Fotografía por Yess Molko

En la vida hay verdades de Perogrullo, cosas que la mayoría sabe sin necesidad de un proceso reflexivo. Así decimos, por ejemplo, que el fútbol es un negocio, que en el gabacho hay mejores salarios o que las cosas son cada vez más caras. En el mismo nivel, podríamos ubicar la obviedad de que en nuestro país las instituciones del Estado no funcionan como deberían o como dicen que lo hacen.

Baste escuchar el cansino discurso para reparar en su carácter esquizofrénico: el próximo 1 de julio el pueblo de México acudirá a las urnas para elegir libremente a sus autoridades gubernamentales y legislativas para, así, definir el rumbo del país. Detrás de todo esto están los preceptos constitucionales: los Estados Unidos Mexicanos como democracia representativa, con división de poderes y producto de un pacto federal entre entidades libres y soberanas (que a su vez son regímenes democráticos y representativos). Para cualquiera es evidente la lejanía de estos preceptos con la realidad de hecho.

Las reflexiones en torno a las razones de la distancia entre la realidad y el deber ser están a la orden del día, así como las propuestas para disminuirla o eliminarla. No pretendo restar importancia a tales reflexiones, me parecen necesarias y útiles, así como es loable querer cambiar la realidad para que se parezca más al modelo teórico (suponiendo que éste busca algún principio de igualdad, justicia, calidad de vida, ejercicio pleno de derechos, etc.). No obstante, considero que cambiar el ángulo de observación puede ayudarnos a clarificar más estas cuestiones.

Por lo general, cuando pensamos en un proyecto para mejorar nuestra situación como país (ignoro en esta reflexión los proyectos de mejoramiento individualistas, que suelen enfocarse en la adaptación, en las mejores condiciones posibles, al mundo social imperante, pues son políticamente neutros o serviles, como diría la tradición nietzscheana; respecto de este grupo cabe distinguir los proyectos de mejoramiento individuales que integran explícitamente prácticas para el bien colectivo, inclusive si se enfoca únicamente en los hábitos de consumo), pensamos en dos proyectos fuertemente arraigados: o bien modelos verticales, en los que las soluciones siempre se dan desde el Estado (Estado de bienestar); o bien modelos supuestamente horizontales que pretenden trascender la imperfección humana en aras de la perfección espontánea del mercado (Estado neoliberal). No es el tema discutir la superioridad de uno u otro; me interesa, más bien, analizar las razones de esta tajante reducción dicotómica de nuestros proyectos a futuro.

Ambos, a mi parecer son síntomas del mismo fenómeno: el ocultamiento y neutralización sistemáticos de la creatividad y la agencia política del ser humano. Desde luego, no es que un grupo de élite haya conspirado contra la humanidad para robarle dos de los que, desde mi perspectiva, serían sus caracteres distintivos; no estamos aquí para realizar especulaciones gratuitas. Si la capacidad creativa y la agencia política de la humanidad se han visto una y otra vez reprimidos esto responde en buena medida a que hemos creado sistemas políticos que así se desenvuelven. Lo importante es por qué.

La respuesta fácil es naturalizar la cuestión, suponer que hay algo en nosotros que nos lleva a funcionar de ese modo. Considero que, si bien el concepto metafísico de naturaleza humana es poco serio, hay algo de cierto en que las sociedades humanas tienen una inclinación espontánea a imponer un orden de cosas y a darle un cariz de verdad incuestionable. Siguiendo a Nietzsche, “se fija lo que a partir de entonces ha de ser «verdad», es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria” (Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de filosofía del conocimiento 24). No debería sorprendernos: para constituir un colectivo humano estable hay que definir el cosmos, y esta definición debe ser compartida en aras del entendimiento mutuo.

El disenso, en este orden de ideas, pareciera carecer de razón de ser en una sociedad: produciría ruido, desorden, desviación. No obstante, la historicidad de toda comunidad humana encuentra su motor predilecto en el disenso. Tal como el deseo reprimido en Freud, la espontaneidad creativa del ser humano emerge una y otra vez, incluso en las situaciones más adversas; así como el inconsciente, con su locura e irracionalidad, es el abismo que da su carácter propio a un individuo, la creatividad y politicidad humanas forman el abismo insondable de lo que da sus notas distintivas a una formación social. Esto por una razón muy sencilla: en tanto toda institución humana es un invento arbitrario, no puede tener otro origen que el imaginario creador de seres históricamente condicionados, el cual requiere disentir, esto es, sentir distinto. Y, sin embargo, con todo ello, el individuo y la sociedad deben suponer que saben plenamente quiénes son y hacia dónde van. De otro modo, caerían fácilmente en el caos, la crisis y la depresión crónicas.

