Fotografía de Areli Rema

Clarea el sol entre la niebla. El espeso manto retorna por las junturas del follaje a los cerros, cubriendo con gotas cristalinas hasta las frondas que están en sus faldas. Pero aquellas en los pétalos de los jardines las ha dejado la madrugada misma en patios hasta los que a veces repta la niebla, hasta patios en los que obscuras figuras se yerguen bajo negros huizaches.

—Tía… Tía Quica… Doña Quica.

—Está abierta.

—Doña Quica… ¡Tía!

Pero ella, que sólo se levanta para responder, está de vuelta sobre sus rodillas, al contrapecho, hundiendo el ruedo de su enagua en los charcos frente a las amapolas aún cubiertas por las sombras. Con el cuchillo en ristre y sujetando tallos mojados, pone al cielo las raíces frescas dejando intactos los tallos y los pétalos que amontona en la orilla del corro de pedruscos.

—¡Tía! ¡Tía!

En medio del ajetreo se ha ensuciado la diestra. Siente la tierra húmeda; la frota de su rebozo azulenco y se pone de pie. A pocos pasos de las flores se percata del cuchillo en su mano y lo arroja a las raíces.

—¡Tía! ¡Doña Quica!

Ella cruza a trompicones el jardín, cuidando que las ramas no le tumben el rebozo; atraviesa la penumbra de su casa, súbitamente iluminada al pasar frente a uno de los cuartos, y se detiene apoyando sus manos huesudas sobre el cristal del ventanuco que da a la calle.

—¿Tía…? ¿Qué hace ahí asomada? Ábrame la puerta.

—Hijo, le dije que está abierta. Nomás tenía que halarla así.

—Es que yo de eso no entiendo. ¿Y si se la acabo? No me puedo meter en deudas ahora que me dieron la placa.

Doña Quica enciende la luz.

—¿La placa, mijo?

El foco que pende del techo apenas hace relucir la placa que él le muestra con ambas manos en el pecho.

—Mire nomás, tía. Dice Cuquentzi en plateado.

—A ver, a ver —exclama ella inclinándose, estirando el rebozo.

Él se fija en el rebozo, que parece escarchado a la luz mortecina, le pasa su mano y encuentra empapada la palma.

—Ajá. Como que ahí dice su nombre también.

—Pos sí. Me la trajeron ayer… Quiero decir, ayer mero llegaron a la comandancia y por eso no pude avisarle.

—Ay, qué bueno, mijo —expresa doña Quica, tratando de alcanzar las mejillas de su sobrino—. ¿Y su chamarra?

—Ah, esa está en la patrulla —contesta carraspeando—. Pero hoy vine a esta hora por lo que le dije el lunes. Usted sabe.

—Sí, mijo. Yo me acordé apenas me desperté. Vamos.

Ellos caminan al jardín. Sus rostros se alumbran al pasar frente al cuarto de luz inquieta y la placa en el pecho se prende, revelando sus puntas, sus nombres. Él se santigua.

—Tiene que sacarlas —dice a sovoz, ya tras doña Quica.

Antes de poner un cacle fuera del umbral, ella se detiene.

—Yo sé, mijo. Yo sé.

No termina de clarear el día en medio de la nublazón.

Se siente el agua del aire.

Ahora enfilan por un sendero lamoso. Los arbolillos y dobes que se asoman dejan sus gotas cristalinas en el uniforme del oficial, que las esquiva inútilmente al paso de su tía.

Al fondo del jardín, doña Quica le señala el corro de pedruscos en el que las raíces yacen al cielo y las amapolas aún gotean.

—¿Quiere que merito las queme? —le pregunta él con una bota embarrialada sobre los tallos, lanzando un esputo, fijándose en los pétalos rojos, más rojos que la grana cochinilla.

—No, mijo. Quite el pie, que éstas las reparto dentro de un rato pa que cada quien las arregle como quiera —le aclara doña Quica recogiendo sus flores, buscando el cuchillo.

—Adónde estarán sus coas… —murmura él.

—¿Cómo dice usted?

—No, no es nada, tía.

—Ah… Sabe, pasó un chuparrosa poco antes que usted llegara —le cuenta ella esbozando una sonrisa—. Pasó como si dejara un hueco en el aire.

—Debió de estar perdido.

Cuaquentzi frunce el ceño sin dejar de mirar a su tía, que ahora limpia la hoja del cuchillo con su falda y la pasa por el rebozo para cortar aún más todos los tallos sobre el suelo.

