En la Política, Aristóteles escribió que la raíz de todos los obstáculos que dificultan la justicia distributiva se halla en el hecho de que, si bien todos admitimos que lo justo en cualquier proyecto distributivo nace de alguna clase de mérito, casi nunca coincidimos en la opinión que nos merece el mérito mismo: si para los oligárquicos la unidad de medida del mérito político está en la nobleza de cuna, los aristócratas lo hallan en el rendimiento moral. La cuestión no puede zanjarse con el mero recurso de la frónesis, porque la distribución con justicia implica necesariamente dos justos medios: el del número absoluto implicado en la relación distributiva, y el del número relativo a los interesados que funcionan como su dividendo. Por ello, concluirá Aristóteles, la justicia distributiva no es una igualdad relativa a los individuos que pueden beneficiarse de la distribución, sino una proporción que mira las razones para merecer.

Ante este panorama proponemos un ejercicio político: imaginemos que nos hallamos en la cima del sistema de la propiedad privada –o sea, que somos dueños de ciertos medios de producción autorrenovables—, y que tenemos una determinada cantidad de recursos a manera de alimento sistémico, pero digamos que a esos recursos les llamamos “becas”, porque ya no queremos llamarles “salarios”. Él, la o los beneficiados tienen que producir algo a cambio de ellas, pero no necesitan rendir cuentas de su empleo o administración. Potencialmente, todos tienen las mismas oportunidades para acceder a las becas, al sobrante mínimo de nuestro ejercicio distributivo, pero a condición de que renuncien al beneficio de otros recursos y enfoquen todas sus energías en nuestra cruzada. Como los recursos son limitados, no todos pueden ser llamados “becarios”, y entonces debemos preguntarnos: ¿Cómo discriminamos las candidaturas? ¿Quién o quienes van a ser los beneficiarios de ellas? ¿Qué requisitos son indispensables?

Si el mérito juega a favor del capital, la beca va para el que se conforme con lo menos: menos estabilidad laboral, menos recursos y peores condiciones de trabajo. Si lo hace a favor de la justicia –he ahí una declaración de principios—, va para el que pueda estimular la renovación de tales recursos, pero sabiendo que sus razones para merecer van a aumentar en proporción directa con la eficiencia laboral. Ante un horizonte así, ¿elaboramos un plan de becas que parezcan salarios para apostar por la renovación perenne de los recursos –mediocritas—, o elegimos la acumulación implacable del capital en su estado caduco –mediocridad—? ¿Apostamos por una moral del bien derivado –es decir, egoísta–, o elegimos una crisis privada en la crisis del mérito?

Para contextualizar estos problemas, Página Salmón propone en este número la educación como excusa temática para criticar estos asuntos vitales, ya que en la base de nuestro ejercicio crítico está la cuestión de las teleologías formativas: ¿Debemos apostar por una formación modelada por una meritocracia tecnócrata? ¿Realmente podemos formamos en una disciplina que valga para todos? ¿Qué expectativas no-neoliberales tenemos para educarnos y educar?

En esta entrega criticamos las pedagogías universalistas, revisamos el estado vigente de la educación por competencias y nos interesamos por la historia en México del trayecto de las lenguas indígenas a las lenguas de estado y la retórica y edición de los libros educativos que cumplen una función formativa. Planeamos colaboraciones con miembros de academias complejas para abonar a la colección de preocupaciones y emergencias de nuestra labor conjunta: experiencia y dilecciones de los profesionales de la educación.

Como colaboradores de una revista cultural, pero también como estudiantes y profesionales de las humanidades, somos conscientes de las aporías propias de nuestra propia formación académica, del estado de las artes, la literatura y la filosofía en el panorama cultural  y político del México contemporáneo y, sobre todo, de la necesidad de criticar y reclamar por una educación que sea consciente de sí misma, que sea humanista sin ser globalizante, y que se construya a partir de las necesidades y exigencias de cada comunidad. Por esta razón, hemos decidido dedicar este dossier, que nos aproxima cada vez más al segundo aniversario de esta publicación, a las “Historias y políticas en torno a la educación”.

Finalmente, nos hace muy felices anunciar que el octavo número de Página Salmón estrenará la columna “Wonder Kamera” de Andrea Ortiz y Omar Sánchez, la cual tendrá como propósito la revisión de los espacios museísticos de la Ciudad de México; asimismo, daremos la bienvenida a una colaboración multimedia sobre etnobiología, a cargo de Mariana Campos Rivera, en la que se llevará a cabo el examen de esta disciplina en la que convergen el estudio de la cultura y del medio ambiente para entender los procesos de relación entre los humanos y la naturaleza.

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Escrito por:paginasalmon

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