Hace un tiempo dejé de orinar. Hoy amanecí otra vez con fiebre. Como a eso de las cuatro de la mañana, Rita me lamía la cara esperando que me levantara. No pude. Apenas abrí los ojos, la punzada en la cabeza me hizo cerrarlos de golpe. Estuve dando vueltas en la cama con el chingado dolor en la espalda baja. Para dormitar, de vez en vez le daba unos tragos a la botella de tequila, pero las punzadas ahí seguían. Cuando vi el reloj, ya eran las siete de la tarde; mi princesa no había comido. Me paré como pude, entre bufando y gruñendo cuando la vejiga se apretaba al enderezarme. Arrastré los pies desnudos hasta el baño sabiendo que únicamente saldrían unas cuantas gotas, pero no tenía de otra; si no lo intentaba, en cualquier momento me iba a mear encima. Rita se quedó contemplándome desde la entrada. Me sostuve de la pared, sudando, tembloroso. Sacudí mi pene y solo salieron unas cuantas gotas con sangre que me hicieron llorar.

Estuve un buen rato en aquella posición, jadeando, con los ojos apretados. Cuando dejé de ver nublado, arrastré los pies hasta el lavabo para echarme agua en la cara. Contemplé en el espejo mis labios resecos, mi piel pálida. Estuve mirándome a los ojos como para sacar fuerzas de algún lado. Me dio mucho coraje verme todo enclenque y ojeroso. Pero más coraje me dio pensar que esta puta enfermedad llegó así nada más, sin que yo la provocara. Quién sabe si fue el destino, Dios o la mala suerte, pero ya estoy hasta la madre. No puedo pasar un día más gimiendo en esta pestilencia. Y no voy a ir a parar a un hospital en donde además de todo me van a tratar de la chingada y me van a meter mano enfrente de esos escuincles dizque estudiantes de medicina, como hicieron con Margarita. Esta es la única decisión realmente libre que alguien puede tomar y, con todo el respeto que me merece la vida que he disfrutado, hoy decido ponerle fin.

Cuando dejaron de temblarme las piernas, vine hasta la cocina para disolverle a Rita sus pastillas en un poco de leche y croquetas. Luego me dejé caer en esta única silla del comedor. Con los dedos temblorosos, encendí un cigarro y comencé a escribir esta última nota. Hace mucho de la última vez que viví algo lo suficientemente importante para anotarlo. Un escalofrío tremendo me recorre tan solo pensar en despedirme de mi princesa. Ella lengüetea su plato sin imaginarse nada. Así es como debe ser, sin que se vaya triste, mi niña.

No sé por dónde comenzar. Mi vida ha sido la de una rata en su madriguera desde que dejé de abrir el quiosco. No puedo caminar más de diez pasos sin que el dolor me doble. Pero hace unos tres meses, la cosa era muy diferente. Cada noche solía prender la televisión únicamente para que hubiera ruido y le platicaba a Rita sobre las noticias que escuchaba. A veces, cuando la charla se tornaba seria, hasta dilucidaba con ella sobre el futuro político del país. Cerca de las once de la noche, ella subía a mis piernas y me lamía para avisarme que ya se quería dormir. Entonces apagaba la televisión, la llevaba a la habitación, me desnudaba y la acariciaba hasta que nos dormíamos. Ella se quedaba quietecita, quietecita.

Cuando amanecía era ella quien me despertaba. A las cuatro de la mañana se removía en un costado de la cama, luego comenzaba a lamerme hasta que me levantaba. Yo no tardaba en darle sus besos de buenos días y en salir de la cama animado por comenzar la jornada. Nos bañábamos juntos, nos peinábamos y salíamos a las cinco de la mañana en la bicicleta para recoger el periódico. Ella viajaba en su canastita, en la parte trasera. Pasábamos al puesto de doña Tere sobre Isabel la Católica por nuestro tamal; a mi Rita le gusta el de dulce y a mí el de verde. Nos lo comíamos ahí en la banqueta. Luego llegábamos a abrir el puesto a las siete de la mañana. Yo le acomodaba su taburete y solita se subía a contemplar todo el día a la gente que pasaba. Es toda una reina, mi Rita.

Ahora me está mirando. Sabe cómo me siento. La pobre ha sufrido junto conmigo los estragos de la enfermedad estos últimos meses. Ha soportado la pestilencia, la cama mojada, mi aliento a mil demonios, y aún así parece no importarle. Los dos nos quedamos viendo en silencio, a través del humo de cigarro. He vivido once años junto a ella, el tiempo que tiene Margarita de fallecida, y desde entonces no quiere otra cosa que estar cerca de mí. 

