Estoy a quince centímetros de tu espalda. Observo el color amarillo de tu camiseta, dice: “guía especializado” o algo por el estilo. Dibujo las letras con mis ojos y emito un suspiro que ahogan el viento y los sonidos de la carretera. El sol quema pero el aire refresca. Trato de distraerme, es la primera vez que viajo en cuatrimoto. Tuve un compañero motociclista en la preparatoria. Se mató sobre Reforma. Su cabeza se embarró sobre el pavimento como una mantequilla de sesos. Antes del accidente ni siquiera conocía su nombre así que no me atreví a ir al velorio.

Por fin dejamos la carretera. Ahora nos adentramos en los callejones de Guanajuato y la gente se hace a un lado. Algunos nos observan y los vagabundos nos saludan. Uno de ellos ha insultado a un automovilista por no darle el paso. Tú te detienes e imagino que le sonríes. “Dios te bendiga, muchacho”, dice el hombre y voltea a verme. Alargo los labios y mis ojos se hacen pequeños. Me devuelve la sonrisa y se deshace en bendiciones. Le digo gracias.

Bajamos del Cerro de San Miguel. Otra vez los callejones y el tráfico, después de eso los túneles. El sonido de los motores y el destello de las luces es envolvente. Atravesamos arcos y pienso en abrazarte. Un olor a nardos se desprende de tu sudor. Poco a poco desaparece la humedad de los túneles. De nuevo el sol sobre mi espalda. Por momentos lamento llevar top y no una playera. Mi propio cabello me sofoca. Estoy emocionada. Miro tus brazos, lucen jóvenes y quemados. Te pregunto cuánto tiempo llevas aquí. “Cinco años”, respondes.

Me gusta que voltees para darme algún dato histórico o para cambiar de carril. Cualquiera diría que tus ojos son grises, para mí son color aire. Puedo ver a través de ellos. Me gusta tu perfil, tu nariz semirecta. De nuevo el tráfico. La cuatrimoto se detiene. Intentas encenderla durante cinco minutos. Hemos perdido al grupo. ¿Dónde están? Sé que conoces la ruta y no me preocupo. Aceleras el paso. Es natural que quieras alcanzarlos. De pronto un hombre te hace señales con la mano. “Se fueron por allá”, quiere decir, pero te desvías hasta llegar a lo que parece ser un tramo de carretera.

Supongo que quieres acortar el trayecto. Pasamos por el lago y dices que es uno de tus lugares favoritos. De pronto, cambias nuevamente de camino. No quiero preguntar. Tú sabes lo que haces. Andamos algunos minutos y detienes el motor. Quedamos frente a una casona.  La fachada es colorida como todas las casas de esa ciudad. Hay un letrero colgante que se mece con el viento. “Tenemos habitaciones”, creo que dice.

Durante unos segundos cierro los ojos e inhalo con fuerza. Quiero embriagarme con tu cabello. Abro los ojos y finjo mirar la casona mientras te observo de reojo. No sé si estás nervioso pero mis manos comienzan a temblar. Las llevo a mi pecho para tratar de calmarme.

De nuevo respiro y por fin desciendes. Después te quitas el casco y giras hacia a mí. Tus ojos color aire están fijos en los míos. Luego pones el casco bajo un brazo y con la mano que tienes libre me invitas a bajar.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto. No hay respuesta, solo me miras y en tus ojos respiro al viento.

—Hay que cargar gasolina —dices y suspiro.

 

Fotografía tomada de Flemming Bo Jensen

Escrito por:paginasalmon

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