Te despiertas sin necesidad de una alarma, es la misma hora, parece ser que otra calurosa madrugada te ha quitado el sueño. Como todos los días, pasarás minutos tirada en aquel colchón viejo, al que ya se le sienten los resortes, mirando el techo y anhelando no estar ahí. No. Este día es diferente, decides actuar. 

Te levantas de la cama con gran agilidad, permaneces sentada, tus pies se mueven inquietos mientras tocan el suelo helado, se estiran y luego se encogen con un ritmo carente de música. Estás nerviosa. Aunque tu corazón ya tomó la decisión, tu mente aún lo piensa. Es momento de actuar. Con un movimiento te deshaces por completo de la sábana que aún cubría tus piernas, te levantas y comienzas a vestirte. 

Sujetas la mochila que llenaste el día anterior con comida, un poco de dinero, ropa y las cartas de Santiago. Sales de tu habitación, caminas en silencio por la casa, no los quieres despertar, de hacerlo sería fatal. Te diriges al patio, la puerta rechina, tu corazón se encoge, tu estómago se revuelve más que la primera vez. En ese tiempo desconocías lo que pasaría, ahora lo sabes, por ello no evitas morder tu labio inferior, lo haces hasta que comienza a sangrar. El sabor de hierro te hace salir del ligero trance en el que entraste, entonces retomas el ritmo de tu vida, sujetas tu bicicleta y la cadena que yace a su lado.

Quisieras poder levantar tu vehículo para que no haga nada de ruido, es inútil, más conviene salir pronto, aunque los despiertes, sabes que el león está al acecho y mejor le resulta a la gacela correr y escapar de sus garras. Abres la puerta principal, pasas primero tu vehículo, luego vas tú. Aún sosteniendo la bicicleta te estiras para cerrar la puerta provocando el mínimo sonido, te colocas el tirante restante de la mochila y subes a tu mediador de sueños. 

Pedaleas como si no hubiera mañana porque comprendes que no lo hay. Los movimientos que hacen tus piernas cada vez son más ligeros, hay que escapar. Sientes el viento que te golpea en la cara, aún falta una hora para que amanezca, para que la ciudad se despierte y tenga vida, por lo pronto es tuya, así que pedaleas sin rumbo fijo, siempre yendo hacia adelante. A tu mente llegan esos recuerdos dolorosos de lo que fue, son los que impulsan cada vez más tu andar, la música la llevas dentro, la hace la ciudad; con las ruedas de tu bicicleta, con el viento que choca con las ramas de los árboles, con el sonido de los pocos vehículos que ya circulan, con un par los ladridos sueltos, en fin, no necesitas otra cosa que te aleje esos pensamientos pesarosos, el ritmo que te rodea lo hace por ti. 

No hay cansancio alguno, la adrenalina la llevas en tu interior, de pronto te imaginas en una carrera, sí, en la recta final donde debes pedalear aún más. Miras a tus costados y te imaginas a los cientos de personas que estarían apoyándote y eso te motiva a aumentar la velocidad. Por fin estás libre y el viento al danzar en tus cabellos no hace más que acentuar esa libertad. Una sonrisa se dibuja en tu rostro después de tanto, ese sentimiento de melancolía ya no está después de tantos años, se aleja como lo haces de tu casa, dejando atrás todo, los malos recuerdos, la angustia, la soledad. El camino parece infinito, lleno de posibilidades y no hay tiempo para que dudes, solo para que sigas adelante, puedes girar a tu derecha o a la izquierda, no importa mientras no pares tu andar. 

A tu mente llegan recuerdos de la vida antes de que el león llegara a tu casa, cautivara a tu madre y te sometiera. Recuerdas los días al lado de Santiago antes de que se separaran y su relación se limitara a las cartas que intercambiaban semana con semana, mismas que hace ocho meses se detuvieron. Sigues cuestionándote qué pudiste decir mal, por qué simplemente él ya no respondió, no crees que él sea una persona tan cruel para abandonarte y dejarte a merced de lo que el hombre quiera hacer contigo. Cada recuerdo sube hasta tu garganta y encuentra refugio en ella, no se va, se acomoda mientras se acumula como un gran nudo que te aprieta cada vez más, y justo cuando piensas que comenzará a asfixiarte, tu llanto te libera de aquel dolor. Las lágrimas se desbordan de tus ojos y te nublan la vista, no puedes parar, no hay tiempo para hacerlo. Mejor sitúas tu mente en momentos más agradables, en el objetivo que te dio las agallas para levantarte de la cama y salir de la casa. 

Cuando el sol matutino comienza a quemarte, te das cuenta de que tu estómago no puede continuar vacío, decides detenerte por un par de minutos debajo de un árbol, tomas las galletas de chocolate que hay en la mochila y después reemprendes tu camino. Santiago cada vez está más cerca, la zona militar ya no es tan lejana, pero tu casa tampoco lo es, aceptas que a estas alturas ellos ya saben de tu ausencia, te quita el hambre pensar en tu madre, en que tal vez ella esté pagando por tu partida, piensas que su cabeza se baña en sangre como la tuya de sudor, sientes un remordimiento que te consume, que te hace dudar de la decisión tomada, que te hace querer regresar; pero luego está él, quien se fue y prometió volver por ti cuando las condiciones fueran mejores, hacía años que lo prometió, tú lo creíste y lo esperaste.  