Cuando terminaba la jornada, luego de cerrar el quiosco, le ponía su chaleco y nos íbamos caminando hacia el cuadro del Zócalo. Le dábamos un par de vueltas para luego subirnos a la bicicleta de regreso a casa. Otras veces nos íbamos a la Alameda. Ella se acercaba a oler a otros perros mientras yo me quedaba en una banca a observar a los niños jugando en las fuentes. Me gustaba ver a las familias o a las parejas pasear sin preocupaciones, como si no tuvieran prisa por ir a ningún lado. Pero eso solo ocurre en los jardines de la Alameda. Cruzando la calle uno se tropieza con los drogadictos de afuera del Teatro Hidalgo que ponen a la venta los artículos que le roban a la misma gente que pasa. Ahí es la sobrevivencia del más fuerte. La justicia no existe ni a chingadazos. Cada quién sigue su propia ley. Y ni hablar de unas calles más para allá o más para acá. Por eso me gusta la Alameda, por ser una zona de tregua. Aunque sea en ese pequeño espacio se puede uno olvidar tantito del tiempo.

Es curioso cómo la gente se aferra a una rutina y mantiene la esperanza de que algún día todo su tiempo será para disfrutar de la vida, de salir a caminar, sin preocupaciones, sin deudas, sin prisa. De pronto pasan cincuenta años y las dolencias le impiden a uno hasta salir a la calle. A final de cuentas, ¿qué pasa si paramos el tren en un momento dado? Nada. Seguramente mis clientes han ido a buscar otro lugar en donde comprar su diario. Igual y ya hasta quitaron mi changarro y pusieron uno de tortas, no importa. Lo que sí me preocupa es Rita. Desde hace un tiempo que me mira con ojos de tristeza. Sabe que algo me pasa. Los animalitos son más inteligentes que las personas. Nadie más que ella ha notado mi malestar. Y nadie más que ella sufriría sin mí. ¿Quién le iba a dar de comer? ¿Quién la iba a acariciar antes de dormir? ¿Quién le iba a poner su colchoncito? Nadie. La gente es bárbara. Nomás hace falta ver cómo tratan algunos a sus hijos. Pobres criaturas, si supieran el tipo de cosas que verán todos los días, seguro se regresaban doloridos al vientre de su madre. Pero para cuando sean conscientes de todo, ya se habrán acostumbrado. Y un día verán y leerán las noticias por mero entretenimiento, para asegurarse de que hay gente que sufre más que ellos, que la balacera es en un estado diferente, en donde “seguro no tienen las mismas oportunidades que tú y por eso debes ponerte a estudiar muy duro”. 

Mi Rita ya vino a rascarme la pierna. Ya empezó el efecto de las pastillas. La voy a cargar y acariciar hasta que se quede dormida, mi chiquita. Está muy flaca. Casi no pesa. Ninguno de los dos hemos comido bien últimamente, ya se nos acabaron las latas de atún. Hemos estado viviendo de leche y huevo.

Desde que tengo memoria, todos los días se reunían en el quiosco varios grupos de transeúntes para observar las primeras planas; pero estas personas solo se quedaban un par de minutos y luego seguían su camino, sin comprar nada, a diferencia de los verdaderos clientes, quienes llegaban directo a pedir su diario preferido. Por supuesto, manejaba Basta, Metro, El Gráfico, El Financiero, La Jornada, El Universal, Excélsior, Milenio, La Crónica de Hoy, La Razón, El Sol de México, Récord, santorales, revistas, historietas, recetarios, figuras de colección por entregas, cigarros, dulces y refrescos. El licenciado Gómez compraba todos los días El Financiero antes de entrar a trabajar, pero estoy seguro de que, no conforme con haberlo leído completo, al llegar a su casa encendía la televisión para ver las noticias. También había días en los que me pasaba un billetito con disimulo y me hacía una mueca discreta hacia las revistas para adultos. Yo le regresaba el gesto y escondía su revista dentro de El Financiero.

