Varias horas después, Hugo Blas conducía por la carretera en un vehículo extraño, conmigo como copiloto. Ya había pasado el mediodía y estábamos comiendo, al tiempo de viajar, unos suplementos rudimentarios pero satisfactorios. Yo portaba en el pecho una tarjeta que me habían dado, que me identificaba como “Autorizado”.

Un taxi especial nos había llevado de la estación al sitio donde, me dijo Hugo Blas, estaban las oficinas regionales de la División, incluyendo la suya; él lo llamaba “La Central”. Los eventos que ocurrieron en ese lugar no podré narrarlos, pues prometí a los involucrados no revelar la “laxidad” con la que procedieron para dejarme visitar un área relativamente restringida; hasta ahora he procurado contar mi experiencia guardándome los detalles más reveladores (salvo por el nombre de Hugo Blas, quien ahora es intocable), pero en este caso tendré que saltarme los acontecimientos. Sólo diré, porque me llamó la atención, que Blas no tuvo problemas en convencer a sus superiores de dejarlo llevarme a la ciudad, lo cual me reveló que el hombre había llegado a ganarse la confianza de sus colegas, sin duda por algo más que su carisma. También noté que a los susodichos les pareció igualmente interesante la idea de que un extranjero de mi posición pudiera atestiguar todo aquello.

El vehículo que condujimos desde allí, idéntico a casi todos los otros que tenían en La Central, era un terrenal de cuatro ruedas, de tamaño inusualmente pequeño y con un diseño desproporcionado.

–¿Qué clase de coches son estos? Tienen un aspecto extraño -dije.

–Así es, ¿verdad? De hecho son una excentricidad. Una excentricidad muy barata, pero una excentricidad. El diseño supuestamente es una réplica de los carritos de golf que se usaban hace mucho tiempo.

El camino que estábamos tomando, serpenteando por las rocosas laderas de los cerros, me resultaba un tanto incómodo: no sólo estaba lleno de curvas y bajadas sino que se encontraba en muy mal estado (y era fácil deducir porqué: hacia demasiadas décadas que no se le daba mantenimiento). Eventualmente apareció al lado el paisaje de la bahía de Acapulco, cuya visión Blas ya me había informado era de considerable belleza. –Desde esta distancia -dijo él- todavía se asemeja a lo que fue en su época dorada. Yo lo sé porque he visto fotografías. Pero una vez adentro la ilusión se desvanece. Triste.

–Ya estamos bastante cerca -anunció a continuación– rocíese esto en todo el cuerpo -me indicó pasándome una lata de spray-. Es un tipo de odorante para que los animales no se exalten tanto al percibirlo. No evitará que lo reciban con cierta hosquedad, pero contiene una esencia tenue y familiar que reduce para ellos la sospecha de peligro.

Yo obedecí y me rocié la sustancia concienzudamente. –Cuando lleguemos a las afueras -me siguió instruyendo mi compañero- los perros que estén cerca vendrán tras nosotros. Seguramente sólo nos ladrarán, pero con agresividad, y serán muchos. Es importante que usted procure permanecer lo más calmado posible. Ante todo, no reaccione físicamente de ninguna manera, y cuando nos detengamos haga exactamente lo mismo que yo. Lo usual es que alguno me reconozca a mí pronto, pues vengo seguido, pero a usted lo van a, digamos, “analizar” a fondo. No reaccione y tenga paciencia, eventualmente nos dejarán en paz.

Muy pronto empezaron a aparecer edificios a nuestros costados: a la izquierda lo que parecían restaurantes y a la derecha entradas a lo que debían ser grandes complejos, hoteles tal vez, deduje. Allí empezó un descenso considerable de la carretera, que finalmente culminó en una vía plana, y durante el cual yo había avistado algunos gatos en los tejados y los muros, mirándonos pasar. Pero al llegar a la región nivelada se empezaron a cumplir las advertencias de Hugo Blas: una cantidad inconcebible de canes, de todas formas y tamaños, llegaron corriendo en tropel y ladrando sonoramente a flanquearnos. En ese instante Blas prácticamente frenó el minúsculo auto, y en cambio seguimos avanzando con una inusitada lentitud. –No se preocupe mucho -me indicó él en un susurro-. No nos bloquearán, sólo tratan de intimidarnos.

