Versión del texto en audio.

Escribir es esperarte.

Mireia Calafell

I

Ahora la puerta es azul. Hace dos años, la primera vez que la crucé, era gris. Esta vez ya no pude pasar —no está él para abrirme—. Reconocí que era la puerta por lo resquebrajado del piso. Hace dos años seguía igual; imagino que cambiar el suelo de un edificio es más difícil que pintar una puerta. El azul era cobalto, antes fue gris ágata. Las rejas están, como siempre, unidas a la puerta. Detrás de esta: una especie de cristal mate que lo abarca todo. Por dentro, lo recuerdo, solo pasaba la luz difuminada del sol y no se veía más allá.

Antes de llegar aquí, había pasado por todos los lugares en los que Gustavo y yo habíamos sembrado recuerdos: la estación del metro Insurgentes Sur, pasando por el Smart-Fit al que dije que iría para después visitarlo —se encontraba cerca—. En la esquina del metro, antes de cruzar al metrobús, recuerdo que le comprábamos pan a una anciana que lo sacaba de una canasta inmensa hecha de zacate. Una vez que pasaba el cruce peatonal del metrobús, si se doblaba a la derecha, llegábamos a un Oxxo y, enfrente, había un puesto donde comíamos hamburguesas. Era el camino de siempre. Se nos podía escuchar, en el dos mil diecinueve, platicar hasta romper a carcajadas. Se nos podía ver por este rumbo tomados de la mano.

Ahora el metro estaba cerrado por reparación, el Smart-Fit medio vacío —y eso que siempre lo veía a reventar—; el puesto de hamburguesas se volvió un puesto de revistas, y la señora que vendía pan había desaparecido. Yo caminaba solo, escuchando música, con mis manos deshabitadas al tratar de encontrar las suyas. El rumbo parecía expresarme que echaba de menos vernos de manos tomadas, riendo a carcajadas.

Aún lo recuerdo: el frío de sus manos contra mis manos calientes. Siempre como espejos: el calor de sus pies y el frío de los míos. A veces hacíamos luchas de pulgares al pasear. La última vez que nos vimos, me dijo que siempre le ganaba, y no lo dudo, porque aquella vez le gané.

Sé que es esta puerta por el timbre. Tampoco ha cambiado. Son los mismos botones grises y el interfono gastado. Me imagino que por dentro el edificio sigue igual. Daba miedo: su casa me daba un poco de miedo. No su casa, pero la estructura para llegar a su departamento. Las luces por dentro parpadeaban, había unas partes en penumbra, y materiales para construcción en el pasillo de la planta baja. Un piso ligeramente resquebrajado que definitivamente me impedía guardar la calma.

Duele mirar desde afuera un lugar que en su momento tuvo tanta vida y dinamismo. Ahora todo este camino asemeja un desierto de asfalto, donde solo el olvido prevalece. Aunque toque el timbre, ya nadie me abrirá. Se me corta el aire. Recuerdo aquella vez, antes de irme, me dijo: “Yo —y me dio su nombre completo— te prometo que la puerta de este departamento siempre estará abierta para recibirte, hablar y estar contigo”. Mis ojos se llenan de lágrimas, mas no las desbordo. Sigo recordando. Su expresión era infalible, y ahora ha desaparecido. Ya se ha mudado. Me lo dijo la última vez que nos vimos, porque al edificio no lo percibía firme, según sus palabras “estaba inclinado”. Creía que la estructura se iba a venir abajo, a pesar de mantenerse hasta el día de hoy. Simplemente no se sentía seguro y le daban miedo sus suposiciones. Es típico de él huir cuando algo no se encuentra estable, y dejar que el olvido nos cubra de tiempo, como una capa de polvo, hasta deteriorarnos.

Es curioso el vínculo con esta puerta que ni siquiera es mía. Venía pasando y comencé a recordar todo: fue súbito, como si los recuerdos que despertaba en mí, me regresaran a aquella vida que no quería perder. No quería olvidar, solo multiplicar: llevar los recuerdos a una potencia superior y repetir hasta el hartazgo —como si fuera una canción— porque ¿quién quisiera perder a aquella persona que le re-significó la manera de vivir y de ver la vida? Mientras daba pasos hasta llegar a su casa, fue como si mi mente y mi cuerpo, quisieran retroceder el tiempo. Es como cuando tienes a un muerto en tus manos, y esperas que despierte. A veces no solo a los cuerpos se les quiere con vida, también a los momentos y espacios.