Cada noche sus palabras eran lo único que te daba consuelo para seguir soportando los maltratos de aquel a quien tu madre dijo amar, las últimas palabras de Santiago te permitían aguardar a la espera de un mejor futuro que algún día llegaría, te diste cuenta de que no podías vivir esperando, tenías que levantarte y ser tú quien domara aquel futuro. 

El peso de tu mochila se reduce como el agua que se va terminando, maldices no llevar más, y ahora con la boca que se reseca sabes que tienes que racionarla. El sol te envuelve en unas brasas de las que no puedes escapar. A las dos de la tarde, tus piernas comienzan a acalambrarse, quieres detenerte, pero tu corazón te convence de que ya habrá tiempo para descansar. Una ligera brisa hace que regrese tu fe en Dios, que agradezcas por ese instante de frescura, por ese mágico momento que te da un poco de fuerza para no detenerte, ahora en un camino pedregoso. 

El dolor pasa de tus piernas a tu espalda, aquella posición no es la mejor para tu cuerpo, aunque estabas acostumbrada a pasear en la bicicleta nunca lo habías hecho por tantas horas ni por caminos tan difíciles. El rostro comienza a arder y el aliento caliente no ayuda a que te olvides de ese calor sofocante que se hace más insoportable con la tierra debajo de las ruedas. Paras un minuto, abres tu botella de agua y te olvidas de racionar, de momento te olvidas de todo, cierras los ojos y sientes cómo ese líquido maravilloso se pasea por tu boca, disfrutas del juego que hace al llegar a cada parte de ella, para luego deslizarse lentamente por tu garganta y deleitarte completamente. 

Falta muy poco para arribar con los militares, con Santiago. El sol no cede, tus piernas parecen no querer más, todo tu cuerpo amenaza con desplomarse, escuchas una voz lejana, una voz grotesca, a tu cabeza llega la imagen de ese hombre en la obscuridad, su sonrisa siniestra y sus ojos fríos, sus manos de animal que pretendían despojarte de tus ropas. Él se acerca a tu cuerpo tibio y justo antes de que haga cualquier otro movimiento llega Santiago, lo hace mientras gritas, mientras lloras, mientras eres golpeada y violada, mientras él actúa y tú caes en un profundo sueño en el que alguien te salva. Regresas a la realidad cuando sientes que algo se derrama de tu nariz, sueltas el manubrio con tu mano izquierda solo para cerciorarte de que era sangre, la limpias con el dorso del brazo y bajas de tu mediador de sueños.  

La hora siguiente caminas con la bicicleta a un lado, la arrastras como tus sueños, como la esperanza que tienes de ser libre. Y aunque tus piernas parecen estar hechas sin huesos te apoyas en el vehículo para no flaquear, no importa si recorres el camino lentamente, lo importante es avanzar y llegar con Santiago antes del anochecer. 

Apenas sientes que tu cuerpo tiene un poco de fuerza y subes de nuevo, maldices el asiento, que con el paso de las horas se ha vuelto insoportable para tu cuerpo. Continúas con un ritmo constante, aunque no tan rápido como lo era cuando saliste, y justo cuando la velocidad amenaza con reducir más, a tus ojos llegan las imágenes que tanto ansiaste ver desde que emprendiste el viaje. Con un choque de adrenalina tus piernas parecen ir en bajada, comienzas a andar con todas tus fuerzas, sin importar que tu nariz sangre de nuevo, pareces estar en los últimos metros de una carrera, enfrentándote a tu peor enemigo para obtener el primer lugar. Te sientes tan ligera como esa gacela que corre para sobrevivir, así lo haces hasta llegar al final. 

Te bajas de tu mediador de sueños y con una sonrisa tranquila depositas tu mirada en unos ojos desconocidos que te miran como si te conocieran de toda la vida. Te das cuenta, entonces, de que estás a salvo. Escuchas con atención a ese soldado que cuida la entrada, te dice que es él quien se encarga del correo, él envió y recibió las cartas que intercambiaste con Santiago, él fue el cómplice de que tu hermano te enviara el dinero para adquirir la bicicleta, el soldado te relata las razones por las que el correo se detuvo, asegurando no tener el valor de enviarte una última carta.

Ves cómo sus ojos se cristalizan al mismo tiempo en que te toma en sus brazos, cuando susurra que le prometió a Santiago cuidar de ti. Ves cómo comienzan a correr lágrimas en sus mejillas cuando su voz se convierte en un hilo delgado que emite que Santiago ya no está, hace meses que ya no está, ni en el campo, ni en el país, ni en el mundo. Entonces tu cuerpo cede ante el cansancio, ante la desilusión experimentada, te desvaneces en los brazos de aquel soldado que te sostiene como a una preciada joya. El camino ha terminado, encontraste tu destino mas no el futuro que deseabas, debes tomar una decisión de lo que harás con tu vida, debes seguir sin reversa. 

Imagen de Markruse17

Escrito por:paginasalmon

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