La tromba de ladridos que nos soltaba aquel comité de bienvenida de inmediato se volvió ensordecedora. Sin embargo, fue la violencia que imaginé tras los mismos lo que más me impactó. Nunca me he considerado una persona propensa al sobresalto, muchos menos al pánico, pero no me avergüenza admitir que de repente me sentí en peligro, y creo que cualquiera hubiera tenido, por simple instinto de autoconservación, una reacción similar. Me encontraba, después de todo, sitiado por animales prácticamente salvajes. Hugo Blas, naturalmente, no se inmutó en ningún momento.

Seguimos andando a paso de tortuga por una larguísima carretera, mientras los perros, cuyo número se multiplicaba segundo a segundo, continuaban rodeándonos y lanzándonos sus hostiles ladridos; sin embargo, debido quizás a la costumbre de las visitas, le seguían abriendo paulatinamente el paso a nuestro vehículo. Durante el trecho que recorrimos, la carretera eventualmente se convirtió en avenida y las afueras dieron paso a la estructura propia de una ciudad auténtica, aunque en un notable estado de deterioro. Después de un rato que me pareció eterno, y que sin duda fue objetivamente muy largo, Blas por fin detuvo totalmente el carrito; estábamos en medio de la avenida, rodeados de locales y viviendas, o que habían sido tales en su momento.

Mi guía se apeó del vehículo con parsimonia y, una vez fuera, extendió y alzó lentamente los brazos, para luego permanecer inmóvil en esa posición. Yo lo imité, tal como me había indicado, procurando reproducir su misma lentitud.

-Recuerde permanecer lo más calmado posible– me advirtió, en la voz más baja que pudo. Pero costaba trabajo controlar el nerviosismo que me producían aquellos ladridos y miradas enfurecidas, cuyos emisores parecían dispuestos a abalanzarse sobre mí en cualquier momento. Nos mantuvimos varios minutos así, hasta que los ladridos fueron disminuyendo y las criaturas pasaron de lo tosco a lo meramente receloso. Los que estaban más al frente de la marabunta dieron un par de pasos hacia adelante y comenzaron a olisquear el aire que nos rodeaba. De repente, se oyó otro tipo de ladridos, y todas las creaturas que nos rodeaban se callaron y se desplazaron, abriendo paso a un cuarteto de canes grandes de color negro, con las orejas erguidas y de aspecto particularmente intimidante.

–Ahora tenga especial cuidado -volvió a susurrarme Hugo Blas.

Los recién llegados se acercaron a nosotros, calmadamente pero con la determinación impune que sólo tiene una autoridad, y procedieron a olfatearnos a quemarropa sin ningún miramiento. Siguiendo los consejos de Blas, permanecí inmóvil como una estatua e hice lo posible por ni siquiera estar nervioso. Cerré los ojos y traté de concentrarme en otra cosa. La inspección de Blas no duró casi nada, tal como él había predicho, pero conmigo se tomaban su tiempo. De repente, mi compañero (moviéndose con gran cautela) se me acercó lo suficiente y me puso una mano en el hombro. De inmediato supe que se trataba de un mensaje para los perros. Eso debió satisfacerlos. Los cuatro inspectores tomaron un poco más de distancia, nos miraron fijamente por unos segundos y finalmente uno de ellos soltó un ladrido enérgico, que por lo visto zanjó la cuestión. Todos los animales comenzaron a replegarse, súbitamente contentados, y en poco tiempo el área quedó libre. Sólo quedaron unos cuantos perros cerca, pero cada uno dedicado a una actividad distinta (caminar por la calle, roer algo o dormitar). Mientras esto sucedía, Hugo Blas, visiblemente complacido, me dijo:

-Felicidades, ya pasó inmigración–. Luego, como si nada extraño hubiera pasado, me indicó que lo siguiera y empezamos a andar por la calle. A partir de ese momento, los perros nos prestaron muy poca atención: sólo se detenían en nuestro camino y se nos quedaban mirando.

–¿Vio a esos perros que nos olfatearon? Esos son perros policía. Más bien, descendientes de perros policía. Purasangre, además. Ya sabe, de los que usaban para rastrear criminales, detectar droga y todo eso.

–Nada de eso me suena -confesé.

–Pues resulta que sus crías y las crías de sus crías conservaron su instinto de autoridad. Está comprobado que también se heredan, de una generación a otra, patrones psicológicos; pues bien, tal parece que estos han ido heredando los restos del instinto policial de sus ancestros, y tal vez también sus costumbres, supongo que por imitación. Ellos son aquí lo que más se parece a la autoridad, y la única que hay. Cada vez que huelen o escuchan algo que insinúa problemas (la llegada de humanos extraños, como ahora, o una pelea callejera, etcétera), ellos intervienen. También son, en su mayoría, de los más grandes y capaces, así que todos los demás ha aprendido a no enfrentarlos. Tampoco es que haya necesidad, porque sus instintos nunca se equivocan, no se meten con nadie que no cause líos y, lo más importante, no abusan. Eso es algo que a nosotros los humanos, tan evolucionados, nos cuesta mucho trabajo. Interesante ¿No lo cree?.

