Para Rafael, mis padres, tíos, amigos y compañeros que con sus partidas supe que la muerte no es el final.

Enmudezco cuando alguien cercano muere. Mis voces artísticas callan de forma selectiva y el duelo inicia. A veces me recupero, a veces el luto dura mi vida.

La primera vez fue en mi adolescencia. Estudiaba música en la Escuela Nacional de Música con relativo éxito. Adoraba mi instrumento, la flauta dulce; y por horas, todo el tiempo libre de las tardes, fines de semana y vacaciones me la pasaba allí, en conciertos o ensayando. El mismo estudio de la música me inspiraba a leer historia, así que aprendí mucho sobre la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco. Por horas buscaba partituras en la biblioteca de la ENM y planeaba, algún día, atreverme a entrar a territorios extraños de la Escuela Superior de Música y el Conservatorio.

Vino un invierno de temperaturas bajas, vientos helados que ya casi no llegan al Distrito Federal, ese D.F. reconvertido en Ciudad de México. Eran vacaciones escolares forzosas y pasaba por una crisis, como cualquier adolescente, sobre continuar o no el camino de la música. Me pensaba bueno como músico, pero ciertos maestros y las calificaciones de solfeo indicaban otra cosa. 

Tenía una de las dos flautas de plástico que los padres de una de las alumnas más avezadas habían conseguido y regalado a mi maestro, Rafael Cervantes, cuya sonoridad y rango superaban a las flautas que podíamos conseguir de manufactura alemana. Él las usó para premiar a los mejores alumnos cada semestre y me había hecho merecedor de ser el portador, en múltiples conciertos estuvo en mis manos durante los solos. Sin embargo, la presión de la prepa, el paso al propedéutico y las inseguridades hicieron mella. Incluso fui regañado más de una vez por el maestro que tanto admiraba y apreciaba. Tras no pasar un extraordinario de solfeo donde el maestro hizo mofa de mis errores, las dudas me carcomieron y decidí renunciar a la flauta. Debía entregarla y, quizás, considerar dejar de lado la música para dedicarme a otras actividades.

Mi madre, al enterarse de mi decisión un viernes, el día en que Rafael llegaba en su clásico Volkswagen verde a la ENM, avisó a otros maestros sobre lo que pasaba. Ese día descubrí el aprecio que me tenían muchos en la escuela, pero cegado por mi depresión, no me moví del estacionamiento.

Pasó la hora en que Rafael debía llegar y la tarde se alargó. Mamá me esperaba con esa paciencia que tienen las madres. Llegó la noche y el estacionamiento se vació, nos retiramos rumbo a casa. A la mañana siguiente, en el horario del ensayo del grupo de flautas, fue lo mismo. El maestro, el flautista que admiraba y quería, no llegó. Nunca más llegó.

Vino el lunes y luego el martes. Estaba en mi recámara recostado y estudiando para un examen en la preparatoria. A un lado, donde acomodé el librero para tener acceso a placer a un tocadiscos, giraba un Long Play y de las bocinas emanaba música del siglo XIII. 

Esa tarde no me tocaba clase, pero sí a mis hermanos. Era de noche y en cualquier momento aparecerían de regreso. Escuché la puerta y que entraron. Luego mamá entró al cuarto, cerró la puerta y se sentó en la cama, con voz entrecortada dijo “Rafael murió”. La música dejó de sonar en mi cabeza y durante meses todo se convirtió en un mundo lento, oscuro, negro. No recuerdo a bien cómo fue que terminé ese año escolar, también mi inútil esfuerzo por tratar de montar el Concierto Número 4 de Brandenburgo junto con otro alumno y la Orquesta Infantil y Juvenil dirigida por otro músico del que aprendí mucho.

La música, esa que brotaba con facilidad cuando improvisaba en cualquier lugar y que era apreciada por múltiples amigos y familiares, dejó de estar. Las piezas amadas que tocaba una y otra vez quedaron atascadas entre mis dedos. 

No pude más y abandoné la música.

Pasaron los años durante los que cursé otra carrera, empecé a escribir por motivos pueriles y avanzaba a bamboleos mientras fincaba una vida de esas llamadas normales. Sin embargo, poco a poco, tras tomar talleres literarios y repetir la experiencia fuera de mi país natal (incluso en los primeros que hubo por Internet), empecé a escribir más y más teniendo como centro una novela, pero también llegaron poemas, relatos, cuentos y textos que les llamé híbridos por experimentales. Producía decenas de cuartillas cada mes con calidad variable, aunque los consideraba como práctica y preparación en cuanto me sentara a hacerlo bien. 