No voy a negar que quería comprar un pan con la señora que lo vendía fuera del metrobús, o tocar la puerta y que Gustavo saliera con una sonrisa. Extraño sus abrazos: suspirar al abrazarlo y oler el aroma de su cuerpo. Me hace falta que él me respire y me diga: “sabes que tienes un olor muy rico, ¿verdad?” ¿Cómo no iba a querer una vez más un abrazo suyo? ¿Cómo no iba a querer volverlo a ver? Volver a construir la fantasía de estar juntos: uno vuelve siempre a aquellos lugares donde amó la vida. Si hubiera podido morir en aquel instante donde fui feliz…

Gidō Sanshi no Haha tiene un waka que menciona lo siguiente: “Dijiste nunca | olvidarte de mí | lo veo difícil… | hoy tengo esperanzas | de que mi vida acabe”. La explicación de este fragmento dice que él le dijo que no la olvidará, pero que ella no sabe qué futuro les depara. Estaba segura que perdería su amor y no lo volvería a ver. Cuando ella se percata de esto, desea que su vida termine ahí, justo en ese momento. Prefiere morir y ser dichosa por aquellas palabras, a ver las ruinas de su memoria y el abandono del afecto.

Recuerdo el primer día que me abrió esa puerta: era el cumpleaños de mi padre, las once de la noche. Puedo nombrar cada película del Studio Ghibli que vi a su lado y narrar la inercia de nuestros cuerpos al entrar a su cuarto, y terminar la noche jugando videojuegos. Extraño cada abrazo nocturno en su cama —nos complementábamos al abrazarnos, era una especie de complicidad tácita—. Era como si al cruzar esa puerta, al estar ambos dentro de su habitación, él nunca me quisiera lejos: como si nunca me quisiera decir adiós. Llevo grabada la seguridad de cada abrazo y de cada “te amo”. No puedo evitar pensar que en ese lugar lo despertaba todas las mañanas. Ahora no están ni sus cosas ni él.

Es difícil creer que nos abandonó. Al menos a ese lugar lo abandonó una vez, tal vez si vuelve, pueda acoger a Gustavo como la última vez. Los lugares no tienen voz, tampoco se quejan. Aunque quisiera acogerlo una vez más en silencio, no puedo evitar gritar el dolor en estas letras. Tal vez, si él vuelve, solo me describa con las mismas palabras que tiene el departamento al que lleva esta puerta: ser un lugar inseguro. Quizás estábamos ambos destinados a ser abandonados por dar esa falsa impresión que le causaba poco aplomo, ese ligero prejuicio de venirnos abajo y rompernos con facilidad: la estructura, mis sentimientos, al final todo termina inhabitado.

Es curioso, la cobardía y la inseguridad lo ataron a la acción de abandonarme. Si tan solo pudiera volverlo fuerte y amable como cuando nos conocimos. Aun así, con todo eso, me hago a la idea mientras miro su puerta: aquellos cielos nocturnos no volverán. Quiero volverlo a ver. Por eso estoy aquí. Mi corazón tiembla. Me arrebató el sentido del gusto en cada experiencia nueva y ahora todo me sabe simple.

Cierro los ojos frente a la puerta que nos permitió amarnos, y ya no tengo la esperanza de volvernos a encontrar. Estamos separados y distantes. Veo el cristal mate de esta entrada, y por un momento espero que salga. Espero que una de sus mentiras haya sido que abandonó este lugar, y encontrármelo: que me abrace una vez más.

Aquello no iba a suceder: él ya vivía en otro lugar. Se notaba la ausencia de él tanto en el espacio como en mí. Yo ya no era el mismo ni el lugar tampoco, y tanto se notaba que ahora la puerta era azul.

II

Intento no llorar; repito hasta el hartazgo por las mañanas “no llores”, pero no es ley, y la orden puede ser algo arbitraria. Es un poco tarde, pero no es medio día. La luz del cuarto permanece fría en el ambiente de la habitación. Imagino que la paleta de colores aumenta o disminuye con mi estado anímico.

