Mi hermana me regaló esa tarde un pequeño gato negro. Yo estaba feliz, siempre había querido tener uno precisamente así, ni blanco, ni moteado, ni amarillo. La razón es muy sencilla: toda bruja tiene un gato negro. Bueno, hay brujas que tienen lechuzas, reptiles, anfibios, pero lo clásico y más representativo es un gato negro.

Hubiera sido increíble tener un gato negro y además ser una bruja, pero no lo soy, básicamente, porque las brujas no existen. Durante toda mi niñez soñé con irme a vivir a una cabaña alejada, inmersa en las profundidades del bosque. Ahí escucharía la voz secreta de los árboles, el murmullo de las aves, y todo el bosque me susurraría pociones y hechizos que yo dominaría con maestría. En aquella cabaña sabría sobre el destino del universo, conjuraría demonios y espíritus ancestrales, y prepararía brebajes para todo tipo de malestares, todo eso con la única compañía de mi gato negro, mi cómplice, observador y silencioso, con grandes y profundos ojos amarillos.

Crecí, y bueno, ni bosque, ni árboles, ni brujería. Pago un alquiler barato en un edificio enclavado en esta ciudad gris y opaca, un pequeño cuarto de los que, por supuesto, no tienen ni roof garden, ni vista al parque. Si al menos entrara la luz por la ventana, podría sembrar chiles o tomates; pero en este oscuro cascarón de huevo solamente tengo macetas llenas de tierra, que me sirven como recordatorio de que los huertos urbanos no son lo mío y de que todo lo que siembre ahí está destinado a morir.

Mi trabajo era monótono y aburrido, nunca me distinguí por brillar o ser alguien remotamente especial entre aquellos oficinistas a quienes no me interesaba hablarles, y a quienes la vida se les escapaba, así como a mí. Pueden ver que de aquella fantasía tejida por mí en la época en que creía que todo era posible –incluso ser feliz–, lo único realmente sensato y viable era tener al gato que había previsto.

Mi hermana me regaló esa tarde un gato negro, más bien una gata. Me emocioné tanto por mi nueva compañera, mi pequeña cómplice, con sus grandes y profundos ojos amarillos. La acerqué a mi pecho, la escuché ronronear y me enamoré. Esa misma tarde mientras compraba arena, alimento y ratoncitos de peluche, pensé en su nombre y solo se me ocurrió: Bruja.

Siempre me emocionó la idea de tener un gatito, pero nadie me preparó para lo que significaba tener a Bruja en casa. Limpiar su arenero y alimentarla no me molesta, su manía de observar la puerta por minutos o la habilidad de perderse en la obscuridad y saltar en el momento en que me encuentro más distraída, me asusta, mas no me sorprende, pero lo que me impactó es que mi pequeño departamento se haya convertido en un almacén de cadáveres.

Sé que los gatos son cazadores por naturaleza, pero supongo que esperaba ver a Bruja en acción cuando fuera un poco mayorcita. No fue así. Al atardecer le abría la ventana para que pudiera pasear y explorar, pero una noche, esa pequeña estopa ennegrecida resolvió llevarme, así como así, el hermoso detalle de una cucaracha, de esas negras y enormes voladoras, con sus patas y antenas aun retorciéndose. Grité, no de miedo sino de asco, el mismo que me hizo recoger inmediatamente al bicharraco y lanzarlo al excusado.

¿Cuántas cucarachas existirán debajo de esta podrida ciudad? Seguramente miles y no deben ser difíciles de encontrar, pues Bruja día con día caza por lo menos uno de aquellos indeseables obsequios. Así como las trae, las tiro, pero si Bruja lo decide, puede traer en menos de diez minutos otro presente, y aunque lo de las cucarachas lo hubiera soportado, lo que pasó hace tres miércoles me partió el corazón.

Bruja regresó sigilosamente de sus paseos nocturnos, llevaba algo en el hocico. Esta vez no se trataba de una cucaracha, la presa en cuestión era más grande, no podía identificar su forma, hasta que me acerqué me di cuenta de que se trataba de un gorrión sin cabeza. ¿Por qué no otra cucaracha o incluso un ratón? Una de esas alimañas que no me hubieran hecho sentir algún tipo de remordimiento, ¿por qué un ave? ¡y sin cabeza! No tuve valor para tirarlo a la basura, así que aprovechando una de mis macetas vacías, lo enterré. Bruja me observaba tranquila, limpiándose la cara, como si me hubiera hecho un favor al llevarme aquel especimen.

Los días que siguieron regresaron a la cucarachosa normalidad, pero yo no podía olvidar el evento sucedido. Sentía además que algo había cambiado, sobre todo en las noches cuando percibía una atmósfera diferente, en un principio no identifiqué un débil sonido que comenzaba a merodear mi cabeza. Fue el siguiente miércoles cuando descubriría varías cosas: el sonido que escuchaba todas las noches era el canto de un ave. De la maceta en la que enterré el gorrión emergía una pequeña planta, en ese momento descubrí que Bruja había decidido volver a ser una asesina de pájaros, trayendo esta vez un canario.

Igual que en la ocasión pasada, enterré el cadáver mientras Bruja me observaba. No sé si lo hice con más dolor o confusión, pero sí con una melodía que se hacía cada vez más presente.

La semana corría mientras quedaba a la expectativa del próximo miércoles. Por las noches escuchaba aves trinando y voces llenándome de secretos que no entendía, durante el día me volví parlanchina y elocuente, en el trabajo comencé a ser propositiva y daba los mejores consejos a mis compañeros, me volví tan intuitiva que, a veces, parecía que adivinaba lo que estaba por ocurrir. De aquellas dos macetas que me habían servido para liberarme de la culpa, emergían dos pequeños árboles que nunca antes había visto, y que parecían no necesitar de agua, sol o mi atención. Bruja pasaba largo rato durmiendo al lado de las macetas y no me extrañaba, pues si el bosque estaba emergiendo era gracias a ella. ¿El bosque?

El miércoles pasado Bruja trajo una pequeña ave azul aun agonizando, no sé cómo se llama, pero es de las más bellas que he visto. La enterré en una tercera maceta, esperando ver el arbusto que nacería en ella. Un arbolito ha comenzado a crecer, uno azul, promete ser el más bello y sabio de los tres.

Hubiera sido increíble tener un gato negro y aparte ser una bruja, pero no lo soy, básicamente, porque las brujas no existen, o eso es lo que he escuchado toda la vida. Les juro que no miento cuando digo que en este pequeño cuartito hay un bosque, que por las noches las aves cantan y que los árboles me susurran hechizos e invocaciones. No crean que estoy diciendo que soy una bruja, pero ahora entiendo por qué a las brujas suele vérselas acompañadas de un gato negro.

A veces creo que la bruja es Bruja, que yo solo soy su compañera, su cómplice, observadora y silenciosa. Me preocupa mirar mis ojos al espejo y encontrarlos amarillos.

Imagen tomada de Photocrowd

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Bruja | Por Berenice Ibarías

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