–¿Hay otros perros que conserven instintos heredados? -pregunté.

–Verá, algunos perros cuyos antecesores eran rescatistas o auxiliares médicos parecen continuar un poco con esas tradiciones: ayudan a los atrapados y consuelan a los heridos. Pero vea esto -me dijo.

Blas me hizo asomarme al interior de algunos edificios, en los que para mi gran sorpresa vi parvadas enteras y ruidosas de aves de todo tipo, desde típicos canarios hasta especies de aspecto exótico que yo ni siquiera conocía. Sin embargo, Blas me indicó muy claramente que no entrara a estos recintos, “si no quiere meterse en una situación muy engorrosa”, dijo. También pude asomarme a otros interiores, dentro de los cuales hembras caninas reposaban mientras amamantaban a sus cachorros. En estas estancias también vi unas pequeñas criaturas, como topos o ratones rechonchos, que se movían cómicamente por el piso.

Después de eso regresamos a nuestro supuesto carrito de golf, y Blas empezó a conducir de nuevo para llevarnos a otra parte de la ciudad, ahora tomando una velocidad un poco más alta. –¿No tendremos que volver a enfrentarnos a una turba, ya que nos movemos? -le pregunté. –No se preocupe por eso– contestó tranquilo –Con el escándalo que se crea cada vez que llega uno aquí, todos en la ciudad se enteran–. Permanecimos en silencio un rato, mientras yo contemplaba admirado lo que me rodeaba.

–Ahora voy a mostrarle otra cosa importante– me dijo Blas. –Usted se preguntará sin duda por la alimentación que requerirán todos estos animales. Como ya le había contado, llegan helicópteros a dejar enormes contenedores con comida (un tipo de alimento condensado), pero ese no es el único ni el principal sustento. La verdad, estas dádivas, por sí solas, no alcanzarían para todas las creaturas de la ciudad. Una buena parte de lo que comen son ratas. Ratas grandes. Esas también fueron ahuyentadas de las ciudades, aunque con otro tipo de medidas, y eventualmente emigraron hasta encontrar las ciudades sin humanos que las envenenaran o neutralizaran. No las verá porque viven bajo tierra, pero sin control sanitario se han reproducido en cantidades que no se imagina. Pero constantemente tienen que salir a la superficie, y los perros y gatos las cazan.

–¿Qué pasa con los gatos? No parece haber tantos, comparados con los perros– interrumpí yo, recordando ese tema. Desde nuestra llegada a la zona urbana sólo había visto algunos, echados por allí o andando por la calle. –Oh, hay muchos. Pronto los verá. Lo que pasa es que no se juntan tanto con los perros. Se las han arreglado para convivir y hasta se llevan bien, pero los gatos encontraron sus propios espacios. Al fin y al cabo, son muy particulares los felinos. Pero lo que quiero mostrarle a continuación es menos predecible.

Eventualmente llegamos a una entrada a la playa, y volvimos a bajar del pequeño auto para dirigirnos a pie a ese lugar. Rápidamente pude percibir la nube de olor a pescado más fuerte con la que me he encontrado en mi vida. Cuando por fin la vista de la ensenada se abrió, lo que se presentó ante nosotros fue una hilera mal distribuida de gigantescas y oxidadas estructuras acuáticas encalladas en el arenal; digo estructuras y no barcos porque no tenían aspecto de tales, aunque quedaría claro que tenían una función pesquera. De sus cubiertas respectivas emergían unas enormes garras robóticas. Estos protobarcos estaban separados entre sí por una buena distancia, pero lo más notorio es que en los espacios intermedios se alzaban verdaderas montañas de pescado, la fuente de la pestilencia. Para concluir el espectáculo, se veían muchos perros y gatos apiñados en los montículos, disfrutando del festín.

–Mire eso. Increíble ¿No lo cree? Todos y cada uno de los animales viene aquí un día de tantos, calculo que cada cinco o algo parecido, y se llena de pescado. Después de eso quedan tan satisfechos que no necesitan más que una que otra rata. Pero sin duda su siguiente pregunta es de dónde salen todos esos peces: las máquinas que ve allá arriba los extraen del agua, ya muertos y acumulados en las orillas.