Chasqueé los labios como la última vez que supe que me volvió a abandonar. Desde aquel día no he dejado de chasquear la boca, dicen que es “mi ruido triste”, o “mi ruido molesto”, porque a partir de su huida lo fui haciendo parte de mí. Es como cualquier otro chasquido con la boca: significa que no puedes creer lo que pasó. Es el sonido que haces para decir “no te creo”. Lo hacía mucho mi abuelo cuando no comprendía el porqué de algo, después lo comencé a notar con mi padre y mi madre. Por simple herencia terminé por contagiármelo, pero a nadie lo he visto hacerlo por tanto tiempo como yo cuando estoy a solas.

Supongo que, cuando algo es ilógico o increíble, se chasquea la lengua con el paladar, porque se reconoce la mentira, porque identificas que no hay coherencia en lo que estás viendo. No es mi caso, quizás hubiera bastado un solo chasquido de aceptación pero lo sigo repitiendo.

Tomé un baño rápido, me puse la ropa, desayuné algo, y decidí salir a hacer algunas tareas que tenía pendientes fuera de casa. Tomé el metrobús e hice mi rutina en la que fui tachando la lista de deberes. Súbitamente sentí una extraña necesidad por volver al lugar. Mi cuerpo sintió irremediable necesidad de recorrer los lugares que me atropellaban la memoria y dominaban mis pensamientos.

Es que la acción de recordar no basta. Por eso terminé tomando una vez más el metrobús y llegué a esa puerta color azul cobalto. Verifiqué que, en efecto, fuera la misma puerta.

Los lugares que recorrí más allá de la puerta no los conocía porque nunca tuve tiempo de explorar más: no hacía falta. Los límites de nuestro mundo se desvanecían al llegar a esa entrada. Reconocí que esa era la puerta por descarte de reconocimiento de edificios. La tienda más adelante no la reconocía, la cocina económica tampoco. Pero había locales que identificaba. Me puse frente a la puerta para comprobar que el paisaje no era el equivocado.

Me costaba reconocer su puerta por los antipsicóticos: uno de los efectos secundarios es que te borren partes de la memoria. Me parece curioso, cuando me dieron el medicamento no me dijeron para qué servía, solo escuché: “si se te cae mucho el cabello, no tengas problema. Son repercusiones del medicamento”. Desde entonces tengo la idea extraña de que en el cabello se guarda la memoria, y entre todo ese cabello se me fueron algunas imágenes nítidas que pasé con Gustavo. Ahora era neblina.

Cuando me di cuenta de que estaba perdiendo la memoria fui a escribir todo lo que no había olvidado en algunos archivos de mi computadora. No entiendo cómo, hasta el día de hoy, puedo estar tan tranquilo leyendo esos textos y repentinamente las lágrimas se me ruedan: sé que las letras que escribí son reales porque no puedo detener el llanto a pesar de no recordar absolutamente todo. En El Viaje de Chihiro, Zeniba dice「一度会ったことは忘れないものさ。思い出せないだけで」.“Una vez que conoces algo no puedes olvidarlo, ¿sabes? Incluso aunque no logres recordarlo”. Pese a que no recuerde todo con claridad, sé que lo que escribí es real porque no puedo olvidar esta sensación que me invade el pecho.

Vuelvo a ver la puerta y no lloro, apenas suspiro. No hay nadie a mi alrededor para percibirlo. Siento que el paisaje se nubla ante mi mirada nerviosa. Veo la puerta, y trato de fijarme en los detalles. Está mal pintada: los bordes siguen siendo grises. Como si el gris carcomiera al azul de la puerta, como si quisiera persistir. Como si aquel lugar buscara volver a la forma y el color que tuvo antes: como yo. Quizás al igual que yo, buscábamos la manera de prevalecer a pesar de ausencias.

Observo todo en poco tiempo para que nadie piense mal de mí. No paro de caminar, no quiero irme, pero paso a paso me despido del lugar sin pronunciar una palabra. Llego a mi habitación, y otra vez los colores pálidos al atardecer comienzan a dominar mi cuarto hasta llenarlo de luz nocturna y carbonizada.

Pasan un par de días y vuelvo a soñar con él. En De pronto oigo la voz del agua, Hiromi Kawakami tiene una frase con la que me identifico: “empiezo a soñar y al principio sé que no se trata de la realidad, pero en determinado momento todo comienza a mezclarse”. Gustavo en mi sueño fue así. Si supe que era un sueño, fue porque desperté: no más. Ninguna inverosimilitud: parecía que en él se construyó un lugar donde me sintiera cómodo, donde comenzara a vivir todo aquello que perdí.

