lustración de s.C O B O.d

Kenneth Blake estaba luchando dentro de una prenda de cuero negro. Levantó la vista cuando el viejo Norwood entró al laboratorio. A su rostro demacrado y constreñido lo definían varias líneas rugosas: así estaba desde que Blake anunció que el experimento se llevaría a cabo el día de hoy. Era extraño que Norwood, que sólo sería espectador, estuviera tan preocupado y asustado; Blake, por el contrario, estaba ansioso por entrar dentro de la máquina y comprobar las teorías en las que había estado absorto durante siete años.

Blake sonrió mientras se acomodaba el cabello con la mano enguantada.

“No seas tan negativo, Jep”, dijo al mismo tiempo que alzaba las cejas en fingido asombro. “Santo cielo, ¿otra arma? Has de creer que me enfrentaré a un ejército”.

Norwood encogió sus estrechos hombros. “Es mejor estar preparado”, dijo de mala gana. Puso a un lado el revólver y se acercó para ayudar a Blake, quien seguía luchando con su traje y buscando los seguros de su casco. Impaciente, Norwood apartó las manos de Blake y éste sólo rio. Las delgadas manos fijaron hábilmente el casco en su lugar.

Blake tocó un botón de su traje y su voz sonó hueca y metálica.

“¿Puedes escucharme, Jep?”

“Sí. El comunicador suena bien, prueba la calefacción”.

Blake presionó otro botón y lo regresó a su posición original. Su rostro, a través del cristal, brillaba debido al sudor.

“Está muy caliente como para estar cómodo”.

“No importa, puede que lo necesites, Ken. No podemos saber qué encontrarás allá… si es que la máquina funciona”.

“¡Claro que funciona! Por supuesto que funcionará”.

La voz de Blake denotaba incertidumbre. Ahora, Norwood expresaba el miedo que lo había perseguido durante años. Blake se volteó para esconder su rostro de la mirada penetrante de Norwood. Si todo esto fallara…

¡No, no fallaría, no podría fallar! Todos los experimentos fueron exitosos, todos, incluso el último. Sin embargo, todo el éxito dependía de esta prueba final. De repente, Blake se mostró impaciente. Atravesó el laboratorio portando su grotesco traje hasta que llegó a la máquina.

La máquina estaba compuesta por una plataforma elevada de metal de aproximadamente ocho pies cuadrados, con un barandal a la altura del hombro que corría de costado a costado. Sólo Blake y Norwood sabían de los pesados y largos años que se les habían ido en su creación: los interminables experimentos y los poderosos sueños hacían que para ellos su invento fuera más que una máquina. Del centro de la plataforma sobresalía un grueso pilar lleno de botones, indicadores y diales. Una palanca de baquelita se asomaba por una ranura en la parte superior de la columna. Los ojos de Blake soñaban mientras observaban la máquina.

Y Norwood, extraño: al principio era tan entusiasta como su compañero, pero últimamente se había vuelto callado y asustadizo. Era como si temiera a la máquina que sus hábiles manos y las de Blake habían creado. A veces Blake descubría a Norwood observando la máquina con temor y con miedo. Mientras que Blake sólo sentía una increíble euforia por embarcarse a la aventura más grande de todas: viajar en el tiempo.

Blake se metió debajo de la barandilla y se mantuvo erguido al centro de la plataforma. A sus pies había una pila de parafernalia que Norwood pensaba que podría necesitar: libros científicos, termómetros, mantas, alimentos enlatados, un gran barril de agua y armas: revólveres de todos los tamaños, varios rifles e incluso una ametralladora. Norwood no parecía darse cuenta de que la máquina por sí misma era la mejor arma ante cualquier peligro: a la mínima señal de problema, Blake podría poner una docena de años entre él y su enemigo.

Blake se acercó al pilar y se arrodilló para examinar los instrumentos. Después asintió conforme.

“¿Listo, Jep?”, preguntó.

“Sí… listo”, dijo Norwood.

Sin embargo, Blake no movió la palanca. Se giró un momento más para observar la cara de su compañero.

“Piénsalo, Jep”, dijo con tranquilidad. “Cuando mueva esta palanca, estaré rumbo a la aventura más grande que ningún hombre emprendió jamás. Seré proyectado a otra dimensión, mientras los años y siglos pasan sobre mí, y regresaré nuevamente a este plano tridimensional, pero en otro tiempo. Es como si pudiera librarme de la gravedad y dejar que la Tierra girara debajo de mí. ¡Por dios, sería una maravilla! Traeré a alguno de tus descendientes para que lo conozcas”, finalizó, algo avergonzado por su arrebato. Norwood no sonrió.

