Cuando era chica escuché historias de todo tipo acerca de aquella señora. En aquel entonces vivía con mi mamá y mi papá en un pequeño pueblo cerca del Golfo de México y ahí era muy común escuchar todo tipo de historias sobrenaturales, que yo siempre califiqué de mero entretenimiento. La figura misteriosa de esa mujer era la que invadía los cuentos y los chismes de los lugareños: que si era viuda, una “señorita vieja”, una “roba maridos”, incluso que si era bruja. Sin importar cuál versión escogiera, aquél que te hablara de ella siempre incluía la advertencia de que no te le acercaras. 

Su actitud no la ayudaba para nada. Siempre estaba encerrada en su casa con las cortinas corridas, de manera que ninguna mirada curiosa pudiera atrapar la más mínima imagen del interior o de su figura. Nadie sabía de qué vivía, nunca se la veía en la plaza, ni en el mercado, ni en la iglesia. Mis amigos de la cuadra tomaban turnos para cometer travesuras cerca de su propiedad y ver qué pasaba si llegaban a siquiera mirar su sombra de reojo, lo cual nunca pasó, ni siquiera un día que estábamos jugando fútbol y a Panchito se le voló el balón y atravesó una de las ventanas de su casa. Nos quedamos petrificados por varios minutos sin saber qué hacer. Cuando no vimos señales de vida provenientes de la casa o de sus alrededores, corrimos como si nuestra vida dependiera de eso. No volvimos a salir en un mes. 

Con el tiempo empezamos a crecer y, a falta de sucesos extraños que se conectaran con la señora, todos pasamos a mejores y más interesantes cosas. La señora misteriosa, que vivía en una casona de estilo mexicano colonial justo en el centro del pueblo, se convirtió en una habitante más. Sin embargo, mi vecina de al lado, una señora extremadamente religiosa, siempre mantuvo su recelo hacia la “vieja esa”, como ella le decía. Aunque para mí nunca fue de importancia conocer a la señora, tal vez por eso fui la única que lo logró.

Sucedió varios años después. Mi mamá se encargaba del hogar y mi papá había puesto su propio negocio a un lado de la plaza del pueblo. Todo iba muy bien para mi familia, hasta que un día, cuando tenía 15, regresé a casa de la escuela y escuché voces en la cocina. Dejé mis cosas en el armario de la entrada y me dirigí hacia allá. Al pararme junto a la puerta abierta, vi a mi mamá, a mi papá y a una señora desconocida sentados a la mesa platicando amenos.

—Qué bueno que llegas, mijita, estamos a punto de servir la comida, siéntate —dijo mi mamá de manera muy alegre mientras se levantaba para servir los platos.

Separé lentamente de la mesa una silla y me senté. Quedé a la izquierda de mi papá y de frente a una señora desconocida. Nunca antes la había visto en el pueblo. Era relativamente joven, muy bonita y bien arreglada. Vestía un vestido negro largo con mangas largas de encaje y recargaba su mano derecha sobre un sombrero negro con plumas que había dejado sobre la mesa. 

—No seas grosera y saluda, es una de nuestras vecinas, la de la casona del centro —dijo de pronto mi papá. 

Vaya sorpresa me llevé cuando escuché eso. No podía ser posible que esta mujer sentada frente a mí fuera la señora misteriosa a la que tantas personas criticaban y le tenían tanto miedo. No tenía nada de rara. De hecho, era muy amable y propia. Fue en esa ocasión que supe que su nombre era Micte. Micte nos contó que nunca se había casado porque se dedicaba a cuidar a gente grande y enferma. Nunca salía de su casa porque no contaba con ayuda, así que pedía que le trajeran todo a la puerta. Las ventanas siempre estaban cerradas y cubiertas porque no quería que sus pacientes se incomodaran o se asustaran, ya que aseguraba que la mayoría sufría de demencia. También nos dijo que su casona contaba con un jardín muy grande donde se podía tomar el sol y disfrutar de un merecido descanso. La propiedad había pertenecido a su familia por generaciones y ella la había heredado desde muy joven. 

Después de esa tarde, mi papá comenzó a ayudarle a Micte con sus pacientes dentro de la casona. Todos los días se iba directito para allá después del trabajo y regresaba a casa muy noche. Al principio me agradaba que lo hiciera, Micte lo necesitaba; hasta que él empezó a actuar diferente. Dejó de interesarse por todo, cerró su negocio y casi no pasaba tiempo con nosotras. Ya no sabíamos si en realidad llegaba a estar en nuestra casa: cuando nos dormíamos todavía no regresaba y cuando nos despertábamos tampoco estaba. A veces lo llegaba a ver a la distancia muy apurado de aquí para allá haciendo mandados para Micte. Mi papá se convirtió en una ausencia que pesaba sobre nuestra casa. 

