Marianela Santoveña es egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En distintos foros y seminarios ha tenido la oportunidad de estudiar y trabajar sobre las relaciones entre estética y política, y sobre la alteridad como punto de arranque de la ética y la política. Desde hace más de quince años es traductora y profesora.

Ximena Jiménez: ¿Nos podrías dar ejemplos de la variedad de formas y medios a través de los cuales se ha procesado históricamente la pérdida?

MS: Considero que debe haber miles de ejemplos, porque el motor de muchas creaciones es la pérdida. Y con esto no quiero caer en el cliché de los artistas que sufren o de la creación como una especie de cura y proceso a la vez, como si estuviera todo ahí contenido, hay que matizar. El hecho de que nuestras vidas sean temporales y que además tengan una temporalidad limitada, nos hace pensar en qué significa el estructurar un mundo a nuestro alrededor con objetos, con rutinas y sobre todo con vínculos y que esos objetos, esas rutinas y esos vínculos un día desaparezcan.

Como en el texto muy atinado de Judith Butler, “Duelo, violencia, política”, cuando ella dice, sin ponernos a comparar la profundidad de las pérdidas, “todos hemos perdido algo, alguna vez”. En esa medida puedo entender que alguien más haya perdido algo, pero lo curioso ahí es que el entendimiento no es porque yo me parezca a alguien más, sino porque entiendes esa situación de estar en el mundo, que algo esté y luego deje de estar. Un autor que en algún momento me gustó mucho (aunque ya no tanto porque se mantiene dentro del discurso del psicoanálisis) es Darian Leader, quien tiene un libro titulado The New Black: Mourning, Melancholia and Depression. Una de las cosas que se pregunta es por qué no hay una profusión de estudios de todo tipo: antropológicos, sociológicos, psicoanalíticos, neurológicos sobre el duelo. Se cuestiona por qué nadie se atreve a entrarle. Al final del libro, de manera un tanto poética, cuenta que un día entró a una librería y se dio cuenta de que gran parte de la sección de literatura era el texto que él estaba buscando.

Hay muchísimo trabajo en artes visuales también, incluso en música, y aquí es complicado porque la música no tiene un significado como lo tienen las palabras, es decir, no tiene letra, es una serie de estructuras con sonidos, y sin embargo creo que a veces hay cierta forma de reminiscencia. Sin menoscabar en ningún sentido los medios plásticos, visuales, auditivos, sonoros, etcétera, en la literatura hay algo que se conecta con otros rubros como lo social, como el derecho, que es la palabra. La literatura tiene la palabra, el duelo es muy difícil de poner en palabras. Creo que ahí la literatura abre un campo muy interesante, que va desde cómo hablar de un duelo absolutamente íntimo, una pérdida que toca a alguien personalmente, marca su vida, hasta cómo hablar de una catástrofe humana. Me acuerdo mucho de un texto que me recomendaron alguna vez del escritor francés Albert Cohen que se llama El libro de mi madre, que constituye un ejercicio del escritor para lograr decir “mi madre se murió”. Se trata de un ejercicio muy personal, a mí me fascinó.