¿Estamos, por tanto, ante una situación que no podemos cambiar?, ¿es imposible una sociedad que admita y afirme la espontaneidad del ser humano? Y, más en el sentido de nuestro problema concreto, ¿deberíamos resignarnos a decidir siempre entre proyectos arribistas, a entregar nuestra confianza –mediante un simple sufragio— a reformas estructurales de una vertiente u otra? Empecemos por el primer par de preguntas.

La sociedad carece de una esencia, es un producto arbitrario y un mecanismo inventado y reinventado cada vez. Pensar que la negación de la espontaneidad humana es un proceso necesario e insuperable carece, pues, de un asidero sólido. Hay ejemplos en la historia de la humanidad de que se pueden crear un mundo y una identidad definidos sin necesidad de negar la arbitrariedad y apertura radicales de estas creaciones. Dos muy concretos: la polis griega y la modernidad en Occidente. Ambos al menos prometen esa posibilidad.

En el caso de la polis –a la cual ya me referí en una entrega previa—, si bien el mundo griego sólo admitía la creatividad y la politicidad de hombres ociosos, es decir, con propiedad (lo que excluye de este ámbito a los esclavos, los trabajadores domésticos, las mujeres, los niños y los extranjeros, es decir, la gran mayoría de la población), esta disposición posibilitó una dinámica intelectual y política sin precedentes en la historia. Con sus grandes limitaciones, los griegos abrieron la posibilidad histórica de constituir sociedades explícitamente abiertas a la agencia humana.

La modernidad es, en parte, la recuperación de este legado. Es un fenómeno cultural bastante denso y en él se pueden encontrar tanto el dogmatismo religioso (trocado en ciencia y filosofía) como la revolución democrática que implica la destrucción –con las mismas y ambiguas herramientas— de todo principio de autoridad. Baste mencionar al temprano humanismo y su reivindicación de la cultura clásica –con sus dioses paganos y su forma de desenvolverse artísticamente— como un reto al teocentrismo desde una postura antropocéntrica; o bien la disolución, ya presente en Descartes, del principio de autoridad en el proceso de conocimiento: para conocer el mundo ya no habría que recurrir al libro sagrado o al Papa, basta con tener un intelecto promedio y guiarlo metódicamente. Todo esto implicó una revolución intelectual, artística y política de grandes proporciones, cuya enumeración requeriría numerosos volúmenes. Lo que quiero resaltar es que la modernidad, si bien es multifacética y no tiene un sentido unívoco, nos ha dotado de las herramientas para construir sociedades abiertas a la espontaneidad humana –y, desde luego, quizá con mayor éxito hasta ahora, ha creado todo tipo de artilugios para lograr lo contrario.

Volviendo a la cuestión central, la hegemonía incuestionable de dos proyectos de Estado –de bienestar y neoliberal— no es más que eso: la hegemonización de la modernidad por ciertos supuestos sobre el ser humano, la sociedad y el mundo extra-social.

Vivimos en un mundo tecnificado en el que el ser humano no es más que una máquina que la tecnología está llamada a superar (y esto implica suponer que lo que constituye a una persona es, no ya una psique, sino redes neuronales y procesos reductibles a lenguaje binario y posibles de ser almacenados en un recipiente inerte; así como creer que la inteligencia humana es homologable con la llamada inteligencia artificial). Si el humano es pensado como una calculadora de bolsillo, ¿por qué no todo su mundo habría de plegarse a esta idea?, ¿por qué no podríamos suponer que su comportamiento económico es plenamente racional y calculable, reductible a funciones matemáticas?, ¿por qué su desenvolvimiento político no habría de ser reducible a una suerte de teoría de conjuntos tal que x, y, y z pertenecen a n grupos políticos, reduciendo los procesos de participación de los “elementos” a una declaración de pertenencia –que llamamos voto— a tal o cual de ellos?