Pasaron meses así. Extrañaba mucho a mi papá, mas tenía mucho miedo de decírselo. Quise preguntarle varias veces si todo estaba bien, si no necesitaba ayuda, si no necesitaba mi ayuda. Pero tan solo tenía 15 años y no comprendía nada, ¿qué podría haber hecho yo? 

Una tarde, salí de mi casa rumbo al centro del pueblo para traerle a mi mamá unas cosas que le faltaban para la cena. Cuando pasé frente a la casona de Micte me detuve y observé la entrada en silencio. Una sensación de melancolía y preocupación me invadieron. 

—Pssss, pssss —escuché detrás de mí.

Me di la vuelta para encontrarme de frente con mi vecina de al lado, la religiosa y chismosa del pueblo. Me dijo que yo debería cuidar a mi papá, porque muy temprano lo había visto entrar a casa de la “vieja” y no había vuelto a salir. Según ella, las malas lenguas decían que le gustaba andar seduciendo a gente con compromiso por el puro placer de destruir familias. Yo no podía creer eso de Micte. Aunque solo la había visto una vez en mi vida, no parecía ser una mala persona. No sé qué me pasó, una sensación de impotencia se apoderó de mí y después, vino el enojo. Me olvidé del encargo de mi mamá y muy decidida me dirigí hacia la puerta de la casona. Estaba segura de que entraría y le reclamaría a Micte por robarme a mi papá, por hacerlo olvidarse de todo lo que importaba, por hacerlo olvidarse de mí. 

Una vez frente a la puerta principal, tomé fuerza, levanté el puño en el aire y me propuse tirar la puerta a golpes para que me abrieran. No fue necesario. Antes de que mi puño tocara la puerta, ésta se abrió. Frente a mí no había más que una profunda y espesa oscuridad. Temblando, caminé hacia adelante hasta que escuché la puerta cerrarse detrás de mí. No había nadie. No había nada. Donde deberían estar los pacientes, donde deberían estar los muebles, solo había oscuridad y vacío. 

De pronto, pude ver la luz de lo que parecía ser una vela resplandecer a lo lejos. Mientras más me acercaba, se hacían más claras las figuras de dos personas. Finalmente, pude ver claramente a Micte en medio de la oscuridad, vestida toda de negro como antes y, frente a ella, a mi papá. Platicaban como el día en que la conocí, pero algo era diferente esta vez. Micte no tenía piel sobre los huesos. Cuando me di cuenta, era demasiado tarde para correr. Micte pronunciaba una serie de palabras inaudibles para mí. Quedé atrapada en el remolino de su discurso, el cual había crecido tanto que podía ver los retazos de la realidad girando a mi alrededor. 

Entonces, las palabras se volvieron polvo e, inevitablemente, las respiré. Las sentí cortar mis entrañas mientras se esparcían por todos los rincones de mi cuerpo, hasta que ya no pude sentirlas más y me descubrí chorreando gota a gota hasta volverme charco. Me volví un charco inmenso que se esparcía hacia la nada. 

No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché la voz de Micte de nuevo. Yo sólo quería que desapareciera, que nunca hubiera tenido que descubrirla, que nunca hubiera tenido que conocerla, mucho menos de esa manera. Las palabras que antes me parecían inaudibles, ahora se materializaban a mi alrededor en cada pared, cada escalón, cada mueble y cada puerta, que poco a poco reconstruyeron el interior de la casona. 

Finalmente, Micte se agachó y puso su mano sobre el líquido que quedaba de mí. Fui recobrando mi forma y pude apreciar el verdadero interior de la casona. Nos encontrábamos en lo que parecía ser la sala principal. Las paredes que conformaban la habitación estaban llenas de fotografías enmarcadas de diferentes tamaños. Cada una mostraba la cara sonriente de una persona que alguna vez existió. Al fondo de la habitación, unos ventanales dejaban ver hacia el jardín. Entre más me acercaba, más fuerte era el olor a cempasúchil. A través de los ventanales se apreciaba un mar infinito de color dorado-anaranjado por el que transitaban tranquilamente algunas almas. 

De pronto, vi ahí a mi papá sonriente vistiendo una camisa de mezclilla fajada dentro de sus pantalones de mezclilla favoritos, estos estaban bien sostenidos por su cinturón negro clásico y en su cabeza traía la gorra azul que le regalé en un día del padre, en la que se podía leer la leyenda: “Soy el mejor papá porque mi hija lo dice”. En ese momento entendí que no era culpa de Micte, que ese era solo su trabajo. Mi papá dejó de interesarse por esta vida y se interesó más en lo que hay después, en lo que yace en el jardín de Micte.     

El mundo nunca vuelve a ser lo mismo cuando te la encuentras. Su figura es una leyenda. Para algunos es un destino, para otros una prisión. Hay quienes la piensan abismo, hay quienes la piensan Edén… 

Fotografía «Pórtico de una casona» (c. 1940), tomada de la Mediateca del INAH.

Escrito por:paginasalmon

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