Versión del texto en audio.

Saltamos la verja y caminamos hasta la pista de tenis. Al pasar junto a las cocheras, nos detuvimos un momento y recogimos unas moras del zarzal. Las más dulces estaban bien escondidas y nos arañamos los brazos tratando de alcanzarlas. Las guardamos en la funda de mi raqueta. Luego nos desviamos un poco del camino, y nos escondimos detrás de unos almendros. Guardamos silencio: no se escuchaba nada. ¡Menudo alivio! A veces, después de todo, la pista estaba ocupada, y nos teníamos que marchar. Juan se hacía a la idea sorprendentemente rápido, como si nada, pero yo me deprimía muchísimo, y me quedaba allí agazapado todavía un rato, por si había suerte y se largaban.

Juan se anticipó un poco. La puerta estaba siempre abierta. Al pasar, arrastré un mojón con el pie y lo usé de tope. La pista se encontraba en un estado calamitoso. Entre la gravilla suelta, abriéndose paso lentamente, asomaban unos pequeños brotes de hierba. A veces, con la lluvia, el suelo se cubría de verde casi por completo, y había que tener un cuidado de mil demonios para no patinar y acabar por los suelos. Me acerqué hasta uno de los banquillos y abrí una lata de pelotas nuevas. Penn 7. La tinta aún parecía fresca… Las dejé caer, y rebotaron con suavidad, perfectas. Juan se acercó y cogió una del suelo. Comenzó a manosearla. “No saques sólo con las nuevas, ¿eh?”. Antes de girarse, me sugirió que intercambiásemos las raquetas. “Te da igual, ¿no?”. Lejos de importarme, lo prefería así, y a él le volvía loco aquella raqueta. Tendría como cien años. El marco era de madera, y las cuerdas, de tripa de cerdo. Era una raqueta preciosa, pero pesaba demasiado para mí. Juan, sin embargo, la manejaba sin ningún esfuerzo; daba gusto verle jugar con ella.

Juan se colocó en uno de los extremos de la red, giró la manivela despacio, y la red se tensó de un modo lastimoso. Era una red vieja y desvaída, y siempre aparecía vencida. Juan se encaminó hasta la línea de fondo y levantó el brazo. “¡Pelotas nuevas!”, gritó, y nos echamos a reír.

 Juan y yo nos conocíamos desde los seis o siete años. Pasábamos juntos la mayor parte del verano; el resto del año, sin embargo, apenas sabíamos nada el uno del otro. La casa de Juan se encontraba junto al río, rodeada de castaños. Su familia tenía un taller de costura en el garaje, y él les ayudaba en todo lo que podía. Como era verano, yo no tenía nada que hacer durante todo el día, y me pasaba la mayor parte del tiempo esperando a que su madre lo dejara marcharse. A menudo me impacientaba, y me hacía mala sangre. Por más vueltas que le daba, no lograba comprender por qué tenía él que ocuparse de aquellas cosas. Su madre, sin que mediara una razón evidente, a veces me ponía mala cara. Es posible que me considerase un chico demasiado ocioso. Una mala influencia. 

Juan era un estudiante mediocre, pero sensible, capaz de las tribulaciones más sorprendentes. No era precisamente guapo y, sin embargo, su cara resultaba de algún modo fascinante. Sus ojos eran pequeños y tranquilos, y su barbilla, un dedo más larga de lo que podría esperarse. Tenía la nariz partida, pero bonita, y el pelo se le rizaba sobre la frente con mucha gracia. Cuando sonreía, apenas dejaba que asomaran un poco los dientes y, cuando se afanaba en algo, por más insignificante que fuese (pongamos, atarse los cordones, o encender una cerilla) fruncía mucho las cejas, como si lo que se trajese entre manos mereciese todo el cuidado del mundo.

Cuando le hablaban, solía prestar atención y, si no estaba de acuerdo con algo, lo expresaba de un modo firme y decidido.