Muchas veces me he preguntado qué harían las personas si no tuvieran su dosis diaria de fatalismo; o mejor dicho, de qué sirve tanta mala noticia si de todas formas la gente sigue con sus mismos malos hábitos. Pareciera que es por mero morbo, para saber que hay otros más jodidos que nosotros. Bonita costumbre la de estar al pendiente de la desgracia ajena para irnos a la cama pensando en las diferentes posibilidades de tragedia que nos pueden tocar en cualquier momento. Por ejemplo, estos últimos días no me puedo quitar de la cabeza un par de noticias que leí. Una joven estudiante fue secuestrada y asesinada sin que pidieran rescate. Se llamaba Carolina. Los hijos de la chingada dejaron su cuerpo abandonado en la cajuela de un coche a unas cuántas calles de aquí, sobre Hortensia. Pasaron más de quince días desde el secuestro hasta el momento en que la policía encontró el cadáver. En las investigaciones se toparon con otros dos cuerpos abandonados, pero no dijeron de quiénes eran, ni se volvió a tocar el tema. No me saco de la cabeza las horas de tormento que pasó esa muchacha antes de su muerte. Lo peor es que esto sucede con tanta frecuencia en el país que cada vez la gente lo toma con más normalidad, como resignados a que, de cualquier forma, tarde o temprano les va a tocar. Y ahora sucede aquí mismo, casi afuera de nuestra casa. No sé cómo deben sentirse los padres de la chica. Yo no soportaría que algo le pasara a mi Rita, mucho menos imaginar que unos cabrones se la lleven, le hagan lo que se les dé su chingada gana y luego la avienten por ahí como un desecho. Simplemente no puedo.

La otra noticia que sigue zumbando en mi cabeza es la de la balacera en la Fiscalía General de Guadalajara. He de confesar que al inicio me pareció un atentado más, pero al ver la gran extensión que le dedicaron a la crónica, me llamó la atención. El asesino, un ex militar sin apoyo económico del gobierno, dejó una nota en la redacción de la revista un día antes. Una nota más de las miles que llegan todos los días. Dejó dicho a la persona encargada que, si al día siguiente escuchaba de él, abriera el documento, si no, que lo tirara a la basura sin abrirlo. El miércoles catorce cometió el atentado. Asesinó a tres personas que nada tenían que ver con él. Fue abatido por la policía en el mismo lugar. Cuando el periodista escuchó sobre el suceso, abrió los documentos, y efectivamente, encontró la declaración del hombre firmada por su propio puño. Incluso anexó copia de su identificación. Quién sabe si los problemas mentales del sujeto habrán sido ocasionados por la falta de apoyo económico del gobierno que devino en alcoholismo, depresión y neuralgia. Con ese caso tuve para entender cómo se sigue la cadenita y por qué está tan de la chingada todo el país. Esto es una hervidera de alacranes intentando picarse unos a otros.

A veces quiero dejar de abrir los periódicos. Quién sabe cuándo vaya a aparecer mi foto en la primera plana como víctima de la enfermedad de esa gente, los que deciden por los demás. Por eso admiro a los periodistas; ellos dan su vida para exponer las injusticias, mientras los menos necesitados miran todo desde una pantalla plana y piensan que los jodidos estamos así por huevones. Todos los días, millones de personas en el mundo se llevan un cómodo artefacto de lectura con nombres, cifras, detalles y hasta fotos de las catástrofes que sucedieron el día anterior, y cada página termina acumulándose para ser vendida por kilo, para servir de baño al perro o para envolver objetos de cristal en un supermercado. De todas formas, el problema no es el papel. Media hora de radio, televisión o internet sirve para acelerar el corazón y ofrecer un panorama terrible en cualquier momento. Y a la mañana siguiente ya ocurrieron trescientas catástrofes más. Hay tanto de que estar al pendiente que terminamos haciendo nada, viviendo por mera inercia. 

Tal vez sea que los periodistas, o los escritores en general, más allá de querer entretener al lector, tienen miedo al olvido. O tal vez miedo a la muerte. Es extraño. La naturaleza nos puso cerebro y voz, y qué hacemos con ello, retratar atrocidades, burlarnos de los muertitos en las primeras planas, enaltecer la figura de gente pendeja, hacerlos presidentes.