–¿Cómo es posible semejante cosa?– pregunté.

–Una de las razones por las que Acapulco fue declarado “zona roja” ecológica es porque había sido punto de experimentación de la pesca química. Por supuesto, mediante contratos inconstitucionales que se dieron, como se dice “bajo el agua”…

Se detuvo y se rio de su propio juego de palabras, pero rápidamente continuó: –En un inicio, la cosa les salió a las mil maravillas: el veneno no afectaba más que a los peces, a ciertas especies de hecho, sin contaminar propiamente el agua, y tampoco afectaba en lo más mínimo a los consumidores del pescado. Pero muy pronto se salió de control: las sustancias que usaron se volvieron permanentes en el agua, todos los peces morían a una velocidad impresionante, las “nubes acuáticas” de químicos empezaron a expandirse, y finalmente se filtró la noticia de la contratación ilegal. Un desastre. Como no se sabía la forma de revertir la perpetuidad de los químicos, lo más que lograron fue detener su expansión más allá de la zona. Era más fácil, rápido y barato que resolver el problema. Ya no se expandió más, pero cada pez que entra en la bahía de Acapulco instantáneamente perece y la marea arrastra su cadáver hacia estas orillas… en donde lo recogen las manos mecánicas, que se activan automáticamente a ciertas horas.

–Pero ¿Cómo es que las máquinas siguen funcionando a estas alturas? Y ¿Quién las hace funcionar?

–Las empresas pesqueras que vinieron a experimentar no escatimaron en gastos a la hora de las inversiones: construyeron estas embarcaciones con materiales arreglados para nunca deteriorarse. Lo más vanguardista en aquel momento. En cuánto a quién las activa… ¡Ah! Mire: no tiene más que alzar la vista, allí viene la tripulación de una de ellas a echarnos un vistazo…

Volteé hacia arriba, como me había indicado, y vi con sorpresa que en la cubierta del barco más cercano había varias creaturas que llegaban a observarnos con curiosidad, de especies que no había previsto encontrarme allí.

–¿Monos?– pregunté, incrédulo.

–Así es. Monos y simios, de varias especies. También existían algunos de ellos en calidad de mascotas. O al menos, calificaban para su deportación a Acapulco. Se instalaron en los barcos, supongo que para tener su propio espacio, y casualmente encontraron la forma de reactivar las máquinas. Por qué las dejaron encendidas no hay manera de averiguarlo, pero deduzco que de inmediato se dieron cuenta de que estaban proporcionando alimento para todos y así las dejaron. Los changos no son tontos.

Mientras Hugo Blas terminaba su explicación, los primates habían comenzado a chillar y aullarnos de una manera un tanto inquietante, logrando que incluso los perros y gatos que comían en las montañas de pescado voltearan a vernos.

–Mejor vámonos antes de que se enojen– me susurró al oído Hugo Blas –Son mucho más paranoicos que los perros–. Dicho eso, emprendimos con cierta prisa el camino de regreso a nuestro vehículo.

Cuando volvimos a arrancar, Blas me anunció: –Ahora sí, voy a llevarlo al refugio de los gatos–. Nos hizo regresar por el mismo camino que habíamos tomado al principio, hasta que volvimos a pasar bajo el puente para tomar la dirección contraria a la que seguimos a nuestra llegada. Pronto nos hallamos en medio de una vía bastante deshabitada, flanqueada principalmente por inconfundibles entradas a hoteles y en mayor medida por bardas o rejas de hierro, tras las cuales se extendía lo que parecían pastizales, aunque con una buena cantidad de árboles en ellos. Blas detuvo el coche un momento y señaló hacia el interior de esas extensiones de vegetación: a cierta distancia de los muros enrejados se veían nada menos que caballos pastando.

–Estamos en la zona de los hoteles lujosos– me informó Hugo Blas –y estos jardines solían ser los campos de golf. Aquí, como puede ver, es donde acabaron los caballos. En especial los que eran caballos de carreras–. De inmediato volvió a arrancar, sin más que decir al respecto.

