Fotografía de N. Obed

Eran las 11 de la mañana cuando la luz que se colaba por la rendija de la persiana me despertó a lengüetazos. Tardé algunos segundos en recobrarme del sueño, en recuperarme de esa otra realidad que había estado viviendo. Aquellos sueños estrambóticos gozaban de una fastidiosa cotidianidad, pero el de la noche anterior había sido ligeramente diferente a los demás. Más vívido. Todavía tenía esa sensación de aprisionamiento en el pecho, esa sensación de incomodidad que había provocado la mirada de aquella mujer desconocida justo antes de que la luz matinal me liberara del ensueño. Me desperecé aún echada sobre la cama, en mi territorio de paz, mientras repasaba mentalmente todas las cosas que quedaban por mudar al departamento. Tomé consciencia de la hora que era y, con una consonancia desmesurada, me levanté de la cama de un salto. Caminé hacia el tocador tambaleándome y me desnudé por completo antes de entrar en la ducha. Minutos más tarde giré por segunda vez el grifo de agua caliente y me vestí nuevamente con diligencia.

Una vez que estuve frente al espejo, me cepillé el cabello con suavidad, mientras mantenía mi cabeza gacha. Evité mirar mi reflejo en el espejo, así como lo había evitado por muchos años. A decir verdad, no era capaz de traer a la memoria cuándo había sido la última vez que me había visto a mí misma del otro lado. Pero eso no era algo que me inquietara. Al menos, no de la manera en que le inquietaba a otros. Había quienes insistían en preguntarme constantemente si recordaba cómo lucía, yo les respondía que sí, por supuesto que lo hacía. Mi familia, a su vez, se empecinaba en hacerme creer que todo era una locura, que esta aversión no era más que un mero capricho que había tenido su origen en mis años más tempranos y me había empeñado en conservar. Pero era comprensible que pensaran de esa manera. Después de todo, ellos habían sido objeto de cada una de mis artimañas durante mi niñez; artimañas que a veces solían tomarme días e incluso semanas idear y perseguían el solo objetivo de forzarlos a deshacerse de todos los espejos de la casa.

En principio, me había negado a albergar cualquier tipo de cristales en el departamento, no obstante, mi madre había insistido en que conservara aquel que estaba destinado para el tocador. Ella había sido también quien, ante mi negativa de conservarlo y con una desmesurada anticipación, no había tenido mejor idea que colgarlo en la casa nueva a mis espaldas, como otra de sus tentativas de instar a una deserción. Pero aun así mantenía mi cabeza gacha, la mirada en el suelo, evitando cualquier tipo de contacto con aquel reflejo. Terminé de cepillarme el cabello y devolví el peine a su lugar. Salí apresurada del tocador, tomé la cartera y mis llaves y dejé el lugar. Todavía quedaban varias cosas por mudar al apartamento.

Eran pasadas las 23 cuando regresé a casa. Me dirigí a la habitación, me desvestí con una actitud de sosiego y me coloqué encima el camisón. Un rato más tarde, caminé sigilosamente hacia el baño. Y ahí estaba otra vez. Yo, frente al espejo, con la cabeza mirando al suelo. Tomé un largo suspiro para después despotricar contra mamá y el espejo. Agarré el cepillo de dientes y apreté con fuerza el tubo de la pasta dentífrica. Al notar que ésta no se asomaba, sacudí el tubo nuevamente y pasó un tiempo hasta que la pasta empezó a salir con dificultad en forma de cinta rosa. Cubrí el cepillo con la montañita de pasta y, en ese preciso momento, una sensación imprescriptible, una sensación que nunca antes había experimentado, invadió mi cuerpo. Una sensación que me obligó a desprenderme del cepillo, el cual cayó al suelo y provocó un golpe sordo a causa del aturdimiento.

Me sentí intranquilamente encerrada, secuestrada en aquel baño y, por alguna extraña razón, no podía moverme del lugar. Hice un gran esfuerzo por mantener la mirada clavada en los azulejos blancos, en busca de algo conocido, soportable, algo que me trajera de vuelta, que me liberara de esa sensación de aprisionamiento. Percibí un leve quejido, después un jadeo. El espejo me estaba llamando. A mí. Me esforcé una vez más por no apartar la mirada de los azulejos, pero los jadeos se oían cada vez más fuerte. ¿Por qué no escapé? ¿Por qué no me abalancé a la puerta? ¿Por qué no grité? Solo atiné a mover lentamente la cabeza, la barbilla, la vista. No había nada más que hacer. Nada más que mirar. Enfrente de mí había una mujer con facciones similares a las mías, pero que no era yo. Esa mujer tenía el pelo largo, negro y desprolijo. Esa mujer del otro lado del espejo tenía la piel pálida, tan pálida que la hacía lucir cadavérica. También tenía las mejillas blancas y hundidas. Tenía los ojos grandes, negros, rodeados de unas desmesuradas ojeras que remataban aquel semblante siniestro. Las luces fluorescentes titilaban de manera inquieta ante la presencia de esa imagen fantasmal.

Me encontraba aislada, atrapada en la mirada de esa otra mujer, hipnotizada por su reflejo. No podía dejar de contemplarla, de mirarla observándome. Ella me miraba y yo la miraba a ella. En ese momento, sus manos asomaron en el reflejo. Eran blancas, pálidas, como el resto de su cuerpo. Poco a poco empezó a estirar su mano con dificultad, como si ella también estuviera atascada en su lugar, como si ella tampoco pudiera escapar de allí. Lentamente, comenzó a alargar su mano con mucha más fuerza que antes, mientras yo quedaba absorta ante la dirección que ésta tomaba. Tuve la intención de huir de allí, de alejarme de esa mujer, pero mis pies seguían clavados en el suelo y mis ojos en sus ojos. La mano de la mujer se aproximó cada vez más a mí hasta llegar a la exacta altura de mis ojos, donde se detuvo. Por un instante, sus ojos brillaron de tal manera que todo su rostro se iluminó y, por primera vez desde que estábamos allí, me dedicó una sonrisa. No se trató de una sonrisa simpática, sino una más bien diabólica. Fue en ese momento cuando la otra mujer, sin más preámbulos, me atrajo hacia ella.

Ya son las 11 de la mañana, pero no me preocupa. Lo último que alcanzo a ver es a ella, cepillándose los dientes frente al espejo, con la mirada clavada en los azulejos. Ella que, cuando termina, deja el cepillo en su lugar, sin mirarme, y se enjuaga prolijamente las manos para eliminar cualquier tipo de huella delatora. Ella, que me mira un instante, de soslayo, antes de salir del baño.

Escrito por:paginasalmon

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