A mí nunca se me ha ocurrido publicar lo que escribo. Hace media hora, en silencio, con el cigarrillo en los labios y la frente perlada de sudor, tomé el cuaderno y comencé a garabatear estas líneas a modo de despedida. He guardado notas por todas partes en esta casa de los días que han sido memorables. Si nadie las encuentra, permanecerán escondidas en los lugares donde las he guardado. Pero para cuando las encuentren, serán las palabras de un muerto que no podrá excusarse ante los ataques y las acusaciones. Cada página es como una fotografía. Cuando saco alguna y la leo, recuerdo con exactitud lo que sucedió, lo que estaba sintiendo, haciendo y pensando. Me pasa igual con los montones de periódico que almaceno. Cada uno es una historia casi personal. Me acuerdo, por ejemplo, del día en que murió don Carlos Fuentes. Fue un 15 de mayo, día del maestro. Al siguiente día, La Jornada publicó en primera plana una foto suya que me gustó mucho. Me quedé con diez ejemplares y cerré temprano el quiosco para ir a Bellas Artes a despedirlo. Ese día curiosamente me dejaron entrar con Rita; la traía cargando y los guardias de seguridad se portaron a todo dar. Me acuerdo de la gente que iba disfrazada de Artemio Cruz: el rostro de la Muerte con sombrero. Los guardias les pedían a cada uno de ellos que, cuando pasaran frente al ataúd, se quitaran el sombrero. Solo el sombrero, Artemio, les decían. Fue una especie de tregua entre mexicanos dolidos. En ese año, 2012, se iba a elegir nuevo presidente, y la muerte de Carlitos fue como una señal funesta de que los tiempos mantendrían ese mismo tenor trágico. Más valía ponernos el sombrero y la máscara de la Muerte, para que nadie viera nuestro verdadero semblante. Ese día volví a casa con lágrimas en los ojos y un vacío en el estómago. Regresé caminando, con Rita en los brazos y los ojos apuntando al suelo.

Estoy seguro de que si saco cualquier otro diario al azar, recordaré sus páginas y hasta el nombre de los periodistas, aunque ya hayan pasado muchos años. Lo mismo sucede con mis notas. Si saco cualquiera de ellas, podría recordar exactamente lo que viví ese día. Pero mis notas son solo para mí, para que no se me olviden las cosas, por eso nunca pensé en dedicarme seriamente al oficio. Me enojaría mucho que la gente me acusara por haber dicho o pensado algo indebido, según ellos. Me gusta más pasar el tiempo recibiendo dinero por lo que escriben los demás, y encima tener todo el día para leer lo que me dé la gana. 

Dejé de escribir porque me mareé. Tuve que recostarme un rato sobre la mesa, con mi Rita en las piernas. Su respiración es lenta.

Lo peor de esta puta enfermedad es que no me da tiempo de reaccionar. Cuando me empiezo a sentir mal es porque ya estoy tumbado u orinado. Las primeras veces lo podía controlar y cuando tenía la urgencia, las veces que fueran necesarias, me daba tiempo de llegar al local de Lorena, que vende vestidos de bodas y mucho tiempo me dio permiso de usar su baño. Pero después tuve que empezar a orinar dentro del quiosco, en una botella de plástico, pues no me daba ya tiempo siquiera de salir y caminar hasta el fondo de su local. A veces no le atinaba bien y me orinaba la mano. El puesto empezó a oler feo y los clientes lo notaron. Lo peor era cuando las punzadas me agarraban de regreso a casa. Nadie me dejaba entrar a su baño y yo no me atrevía a orinar en los árboles, a la vista de todos. Una vez me hice en los pantalones en plena calle, como niño chiquito. Ese día lloré de vergüenza. Todo el mundo se me quedaba viendo y me gritaba ¡pinche viejo cochino! ¡Váyase a mear a su casa! ¡Por eso estamos como estamos, puro pinche marihuano! Nomás Rita se preocupó por mí. Aquel día me lamió las lágrimas y eso me hizo llorar más. 

Desde aquel entonces el olor a orina ha impregnado toda mi ropa y las habitaciones de esta casa. A veces ya ni lo percibo. Tampoco disfruto los alimentos porque tengo un regusto amargo, como a fierro. Solo el cigarro me distrae un poco del olor. Dicen que los perros tienen muy buen olfato, así que me imagino cuánto me quiere mi princesa para estar junto a mí a pesar de todo. 

Siento cómo le tiembla su patita a mi niña. Espero que no esté soñando feo. Seguro es efecto de las pastillas. Ojalá que no le esté doliendo. Ya se le pasó. Dio un largo suspiro y se calmó.