Seguimos avanzando un poco más, hasta que Blas repentinamente dio la vuelta para entrar en uno de aquellos hoteles ostentosos, el único cuyas puertas exteriores estaban abiertas y las plumas levantadas. Recorrimos un breve camino empedrado, el meramente vehicular, hacia la verdadera entrada, el punto donde sin duda antiguamente se detenían los coches y bajaban las personas, que es lo que hicimos nosotros. Ni bien entramos al edifico vi, para variar, lo que estaba esperando ver: gatos. Pero eran muchos más gatos de los que hubiera imaginado ver en mi vida, igual que había pasado antes con los perros: una impredecible y numerosa colonia de felinos, repartidos por todo el lobby durmiendo o acicalándose, o bien simplemente recostados por allí como si nada, como suelen hacer los gatos. Al momento en que entramos, se voltearon rápidamente hacia nosotros, con miradas de sorpresa pero, sobre todo, de desconfianza. Algunos, mientras avanzábamos, nos dirigieron sonidos y gestos hostiles. –No se inquiete, son bastante inofensivos –aseguró Hugo Blas–. En general estos gatos, mientras no intente tocarlos, no cumplen sus amenazas.

Nos adentramos con tranquilidad en el hotel, únicamente para seguir observando a los gatos que se habían adueñado de él. Blas ya no dio ninguna nueva información de interés hasta que hubimos regresado a nuestro carrito. En ese momento sonrió con un poco de sorna y me dijo: –Los últimos serán los primeros. Como le dije, estos son los hoteles lujosos, es decir los más caros, a los que venían los adinerados, sobre todo extranjeros. Así que ahora los gatos se alojan donde antes se alojaban los ricos.

Parecía muy divertido por lo que acababa de decir, pero yo no entendía por qué. –Supongo que no lo entiende– añadió –es más bien un chiste local, o un juego de palabras, si quiere–. No añadió más, sólo volvió a encender el motor y salimos por donde habíamos entrado.
Retomamos la avenida para regresar a aquel puente que habíamos usado como punto de partida, y emprendimos el camino de regreso. Ya eran alrededor de las siete de la noche y el sol se estaba poniendo en el horizonte. Calculé que estaríamos de regreso en la ciudad de Chilpancingo a tiempo para que yo tomara mi tren. Permanecimos inusualmente callados durante todo el ascenso por aquella descuidada carretera; yo repasaba mentalmente todas las cosas increíbles que había presenciado esa tarde. En algún momento, Hugo Blas interrumpió el hilo de mis pensamientos:

–¿Sabe usted? Los perros, hasta donde se sabe, han acompañado a nuestra especie prácticamente desde el inicio. Son descendientes domesticados de los lobos, que nuestros ancestros convirtieron en compañeros de caza y de vida. Creo que algo parecido pasó con los gatos, pero en mucho menor grado. A lo que voy es a que, de alguna manera, los humanos somos responsables de que estos animales sean lo que son. Después de todo, los volvimos mascotas y, en esa medida, condicionamos su evolución. Bueno, yo no soy zoólogo ni nada por el estilo, pero así es como me lo explico: son un poco también una creación nuestra. Y vea usted, resulta que, al final, no nos necesitan. Eso lo considero una demostración de nuestra insignificancia… y de lo poco que nos extrañará este planeta cuando haya logrado deshacerse de nosotros. Porque eso es lo que va a hacer, y a estas alturas ya nadie lo niega: vamos de salida.

Yo asentí en silencio. La reflexión de Hugo Blas de hecho iba muy acorde con las que yo mismo estaba teniendo momentos antes, sobre la independencia que esas antiguas mascotas habían logrado en una existencia posthumana. Sin embargo, las palabras de mi compañero también agregaban una nueva perspectiva, que no se me había ocurrido: la naturaleza y la vida, aún cuando las hayamos condicionado, van a seguir moviéndose sin el ser humano. Es más de lo que se puede decir de nosotros, que justo por nuestras intervenciones nos habíamos cortado el camino hacia un futuro natural. Habíamos durado ya mucho tiempo y evadido en buena medida las primeras consecuencias de nuestra ignorancia e irresponsabilidad como especie, pero como bien había señalado mi guía, ya estaba fuera de toda duda que sólo habíamos prolongado lo inevitable.

Con tales pensamientos en mente, volví mi cabeza hacia atrás, para contemplar la ciudad animal de la que nos alejábamos, y cuya vista a nuestras espaldas muy pronto se ocultó tan sorpresivamente como había surgido unas horas antes. Sentí que lo que estábamos dejando tras nosotros era, más que un punto geográfico, una revelación profética, y al mismo tiempo una incógnita triste: ¿Esto es lo que pasará con nuestras huellas cuando nos hayamos ido?

Escrito por:paginasalmon

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s