“Sé cómo te sientes, Ken. Y…”, vaciló, luego continuó abruptamente: “¿no sientes algo extraño? ¿Está el hombre destinado a hacer algo así? ¿No se supone que, bajo el esquema cósmico de las cosas, el tiempo es inmutable? Eso siento, Ken. Creo que estamos haciendo algo incorrecto”.

Blake lo miró. “¿Incorrecto? ¿El tiempo inmutable? Por qué te preguntas eso, si ya hemos logrado cambiarlo. Todos esos modelos que hicimos los enviamos a través del tiempo”.

“Al futuro, sí, no al pasado. Algo salió mal allí. A ver, dime tú por qué no podríamos enviar un modelo hacia atrás en el tiempo”.

“No lo sé”, dijo Blake lentamente. Su expresión cambió. “Pero voy a averiguarlo. Retrocede, Jep”.

Sujetó la palanca y la giró hacia la izquierda. No sucedió nada. A excepción de latidos, no se oía ningún ruido. Inmediatamente, Norwood dijo: “¿Lo ves, Ken? Algo anda mal. De acuerdo a nuestros cálculos tendrías que estar ya en el pasado. Pero no lo estás. Te lo dije, el hombre no puede ir en contra de…”.

Mientras hablaba, Blake movió la palanca empujándola en la dirección contraria. De repente, con la brusquedad de un relámpago, lo envolvió la negrura. Involuntariamente sus manos soltaron la palanca. Temeroso por no encontrarla en aquella oscuridad, buscó a tientas hasta que sus dedos se cerraron sobre la palanca. Pronunció temerosamente: “¡Jep!”

Su lengua se acomodó de tal manera para pronunciar ese nombre, sin embargo, no se emitió el más mínimo ruido. Era como si de repente se hubiera quedado mudo. Volvió a pronunciar el nombre de Norwood, ahora con todas sus fuerzas. Pero no había sonido.

Una oleada de júbilo saltó dentro de él. ¡La máquina había funcionado! Había sido expulsado del espacio tridimensional hacia una dimensión extraña en la que, aparentemente, el sonido era imposible: una dimensión en la que las leyes de la naturaleza se habían deformado.

De repente, le surgió una idea. Buscó entre la oscuridad la linterna que traía en el cinturón. Presionó el interruptor, pero no hubo señal de luz: la oscuridad permanecía inquebrantable. Entonces, si la linterna funcionaba, los rayos de luz tampoco existían en este lugar.

El pánico lo poseyó por un instante. ¿Cómo haría para leer sus herramientas e instrumentos? Por lo que sabía, pudo haber sido transportado millones de años hacia el futuro. Temblando un poco, tomó su linterna y rompió el cristal que protegía el dial. Tampoco hubo ruido alguno, sin embargo, notó algo irregular. Se quitó un guante y tocó delicadamente la aguja indicadora. Aparentemente no se había movido. Le surgió un pensamiento extraño: supongamos que el tiempo no existe en esta dimensión, no al menos como lo conocemos en la Tierra. No, eso es imposible. Ahora la aguja temblaba como bajo el estrés de fuerzas impresionantes. Había girado completamente, estaba hasta el otro extremo, había alcanzado su límite: y ese límite era de cien mil años.

Mientras buscaba a tientas la palanca, lo apresó un miedo irracional. Cuando sus dedos lograron cerrarse sobre ella, se quedó en silencio por un momento. Rápidamente la giró y la oscuridad desapareció.

Instantáneamente, una violenta luz rojiza penetró en los ojos de Blake. Se llevó las manos a la cara, olvidándose del casco. Lentamente el dolor disminuía. Abrió sus ojos y se quedó observando a su alrededor. Este era un mundo blanco pero salpicado de manchas rojizas. Y era frío, muy frío. Blake encendió la calefacción de su traje, pero a pesar de ello, y del aislamiento de su ropa, no logró apaciguar el frío. Era un mundo de nieve enrojecido por los rayos de un enorme sol escarlata. La atmósfera debía ser tenue, no se explicaba por qué todo esto era así. Después de todo, cien mil años eran sólo un día en la vida de un planeta. ¿Qué es lo que había traído esta muerte prematura a la Tierra?