Pero también hay textos como los de de W.G. Sebald, en los que hay una constante obsesión, no por la pérdida personal, sino por los objetos efímeros. El autor tiene la práctica de poner fotografías, que él mismo toma, en medio de sus textos. En la fotografía tienes esa sensación de ese objeto que está un momento ante tus ojos y que se va, porque, aunado a eso, en el texto muy constantemente hace digresiones: se va a otra cosa y a otra cosa, entonces la fotografía se queda como eso que pasó por tus ojos que quién sabe dónde está y que no vas a poder recuperar. Me acuerdo mucho de un pasaje de un texto suyo –está en Austerlitz, si no me equivoco– en el que cuenta que va a un museo, y hay ahí una de estas pinturas flamencas de un detalle increíble en un cuadro muy pequeñito, lleno de personas muy pequeñitas, y entonces ve los tejados de las casas y avecitas en el cielo, y lo que se representa en la pintura es un lago congelado, ya que están en el invierno, y están patinando. Hay casitas y suceden muchas escenas, y en el lago hay una mujer con un vestido amarillo que se acaba de resbalar en el hielo. Él no pone la imagen del cuadro pero lo describe muy bien y dice: cada vez que yo pienso en esa mujer, se está resbalando sobre el hielo. Entonces, de aquí a la eternidad, esa mujer se va a estar resbalando sobre el hielo.  Esta es la imagen que convoca Sebald de aquello que no es que ya no esté, sino que por siempre estará en ese momento en que lo perdiste, ya nunca vas a ver a esa mujer que se cayó y cómo alguien le ayudó a levantarse, eso ya no va a pasar, entonces por siempre será esa mujer que constantemente se está cayendo. La literatura tiene esa manera de conectar con la capacidad de verbalizar algo que es muy difícil de poner en palabras. Eso no quiere decir que en otros medios no haya trabajos también profundamente valiosos. La obra de Christian Boltanski que trabaja con el tema del Holocausto, la cuestión de las víctimas de grandes catástrofes. Erika Diettes en Colombia, que hace un trabajo con las prendas de personas desaparecidas; le da otra dimensión al objeto y a nuestra relación con el objeto, tanto si somos personas cercanas a quienes  pertenecía ese objeto como si somos personas ajenas.

Podría haber, literalmente, miles y miles de ejemplos en muchos medios. A veces digo una cosa en clase, y suena un poco místico, pero la pérdida en nuestras vidas es un misterio. No hay una forma de explicarlo, puedes tener clichés como “la vida es así” o “todo se va”, qué se yo, puedes tener frases hechas, pero lo cierto es que no podemos explicar, no hay un sentido último, definitivo, basado en la materia de por qué establecemos vínculos y perdemos objetos y perdemos esos vínculos y por qué nos duele tanto perderlos. Entonces, en esa medida en que realmente la pérdida es un misterio, creo que mucho del motor creativo –insisto, sin caer en el cliché de que el arte es producto del sufrimiento, porque no creo para nada que sea así– es un afán de materializar qué es lo que pasa cuando pierdes algo, un objeto, una costumbre, una lengua o un vínculo de cariño.

XJ: ¿Con qué autores y productores has dialogado en tu trayectoria, en la que has estudiado estos temas? ¿Cómo los has elegido? ¿Qué mecanismos incorporas para reconocer su importancia?

MS: En principio yo llegué a la literatura sobre la melancolía, esa fue mi entrada al tema del duelo. Llegué por un texto de iconografía: Saturno y la melancolía de Panofsky, Saxl y Klibansky. Es un texto muy lindo donde ellos hacen un rastreo de la figura de Saturno, cómo llegó a constituirse artísticamente y gráficamente su figura, porqué de pronto se le asociaba con las cosechas, luego con la tierra, o de dónde viene la figura de la muerte con la guadaña que incluso ha sido caricaturizada, es esa figura encapuchada, con su guadaña, que ya no siega trigo, sino seres humanos. Ellos hacen un rastreo de cómo reconocemos esas imágenes gracias a toda una historia de asociación de ideas. Yo llegué a ese libro porque en algún punto leí –sin entender más que una parte microscópica, lo confieso– una parte del texto de Walter Benjamin El origen del drama barroco alemán, en uno de sus últimos capítulos, que precisamente habla sobre la melancolía. Ese, como la mayoría de los textos de Benjamin, es muy complejo y hace unas interpretaciones muy sui generis de otros textos filosóficos. Hubo unos pasajes que me sorprendieron, porque él hablaba de una melancolía histórica, una suerte de vértigo del tiempo, como si voltearas hacia la historia y vieras, por ejemplo, un persa muriendo en batalla y esto te provocara una tristeza infinita por el resto de tu vida.

