Fotografía de Manuel Alejandro

¿Ha visto como descienden las nubes por los cerros orientales? Cada vez que llueve, las nubes me hacen recordar la última invasión. Parecían masas, aglomeraciones, aleaciones, eran cientos, miles de ellos. Caían como la lluvia. ¿Dónde estaba usted en esos días? Yo estaba trabajando en la Secretaría de Cultura. Sí, en el área de concursos. Después de la invasión y del surgimiento de los modificados, el gobierno de la ciudad se preocupó por el destino de la cultura. ¡Pelmazos! Todos nosotros estuvimos al borde. Al interior de la institución se escuchaba el odio y el rechazo a los modificados. Claro, se llevaban todos los premios. No había manera de saber que eran jodidos modificados. Esa fue mi tarea: desenmascararlos.

Me enviaron a Sasaima para aprender. ¿Sabía usted que antes era tierra caliente y productiva? Yo no tenía ni idea. Siempre he sabido que es yerma y fría. Cómo han cambiado las cosas. El caso es que me otorgaron permiso de movilidad B19N para poder ir hasta allá. No se imagina el tormento de viaje. Toca ir, sí, físicamente. No, allá nunca han permitido los transmigradores. No tengo idea, debieron ser al menos tres horas, pero me parecieron centurias. Lo que quiero contarle, pero ojo que esto sólo debe quedar entre usted y yo, fue lo que adquirí. No, en la seccional de adiestramiento no, en las calles de Sasaima.

Apenas me registré en la seccional me dijeron que todos los metadatos que me compartirían sólo tenían validez dentro de las instalaciones. Nada entra, nada sale. Sí, yo dije lo mismo: qué mierda. Tuve que memorizar horas y horas de videoconferencias y la mitad estaban en maquínico. Me tuvieron paciencia por ser natural. A partir de las 23 horas y hasta las 4 horas podíamos estar desconectados de la red. Usted sabe, yo poco duermo, así que salía de la seccional y me iba por ahí, sin rumbo, a ver qué me encontraba. No, Sasaima ya llegó a los 5 millones de habitantes, esas calles atestadas de seudohumanos, casi todos deformes por la torpeza de sus modificaciones, la cantidad de máquinas oxidadas y muertas, y ese olor a refrigerante que llenaba el poco aire. Horrible. La mayoría eran tiendas de repuestos para transmigradores, sublimadores de sueño, alimentadores intravenosos y reveladores de verdad. Esos eran novedad, así que me compré el modelo portátil. La penúltima noche terminé en la zona roja. Claro que me daba miedo, puros modificados a punto de caducar. A uno lo ven con ganas de desmembrar. No, usted los viera, todos aferrados a sus existencias ambiguas. No los consideramos humanos y las máquinas los rechazan por no cumplir el código 95. Demasiada carne. En esa zona ser natural es toda una ventaja. El caso es que llegué a un local ilegal de modificaciones. No duran mucho, cada semana los cuidadores sellan y desmantelan esos sitios. Ese local parecía tener seis horas. El que atendía me miró y me dijo que tenía cara de intelectual, que me tenía la modificación perfecta. Daba asco, supuraba por las heridas que seguramente se autoinflingió para modificarse. Me iba a ir, en serio, hasta que le escuché decir 99CLS11. En la Secretaría me dijeron que esa configuración la habían destruido en su totalidad. Miré al supurante y le dije: no le creo. Corrió, o por lo menos lo intentó, mientras arrastraba una de las piernas que parecía pesarle doscientos kilos. Vi el artefacto. Tal como me lo mostraron en la Secretaría. Le dije al modificado: es falso. Se levantó un pedazo de piel y se lo instaló. Me dijo: mañana gano tres concursos. Vuelva a esta hora y lo comprueba. Apunté los códigos de registro y me fui.

El viaje de regreso lo tenía programado para las 5 horas. El instruccionamiento terminó a las 19 horas y el resto era decisión propia: si viajar inmediatamente o hasta el límite de la seccional. Ese lugar se desocupó. Eran pasadas las 2 horas. Alisté mi compartimento pero lo dejé junto a la puerta. Medida de seguridad, me dije. Mentiras que nos decimos, usted sabe. Volví al antro del supurante. Casi no lo encuentro, había cambiado de color la fachada. Me reconoció desde la entrada y me dijo: acá está la prueba. Seis millones de créditos. Válidos. Legales. Le dije: ¿Y usted qué hace acá? Tiene créditos para vivir cómodamente en Bogotá. Le dio risa, usted lo viera. Me dijo: tengo poco tiempo. No me quiso decir qué hacía con los créditos. Me dijo: ése es el precio. Podía endeudarme hasta por 15 millones. Le pregunté cuánto se demoraba en instalarlo. Cuatro horas. Si me lo instala en dos y con reducción de dolor le pagaba 10 millones.

A las 5 horas estaba en el vehículo oficial. Me ardía la herida en el brazo y la cabeza la sentía a punto de estallar. El comando de inicio era táctil así que nadie a mi alrededor sabía lo que hacía. Menú principal. Configuración. Habilitados: 15. Seleccionar todos. Tiempo de ganancia: 140 horas. Monto: 40 millones.

Me reí como nunca antes lo había hecho. Me miraron. Yo me quedé observando el amanecer violeta tan característico de Sasaima.

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Escrito por:paginasalmon

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