Llegó un día de junio de 2010 cuando, estando en el trabajo, recibí una llamada tan urgente que interrumpió una junta que no podía ser interrumpida. Fue un aviso breve y contundente: mamá había muerto de súbito en su casa. Tal como siempre dijo “seguiré trabajando mientras no muera”, ese día, como de costumbre, le tocaba ir a la Facultad para participar en un seminario.

Esta vez no hubo apagón mental, no hubo una dimensión extraña en donde estuve vagando por meses. Solo dolor y ausencia. Nos veíamos cada semana o cada quince días, hablábamos a diario de nuestras vidas, leía mis textos, me contaba de su trabajo y la tesis de maestría, seguíamos yendo al cine, a ver danza y se emocionaba profundamente cuando le regalaba algún libro donde había participado. 

Fue entonces que las letras callaron. Se silenciaron totalmente durante un lustro donde difícilmente podía concluir un texto de diez cuartillas por meses. En la computadora revisaba el material que había generado y me sentía incapaz de continuarlo o crear nuevos textos. 

Decidí darme tiempo y, vagando por aquí como por allá, compré una cámara.

En los 90s adquirí mi primera cámara, pero por motivos de una vida ajetreada, nunca tomé la fotografía en serio. En 2010 esa cámara de color rojo, en un tono idéntico al armazón de mis lentes, susurró “adóptame”. Guardé luto con mis letras y me negué a guardar luto en mi faceta pictórica. A lo largo de los siguientes cinco años aprendí a ser fotógrafo por mi cuenta y con algún curso ocasional. Avancé lo suficiente como para ser reconocido como embajador de marca, participar en exposiciones colectivas y ganar un premio menor.  

Los años no pasan en balde y la vejez reclamó a mi padre junto con una serie de dolencias que desembocaron en su fallecimiento. Así que ahora calló la imagen, las cámaras y los miles de fotos reposaron durante un año en una esquina de la casa y me hundí en el olvido de un trabajo normal para un ingeniero en sistemas. 

Cada vez que fallece un ser amado el dolor es intenso, las lágrimas te asaltan en el descampado del diario, los objetos y olores atraen recuerdos que te estrujan el corazón. Sin embargo, al mismo tiempo, sabes que es normal que te sientas así, que dejando que el tiempo transcurra poco a poco dolerá menos y la aceptación llegará. Sabes que no dejarás de llorar al evocarlos y desearás que estén presentes para hacerles una llamada, continuar una conversación, practicar una pieza musical, leerles tu último poema, mostrar esa fotografía que es única.

Así que esperé y poco a poco me sentí mejor. Reintenté escribir, tomar las cámaras y fotografiar de ida y vuelta cuando salía a trabajar. Súbito, como si el cosmos dijera “aún no”, llegó el sismo del 2017, justo un año después del deceso de papá y el luto se extendió a un nivel desconocido, al tener que abandonar mi hogar-biblioteca donde viví cerca de veinte años. Por fortuna pude rescatar todo el contenido que fue almacenado en una bodega.

El luto que siguió fue a los objetos amados donde excusé la falta de tiempo para no regresar a mis artes. Poco a poco la situación se recompuso y, tras enfermar en junio del 2020 de COVID de forma leve, pero con la intensidad suficiente para saber que debía reflexionar sobre mi vida, consideré que había pasado muchos años en luto. Con más de medio siglo de vida me juré que retomaría los caminos olvidados en memoria de las personas que amé, pero que ya era mi momento. 

Podía irme en cuarenta años o en la hora siguiente y tenía mucha obra pendiente. Así que retomé la escritura por año y medio. Luego siguió la fotografía por otro semestre. En ambos casos fue como re-entrenar un deporte tras una lesión cuasi mortal que te saca del circuito por años, al que regresas por amor al deporte o al arte mismo. 

Aún sigo practicando y cada día siento que logré cumplir con lo que me prometí para dejar un legado tanto en escritura como en fotografía. Es tarde para la música, pero muchas veces en mis sueños regreso a las salas de conciertos y constantemente compongo las piezas que nunca pude poner en una partitura. Durante la pandemia he llorado la partida de más familiares y amigos que incluyen músicos, escritores, fotógrafos y un largo etcétera de creadores. Sin embargo, los lutos del pasado me han enseñado que, sin silenciarme, puedo rendirles homenaje tras su partida con mis voces artísticas.

Fotografía por Eberhard

Escrito por:paginasalmon

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