Un día de estos, voy a amanecer bien muerto sobre la cama.

Pasadas las siete, sonará la alarma que ya no podré apagar. Pero ya a las nueve, sonarán las llamadas insistentes de mi jefe, las cuales no podré ignorar. Así que, harto del timbre le contestaré, pero no le valdrá la “excusa”, de que amanecí “bien frío”. Por eso, me levantaré enseguida de un salto. Y con urgencia, tomaré una ducha rápida y me peinaré el fleco, para disimular la “muertez”.

Correré apresurado al colectivo, donde deberé viajar de pie nueve estaciones, porque aún no hay asientos especiales para muertos.

Al llegar a la oficina, recibiré, como siempre, los alaridos arrítmicos de mi regordete jefe. «Urge, Carrillo. Urge. ¡Me vale madre que se haya muerto!». Una vez en mi cubículo, ordenaré expedientes. Elaboraré tablas dinámicas. Enseguida, crearé un evento en redes sociales sobre mi muerte, para el siguiente día.

Con mi cuerpo casi inválido, me hartaré del café barato para poder lograr los cometidos. Y ya a las cuatro, me largaré arrastrando las piernas de la oficina. Otra vez hacia el martirio del colectivo.

Ya en mi casa, verificaré los que hayan confirmado su asistencia a mi evento. Y ya sin pendientes, estiraré la pata bien, así como se debe.

 

Escrito por:paginasalmon

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