Estaba en un restaurante, comíamos algo irrelevante pero sabroso. Me contaba sobre su nueva pareja y yo le deseaba suerte, él me deseaba lo mejor con la mía, y al final nos despedíamos con un abrazo lleno de suspiros, una sonrisa sencilla y un beso. No había mayor necesidad de escándalo. Todo parecía seguir adelante. Aunque cada quien ya estaba creando otra parte de su vida, el cariño entre ambos no se extinguía.

¡Ttch!

Desperté. Mis mejillas llenas de lágrimas y la almohada mojada. La luz estaba ahí pintando mi habitación: un sinfín de colores fríos, casi azules, como su puerta.

III

Comencé a recorrer el lugar con más frecuencia si me quedaba de paso. Una vez que fui a desayunar con un amigo, le pregunté: “oye, estamos cerca del departamento donde conocí a Gustavo, ¿podemos ir a verlo?” Solo pasamos de largo. Aunque no me detuve a admirar la puerta, pasé para sentir que estaba más cerca de mis recuerdos.

He traducido un cuento de Hiromi Kawakami, se llama 「廊下」(rōka) llegué a la conclusión de que el mejor título para la traducción sería “El corredor” pero puede ser “El pasillo” también. En ese cuento se habla sobre una mujer que va envejeciendo, y que nunca encuentra a un hombre que la haga sentir como aquel romance que tuvo con alguien llamado Tobio. Lo destacable de este cuento es que la protagonista puede volver a encontrarse con él, y junto con otras personas que ya fallecieron. El lugar donde puede ver a todas las personas que ya murieron es en el corredor del Museo de Bellas Artes de la ciudad. A veces sentía que eso era lo que buscaba al pasar por la puerta, que aunque fuera por unos minutos, al pasar por la banqueta, se me revelara la presencia de Gustavo como en aquel pasillo.

Supongo que cualquiera quiere volver a ver a las personas que se perdieron, es parte de la naturaleza humana, como si las personas fueran una especie de combustible para vivir. Al final, siento que yo intentaba algo similar al pasar por su puerta de vez en cuando: recuperar lo perdido.

Para mí ver la puerta era buscar su presencia, pero solo aparecían pedazos del rompecabezas de mis recuerdos.

Aquella vez mi amigo me preguntó si no quería quedarme más tiempo, pero no era el punto. Yo solo buscaba revivir aquel sentimiento de pleamar en el pecho, el frío de sus manos que entibiaba las mías. Mi cuerpo bajo sus manos en una lectura de braille… y nuestras sonrisas ligadas.

Volvía a ese rumbo a hacerme un nido de recuerdos perdidos. Tomaba una de esas ramas rotas de sentimiento y me construía una casa de ecos y reminiscencias. Era una mezcla de felicidad y melancolía, a una curiosa temperatura en la que podía resguardarme a pesar del frío de su ausencia.

IV

Fue uno de esos destinos disfrazados de coincidencias. Era de noche y yo iba de regreso a casa en metrobús. Había visitado a un amigo para platicar y comer. Ya eran horas muy tardías y mi celular tenía poca batería. De repente, una serie de mensajes me atravesaron. No era él. Me desvié del camino a casa para encontrarme con un conocido que insistió en verme y platicar. Me pidió esperarlo ahí, que no me preocupara, que me recogía en su auto.

Me pidió que lo encontrara en metrobús Félix Cuevas, a un costado del metro Insurgentes Sur. Mientras esperaba, decidí volver a la puerta, ya que no se encontraba nada lejos. Llevaba los audífonos puestos. La canción que me dedicó sonaba: tell me why, the reason I’m here. Just only you I see from far away I’ve come for you. Suspiro, la vida se me va al ver los barrotes azules y la luz del edificio siendo reflejada por el cristal mate. Espero alguna señal, un suspiro en el viento con alguna palabra perdida: nada. Solo aquel jalón del pasado hacia mis recuerdos.

Regreso a la parada de metrobús. Ya casi dan las doce y mi amigo me dice que ya casi llega. Miro en dirección de su casa y me pregunto cómo sería si todo estuviera bien y viviera ahí.

No entiendo por qué me torturo con escenarios imposibles.