Hay pasajes que me encantan, en ellos Benjamin menciona el texto de Panofsky, Saxl y Klibansky, lo que yo encontré en ese texto es que había una historia de la tristeza, había una historia del dolor, había una historia de las representaciones de la pérdida y había una historia de las lágrimas, cosas que de pronto consideramos simples hechos momentáneos de la vida.  Alguien puede llorar si se siente mal y ya está, no te extraña ni nada, y de pronto, en realidad, esto tenía una codificación histórica larguísima y muchas de las codificaciones a veces las hemos perdido, otra veces les hemos dado la vuelta.

Llegué, por ejemplo, al problema XXX que se le atribuía a Aristóteles y a la medicina hipocrática, a la idea de balancear los humores en el caso de los temperamentos melancólicos y cómo en la Edad Media la melancolía se asoció con un pecado capital que es la acedía (ya en la actualidad correspondería a la pereza) y cómo esa historia de un desbalance biológico, que era la idea de que uno de los humores se producía en exceso —la bilis negra, que era la µέλαινα χολή–, te dejaba en un estado extático. Esos personajes que entraban en un estado extático tenían dos extremos: o se quedaban inmóviles ya por siempre y no querían nada de la vida o eran genios. Me pareció una figura rarísima, cómo es que esta persona, que es el paciente hipocrático, da pie desde Grecia y hasta el Renacimiento a la figura del genio, que después se va a desarrollar en el Romanticismo, ¿de dónde sale esta idea? Empecé mi búsqueda por lo gráfico, pero después me fui a los textos. Di por supuesto con la genealogía de la medicina hipocrática a la psiquiatría y a la psicología actual. De ahí, di con los textos psicoanalíticos, con los dos textos clásicos de Freud que son “Duelo y melancolía” y “Algunas consideraciones sobre la guerra” que son textos que escribe muy pegaditos. La Primera Guerra Mundial lleva a Freud a pensar en la pérdida. En “Duelo y melancolía” él hace un análisis que, a mí, en aquel entonces, me pareció muy revelador, sobre el proceso de duelo como la sustitución de un objeto. Explica el tema de la energía libidinal que se pone sobre el objeto creando un vínculo amoroso con este, que puede ser una cosa, un objeto material, puede ser una idea como la patria o una persona, siempre está presente la posibilidad de que el objeto, la idea o la persona ya no esté, y entonces hay una puesta en marcha de los procesos psíquicos según los cuales un principio de realidad constantemente te dice ese objeto ya no está y tú quieres que esté, deseas con toda tu alma que esté, se convierte en un proceso doloroso en el que trasladas las posibilidades de tu energía libidinal hacia otro objeto. Eso era lo que Freud llamaba un duelo sano. Como él hacía clínica, quería separar lo sano de lo patológico. Mientras que la palabra “melancolía” la deja para nombrar lo que él considera que es patológico. El paciente melancólico es aquel que no se ha dado cuenta qué fue lo que perdió y, sobre todo, parece que no perdió algo fuera de sí, es decir, no acepta que hay algo afuera que se perdió, sino que perdió algo de sí. Más adelante Freud reconsidera esa idea y dice que, en el fondo, cuando se tiene una pérdida, sí perdemos algo de nosotros porque nosotros estamos hechos de vínculos, no hay una esencia o alma que es eso que llamamos “yo”, sino que ese “yo” se va haciendo con los vínculos con el mundo, con personas, con las historias y claro, cuando pierdes algo, pierdes algo de ti y el problema es que no sabes bien qué, porque es tal el entramado que es difícil darse cuenta de qué es.