—Tía —la llama él con las manos en el cinturón—, usted bien sabe que no puedo dejarla salir con esas amapolas. En la comandancia constataron que ustedes son las únicas casas que las tienen y nomás por ser ustedes, el Mayor nos dejó a nosotros mismos encargarnos.

Viendo que ella no se inmuta, eleva la voz:

—Tiíta, piense usted un rato nomás que sale de aquí y nadie en el pueblo dice nada, pero si uno de mis compañeros se percata, tantito imagínese que a su edá me la detienen.

Se oye tonante el gallo del patio vecino.

Doña Quica se yergue acunándolas en sus brazos, cual vistoso ramo, y silente lo observa a los ojos.

—Yo no le hago mal a nadie, tampoco las flores y mucho menos los que van a recibirlas, mijito.

—Es que no es capricho de nosotros. Si fuera por…

—Desde que yo aprendí a caminar, siempre venía con sus dos abuelos, que en paz descansen, a recogerlas para los de la plaza —y las mira con un dejo de nostalgia—. Eso era un día antes de los de la plaza, y en aquella época de veras había flores, no como ahora… —y doña Quica tuerce los arrugados labios—. Cuando era chamaca veníamos con sus abuelos… Pero con los años mi mamá fue la que nos acompañó al jardín y por la noche a la plaza, porque su abuelo se aparecía después de que todo el mundo se reunía con sus muertos. Se aparecía bien hediondo a…

—Mire, tía, ya me sé la historia completita hasta el fin. Yo la escuché de boca suya varias veces. Pero ya no estamos pa eso y usté no puede ir por las calles así nomás con esas flores. Mejor la acompaño bien temprano, que después me las arreglo con…

—Yo no voy a estar escondiéndome de nadie. Si será… ¿Y si se las roban por ir a esta hora? No, yo las voy a poner en agua pa que estén frescas hasta por la tardecita.

—Pero tía, si todavía hay tiempo —le ruega Cuaquentzi, con la vista al cielo—. Desde el año pasado empezaron en la capital y la campaña ha sido muy exitosa, como dicen, porque para el norte van todos.

—Mientras no se metan con las Coronas de Cristo… Total, si de noche con el tumulto no se dan de cuenta —zanja doña Quica viendo las gotas de las yerbas a sus pies—. Venga, que le voy prepará su remedio.

—¿Esas son todas? —le pregunta contemplando los esquejes que su tía ha dejado fuera del corro de pedruscos.

—Sí mijo. Ya le arranqué toditas a la mera tierra.

Dentro de la casa los rayos comienzan a penetrar por los quicios y los cristales. Ellos están en la cocina. Doña Quica las sumerge en una garrafa y permanece unos minutos separándolas, cuidando que los pétalos no se maltraten unos a otros.

Cuaquentzi está parado en la mesa. Agarra un cajete que está en el centro y le echa un vistazo, descubriendo semillas secas; las olisquea, las devuelve a su sitio y enseguida lanza un escupitajo al suelo. Ahora se frota las yemas de los dedos, se las sopla. Ve a su tía y se los lleva a los labios.

—¿Acaso estas semillas pican?

—Sí, mijo. Son del serrano. De recién de ayer.

—A poco decía yo… —musita él, aún chupándose los dedos.

—Tome. Pásese el cotense con este limón.

Doña Quica vierte agua en un cazo al tlecuile y arroja yerbas, mientras rebana mezcal con el mismo cuchillo con el que trabajó en el jardín; se demora con la miel y exprime el último caldo del limón amarillo con el que su sobrino se frotó las manos.

—Tía, ¿oyó lo del viejo este Anselmo?

Y ella, todavía preparando el remedio, le responde de espalda:

—Sí. Escuché de doña Conchita que lo vio el otro día.

—Ajá. Pero ahora lo nuevo es lo del zaguán. ¿Se enteró usted?

—No creo… —le responde sujetando el colador—. Siéntese, mijo.

Él arrastra un equipal del rincón hasta la misma mesa, murmurando: «mi tía está llena de capulinas». Pone la bota en el asiento y remueve la gruesa capa de polvo a palmadas, tratando de no toser, y se repantinga.

—Al pobre viejo ahora le agarraron el zaguán de peajero. Como no sale de la casa…

—Es verdá. Ni que lo ayunte… Ese ya no sale ni a la esquina. Doña Conchita dizque lo invitó al novenario de don Héctor y ni siquiera se le disculpó después.