Una intolerable sensación de abandono se apoderó de él. ¿No había vida en ninguna parte de la Tierra? ¿Una capa de nieve yacía desde el ecuador hasta los polos? Mientras se preguntaba esto, vislumbró un breve movimiento a lo lejos. Recordó que traía consigo un par de binoculares y se puso a buscarlos rápidamente. Cuando los halló, poco fue lo que le revelaron: parecía como si el cielo, cerca del horizonte, se estuviera moviendo. Pequeños rayos de luz brillaban misteriosamente en el horizonte, como una especie de luciérnagas que se arrojan y se estrellan contra una pared de basalto. Qué cerca se encontraba Blake de la revelación que pronto le llegaría.

Dio marcha rumbo al horizonte. Como una pared que se alza sobre el cielo, la Negrura y sus rayos brillantes se precipitaron sobre él. Increíblemente, esa nube de oscuridad estaba viva. Era como una gran capa que se extendía por todo el horizonte y más allá de él. Aquello que se movía hacia él era como una muralla, como una ola, pensó Blake, avanzando a través de la nieve.

Se quitó los binoculares y se quedó sin aliento. Aquella gran ola estaba amenazantemente cerca, quizá a treinta millas de distancia… y abarcaba, aparentemente, mil pies de altura. Blake todavía no podía identificarla con claridad: era una oscuridad suave, brillante, llena de diminutas chispas y rayos de luz que disparaba azarosamente. Blake sintió vida en aquella cosa… vida maligna. Corría hacia él con increíble velocidad, más rápido que cualquier avión conocido.

En breves instantes, esa cosa lo alcanzaría hasta envolverlo. Al pensar en ello, Blake llevó su mano hasta la palanca, pero no la movió. Para su sorpresa, la escena había cambiado. La nieve rojiza y la capa de negrura habían desaparecido. Se habían esparcido como niebla y, en su lugar, había crecido otra escena, completamente diferente, asombrosamente extraña.

La plataforma de la máquina descansaba sobre un piso de piedra blanca y, muy por encima, estaba un techo abovedado del mismo material. La habitación era circular e inmensa, de casi medio kilómetro de diámetro, consideró Blake. Por todos lados había máquinas extrañas cuyo propósito era indescifrable. Salvo por lo anterior, la cámara estaba completamente vacía. El intenso frío había desaparecido y Blake apagó la calefacción de su traje.

Un pequeño rayo de luz comenzó a brillar en el aire, cerca de la plataforma. Blake se detuvo para tomar su revólver, sin embargo, la luz hizo que se volteara. Cuando regresó la vista vio un hombre parado donde había estado la luz. Era un hombre extraño. Blake abrió de par en par sus ojos al mirar aquel cuerpo enjuto y enano, las manos esbeltas con dedos que casi parecían tentáculos y su asombrosa cabeza. Al principio pensó que se trataba de un jorobado, pero luego se dio cuenta de que el objeto que parecía un saco colgado en la espalda era realmente parte de su cráneo. La cabeza, si se veía de frente, parecía normal, aunque los ojos estuvieran asombrosamente más grandes y la boca diminuta. Sin embargo, vista de perfil, la parte posterior del cráneo estaba extendida sobre un cilindro pulposo de cuerpo blanco y de dos pies de largo que colgaba casi hasta el suelo. Esa debía ser la evolución lógica del cráneo, pensó Blake, ya que el cuello normal apenas si puede soportar el peso de un cráneo globular. En tal caso, cualquier paso en falso haría que la cabeza se fuera de lado y el cuello se rompiera. Parecía fantástico, pero era real.

Su cuerpo robusto vestía una reluciente malla metálica. Una de sus delgadas manos se levantó en un gesto inmemorial de paz. Blake devolvió el revólver al cinturón, pero no bajó la guardia. “¿Quién eres?”, le preguntó.

Como había esperado, el otro no dio muestras de entendimiento. Un abismo de cien mil años separaba el lenguaje de ambos. Sin embargo, ese hombre del futuro había logrado romper rápido ese abismo de una forma asombrosa.

Después de una breve pausa, dijo: “Mi nombre es Nak”.

Blake levantó las cejas desconcertado. Había estado mirando los labios de aquel pequeño hombre: estaba seguro de que no se movieron. Curiosamente tampoco podía distinguir el tono de su voz, no sabía si era plano, estridente, agudos, áspero.

De nuevo la voz: “Soy Nak. No estoy hablando, no al menos oralmente. Es mi mente la que escuchas.

