Cuenta la leyenda que en los tiempos que siguieron al cumplimiento del quincuagésimo séptimo ciclo del Sol Padre, el desinterés y olvido de los dioses permitió que la decadencia se cerniera, sobre todo, y entonces se alzó de entre la podredumbre el Imperio del Mal.

Surgió primero aisladamente en diversas e inconexas locaciones, pero esos nichos rápidamente se expandieron en todas direcciones hasta juntarse unos con otros, formando un vasto contingente. Mas no fue en las planicies, donde aún se imponía la Luz, donde tal putrefacción encontró su mayor fertilidad, sino en ese abismo de profundidad titánica que los míticos llamaron El Agujero: fue allí que el malsano Imperio alcanzó su auge. Se erigió así en todo su terrible esplendor, cual parásito rampante, construyéndose pieza sobre pieza en las paredes de la fosa, sabiendo sus habitantes que nada había que detuviera sus conquistas. Desde allí gobernaron durante su nefasta Edad de Oro.

Por muchos siglos el Imperio disfrutó de su gloria: contaminaba sin clemencia todo cuanto alcanzaba, mientras las tierras exteriores cedían ante la sequía y la desolación. Más en su diminuta y frívola existencia, consistente en regodearse de su inmundicia y revolcarse en su oscura victoria, el Imperio ignoraba que, desde lo alto, la más joven de todas las fuerzas cósmicas lo observaba, irritada por su prosperidad impune, con implacables intenciones de depuración. Y finalmente llegó el día en que decidió actuar.

Los integrantes del Imperio no vieron venir el momento en el que la divina vara de castigo cayó sobre ellos; sólo sintieron con sorprendido pánico cómo apareció la penuria sentenciada por la deidad imberbe, causando un remolino atlántico que, extendiéndose a todo lo largo y ancho del abismo, revolvió el reino con fuerza incontestable y desenraizó del Agujero todo cuanto el Imperio había construido a través de los siglos. Cuando, tras larguísimo tiempo, la ráfaga por fin se detuvo, todo cuanto alguna vez hubo quedó flotando, desfragmentado y sin rumbo, en el interior del abismo. Pero el castigo aún no terminaba: el remolino pronto resurgió y volvió a asolar el Imperio antes de que éste pudiera reponerse del primer ataque. Y así fue durante la primera era de destrucción: los remolinos llegaban, arrasaban y desaparecían, de tal suerte que todo lo que había sido sólido y arraigado quedó convertido en un revoltijo disperso, que desde lo alto hubiera semejado un repulsivo brebaje de suciedad.

Los miembros del otrora glorioso Imperio del Mal, sumidos en la confusión, no lograban entender cómo ni de dónde llegaba su condena, pues nada sabían de esa joven divinidad decidida a limpiar las impurezas surgidas del descuido de sus ancestros. Pero el ente cósmico no estaba satisfecho, pues sabía que sus huracanes no bastarían para aniquilar al Imperio: se necesitaba un segundo método para consumar la misión, para sofocar la existencia del Imperio del Mal. En debida hora, la nueva estrategia fue concebida.

Aún no se recuperaba el Imperio de esa ola inicial de purgas cuando sobre él se abalanzó el nuevo castigo: el Monzón Máximo, la Tormenta Definitiva, el Aluvión Final. Cayó desde las alturas en un torrente implacable, empujando de inmediato a todo el Imperio del Mal fuera del Agujero, hacia la Luz de la que por milenios había logrado esconderse. Los conformantes de la temida y tiránica civilización salieron expulsados, vomitados, del abismo, y se desparramaron por las azuladas tierras circundantes. Toda su indigna gloria quedó desperdigada por las planicies, a merced de la inclemente Luz y de la sequía, que empezaron a consumirlos lentamente, provocando un coro de aullidos de agoní…

–Cariño, ¿ya terminaste de regar las plantas?

Suspiro.

–Sí, mamá.

–¿Entonces qué haces todavía allá afuera?

–Estoy tratando de limpiar el hueco de la fuente.

–¡No me digas que otra vez estás revolviendo el agua mugrosa con ese palo! ¡Al rato lo vas a estar usando para jugar a quién sabe qué!

–No, se me ocurrió algo mejor: si disparo con la manguera directo en el hoyo empieza a salir solita toda la muge y el agua sucia.

–¡Ah, vaya! Eso está mejor. Pero igual no te quedes afuera mucho más tiempo, que te tengo otras tareas.

–Sí, mamá–. Suspiro leve, ojos al cielo. –¿En qué me quedé? Los chillidos de agonía… no, Los aullidos de agonía… ¿Qué suena más épico, “chillidos” o “aullidos”?

Escrito por:paginasalmon

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