Yo me fui por esa línea durante un buen tiempo. Trataba de hilar esa historia que parece ir desde la medicina hipocrática a una serie de textos de carácter estético en la Edad Media y el Renacimiento, pasando por el Romanticismo hasta llegar a Freud, según yo veía una línea clara. Estos textos en la historia de Occidente hablan sobre la pérdida, sobre el dolor de la pérdida, sobre la tristeza y sobre qué hacer con ella. Fue mi propio entorno social el que me llevó a decir, ¿estos textos qué están diciendo? ¿Realmente nos ayudan a pensar un escenario catastrófico como el que hemos vivido los últimos quince años en México? Realmente no. Cómo puedes ver un dolor como el de las familias que buscan a sus desaparecidos y pensar “ah, claro, su energía libidinal”, no tiene ningún sentido, al menos no en este contexto. El texto de Judith Buttler, “Violencia, duelo y política”, pero sobre todo las notas al pie de este texto, fue el que me hizo dar con un trabajo de muchísimas décadas sobre la pérdida y sobre la necesidad de darle un lenguaje que no sea un lenguaje íntimo, un lenguaje que solo dé cuenta de algo que desafortunadamente me pasó a mí, y yo, en mi fuero más esencial y más interior, lo proceso y entonces de alguna manera, si no me reconcilio, por lo menos me reintegro a un mundo. Me refiero al trabajo de autores como Elaine Scarry, Veena Das, del propio W.G. Sebald, quien tiene unas conferencias que en alemán se llaman “Guerra aérea y literatura” y que se tradujeron como Sobre la historia natural de la destrucción, son unas conferencias sobre los bombardeos aéreos de las ciudades alemanas al final de la Segunda Guerra Mundial. Todo ese entramado de citas y de notas al pie, esa parte de las referencias que quedan ahí abajo, me llevó a dar con un trabajo que, nos plantea una pregunta ineludible: ¿qué hacemos con las corrientes subterráneas de energía psíquica –palabras de Sebald– en sociedades donde el dolor no se mira, donde todo el tiempo tratas de rehuirlo, tratas de darle una narrativa de superación?  Como si dijéramos: “hemos sustituido el objeto, ahora somos personas plenamente funcionales en el mundo”. Él critica la reconstrucción de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial y la llama una segunda destrucción. Dice, “hemos sido incapaces de mirar la destrucción porque eso implicaba mirar para atrás”, al mirar esos últimos bombardeos, lo que estábamos evitando era ver más atrás, lo que hicimos fue reconstruir, y reconstruimos de una manera milagrosa (lo que se llamó “el milagro alemán”), pero había toda una corriente de energía psíquica subterránea que estaba ahí, utilizada simplemente para tapar lo que había.

En ese punto empezó a cobrar otro sentido para mí nuestra incapacidad para verbalizar y convivir con el dolor, a veces el dolor propio pero también el de otras personas, que pueden ser nuestros vecinos, amigos, nuestros conciudadanos, que es un dolor que se tiene que ir a procesar en lo privado, se tiene que guardar primero en eso que llamamos lo privado, y una vez que se procesa volvemos a aceptar a esas personas en la esfera de lo público, pero mientras las mandamos allá. Ahí hay una actitud muy cruel  frente al dolor. Es como decir que esas personas no pueden convivir con nosotros, se tienen que recluir a un espacio privado, y una vez que hagan su proceso, que tomen su medicamento, que pase lo que pase, ya los devolvemos. Tras reflexionar pensé que las sociedades que tienen esta idea de dolor, que se procesa en lo íntimo, las vuelve sociedades tremendamente crueles. En realidad, lo que esperas es no ser molestado por ese dolor, no tener que verlo, no tener que escucharlo. Todos los autores que menciono hablan de ciertos procesos de carácter colectivo: Sebald sobre la Segunda Guerra Mundial, Veena Das sobre la partición de la India, Butler sobre la epidemia del SIDA, particularmente durante los años de la presidencia de Ronald Reagan. Reagan ni si quiera dijo la palabra “sida” durante unos cuatro años, ni siquiera la pronunció. La sociedad del republicanismo de Reagan no quería saber qué estaba pasando, no quería ser molestada. Incluso en el ámbito médico no solo no había un trato digno, si no que ni siquiera había quién recibiera a los pacientes y les dijera vamos a ver qué es lo que está pasando y te vamos a explicar qué es esto. No había un sistema médico preparado para ello. Era un estado al que no le importaba una enfermedad que no era nombrada junto con una serie de síntomas que eran desconocidos y ocultos. Al estar leyendo estos trabajos algo me resonó, no allá en la época de Reagan en Estados Unidos, no en la mitad de los años 40 en Europa, sino aquí. La frase espeluznante y que siempre me causaba un gran revolvimiento de tripas era “en algo andarían”. En el sexenio de Calderón yo recuerdo la frase “en algo andarían”, me dejaba perpleja cómo justificamos el dolor con una frase banal.

