Fotografía de Gerardo Alquicira

Al norte, el Everest.
Tres horas más tarde,
conduciendo en dirección al sureste,
el Kilimanjaro.
Debajo,
una muralla frondosa
protege los lagos de
sequías e incendios que
amenazan el llano que al norte se desdobla.

Los lagos, aunque jóvenes,
descansan contaminados: aguas turbias,
quietas, en tregua;
espejos marrones que
atormentan a los pescadores,
esperanzados por encontrar
un ápice de vida que jamás llegarán a ver.

Entre los muertos y sucios
cuerpos redondos de agua
se encuentra una alta colina
que por poco alcanza la estratósfera.
Plana de los costados, parece más
los restos de un barco
que naufragó hace cientos de años.

A veces los lagos se desbordan.
No llueve. No tiembla.
La Luna simplemente pasa
con su melancolía
y forma caudalosos caminos
cuyas aguas buscan salida
para regar las macizas praderas
que cubren el sur del continente
y, así, poder comenzar la primavera.

A veces los ríos llegan al mar
e invaden el arrecife de coral;
despiertan a la bestia
que ahí habita
y la lastiman con su sabor a sal.

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Escrito por:paginasalmon

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