—Y por eso mismo es que creen que los hijos del Gachas y unos mal nacidos lo usan de peajero. En la comandancia las señoras estas de la iglesia llevaron la queja de unos tales fulanos que les gritaron y que se la pasan el día entero cayéndose a navajazos entre ellos mismos. Lo que yo dije en la comandancia es que con unos buenos cintarazos se pone a esa carpanta en el camino recto, porque aquí no hay espacio pa tanto saraguato.

»¿Ha visto usté, tía? Cuando no se andan rajando, se guindan del sabino… Y este viejo, de verdá… Y como se hicieron los locos les dije que a mí me irían a quitar la placa (¡ja!, y la semana pasada no la tenía), pero que se metan con usté o con los muchachos, los tumbo a balazo limpio.

»Sabrá el diablo de dónde sacaron una cabeza de cíbo… cíbolo, que se la muestran como unos pendejos a todo el que pasa por don Anselmo. Más les valiera… Si fuera en los propios cerros, pos uno les ve la gracia. Pero aquí…

—No tengo más copal —susurra doña Quica—. Esto ya está —dice mirando a su sobrino que manosea uno de sus cartuchos en la mesa—. Espéreme aquí, mijo, que voy ver si me queda un frasco pa que no se lleve eso así, en la olla, que está bien caliente.

Él se acerca al tlecuile humeante en la solitud de la cocina y arruga la cara al sorber del brebaje con la hoja del cuchillo.

—Bueno, yo sabía que me quedaba éste —exclama doña Quica al poco rato, agitando un frasco delgado y transparente.

—Ah… Mire nomás. Sí, que se me hace tarde. Hoy nos van a mostrar el coamil de las gentes estas detrás de la sierra. A lo mejor ya me dejaron.

—Cuídelo. No se le vaya caer, que le hace falta el corcho.

En la puerta de la casa, sosteniendo el cuello del brebaje, Cuaquentzi le suplica una vez más:

—Tía, hágame caso. Se lo ruego yo, que usté sabe que la quiero mucho, no se las lleve. Yo voy hacer todo lo posible por salir tempranito pa acompañarla. Con eso nos reunimos la familia como debe de ser…

Con las manos en el corazón, su tía se compromete a deshacerse de las flores. Se despiden con un estrecho abrazo y ella no cierra la puerta hasta que la patrulla se pierde calle arriba, por un camino sinuoso.

Ya se ha ido, mas su sonrisa de niña anciana no se borra de su faz.

En la casa no hay sombras, pero brilla con mayor intensidad el cuarto que está antes del jardín. Ella saca las amapolas de la garrafa; las separa con mucho cuidado y las seca con su rebozo para amarrarlas con lazos carmesíes de tres en tres, formando ramilletes que acuna como un solo ramo, y enfila al cuarto luminoso.

Ahora su larga sombra se agita en la entrada de la habitación. Se santigua y el brillo que se refleja en sus pequeños ojos negros revela los cirios encendidos que van del suelo al techo, por encima de los arcos, cuyo fuego alumbra fotos de niños dormidos, daguerrotipos de hombres y mujeres sin sonrisas, bien trajeados, en tonos grises, intercalados entre vírgenes serranas, con la mirada puesta en doña Quica, que se persigna, hincada frente a los petates y las botellas de mezcal en el suelo, y entre dientes empieza a orar.

Los cirios chisporrotean. Su alta llama crece como los hilos de humo blanco que giran en el aire. Ella se levanta; va colocando los frescos ramilletes en el espacio entre las imágenes y la cera, y mientras lo hace, prosiguen sus bisbiceos a la par de los cirios.

Vuelve a hincarse. Todavía está de rodillas ante la centena de velas prendidas. Permanece así largo rato, corcovada, cabizbaja, con las manos juntas.

El fuego ya sobrepasa los sombreros y rebozos de los daguerrotipos; las esencias van liándose entre las parvas cruces plateadas y los arcos, al tiempo que la cera rodea tres osarios en el centro del altar.

De nuevo se persigna; lentamente se pone de pie, se sacude la falda y, apoyándose de las paredes, camina al jardín.

La brisa de los cerros deja su soplo en las copas y los racimos de florecillas que caen sobre las yerbas aún bañadas de rocío. Trinan las tórtolas saltando en las ramas; trinan los gorriones; susurran los tepozanes mojados; susurran las frondes.

Y doña Quica, envuelta en la brisa de los cerros al fondo del jardín, agachada en la orilla del corro de pedruscos, acaricia las raíces alzando sus abultados párpados hacia las blancas cimas por las que asoma el sol.

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Escrito por:paginasalmon

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