A lo largo del tiempo e, indiscutiblemente, en todas las sociedades, la preocupación por mantener un cuerpo saludable, vigoroso, resistente y, aún más importante, libre de toda enfermedad ha sido una constante que acompaña nuestra vida cotidiana. Durante el Renacimiento esta inquietud quedó documentada en la enorme cantidad de dietéticas, regímenes de vida y libros de medicina publicados en todo tipo de formatos e idiomas. Si consideramos los territorios clásicos de la literatura como la poesía, la novela, el cuento o el ensayo, difícilmente podríamos ubicar las dietéticas renacentistas como un género literario propio. Por fortuna, a decir de los especialistas, en la actualidad se han revalorado otras índoles de comunicaciones dentro de la noción tradicional de literatura. Mi interés no es, sin embargo, colocar la diversidad de libros de vocación médico-alimentaria como manifestaciones del fenómeno artístico; me interesa más bien resaltar la formación de un género que nació con el desarrollo de la imprenta y, sobre todo, por una nueva conciencia de lo que significaba habitar el mundo, con una nueva forma de percibir la vida.

Los regímenes de sanidad fueron idearios sobre lo que médicos, filósofos, teólogos y hasta aficionados estimaban como “bueno para comer”. Existieron en diferentes formas, desde panfletos en lenguas vernáculas hasta libros de medicina de altos vuelos científicos y filosóficos; desde ediciones lujosas hasta opciones que se adaptaban a todos los bolsillos. Entre 1470 y 1650 se publicaron una inmensa cantidad de dietéticas de origen italiano, francés, inglés, alemán, español y de otras tierras cercanas y lejanas de Occidente. Las ideas plasmadas en las páginas de estas singulares obras no deben leerse solo como un repertorio de consideraciones médicas alineadas exclusivamente a intereses científicos. La riqueza con la que crean y recrean las maneras en que las sociedades renacentistas experimentaban sensaciones y emociones permite comprender que, para éstas, los padecimientos son colectivos, pero el dolor siempre es individual. Las historias que ahí se relatan nos acercan a la intimidad de la experiencia de enfermar y sanar.

La tradición dietética del Renacimiento está conectada con la construcción de identidades, así como con diferencias sociales y de pensamiento religioso, científico y mágico. Sus registros nos hablan de las prácticas, preferencias, gustos y creencias que conformaron los hábitos de alimentación de los distintos pobladores de la marcada geografía social de la época. Las orientaciones dietéticas perpetuadas en estos documentos revelan mucho más que alimentos saludables o prescripciones médicas; son también una fuente para conocer los temores, prejuicios y preocupaciones que el propio discurso médico de la época se encargó de generar alrededor de ciertos consumos. Por ejemplo, en los albores del Renacimiento, la berenjena despertó sospechas y desconfianza debido a la opinión de médicos y botánicos que la emparentaron con la mandrágora: las personas temían comerla pues, de acuerdo con el entendimiento médico, engendraba locura.

Los regímenes de vida que se escribieron a lo largo del periodo renacentista gozaron de gran aceptación entre los muy diversos públicos a los que estaban dirigidos. Por primera vez, la circulación de estos saberes estuvo al alcance de todo tipo de personas anhelantes de mejorar y mantener un estilo de vida saludable. Los autores de estos manuales guardaron la intención de educar el cuerpo, de establecer normas que controlaran actividades corporales como la alimentación, el descanso, el ejercicio y otras prácticas del día a día a las que Galeno bautizó como “no naturales”, y que podían afectar el bienestar de una persona. La atención que demandaba el cumplimiento de las normas dietéticas, no sólo entendidas como el consumo de alimentos, sino en el sentido más amplio de las ideas hipocráticas —todas las prácticas relacionadas con el cuidado y mantenimiento de la salud—, permitió que hombres y mujeres se reconocieran a sí mismos en la relación cotidiana con sus cuerpos. Estos adquirieron mayor consciencia de lo que comían y bebían, y encontraron sentido a las prácticas saludables animadas por una actitud vibrante hacía los placeres de la vida.