Empecé a trabajar por ahí, no en el activismo como sí lo hacen muchísimas personas en México, pero sí en tratar de indagar cómo nosotros estamos configurando este inmenso dolor. Una gran parte está en el periodismo de crónica, periodistas como Daniela Rea y Marcela Turati han hecho periodismo de investigación y han articulado lo que pasa con estas personas que son nuestros conciudadanos y que están atravesados por episodios brutales de violencia y de indiferencia. Es cierto que su pérdida es personal, es una pérdida íntima de compañeros, de familiares, de padres, de hijos, de amigos. Sin embargo, lo que perdemos al no mirar esas pérdidas es la posibilidad misma de establecer un modo de comunidad. Si lo que yo hago es no verte, no hay forma de establecer una comunidad. Comencé a trabajar la cuestión del duelo tratando de no limitarlo a lo psíquico y a lo íntimo. Hay un cierto proceso para tratar las emociones negativas en esa esfera, la esfera de lo interior, que Occidente agrandó. Qué pasa con esto, no en lo que llamamos hacia “dentro”, sino en los vínculos con los demás, el hablar y exponerte de ciertas maneras.

De regreso a la red de citas, Elaine Scarry habla de los filósofos del siglo XVIII y las emociones—, cita a Veena Das, quien cita a Judith Butler, y así empecé a establecer una metodología. Aquí, en particular, esta Ileana Diéguez, quien ha trabajado con las familias en búsqueda y Katia Olalde, quien ha trabajado expresiones como los bordados o acciones públicas como pintar las fuentes de rojo. Todos los procesos de duelo tienen una dimensión pública, no es que necesariamente los tengas que sacar a la calle, pero sí hay una dimensión en la que se comparten y se muestran. Jan Verwoert, teórico de arte, utiliza una metáfora que a mí siempre me ha servido en mis clases, con los Cazafantasmas, quienes extraían a los fantasmas con una especie de aspiradora y los dejaban en una suerte de cajitas transparentes. Cuando tienes ahí al fantasma, lo ves, no lo ocultas, no lo eliminas, además sabes que es apestoso, está ahí todo el tiempo y tienes que aprender a vivir con él ahí. Lo que necesitamos es aprender a colocarlo en un lugar donde no esté tocando todo, pero donde tampoco deja de estar. Para los estudiantes siempre es muy clara esta figura en el sentido de que necesitamos escuchar y necesitamos mirar, es incómodo sí, es incomodísimo, pero si no nos sometemos a esa incomodidad, perdemos la posibilidad misma de los vínculos, de ser seres humanos que se vinculan.

XJ: ¿Qué ha permitido que el duelo se amplíe de una concepción psicológica y personal hacia regresarla al espacio público? ¿Crees que hay otras problemáticas que surgen ya en el espacio público?

MS: Puede ir por dos caminos, por una parte, el espacio público siempre te expone, al estar en la plaza pública, en el sentido material, u otros espacios que pueden no ser tan evidentemente públicos, te expones. Aquel lugar donde eres vista, eres escuchada y estás expuesta es un espacio público. El hecho de exponerse sí tiene una serie de aristas problemáticas, es un poco como la escritura, una vez que está allá afuera tú no tienes el control sobre lo que ocurra, cómo será recibida. Además está el hecho de que al exponer la vulnerabilidad en el espacio público, siempre hay un riesgo que tu pérdida sea capitalizada o utilizada. Podemos verlo en las discusiones y en las guerras de redes sociales, en las que el dolor se capitaliza para promover una facción, para probar cierto punto; de pronto el dolor de una madre que ha perdido a su hija puede capitalizarse para culpar a un partido político.