Cómo da vueltas la vida. Me acuerdo cuando vine a vivir aquí junto con Margarita. Todas las promesas de desarrollo y bienestar, de trabajo y calidad de vida. Son las mismas promesas que sigo escuchando, luego de cincuenta y cinco años de haber salido de Jalisco para venir a la Ciudad de México. Lo que sí es que la vista es hermosa. Valía la pena recorrer todos los días 20 de noviembre solo para ver la Catedral. Mi Rita opinaba lo mismo, sentadita desde su taburete, ¡nunca se cansaba! Miraba pasar todos los días a los empleados, a las señoras, a los estudiantes, los policías, los organilleros… Pero, ¡eso sí! Nunca dejaba que nadie la tocara. Siempre ha sido desconfiada y nerviosa, mi princesa. Se quedaba mirando cuando doña Consuelo pasaba por su semanario de recetas y algunos dulcecitos, y aunque la señora iba de pasada, Rita no le quitaba los ojos de encima y hasta se levantaba para quedarse pegadita a mí. Si supiera Margarita lo mucho que me ha cuidado nuestra hija. Llegó como un ángel después de su partida, en una cajita de zapatos, afuera de metro San Juan de Letrán. Ahí estaba junto a sus hermanitos, pero ella era la más bonita, la que me miró primero. Yo iba todo cabizbajo, sin encontrarle sentido a nada, y habían dos chavos dándolos en cien pesos. Desde entonces, todas las noches nos hemos acurrucado juntos y no se duerme hasta que la acaricio un buen rato. A veces hasta le canto. Ella me lame y se me arrejunta como para estar segura de que no me voy a ir. Sé que no pasaría una sola noche lejos de mí. 

Cuánto la envidio. Qué sabe ella de deudas, matanzas o enfermedades. Ella solo quiere estar conmigo. Come y duerme. En cuanto abre los ojos por la mañana, actúa con el impulso de siempre, con el instinto que no se frena ante ninguna duda. Por la noche, en cuanto cierra los ojos, no sabe más de este mundo. Así de simple.

Me he quedado un tiempo viendo las palabras sobre el papel. La cabeza me está matando, estoy muy mareado. Tengo la colilla de cigarro entre los labios, ya apagada. La cajetilla está vacía y he comenzado a sudar de nuevo. Tengo miedo de pararme. Estoy seguro que en cuanto esté de pie, la punzada recorrerá mis nervios y me hará desmayarme. Si logro llegar a la cama, temo que las pastillas no surtan el mismo efecto que con Rita, y entonces agonizar con dolor, quién sabe durante cuánto tiempo. Nunca pensé terminar así. Pero ya lo decidí. De todas formas, Dios fue quien nos puso voluntad, y yo no la estoy usando para cometer un crimen, nomás quiero adelantar lo que ya está escrito, para evitarme penas y también a Rita. Pareciera que esto es un castigo por mis malos actos, pero de todas formas eso de ser bueno para que a uno le vaya bien no es cierto. A los pobres nos va peor siempre. ¿Qué hizo mi Margarita para terminar sin dignidad, con tubos y agujas por todos lados? Nada. Ella siempre fue buena. Me quiso, me procuró. Y yo a ella. Cuánto tiempo estuvo en el hospital, con malos tratos, toda moreteada. Cuando por fin cerró los ojos, yo descansé. Ya no quería verla llorar. Ya no quería saber de agujas y químicos para que viviera unos cuantos meses más. No sé si fue azar o destino que le tocara un cáncer, pero llega un punto en que no hay marcha atrás, y lo más humano es poner un alto al sufrimiento, por más que las chingadas leyes lo quieran impedir. Si uno nomás no está a gusto en este porquerillero en el que nos obligaron a nacer, ¿cuál es el afán de mantenernos respirando? ¿A quién le afecta, a final de cuentas, que honrosamente queramos renunciar? Ojalá mi Margarita hubiera tenido la oportunidad de decidir hasta dónde poner un alto. Pero yo voy a morir con dignidad, junto a mi Rita, sin que Dios ni el destino lo puedan evitar. 

Mi Rita ha dejado de respirar. 

Todavía está caliente.

La tengo sobre mis piernas y su pancita ha dejado de moverse.

Su cabeza ahora reposa con todo su peso sobre mi brazo izquierdo. 

Me levantaré, la llevaré cargando a la habitación, la recostaré sobre la almohada, me desnudaré, me tomaré las pastillas con tequila, apagaré la luz y me recostaré junto a ella a acariciarla hasta que todo haya terminado. 

Voy a dejar esta hoja aquí para cuando el hedor obligue a los metiches a entrar para sacar nuestros cadáveres. Que se enteren de todo, que lo publiquen si quieren, pero que no se les olvide que fue Rita, y no ellos, quien me salvó la vida durante once años.

Dibujo de Thomas Dalsgaard

Escrito por:paginasalmon

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