Bowie y Miguel de Cervantes. Lo recuerdo porque la primera de estas coincidencias se cumplió dentro de mí: me quedé despierto hasta las tres de la mañana del 10 de enero de 2016 para escuchar todo Blackstar, el último disco de David Bowie, y terminar La Galatea, el primer libro de Cervantes. Luego, ya que había hecho las dos cosas y estaba por acostarme, revisé mi celular: la pantalla se llenó de notas sobre el fallecimiento de David Bowie, ocurrida unos minutos atrás. Leí una, en la que encontré su fecha de nacimiento, y luego miré la contracubierta de la novela que acababa de concluir. Encontré algo que me sorprendió: los dos habían nacido y muerto en los mismos años, pero con cuatro siglos de diferencia. 1547-1616 y 1947-2016. Tras buscar más cosas que los conectaran, encontré que ambos habían tenido, también, una mutilación en la parte izquierda del cuerpo. Y nada más: una triada de circunstancias frágiles que nada dicen.

Sin embargo, desde ese día he querido escribir algo que resumiera y ponderara estos puntos, tal vez simplemente para dejar testimonio de su existencia. No obstante, cada vez que intenté darles coherencia, me tropezaba con su irrelevancia. Una vez, también, quise decírselo a mis amigos: uno se convenció de la viabilidad de explorar este terreno, en parte porque hablé de que David Bowie y Cervantes compartían la estética de la polifonía; otro, ni siquiera me dejó llegar a esa parte, definiendo toda la idea como una “ridiculez de blanquitos”.

Pero, no hace mucho, encontré otro hilo débil también, pero más sugerente. En 1974, Vicente Molina Foix escribió un “tratamiento” cinematográfico -es decir, el resumen de una película futura- en el que adaptaba El Quijote de Cervantes. Se lo encargó su amigo, Celestino Coronado, que había decidido colaborar con Lindsay Kemp, el gran mimo con quien después haría A Midsummer Night’s Dream. Kemp había apartado para sí el papel de Sancho Panza; el de don Quijote lo reservaba para su amante de entonces, David Bowie. La película nunca se realizó y hasta hace doce años nadie sabía del proyecto. Pero Vicente Molina Foix publicó en Letras Libres, también un 31 de diciembre, pero de 2005, la transcripción entera del tratamiento de aquella película irrealizada.

¿Qué intento decir con todo esto? No lo sé con certeza: me muevo a oscuras entre las coincidencias queriendo hallar su epicentro, una idea común que les dé sentido. Pienso en las conclusiones de Turok y Steindhart sobre la circularidad de la materia y la energía, y encuentro en ellas una posible respuesta. Así como el Universo vuelve sobre sí mismo y la historia regresa y las ideas se repiten en los hombres; así también los gestos, las fechas y los detalles recurren y se nos manifiestan. Recordemos la espiral de espirales de Hegel, pero añadámosle unos puntos suspensivos que hagan infinita la sucesión. Una espiral de espirales de espirales de espirales… Su importancia efectiva tal vez sea marginal porque nada nos dicen en concreto; su relevancia, en cambio, se encuentra en que son testigos del misterioso paralelismo de las cosas. En el fondo, creo que esto es lo que intenta hacer el arte: adelgazar la realidad de los excesos y trazar los hilos limpios de las coincidencias.

Por eso el arte es el ejercicio definitivo de la solidaridad: porque nos recuerda que estamos solos únicamente cuando decidimos no ver nuestras semejanzas. Aquella famosa máxima de Ortega, “yo soy yo y mi circunstancia”, importa por la segunda parte que casi siempre omitimos y que contradice su interpretación habitual: “si no la salvo a ella no me salvo yo”. Salvar, para Ortega, quiere decir abstraer de las condiciones particulares y ver lo que en ello hay de eterno. Ser uno mismo no es encerrarse en lo propio, sino abrirse a lo total. Dos poetas (testigo ellos también de que las circunstancias no determinan nada y que las ideas recurren), expresan esta idea. Walt Whitman, al principio de Song of myself, dice “Every atom belonging to me as good belongs to you”; Ramón López Velarde, en La sangre devota, escribe que “nuestras vidas son péndulos…/[…]distantes/que oscilan paralelos/en una misma bruma/de invierno”.

Y así podríamos seguir, sin exagerar, hasta el infinito: hasta intuir todos los ecos a los que nos puede llevar un par de coincidencias; pero sería necesaria la eternidad. Propongo, en cambio, otro camino que nos marcó Plutarco con sus Vidas paralelas: estar en constante observación para descubrir las conexiones de lo mínimo. Nada conseguiremos con ello, pero hay un placer estético, casi ontológico, en reconocer las recurrencias y reconocerse como parte de la eternidad. Algunos artistas, acaso los más permanentes y verdaderos, han encontrado esta idea y la han hecho propia: ser, como Rimbaud, uno y otro. Ante la imposibilidad de ser siempre, ser todo. ¿En qué consiste la práctica artística de David Bowie y Cervantes sino en esto?

Imagen tomada de Renovatio Medievalium

Escrito por:paginasalmon

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