Blake susurró: “¿Tu mente?”

“Sí. Transferencia del pensamiento, telepatía. Las vibraciones de mi mente chocan con las tuyas”.

“Pero… te oigo”.

“No, no lo haces. Eso es lo que tú crees, es sólo el hábito. Tu cerebro transmite mis pensamientos a los nervios auditivos donde se traducen a tu lengua. Cuando hablas, tus palabras para mí sólo son un galimatías. Lo que realmente recibo son los pensamientos detrás de ellas y automáticamente los traduzco a mi propio lenguaje. Nuestra raza ha conversado así durante miles de años.

“¿Entonces eres… humano?”, preguntó Blake.

“Sí. Estás desconcertado. Tu mente está confundida. Puedo ver que has viajado a través del tiempo”. Hubo una vibración en su rostro y en sus grandes ojos. “Del pasado… yo pensé que nunca se había construido una máquina del tiempo exitosa”.

“Creo ser yo el primero”, dijo Blake, “pero eso fue hace mucho tiempo”.

“¿La fecha?”

Blake se la dijo. El otro movió la cabeza en un gesto de desconcierto. “En toda la historia no hay registro de tal suceso. Ni siquiera cuando la oscuridad trajo consigo el Renacimiento de la Ciencia”.

“¿La oscuridad?”, Blake recordó abruptamente la ráfaga de negrura que había visto hace apenas unos instantes. “Entonces, ¿cómo es que yo llegué aquí? ¿cómo es que tú…?”

“Yo te traje aquí por medio de un proceso físico que no creo que puedas entender. Se trata de deformar el espacio como una hoja de papel logra doblarse hasta que sus bordes se toquen. Por un momento, el Séptimo Círculo –que era donde estabas– y esta habitación se estaban tocando a través del hiperespacio. Todo a consecuencia de una antigua transmisión de la materia en onda de radio”.

El pequeño hombre del futuro, Nak, estuvo mirando la máquina con curiosidad. Inmediatamente se adelantó hasta ponerse de frente de Blake, quien dio un paso atrás.

“No hubo daño”, dijo la voz extraña telepáticamente. “Tu llegada ha traído esperanza a este mundo en el que yo soy uno de los doce sobrevivientes. Veo que todo esto es muy difícil para ti. No lo puedes comprender, te lo mostraré.”

Hizo un gesto y Blake miró una enorme máquina que se encontraba a cuarenta pies de distancia. Era metálica y poseía unas luces que brillaban suavemente. Inmediatamente después, una luz cegadora dio paso a una pantalla ovalada, de radiante fulgor y de unos veinte pies de altura. Unas sombras se arrastraron a través de ella y luego se hicieron más claras hasta convertirse en imágenes.

Una ciudad brilló en primer plano, vista desde el aire: Nueva York, en el año en que Blake viajó. Sin embargo, notó incongruencias extrañas: un avión volando hacia atrás, además, era una máquina torpe de la preguerra; también había un barco en el puerto, pero era un velero bastante viejo; los edificios no tenían ventanas.

“Es una reconstrucción”, dijo Nak, “las historias no siempre son precisas, especialmente cuando tratas con tiempos tan remotos. Observa”.

La escena cambió. Hubo una visión de aguas verdes corriendo. Otra ciudad apareció: Sidney, Australia, pensó Blake. Se desvaneció: sólo quedó un extenso y blanco desierto reseco por el sol.

De repente, apareció otra luz cegadora. En cuanto se esfumó, Blake vio un gran cráter, todavía humeante, arraigado en el desierto.

“Un meteorito”, dijo Nak, “la Semilla de la Destrucción”.

La escena cambió nuevamente. Ahora el desierto parecía menos árido, como si docenas, quizá cientos de años, hubieran pasado. Al fondo del cráter se hacía visible una mancha negra. Brillaba pese a la deslumbrante luz del sol.

“Esa es la oscuridad”, dijo Nak; había odio en su voz. “Esa entidad del espacio intergaláctico ha aniquilado toda la vida en la tierra: toda, a excepción de unos cuantos cientos. Nunca descubrimos lo que esto es, pese a que experimentamos con él por miles de años. Está vivo, pero su composición es completamente distinta a cualquier tipo de materia atómica conocida por nosotros. No es ni cristalina, no mineral, ni orgánica, y aun así está viva. Y se alimenta. Consume toda la materia: piedras, arena, agua, incluso aire, toda es adecuada para él. Observa.”

