La pregunta

Muerto mi hermano
no soy más que un címbalo resonante.

Muerto mi hermano ¿quién soy yo
si mi pasado es un puzle ahora incompleto
y nosotros almas que se inclinan
tratando de ocultar una socavón?

Si el sueño no se concilia
es porque allí hay más vida que en la vida
y los muertos nos piden más
de lo que no supimos dar.

Veo espejear en el limo de la realidad
el rostro evanescente de mi hermano
como una vela que titila en el apagón

y me pregunto:

muerto mi hermano
¿quién soy yo?

La muerte y la metáfora perdida

Una vez vi una bandada de gaviotas
sobrevolar una pequeña embarcación.
Fue hace mucho tiempo. Una playa en navidad,
lo que solo ocurre a este lado del Atlántico.
En aquel momento soñé una metáfora
que ahora no puedo recordar.
Aquellos pájaros despavoridos, aquella ensenada
pálida y cernida de palmeras;
aquel cielo ajeno y aquellos lagartos 
pétreos vigilando desde el manglar.
Quién sabe, todo se pierde y existió alguna vez: 
el frío océano, el rumor de olas y de sueños 
en una costa de Galicia, cuando era niño,
estábamos todos, y la metáfora era tan clara 
como la espuma que se deshacía entre las falanges.

Pero de nuevo se me escapa.
La metáfora serpentea entre los recuerdos, se instala
resbaladiza en los intersticios de la memoria;
es apenas un hilo de luz serpenteante 
en medio a la mole de la angustia;
se agita invisible en la larga víspera
de la muerte. 

No podíamos prever el desenlace:
que mi hermano habría de morir cuando empezaba su vida;
que nosotros empezamos a morir cuando esto sucedió;
que las orillas se inclinan ahora hacia el vertedero de la memoria;
que cuando se pierde una metáfora es para siempre
aunque quede el recuerdo de ese algo que sucedió de pronto,
la marca de una intuición sin apenas grosor,
como las huellas que la marea va borrando
por donde pasamos, alguna vez, en este mundo.

Era mejor

Era mejor cuando luchábamos y teníamos un motivo
para vivir en la esperanza todavía indemne. 

Era mejor emplear las fuerzas en desmentir los agüeros
que malgastarla en una tristeza sin objeto.

Todavía allí podía lucir el sol, alguna mañana,
salíamos a comprar el pan y remedios
que juraban ser efectivos;

podíamos jugar con los elementos del milagro,
contrastar las mentiras flagrantes
con las incertidumbres prometedoras
diciéndonos: bueno, existe siempre una excepción.

Era mejor cuando la guerra permitía un desgaste justificado
y la heroicidad aumentaba la resistencia
mientras se tensaba al límite la posibilidad de una vida.
Pues podíamos ejercer un papel en la servidumbre al miedo,
desempeñar un oficio, aunque fuera tan inverosímil
como el de querer frenar el tiempo
y desdecir los signos del destino.

Ahora la guerra ha trasladado sus escuadrones
a territorios íntimos, el terror de la batalla
es peor en el reflejo inexacto y caprichoso
de la memoria.

Sin poder luchar no somos mejores;
sin poder luchar esperamos resignados
a que la tardanza de los frutos en caer sea menor,
a que los sueños que atan la vida a su vigilia
nos lleven un día de pronto y ya no seamos más
que una voluble espuma
para la que la lucha ya no es necesaria
y ya ni siquiera el reproche por su ausencia
puede significar algo.

Epílogo

¿Aceptar su muerte?
No estábamos preparados.
Y todo ocurrió tan rápido.
Confiábamos en el resultado de la lucha.
Nada de aceptación. Para nosotros
era impensable, inasumible, el perderlo.
¿Era la aceptación una derrota?
Ahora sé que no. Pero solo lo sé AHORA.
Esa es la trampa del tiempo y la experiencia:
que lo recobrado en la memoria no podrá volver
y seguiremos pensando en otras posibilidades.
¿Hablo por todos? ¿Está él de acuerdo?
A veces siento que me acompaña
y sosegados hacemos las paces con la existencia.
Hablamos a menudo: él desde su elocuente silencio y yo
desde mi esforzado mutismo. A cualquier atisbo de su voz
me detengo en los caminos, y veo en la luz
claros sedimentos de su paso.
No debemos desesperar:
todo sucedió como en un sueño.
Y es cierto que ahora podemos hablar
sin necesidad de nuestras torpes voces.

Pintura de Vickie Wade

Escrito por:paginasalmon

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