En el quinto juego del primer set, alcancé una bola imposible, y la dejé finalmente muerta junto a la red. Fue magnífico. Tocaba cambio de lado. Me acerqué hasta el banquillo y cogí un puñado de moras. Juan se subió en uno de los banquillos de piedra y arrancó unas almendras de las ramas más bajas. Las repartimos, y las abrimos con el canto de una piedra. La piel era verde y las almendras blancas y tiernas. Aún no habían madurado del todo. Salimos fuera, y bebimos agua helada de un caño hasta que nos dolió la tripa. El sol se había puesto tras los almendros, y todo estaba cubierto por un tenue manto gris. Solo la figura del cristo, en el monte más alto, brillaba todavía en mitad de un claro de luz suave y amarillo. Un petirrojo voló por encima del alambre, y se paseó por la pista dando pequeños saltitos. Después se posó sobre la red y, finalmente, alzó el vuelo.

Reanudamos el partido, y casi inmediatamente cometí un fallo muy tonto. No tenía la menor importancia, pero comencé a quejarme amargamente. Juan le dio la vuelta a su raqueta, apoyó la empuñadura en el suelo, y se sentó sobre el marco a esperar que se me pasara. Juan se lo tomaba todo un poco así. A su lado, yo me sentía poco menos que un exaltado. Un demente. Cuando me di por contento, le hice una señal, y me preparé para recibir al resto. Entrecerré los ojos y flexioné las piernas. Alguien se acercaba; se me cayó el alma a los pies. Juan me hizo un gesto con la mano: “Calma, espera…”. Por la puerta entraron dos chicos mayores. El más alto, al vernos, sonrió con malicia. Era el chico del número 20. Tenía unos labios gruesos, y los ojos pequeños, porcinos. Cuando Juan le pidió un par de minutos más, él no se molestó siquiera en mirarle.

—Os he dicho cien veces que no volváis por aquí.

El chico se acercó hasta el banquillo donde habíamos dejado nuestras cosas, y las apartó de cualquier manera. La funda de mi raqueta cayó al suelo, y algunas moras explotaron, y tiñeron el forro de un rojo muy vivo. El chico empuñó su raqueta, y la hizo girar entre sus manos lechosas y regordetas. Después, sin ninguna prisa, sacó nuestras pelotas de la pista con una serie de golpes torpes y violentos. Una tras otra. Al caminar, movía ostensiblemente las caderas y, después de cada golpe, se colocaba con suavidad el pelo detrás de la oreja. La pelota subía, y luego desaparecía silenciosamente en el fondo del barranco. Su compañero, en la distancia, le jaleaba sin dejar de sonreír.

“Ya bajo yo”, le dije a Juan, y me falló la voz. Tenía unas ganas terribles de echarme a llorar. El chico terminó con aquella tarea tan cruel, y se colocó justo por detrás de la línea de fondo. Levantó la mano, y le hizo un gesto a su amigo para que diera comienzo con el peloteo. Juan llegó a su lado y se quedó allí. Parado.

—¿Qué coño miras? ¿Quieres que te de una torta?

Juan no le respondió. El chico, ladino, meneo la cabeza, y le dio la espalda. Dio un par de saltitos, para calentar, y su pelo largo y pajizo osciló de un modo imposible, artificial. Asqueado, agaché la cabeza. Me temblaban las manos. Entonces escuché un golpe seco. Levanté la mirada y vi que el chico se llevaba una mano a la cabeza. Entre sus dedos, gruesos como babosas, comenzó a brotar una mancha roja y densa. El capullo de una flor que se abre. Cuando cayó de rodillas, su compañero soltó la raqueta y salió corriendo. Juan permanecía inmóvil. Me pareció que respiraba algo más deprisa. El petirrojo regresó en ese momento y se posó en la red y ya no se movió de allí.

Imagen tomada de Fitoterapia

Escrito por:paginasalmon

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