Además de la considerable edición de libros de consejos para prolongar la existencia humana, se publicaron breviarios destinados, por ejemplo, a mujeres que, de acuerdo con el razonamiento médico, debían tener el conocimiento necesario para cuidar su propio desarrollo espiritual tanto como para mejorar en sus tareas domésticas. Esta medicina casera exigió el manejo terapéutico de hierbas, especias y otros recursos alimentarios para la curación de enfermedades menores o cuando la visita al doctor se dificultaba.

Por otro lado, también existieron ejemplares destinados al uso personal de nobles y burgueses distinguidos, los cuales partían de la complexión de la persona, es decir, del temperamento que lo caracterizaba. Tales determinaciones dieron paso a la teoría de los humores que diferenciaba entre personalidades sanguíneas, flemáticas, coléricas o melancólicas. Según esta teoría, los humores son líquidos corporales que circulan por el cuerpo  y se encargan de regular las funciones fisiológicas; su origen está en la cocción de los alimentos a través del proceso digestivo y pueden identificarse en  las distintas cualidades de la comida, como el color, la consistencia, el olor y el sabor. Las dietas prescritas en ellos se ajustaban a la constitución humoral de cada uno de estos individuos, por lo que la comida y la bebida fueron capitales en la conservación de la salud.

La amplia cultura médica del Renacimiento se preocupó, asimismo, por individualizar los regímenes de salud de acuerdo con la actividad que se llevara a cabo. Definitivamente, no era recomendable que un soldado joven y sanguíneo comiera y bebiera lo mismo que un adulto melancólico. Y es precisamente sobre esto último que me gustaría dedicar el resto de mi análisis; sobre los consejos que el célebre filósofo, médico y mago Marsilio Ficino consagró en su obra, en la que les habla esencialmente a todas aquellas personas dedicadas a las letras y el estudio de la filosofía. Es decir, una obra dirigida fundamentalmente a todo el público que nos lee; así que espero que lean con atención lo que el filósofo florentino tiene que decirles.

Si pensamos en el principio de incorporación desarrollado profundamente por Claude Fischler, las dietéticas renacentistas, en especial la escrita por la pluma ficiniana, revelan esa condición mágica que Fischler identifica con la frase “somos lo que comemos”. La alimentación, explica, es el acto más íntimo. Comer no sólo se reduce a la digestión del alimento, pues éste penetra en nuestro cuerpo; se convierte, en efecto en buena parte de lo que somos. Tal incorporación se extiende al universo entero, lleva a nuestras entrañas la esencia simbólica e imaginaria que trae consigo todo lo que comemos, nos transforma desde el interior impregnándonos con el espíritu de la naturaleza, que igual puede causar efectos favorables como dañinos.

Ficino parece entender muy bien este principio. Su obra Los tres libros de la vida es una dietética donde se compendia el cosmos entero. Sus recomendaciones se fundamentan en el discernimiento de las virtudes naturales de diferentes elementos del cosmos y el mundo sublunar como plantas, metales, piedras y animales. Los sabores de los alimentos junto con sus aromas y talismanes eran para él el medio para insuflar la divinidad o cualidades benéficas de los planetas y estrellas al cuerpo humano. Entre otras cosas, Marsilio Ficino, quien fue hijo del médico personal de Cosme de Medici (1389-1464), creó un régimen de alimentación regulado por el sistema de correspondencias entre el macrocosmos y el microcosmos y acentuado por el uso de la astrología.

Con toda seguridad, la profesión de su padre estimuló su veta medicinal. La intensidad de las lecturas de las cuales abrevó a lo largo de su vida fermentó en su Libri de vita triplici, obra en la cual se articulan nociones teóricas de medicina con la magia celeste. En líneas generales, los Tres libros sobre la vida son un conjunto de tratados médicos cuyo fin era el perfeccionamiento de la vida humana a través de remedios naturales y mágicos.

