Fotografía de Areli Rema

Un mareo me sacude la cabeza. Los destellos de varios colores inundan mi visión: rojo, amarillo, blanco, verde. Me ciegan las explosiones, me provocan arrancarme los cabellos. Todos los músculos de mi cuerpo se contraen violentamente y un doloroso óxido se instala en mi abdomen. Vomito, bramo. Una bestia agoniza y nada más. Nada sale de mis entrañas, sólo un alarido seco y gutural.

Duele mucho. Mis tripas se contraen en un espasmo que me tira de rodillas, agotado, derrotado. Suplico que pase, que se acabe. Suplico perdón, sin saber a quién o por qué. Expulso mis vísceras por la boca, por la nariz, por los ojos, por los oídos.

Todas mis fuerzas se evaporan y así, arrodillado en el piso, volcando mis entrañas luces de colores, me desplomo entre el cansancio.

El piso de concreto se aleja
veloz
mente y me
descubro
en
caída
libre
hacia
un
suelo
gris
que se
aleja
a la
misma
velocidad.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
El vééééé
éé
é
é
é
éé
éééééértigo
me invade.
La caída
pareceee
e
e
e
e
e
eeeterna.
Pero no lo es.

Intempestivamente,
………………………………….el suelo
…………………………………………………..se detiene.

Me espera con sus frías fauces abiertas. Anticipo el golpe y siento los músculos de mis piernas y mi vientre contraerse. Se esfuma toda vitalidad de mi cuerpo y una agonía-corriente-eléctrica me sube por los brazos hasta los hombros.

*
Me estrello contra el concreto.
*

Mi cuerpo entero explota. Soy ahora una nube de polvo que rebota hacia el cielo y se desvanece en un viento que ruge. Me miro convertido en mil millones de partículas separadas: floto al viento, sin cohesión, sin unidad. El viento me acaricia mientras me dispersa entre sus dedos. El dolor que sentía hace un momento desaparece; la brisa me reconforta.

¿Qué es de mí ahora? Pánico otra vez. ¿Estoy muerto y mis cenizas se van, se desparraman para hacerme desaparecer de una vez y para siempre?

Me rehúso a morir. Me lleno de rabia. Siento mis piernas y mis brazos nuevamente y comienzo a tomar con unas manos que no existen las partículas de polvo que soy. Pataleo y me sacudo para no dejar escapar ninguna: ¡las quiero de vuelta!

De nuevo, una profunda angustia se instala en mi estómago. Escucho mi corazón terriblemente acelerado… ¡Ah! ¡No estoy muerto! Un tambor de guerra me resuena en lo profundo del pecho.

P
P
P
P
Primero, lejano.
P
P
P
P
Pero cada vez más fuerte.

Continúo luchando con el aire, atrapando pedazos de partículas, tragándolas, engulléndolas con fiereza. Mi esfuerzo es inútil: a cada brazada, a cada puño que atrapo, de mi cuerpo se desprenden aún más motas de polvo. No puedo mantenerme unido y sollozo, grito de pavor. No dejo de intentarlo, pero mi pánico aumenta.

El poder de mi corazón desaparece y, exhausto, derrotado, me suelto. Floto nuevamente al aire, sintiendo cómo nuevamente me desvanezco.

Silencio. Vacío. Se apagan los colores. El tiempo en pausa. Siento una luz cálida en el lugar donde alguna vez estuvo mi rostro. Un calor matutino, fresco acaricia mis inexistentes mejillas. Abro los que eran mis ojos y esta blancura domina absolutamente mi percepción. Mis pupilas casi cegadas me muestran fosfenos saltarines. Toda mi atención está puesta en éste nuevo estímulo que, de golpe, elimina todo el sufrimiento hasta hacerlo parecer muy lejano, de otro tiempo… de otra vida. Ahora distingo una pequeña forma moviéndose frente a mí. Es una pequeña mariposa blanca. Ningún sonido se percibe, aparte del blanco batir de aquellas alas.

Se gira y revolotea, alejándose. La sigo durante no sé cuánto. Mi experiencia del tiempo desaparece y me encuentro en un nuevo estado, natural aunque recién nacido. Qué bien se siente. Mi respiración es tranquilidad. Me reconozco en este cuerpo diferente al mío: no de carne, de palpitaciones. Y así, ver esta mariposa es como verme a mí mismo: se posa en el césped; me encuentro en la cima de una montaña, rodeado por una inmensa cadena rocosa y un cielo azul cristalino. Frente a nosotros, un lago con borde terminado en desfiladero nos invita a seguir.

La mariposa se difumina en un último aleteo y ahora camina, gato blanco, meneando suavemente la cadera. Su camino lo lleva de vuelta al agua, donde nada con dirección al precipicio, como si toda su existencia fuera una preparación para este lugar y estas corrientes. Voy tras él: no para detenerlo o alcanzarlo. Me guía y me dejo guiar. Noto la descomunal caída que le espera y me aflijo.

Escucho a través de mis poros una serena voz que me desenreda.

“Es su naturaleza que lo guía. Nacer es una muerte permitida. Abraza el dolor de romper la piel y abre el total de tus ojos a las estrellas. Mira. Le muestran lo que de él se espera”.

Comprendo que se trata de su sacrificio y me detengo en el agua para observar el avance del gato blanco hacia su origen. Vuelve la cabeza y me regresa una mirada, mientras sigue flotando en su navegar hacia el precipicio.

En sus ojos puedo ver el Universo. Cambian de forma y de tamaño: se expanden y se contraen de manera independiente. Dentro de cada uno observo una danza de espirales blancas, galaxias fundiéndose, soles rojos, azules; explosiones púrpuras, nubes de polvo, células fundiéndose, un torrente rojo cargado de minúsculas partículas vitales.

No me asusta. El gato tampoco parece tener miedo. Me muestra una verdad perfectamente natural y precisa, mientras se deja arrastrar y cae en un vacío que no me es posible conocer aún. Pero que acaso alguna vez me consuma a mí también.

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Escrito por:paginasalmon

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