Las sociedades tecnificadas son entidades jerárquicas y burocratizadas cuya lectura de la realidad está permanentemente sesgada a la producción cuantitativa. Mayor pib, más producción científica, más aciertos en el examen, mayor tasa de ganancia, más eventos artísticos, mayor índice de participación ciudadana, mayores rendimientos laborales. ¿Más felicidad y bienestar? Bienvenidos sean -siempre y cuando puedan capturarse en una hoja de Excel. Los números son fríos, objetivos, justos, no discriminan por origen étnico, color de piel o ideología; si funcionaron para entender las leyes fundamentales del universo, seguramente todos los estratos de la realidad tienen una función matemática por descubrir. A estas asunciones se suma una que resulta especialmente importante para el tema que estamos tratando: la de que mediante un saber técnico –una especie de ingeniería social— podremos construir complejos societales cada vez más perfectos, basta con encontrar un puñado de buenos ingenieros que nos digan cómo acomodar cada cosa en su lugar y encontrar un equilibrio y solidez sin precedentes. No ha sido difícil encontrar prospectos que cumplan con el perfil, ¡y qué mejor si han estudiado economía en Harvard, Yale o Chicago!

Las doctrinas del Estado benefactor y del Estado neoliberal se desenvuelven sin mayores complicaciones en esta corriente ideológica. Para las primeras, el Estado es el órgano rector de la sociedad y, por tanto, el motor de su mejoramiento. Su relación con ésta se encuentra mediada por las instituciones liberales de participación política. Es un sistema jerárquico en el que las soluciones, las transformaciones y el impulso político del colectivo se ejercen desde el vértice de la pirámide. Sin importar si nos parece bueno o malo, eficiente o ineficiente, embona perfectamente en un modelo tecnocrático. El Estado neoliberal es más radical aún en su carácter tecnificado. Si el primero vuelve la política un proceso marcadamente vertical (aunque por definición debería ser horizontal), éste la neutraliza por completo (al menos idealmente), pues más que volverla un proceso jerárquico hace que los mecanismos principales de ordenación de la socialidad sean autorregulados y trascendentes a toda intervención humana. Mientras que el Estado benefactor se revela más efectivo en tanto posee más recursos y margen de decisión, su contraparte toma la vía contraria: su función esencial es mantener un mercado de competencia perfecta; todo lo demás será proveído por la ley de la oferta y la demanda. En ambos casos, como mencioné anteriormente, el resultado es el mismo: la negación de la capacidad creativa y política del ser humano.

Considero que una posición crítica a esta ideología tecnificada puede ser fructífera por dos razones: en primer lugar, porque es menester un abandono del pasmo político y creativo que resulta de ella; en segundo término, para dar paso a la restructuración de nuestro pensamiento y, por ende, de nuestra realidad.

Si nos parece que nuestra realidad merece ser transformada quizá deberíamos comenzar a cuestionar seriamente las nociones centrales sobre las que descansan nuestras sociedades. ¿Es democrático un régimen por el simple hecho de justificarse en las urnas y en un sistema representativo?, ¿quiénes temen al populismo y cuál es la contraparte ‘aceptable’ de un populista?, ¿qué utilidad tiene el Estado-Nación en un mundo en el que las mercancías tienen mayor libertad de movimiento que las poblaciones?, ¿qué es y para qué sirve la educación pública?, ¿qué es vivir bien?, ¿qué es el progreso?, ¿cuál es el sentido de nuestra existencia? Preguntas de este tipo pueden resolverse al margen de la visión dominante y despertar nuevas posibilidades; el poder formularlas es ya un primer paso en la desmitificación de nuestras instituciones. De esto se deriva que, a la frialdad sedimentada de la estadística o de la costumbre, podemos oponer alternativas que revivifiquen nuestra existencia individual y social. Al final de cuentas, casi todo lo que la humanidad ha logrado responde a este impulso primario, vital e imaginativo.

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Escrito por:paginasalmon

2 respuestas a “La sociedad nihilista: entre el Estado benefactor y el neoliberalismo | Por Andy Lemoine

  1. Hermano veo que en todos lados “cuecen habas”. Pero soy bastante pesimista, esto que está ocurriendo a nivel mundial no tiene visos de ser parado en breve. Tenemos que encontrar otras formas de resistencia, de lucha. Groucho Marx pronto será calificado como un peligroso terrorista. Saludos.

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    1. Comparto tu sentir hermano, hoy por hoy la sociedad parece dirigirse hacia la catástrofe, los seres humanos están pasmados ante sus propias creaciones. Agrego otro autor cuyo carácter revolucionario ha sido poco apreciado: Friedrich Nietzsche. Saludos!

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