Tres por ciento de batería. Este chico me habla. Dice que está cerca del casino, por el metrobús Félix Cuevas. Mientras descubro dónde se encuentra, me doy cuenta de que al lado se encuentra la misma viejita con su canasta enorme de zacate vendiendo pan. Le compro un par. Agradezco y subo al carro.

La plática con mi amigo es irrelevante. Me deja en mi casa poco después. En mi habitación, sentado en mi cama, veo los panes. Estoy seguro que ella ni siquiera me reconoció. Si no fuera por las circunstancias, yo tampoco tendría que recordarla. Pero todo es siempre parte de algo mayor: lo que viví no fue falso, fue real, Gustavo fue algo real. Es como si mi mente reconstruyera aquel mundo, y me hiciera caer en cuenta que nada de lo que escribí fue falso. Pareciera, una vez más, que aquel gris me carcome el color cobalto poco a poco.

¿Soy esa puerta? Musito al despertar al otro día. ¿Qué puedo hacer? Como el pan de aquella noche, y el sabor es muy similar al de aquella vez. Aún recuerdo estar con Gustavo, sentados en su cama comiendo pan. Abrazo el peluche que me regaló, y me pregunto qué estará haciendo.

V

Gustavo nunca recordó mi cumpleaños, y si lo recordó, lo evitó. Decidió huir antes de llegar a aquella fecha. La primera vez que fue el suyo, lo felicité a la medianoche. La segunda no, pero le regalé algo que sabía que iba a apreciar cuando nos reencontramos. Me preguntó que por qué el regalo, y dije que era por haberme perdido de fechas importantes. Él me regaló un par de cosas el día que me licencié: un peluche y un libro con alguna dedicatoria dentro, su nombre y firma.

Aquel día era mi cumpleaños. Intenté no venirme abajo, siempre ha sido una fecha complicada para mí. Lo pasé con amigos, ignoré el tema lo más que pude. Esperaba que al cumplir un año más se me permitiera cerrar el ciclo. Fui a mi restaurante favorito, no había indicios de volver allá. Salimos del restaurante a la hora exacta en la que cierra. Fuimos de regreso juntos.

Me invitaron a su casa. Les pregunto dónde bajamos, y me responden que en metrobús Félix Cuevas. Sonrío nerviosamente. Parece que no puedo escapar de ese lugar.

Llegamos y les pregunto si hay algún problema con ir a la puerta. Me respondieron que ninguno. Incluso una amiga tenía curiosidad porque nunca había ido. Cruzamos la calle y llegamos. Me pongo mis audífonos, y escucho aquella canción de nuevo: No I won’t let you go, I will hold it in my arms. This light was you!

Miro la puerta: mis ojos se nublan con lágrimas pero trato de contener la calma. Después de dos años aún lloro. Respiro hondo, mi amiga me pregunta si estoy bien, me acaricia el hombro. No sé qué responder, intento desviar el tema con un par de chistes.

A veces quisiera ser la puerta: estar completamente inanimado, no sentir aflicción alguna por las personas que pasan a través de mí. Pero pienso que en los días de lluvia esta puerta también llora un poco. Entonces dejo de pedir ser objetos inanimados porque hasta ellos se les escurre agua.

Vuelvo a encontrar a la señora del pan, compro uno. No he encontrado el pan que comimos yo y Gustavo aquella vez. Las cosas parecen que nunca vuelven a ser iguales, y mientras compro el pan me pregunto si eso está bien.

Es el primer día que se siente el frío otoñal, pienso en todas las veces que he estado ahí. Tal vez esta no sea la última. Al final el futuro es incierto en cuanto a las acciones que tomaremos. Eso lo aprendí gracias a él. Ya en casa, escucho otra canción de aquella saga de videojuegos que tanto nos gustaba: so tell me why I’m here and what’s the reason I am here today If I recall it was you, you wished that I would stay.

Estoy desorientado, inmerso en una puerta: no puedo salir ni entrar. No importa lo mucho que me aparte, parece que seguiré nidificando en mis recuerdos.

Tal vez vuelva en algún momento. Tengo una vaga esperanza de que sus palabras hayan sido reales. La canción sigue sonando y la letra se me desliza por las mejillas: no matter how much wind will blow against me I will keep moving on to find the answer too. I’m lost in search for you.

Fotografía de David Watson

Escrito por:paginasalmon

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