La obra está dividida en tres partes que fueron elaboradas en un intervalo de nueve años. El libro primero, De vita sana, está destinado principalmente a los intelectuales. En este libro, el autor destaca la inclinación natural de los estudiosos hacia la melancolía y la flema al tener una actividad cerebral enérgica y el cuerpo ocioso. También allí sostiene que el exceso de bilis negra o melancolía es el origen de un alma atormentada e inquieta que produce un juicio perturbado. Generalmente, en el Renacimiento se consideró la melancolía como un estado asociado con los aspectos más oscuros de la naturaleza humana, pero Ficino asumió que es a través de ésta que los hombres pueden desarrollar el “furor creativo”, convirtiéndose luego en grandes poetas, artistas y filósofos. Sin embargo, también observa en la imperfección de las bilis negra o melancolía motivo de tristeza y desvarío continuo. El problema se presentaba cuando los espíritus no se repartían adecuadamente por el cuerpo, lo cual era un padecimiento común entre los profesionistas de las letras quienes, al estar sometidos a largas jornadas de reposo físico y extenuantes esfuerzos mentales, sufrían de mala digestión productora de melancolías perniciosas.

Así como todos los tratados médicos de la época orientados a la regencia del cuerpo, las meditaciones de Ficino marcan una distinción entre “nutrirse” y “alimentarse”, conceptos diferenciados por la antropología contemporánea para comprender el sustrato cultural de la alimentación. Dicho de manera muy general, la nutrición abarca el campo de la fisiología, es decir, los procesos que se activan en los órganos del cuerpo al ingerir un alimento y los nutrimentos que se producen. Sin embargo, estas funciones se han conceptualizado de maneras muy distintas a lo largo de la historia de la medicina, lo cual dice mucho de la imagen en que se reconocen las metáforas del cuerpo.

 Para Ficino, uno de los nutrimentos más importantes para los hombres de letras deben ser los espíritus al ser generadores de razón. Es por este motivo que exhorta al cuidado concienzudo del estómago, hígado, corazón y cerebro, órganos involucrados en la fabricación y circulación del espíritu originalmente engendrado en el estómago a partir de la digestión o cocción de los alimentos.

Las prescripciones dietéticas que Ficino sugiere para moderar esta predisposición a la melancolía son muchas y muy variadas. Enlista una serie de alimentos que se deben evitar, —por ejemplo, los de color negro—, así como los que deben consumirse para provocar la melancolía natural. Entre sus recomendaciones se halla la receta de un medicamento que él llama “áureo” o “mágico” por condensar las cualidades expansivas y placenteras de Júpiter y Venus en ingredientes como el oro, la canela, el toronjil, la menta y el vino de “primerísima calidad”.

El segundo libro, De vita longa, es una mixtura de teología antigua con conceptos médicos y algunos comentarios de magia astrológica para conseguir una vida larga. El tratado de Ficino, así como la Gerontocomia de Gabriele Zerbi (1445–1505), publicado en el mismo año, se pueden considerar como los promotores de la expansión, durante el siglo XVI, de estudios sobre la longevidad y los medios para alcanzarla en buen estado de salud. Aunque en siglos anteriores la vejez se ponderó en las ideas morales y médicas, a lo largo del Renacimiento las necesidades sociales y culturales justificaron la propensión a revisar continuamente la senectud en discursos médicos, políticos y literarios. La longevidad se convirtió en un tema de intensa reflexión personal, pero a la vez también formó parte del debate público. Estos tratados estuvieron dirigidos principalmente a personas educadas que ocuparon un lugar privilegiado en la sociedad, ya fuera por sus funciones políticas, eclesiásticas, comerciales o por pertenecer a un ámbito de artistas o filósofos de élite, pero deseosos de prolongar su vida para continuar por mucho tiempo la realización de sus labores.

