I

¿Qué encierro, cuando encierro mis sentimientos y me siento un pedazo de papel en blanco? Desfiguro mi rostro frente a la mancha del espejo que me mira dormir. Dicen que es de mala suerte aprender a observar esa clase de figuras que arrinconan la mirada, haciéndola sentir a oscuras desde un incierto provenir. Que si una carta se ha quedado a medias, que si una mentira ha dicho que es bella, que si extraño a quienes me rodearon y, sobre todo, a quien aún posee mi corazón. Es todo un proceso: procrear y desvestir, revertir el verbo y procesarlo como una antología de incidentes que pecan por falta de técnica y talento.

Así me hace sentir la pared que no termina: desierto, envuelto en todo lo que una vez fui y a la vez, en todo eso que aún no sé ser. Es parte de la intromisión que perfila su perdida por omisión voluntaria; la que sigue después de que llega el mañana y tras el primer parpadeo de los rayos del sol, se esconde con ternura en el iris bellota que destila el inconsciente y, con un beso, apenas descubierto tras varias copas y relatos de infancias corrompidas, saltean el pacto de la fe que existe en la ilusión. Cuánto extraño esos momentos, ese sentir despierto. Ese volumen perverso de inventos que me siguen persiguiendo a donde quiera que voy; pues a donde quiera que escribo, la voz latente, inigualabilidad de lo intangible, solo es un eco que permite la entrada de tu acervo a mi mente.

Hay veces que me veo dormir, surco las sábanas en busca de aire, en busca del aliento que me muestre las ganas de seguir, ese aire que adorna los matices y da color a los instintos, que apela por nostalgia al descubrimiento personal de nombrarme una existencia, de nombrarme un ser querido para alguien que ya no sé dónde encontrar. Uno que, desde mis adentros, aplaque los reinos donde mis pies caen y quiebran el sitio de la arena que estuvo antes del mar, que estuvo en huelga con su propia intimidad. ¿Qué ha pasado? Las presencias han tomado sitio. El frío, ha bostezado un centímetro de infinidad. Para cuando el sueño haya terminado, despertaré nuevamente con los mismos ojos, con la misma voz que acicala el pupilar de las páginas que no se han escrito.

Que no se han manchado porque aún no saben cómo asimilar ese dolor.

II

Por fin llega otro despertar, y con eso, las noticias. No solo las nuevas tuyas, que me confirman la tenacidad de tu renacimiento. También las que recrean un regreso a todo eso que hemos dejado caer, que vinculan el mareo de las puertas al abrirse, de las ventanas, al sentirse un cúmulo de nubes que provienen de otros mundos; sitios que observamos derrumbarse desde un balcón alguna vez, sitios que pensamos que no nos alcanzarían. Llega el incendio, las partículas que unías a las cosas con tus dedos de yema y transición. Vuelvo a pronunciar tu nombre, el mío y el que nos dimos siendo dos reflejos que intentaban comprender la calidez. Llega la pista de un horizonte que reclama la melancolía que he ignorado como propia. Método y eficacia, dos nuevas preguntas que parecen una respuesta a todas las incógnitas pospuestas desde tu partida; una que se fragmenta en las entrañas de mi ser.

Quiero pensar que esto es la despedida que mereces. Que estos son los últimos trazos que gritaré para ti. Es doloroso ver cómo te mueves, ver cómo imaginas, ver cómo imitas la creación de un nuevo ciclo donde no estoy yo. Donde no estamos. Quiero asegurar que es así, que esto es lo que depara mi suerte por cruzarme a tientas en tu nueva habitación con la forma de un rayo, de un libro, de un sentimiento que es capaz de opacar la tristeza que me causa lamer tus últimos besos como algo que hiere la hilación del universo carcomido.

Solo me queda esperar. Esperar y aceptar, esperar y afrontar, escuchar a mis latidos mientras reconstruyen las escaleras donde un día juramos que nos volveríamos a esperar, más allá de la sangre y las fisuras que nos dieron cara, más allá de los excesos que nos provocamos, más allá del incontable éxtasis que nos prestamos al hablar de los objetos diminutos cuando adornan las mesas de luz, los estantes del café, las sillas de los restaurantes, los letreros neón de los bares, las irrevocables iniciales de las estaciones y las canciones que escuchamos pegados en la acera, dormidos en el pasto, mojados en la paja.

De nuevo esa pared que no termina, ese oleo incoloro que domina las grietas como yo no puedo hacerlo. Me propone acurrucar como si nada estos pensamientos, dejarlos ser a través de su concreto milenario; ya él los transformará un día, me promete, en el retrato de los edificios en ruinas que son tragados por el mar, mientras transforma mis ojos en dos piezas esenciales de ese macabro improvisado. Me dice que el dibujo se titulará «Las ruinas de los bordes no son lo que parecen» o «Los bordes de las ruinas no siempre son iguales» según lo que elija hacer esta nueva noche con esta pila de recuerdos que sigo muriendo por atesorar, por siempre entre las facciones de tu imagen.

Imagen tomada de ePhotography

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Según el nombre es el día de la noche | Por Erik Carrillo

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