De repente, en la pantalla apareció un gran peñasco, en el cual crecía precariamente un árbol arraigado en un pequeño pedazo de tierra. Dentro de la pantalla, un dedo de oscuridad se arrastraba y se acercaba lentamente, envolviendo la piedra y el árbol. Ambos fueron devorados por la oscuridad.

“La tierra no tenía nada que pudiera detenerlo. Se movió hacia el exterior del desierto australiano y luego se extendió hacia un lado y hacia el otro. A través de los siglos ha crecido hasta lo más profundo de la tierra. Salvo por una isla, todo consiste en esa sustancia. Como una infección, ha devorado todo a su paso, desde el acero hasta las piedras más duras. Al principio creció despacio, luego cada vez más rápido; quizá fue hace cuarenta mil años que el hombre se dio cuenta de que era una amenaza. Para entonces, había cubierto sólo ochenta millas al cuadrado. Su tasa de crecimiento aumentó tremendamente, y no hubo nada que pudiera detenerlo.

“Se ha comido a la Tierra, toda, a excepción de esta pequeña isla, donde se reúnen los últimos restos de humanidad. En un círculo sobre esta ciudad central están los Puestos de Avance. Éste es uno de ellos, uno de los varios grupos de torres dispersos en el borde de la isla, instalados para combatir la oscuridad”.

“¿Ustedes la combaten?”, preguntó Blake.

El otro asintió. “Sí. Quizá ahora ya sea muy tarde, pero descubrimos cómo destruirla. A través de una destrucción atómica, rompiendo los átomos de que está compuesta, podemos desintegrarla. Pero ya nos queda muy poca energía. Por cientos de años hemos estado perdiendo terreno. Nuestro combustible se está agotando rápidamente. Pronto la oscuridad avanzará sin control, y el hombre desaparecerá para siempre. Te he dicho todo esto porque está en tu poder salvar a la humanidad”. Nak continuó, su voz era tensa. “Para que puedas moverte en el tiempo y que…”

Un sonido de alerta atravesó la sala. Sonó una alarma de advertencia. Inmediatamente Nak se dio vuelta y corrió hacia una máquina. Sus dedos delgados temblaron sobre la consola.

“¡Mira!”, le demandó.

En la pantalla oval surgió otra imagen. Una gran torre, monolítica y gigante, estaba situada en una llanura sin nieve. A la distancia se veía una gran ráfaga de negrura que avanzaba. Era la oscuridad barriéndose inexorablemente y reclamando tierra para sí misma.

“La torre… es en la que nosotros estamos”, dijo Nak.

De la cima de la torre, un rayo de luz pálida se disparó. La mancha se arrastró hacia abajo, batiendo la ráfaga de oscuridad. Brillaron pequeñas chispas. Inmediatamente, la ola de oscuridad desapareció. Se esfumó, se hizo débil y se fue con el viento. En su lugar quedó un profundo barranco de donde emanaban vapores ardientes.

“Está aniquilado”, dijo Nak. “Pero regresará, siempre lo ha hecho así. Eventualmente la energía del rayo se agotará y entonces…”

No terminó. Tocó algo en la consola y la imagen desapareció. Encaró de nuevo a Blake.

“¿No lo entiendes? Te lo he dicho ya, te he mostrado la oscuridad, porque tú puedes ayudarnos”.

“¿Ayudarlos?”, dijo Blake con la voz quebrada. “Dios, si pudiera lo haría, pero no tenemos ciencia comparada con la suya”.

“Te puedes mover a través de tiempo. Si hubiéramos conocido el secreto de la destrucción del rayo cuando la oscuridad llegó por primera vez a la tierra, cuando el meteorito golpeó Australia, podríamos destruir la semilla antes de que se esparciera e infectara todo”.

“Y yo puedo regresar en el tiempo”, interrumpió Blake. “Es a lo que te refieres, ¿no? Puedo llevarte de vuelta al día en el que el meteorito aterrizó para que lo destruyas. Pero, ¿podré transportar el rayo?”

Nak sacó un reluciente cilindro de metal de su traje. “Este proyector contiene suficiente energía. El meteorito era pequeño cuando llegó. Entonces, ¿me llevarás?”

“Por su puesto. Trae contigo lo que necesites y listo, podemos irnos”.

El hombre-enano sonrió. “No necesito nada salvo este proyector”, dijo mientras se acercaba a la plataforma. Trepó torpemente por la barandilla.