En Sobre la vida larga, se considera que este arte, el de prolongar la vida, es el resultado de la audacia con la que interactuaban el conocimiento astrológico con la experiencia médica. Las recomendaciones de Ficino oscilan entre consejos para retrasar el envejecimiento y para gozar de una vejez en plenitud. En este proceso, la digestión reaparece como tema de interés, puesto que se considera la raíz de la vida. Ficino adopta la analogía avicenista de la vida como una lámpara cuya flama disminuye con el paso del tiempo hasta extinguirse. Por ello, dice, es posible prolongar el calor natural con el consumo de alimentos asociados con el Sol y Júpiter, planetas que inducen la templanza al calor natural. Otras recetas para la vigorización de los hombres de más de setenta años y hasta de noventa incluyen succionar con avidez, durante la Luna creciente, “la leche de una mujer joven, sana, hermosa y alegre”. A los consumidos por la senectud, los anima a tomar el destilado de la sangre de un joven “sano, alegre y de complexión templada” siempre y cuando se tenga su consentimiento. Hacia el final del tratado, la carga astrológica se vuelve más evidente. Ficino termina por concluir que, para alcanzar la meta de la vida larga, se debe consultar a los médicos sobre la dieta a seguir, y a los astrólogos para conocer la influencia de los astros sobre las etapas de la vida y las amenazas que éstas puedan representar.

El tercer y último libro del tratado, De vita coelitus comparanda, o Cómo obtener la vida de los cielos, está compuesto por un sistema terapéutico formulado sobre bases astrológicas en el que se emplean distintos recursos para la curación del cuerpo y del alma. Entre ellos destacan alimentos, aromas, imágenes y cantos animados por las virtudes celestes manipuladas a través de dos principios filosóficos sustanciales: la articulación del cosmos en grados y jerarquías, y la composición orgánica de la estructura cosmológica en macrocosmos y microcosmos. El cosmos, al igual que el ser humano, es una realidad integrada por dos extremos: el intelecto, por un lado, y el cuerpo o materia, por el otro, unidos ambos por el alma. El conocimiento de estos niveles de interacción fue lo que le permitió elaborar recomendaciones dietéticas con base en las virtudes celestes para procurar la salud.

Naturalmente, los alimentos forman parte de este complejo entramado de ordenamientos jerárquicos y conexiones entre todos los elementos del universo. La explicación ficiniana sobre las propiedades de los alimentos tienen su fundamento tanto en la doctrina de las signaturas como en las cualidades planetarias que se imprimen en éstos. Por ejemplo, Ficino recomienda comer el cerebro, hígado o estómago de algún animal para robustecer los mismos órganos. Los colores también tienen un papel importante en este juego de analogías. Para adquirir las cualidades de “un miembro cualquiera del mundo” como el Sol, incentiva el consumo de plantas, animales y “de forma máxima, seres humanos” que sean solares. En el inventario de alimentos asociados con el astro están la miel, el azafrán, la canela, el león, y también “hombres rubios, ricos y a menudo calvos”. Más adelante, Ficino enseña a captar la gracia de los planetas por la ingesta de frutos, carnes o bebidas en la cuales se hallen los dones planetarios. Por ejemplo, explica que si una persona está en la necesidad de atraer mayor dulzura a su vida, debe buscarla en los alimentos de Júpiter, como almendras, piñón, avellanas, pistaches, uvas, yema de huevo, pollo, faisán o pavo, cuyas sustancias se concilian perfectamente con el planeta en cuestión. Como se puede apreciar, la de Ficino no es una dietética del todo convencional; en el fondo de sus recomendaciones subyace el problema de la naturaleza de la creación.

Los Tres libros sobre la vida son el receptáculo de la inmensa complejidad con la que se desarrolló la filosofía ficiniana del cuerpo, el alma y espíritu del cosmos y del hombre aplicada a la salud humana. Las interpretaciones de la obra son múltiples; gran parte de ellas han estado orientadas a desentrañar la teoría y práctica de la magia, a comprender los principios metafísicos que concurren en su pensamiento, a señalar y situar en las ideas ficinianas el vaivén de corrientes filosóficas, antiguas y medievales, que moldearon su universo intelectual.

Pero mi propuesta es mucho más modesta: en primer lugar pretendo mostrar la supremacía del alimento como medio terapéutico, pero aún más importante subrayar el carácter simbólico de esos cuerpos imaginados por el pensamiento médico y alimentados con las metáforas del mundo.

*Una versión de este texto se presentó como ponencia en el evento Sopa de Letras. Coloquio Internacional de Arte Culinario y Literatura, en la FFyL de la UNAM el día 5 de octubre de 2018.

Imagen tomada de Wikimedia Commons

Anuncios
Escrito por:paginasalmon

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s