“La leyenda de los siglos” de René Magritte

Anoche, bajo la fatua luz de mi estudio, preparaba una exposición express de la obra filosófica de Ludwig Wittgenstein. Como pasa cuando uno intenta descifrar el mensaje de quien no se tienen ni de cerca argumentos para dialogar, el abordaje racional me resultó poco realista y preferí un acercamiento narrativo. Al momento, por otras razones, yo estaba estudiando una fotografía icónica de Joseph Kotush, de 1965 One and Three Chairs, que ingresó a la colección del museo Reina Sofía de Madrid en el año 2000 y que entiendo ha sido expuesta en otros sitios de renombre. El resultado es un ejercicio extraño y con un tono didáctico que no es perfecto, pero que propone una lectura de la filosofía del lenguaje de Wittgenstein, hermética, a mi gusto, y los juegos de representación “antiformalista” de Kotush que juegan sobre un código triple de aproximación a la realidad, según nos indica la ficha descriptiva del museo español: un código objetual, un código visual y un código verbal.

−Tremendo aguacero −dice una voz a sus espaldas. Wittgenstein se sobresalta al reparar en un pordiosero acurrucado en el rincón de la gruesa fachada bajo el techo.

En una calle solitaria de Viena, hace tres cuartos de siglo, un hombre de facciones poderosas dobla la esquina al preludio de un rayo: Wittgenstein, hombre no precisamente de misterios, sino orgulloso portador de la lógica quirúrgica, se oculta de la lluvia bajo el chaflán gótico de una vieja residencia. Bajo el brazo, protege sus manuscritos de la lluvia prominente. El agua no le profesa romanticismo alguno.

−Sí −responde nervioso. El aire se cuela entre él y el portal como un cubo de hielo que cae dentro de la camisa. El filósofo y el pordiosero miran la lluvia por unos momentos con catatonia, mientras Wittgenstein abraza cada vez con más aprehensión sus papeles.

−¿Le apetece? −corta el pordiosero con raspa, y le acerca un frasco de vidrio con un contenido turbio.

−Le agradezco −Wittgenstein lo rechaza con ademán educado.

−Usted se lo pierde. La lluvia, como cualquier cosa que uno mire, se lleva bien con el líquido. Líquido atrae líquido, si usted me entiende. −El pordiosero ríe con cierto lunatismo.

−Supongo que tiene usted razón −vuelve Wittgenstein con retraso. Tiembla de frío y se azuza la gabardina gris con torpeza−. Pero tendrá unos siete años que no bebo una gota. Puede que sea mi temperamento; sólido repele al líquido.

−O lo absorbe −increpa el otro entre una mueca socarrona. La lluvia que no amaina arrastra algunas inmundicias sin nombre entre el adoquín.

El tiempo, acreedor de atardeceres, adelanta su ritmo con la ansiedad de la tempestad, que a todos los mamíferos hace sentir cautela y que recuerda la condición del humano preso de su animalidad.

−Como sea, ¿le cuento algo? −sigue el viejo. Wittgenstein, desesperado, no sabe cómo deshacerse de él. El viejo, que despide un tufo y parece envuelto en una burbuja invisible de suciedad que impide percibirlo con claridad, se adhiere a la conversación como el agua a sus botines sucios y rotos. El lamentable hombrecillo no espera respuesta y sigue:

−Tengo una forma personal de llamarle a la lluvia.

−¿Cómo así?

−Zapato.

−¿Zapato?

−Eso mismo.

−¿Me está usted diciendo que su forma personal de referirse a la lluvia es zapato?

−Y eso no es todo.

−¡No es todo!

−No. A la lluvia yo le llamo dos zapatos izquierdos.

Wittgenstein, que es un hombre de asepsia filosófica y modales impolutos, retiene una risa que sólo se compara al vómito que se aguanta con labios apretados fuertemente; después, su ego intelectual siente un pinchazo de ira y desespero: ¿no había él, con esfuerzos atléticos del sentido, dedicado años a demostrar la inexistencia del lenguaje privado? Viene ahora un borracho a decirle que la lluvia se llama zapato, mientras algo parecido a dios insiste en ahogar su trabajo en un río de porquería. El orgullo, entonces, arremete sobre la tormenta con un sentido necio de debate.

−Caballero, dice usted que la lluvia se llama zapato.

Dos zapatos izquierdos −señala el pordiosero.

−Bien. Supongamos que dos zapatos izquierdos cae en un lugar en el que usted está entre algunos amigos.

−Ajá.

−Y ninguno de ellos sabe que usted se refiere a la lluvia como tal cosa.

−Sí.

−Supongamos, ahora, que entre sus amigos hay una mujer que usted quiere, pero ella no se ha percatado de que llueve.

−Sí.

−¿Cómo advertiría usted a la dama que está lloviendo, si sólo repite con ansiedad “mire, señorita, afuera hace un dos zapatos izquierdos tremendo”?

El pordiosero hace una pausa instintiva de quien no tiene prisa para responder y para quien pensar es un lujo fino, como las neuronas y la ginebra; se disfrutan y se disuelven con hielo.

−Eso es simple −contesta al fin−. Bastaría con abrir la sombrilla frente a ella y acompañarla hasta el automóvil o hasta su cuarto. Esta lengua todavía recorre bien, aunque raspa −ríe.