Blake vaciló un poco cuando su mano se colocó sobre la palanca. Nak lo miró con ojos inquisitivos, “¿Todo bien?”

Blake había recordado la inmersión dentro de la otra dimensión en la que las leyes de la física estaban extrañamente alteradas o simplemente suspendidas. Ahora no estaba seguro de que pudiera encontrar el camino de regreso a su propio tiempo. Le explicó el problema a Nak.

El hombre-enano soltó una pequeña risa. “¿Puedes abrir la plataforma y mostrarme la maquinaria?”, preguntó. Blake asintió. Levantó un panel del piso metálico y Nak miró hacia abajo. Tras un breve instante, sacudió su cabeza, metió su brazo por la abertura e hizo los ajustes algo apresurado.

“Con esto lo logrará”, dijo. “Solamente mueve la palanca. Tu máquina es bastante simple en cuanto a su construcción y su sistema. No entiendo por qué no tenemos registrado tal éxito de máquina del tiempo”.

“¿Listo?”, preguntó Blake.

El hombre-enano, agarrando con fuerza el cilindro de metal, asintió. Blake movió la palanca. Instantáneamente, la negrura muerta de la otra dimensión los rodeó. Sin embargo, aunque esperaba ese cambio, algo lo hizo estremecer.

“¡Nak!”, llamó. “¿Puedes escucharme?”

No hubo ruido. Blake extendió su mano, buscando a tientas en la oscuridad. Pero no pudo encontrar al hombre-enano. Mientras dudaba, sintió que la palanca se movía bajo su mano, regresando a su posición natural. Una luz lo cegó. Al mismo tiempo, un dolor inmenso se produjo en su cabeza. Tenía la extraña sensación de haber percibido un cambio, como si una extraña metamorfosis hubiera tenido lugar dentro de él. Después ésta desapareció.

Escuchó la voz de Jepson Norwood terminando la frase que había empezado cuando la palanca había sido movida para lanzar a Blake hacia delante en el tiempo. Lo rodearon las paredes familiares del laboratorio.

“… las leyes de la naturaleza. No se pueden hacer a un lado, Ken. Tú mismo puedes ver que la máquina no funciona ni hacia el pasado ni hacia el futuro”.

No lo entiendo”, Blake se escuchó a sí mismo diciéndolo. “Debería funcionar, Jep… pero no lo hace”.

“Creo que sé por qué no puedes viajar al pasado”, dijo Norwood. “El pasado no puede ser modificado, y tú no puedes lograr lo imposible, no puedes viajar a un tiempo en el que no existes, ni siquiera a pocos años o pocos minutos; si lo pudieras hacer, recordarías haberte visto saltar del vacío. Y no tienes memoria alguna de que eso haya sucedido”.

“¿Pero, y al futuro?”, preguntó Blake. (Su extraño dolor de cabeza y la rara sensación de pérdida habían desaparecido). “Tu argumento no aplica ahí”.

Norwood sacudió su cabeza. “No lo sé, el universo tiene sus reglas, Ken, y no pueden romperse tan fácilmente”.

“La Ley de Compensación”, susurró Blake, y luego miró a Norwood. “Me pregunto si es posible que haya podido viajar en el tiempo, hacia el futuro, y no recordar nada sólo por el simple hecho de que esos recuerdos se borraron cuando regresé a un sector previo del tiempo de cuando fueron grabados. Después de todo, uno no puede recordar algo antes de que haya sucedido. Sin embargo, pude haber ido al futuro y haber traído (o intentado al menos) a alguien conmigo y haber fallado porque nadie puede existir antes de su propio nacimiento. Tengo un sentimiento bastante curioso de haber olvidado algo, algo tremendamente importante”.

Kenneth Blake se encogió de hombros y saltó el barandal de la máquina.

“Demonios, esto apesta, Jep”, dijo Blake golpeando amistosamente los hombros de Norwood. “Es demasiado increíble como para ser cierto. Si hubiera ido al futuro lo recordaría, estoy seguro. Hemos fallado, esa es la verdad. Nuestras teorías eran correctas, pero no funcionaron. Quizá no haya tal cosa como los viajes en el tiempo después de todo”.

Traducción de Jonathan Rosas

Texto original: “World’s End” en Weird Tales. Vol. 31-febrero de 1938. no. 2. págs. 204-211. Disponible en Pulpmags.

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Escrito por:paginasalmon

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