Wittgentein, alterado, ya no contiene entre su mandíbula tensa el enojo y suelta un resoplido casi inaudible. La lluvia, necia, arrastra otra ola de aire entre sus piernas, que él mira con impotencia, empapadas. ¡Faltaba más! ¡Qué hombre tan vulgar! El alcohólico y el niño no tendrían en común decir la verdad, tanto como escupir ingenuas suposiciones.

−Le pondré ahora yo un ejemplo −el pordiosero, con seguridad y didactismo.

−¡Ah, es usted también maestro! −ataja Wittgenstein con ironía forzada.

−No. Pero historia no me faltas. Supongamos que, frente a nosotros, en una galería de museo, tenemos una silla.

−¿Una silla?

−Sí.

−¿En una exposición de museo?

−En una exposición de galería.

−Suena poco probable, pero se lo concedo.

−Supongamos ahora que a la silla la acompaña su definición.

−¿Qué cosa?

−Que a la silla la acompaña la definición de diccionario de “silla” rotulada en la pared.

−…

−Supongamos que, además, se ha colocado una fotografía de la silla a su lado.

−No entiendo a qué va con esto.

−Le pregunto: ¿la silla es la definición de silla, la fotografía de la silla o la silla material?

La lluvia escampa poco a poco y le sigue ese frío callejero que cala. Wittgenstein, tratando de convencerse de que está cómodo en su campo, no se va de ahí porque considera una debilidad huir del debate, incluso si está presidido por aquel hombre. Pero a su mente no llegan las proposiciones firmes ni las líneas destellantes; una plastilina amorfa de significados se atasca en su cerebro entumido.

−Bueno −alcanza a decir− La silla es las tres cosas al mismo tiempo.

El pordiosero humedece sus labios con aguardiente y hace pasar el líquido entre sus dientes podridos, que sienten alivio de la carie y la inflamación al contacto con el alcohol.

−Algo así supuse que diría −señala en una frase que crece en tono−. Le pregunto, ahora −continúa−, supongamos que quitamos una pata a la silla. ¿Diría usted que la silla es una silla si no sirve para sentarnos?

−Bueno, es que en ese caso habría que hacer leña esa silla.

−Lo que la volvería leña.

−Leña, sí.

−¿Admite, entonces, señor, que la cosa es en tanto que se usa y no porque es?

Un Ford laminoso y viejo pasa cerca con estruendo repentino, una de sus llantas pasa por un momento en un hueco lleno de agua e inmediatamente sale de ahí con fuerza neumática. La lluvia ha parado. El pordiosero, que domina la situación sin orgullo, se acurruca en su recoveco con parca comodidad y sigue:

−Supongamos que yo he perdido un zapato derecho de cada uno de mis pares −Wittgenstein piensa que eso podría haber pasado en verdad− Y tal vez he decidido colocar mis dos zapatos sobrantes al pie de la puerta de mi casa −agrega el pordiosero con un movimiento retórico hacia atrás, adueñándose del portal de la vieja casona−. Supongamos que llueve y mis zapatos se llenan de agua…

−Vaya fortuna la de su supuesto.

−¿Sería incorrecto que yo llamase a la lluvia dos zapatos izquierdos sólo porque mis dos zapatos no sirven para calzarse, pero sí para almacenar lluvia?

El filósofo voltea por fin a ver al anciano. Hasta entonces había evitado estar de frente a él, con una cautela de clase instintiva. En ese momento, el viejo sufre una misteriosa transformación: no queda nada del hombre patético y ruin, Wittgenstein repara en que está cubierto por una toga sucia por el uso y que a primera vista podría parecer de un tono celeste muy claro, cercano al gris, pero que podría cambiar de color con la mirada, a causa de la mugre. Con un poco más de atención, entre su ropa, se mira un objeto difícil de describir, parecido a una lámpara antigua, dentro de la cual podría colocarse una vela gruesa. Wittgentein repara también en un bastón de mediana altura, con un mango burdo pero poderoso. La faz del viejo, en ese momento, parece iluminada por la luna, que sin embargo yace oculta en su máscara oscura; sus facciones, en las que se cuentan cientos de arrugas diminutas, trazan un mapa de sinceridad y también de abandono. Erguido en un gesto orgulloso, el anciano hace sentir pequeño a Wittgenstein, que alcanza a resoplar en una exclamación débil:

−Sí.

Antes de sumergirse de nuevo en la oscuridad del rincón, el pordiosero abre la puertecilla de la lámpara de cristal y latón. De una esquinilla invisible, extrae un trozo de papel fotográfico con una imagen extraña, como extraída de otro tiempo. Desdobla la fotografía y la entrega al filósofo, que la recibe con mano imantada. Lo que Wittgenstein ve no es sobrehumano, pero es definitivo:

ss
“One and three chairs” (1965) de Joseph Kotush
Museo Reina Sofía.

Recién exprimida, la noche vaporizaba como una procesión henchida de silencio. Al ritmo de su respiración, ya resignada, Wittgenstein se engarrota, mientras arriba, en un desgarro de nubes, las estrellas aparecen con su movimiento antiguo, cruzadas por un aeroplano. Con un movimiento mecánico, el filósofo abandona el portal. Una sirena se eleva y se pierde en el silencio nocturno. Los papeles están revueltos entre el agua del suelo.

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Escrito por:paginasalmon

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