Sin embargo, creo que también se juegan otras cosas,  hay otro camino que quizá deberíamos transitar, por ejemplo, qué queremos decir cuando hablamos de que somos ciudadanos, qué es eso. En general “ser ciudadano” parece un término jurídico que nos sirve en ciertas instancias, cuando requieres que el estado te preste un servicio, que proporcione cierta infraestructura, ahí somos ciudadanos. Pero qué significa cuando nos enfrentamos a la vulnerabilidad de las personas que exponen su pérdida de distintas maneras. Katia Olalde señala, por ejemplo, cómo meses después de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, algunos ilustradores tuvieron la iniciativa de hacer retratos, las mamás y los papás salieron a la calle con los retratos, al salir los rostros, ya no son esa masa, es un rostro y son sus padres, marchando hasta adelante. Ahí cabe plantear la pregunta de ¿qué es eso de ser ciudadano?¿Es solo un término jurídico o indica nuestra capacidad de responder para con otros? Ahí hay una idea de ciudadanía muy valiosa.

La ciudadanía debería ser una responsabilidad para con los demás. ¿Qué hacemos con el dolor, de verdad vamos a mandar a esta gente a sus casas? ¿Cuando se les pase, cuando se resignen, los volvemos a aceptar? Qué terrible. Esa es una forma de la crueldad que te hace pensar sobre cómo reaccionas. No estoy diciendo cómo das una solución perfecta, ni cómo lo arreglas jurídicamente. El término acompañar que plantea Ileana Diéguez en muchos de sus textos, apunta a qué significa estar con las personas, tiene que ver con acciones pequeñas, por ejemplo, aprender a escuchar. Tiene que ver con vivir sabiendo que están junto a ti, no están lejos, no ocurrió allá, están todo el tiempo junto a ti.

XJ: Háblanos de La casa del dolor ajeno de Julián Herbert y de El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza, como dos ejemplos clave de la narrativa mexicana actual. ¿Hay en ellos ya una metodología y un vocabulario técnico especializado que abordan, tanto formalmente como temáticamente, la literatura del duelo como género?

MS: Gran parte de lo que me parece maravilloso de estos textos es la capacidad que tienen para decir “aquí, en esta banqueta, pintada de amarillo, donde pasó la moto haciendo ruido, aquí es donde se juega esta historia”, no es allá lejos, allá hace 30 años o allá durante la Revolución. En el texto de Rivera Garza esto puede verse claramente en la primera parte, cuando van a las agencias, a la procuraduría, a Azcapotzalco. El texto comienza con ella sentada junto a su amiga, escuchando los pajaritos para entrar a la agencia, es aquí donde está el expediente de su hermana. Después de tantos años y tantos meses y tantos días, puedo decir su nombre. Herbert, por otro lado está narrando el recorrido por la ciudad en compañía de un arquitecto francés a quien lleva a Tlatelolco, de pronto se le hace un nudo en la garganta y se le llenan los ojos de lágrimas y dice “uno no puede doblar una esquina sin cruzarse con generaciones de esqueletos”. Creo que es la manera que tienen los dos de hacernos aceptar que el dolor está al lado, no está escondido, no lo tiene que procesar nadie en su más íntimo ser porque no lo queremos ver, porque nos incomoda, está ahí al lado y las ciudades han sido construidas sobre ese dolor, los expedientes han sido archivados sobre ese dolor.

Qué significa justicia, qué queremos decir cuando hablamos de justicia, por qué hablar de “reparación” en nuestro país, cómo se repara, si acaso es posible, un daño. Creo que vale la pena preguntarlo. Cuando hay una pérdida y cuando hay un duelo, gran parte de lo que aprendes en el duelo es que pierdes irreparablemente lo que pudo haber pasado, eso ya no existe, lo pierdes para siempre. Cuando Rivera Garza escribe que están saliendo de cierta agencia y que hay un memorial para Lesvy Osorio, ella se imagina a Liliana siendo amiga de Lesvy, se imagina que habrían podido caminar juntas, platicar, tomarse una cerveza, pero eso nunca va a pasar. ¿¿Qué sería de este país sin esas 250 mil muertes? Nunca lo vamos a saber, y es un dolor enorme, eso, lo que no podrá ser nunca.

Por otra parte, ambos hacen una investigación documental, hay una relación con los documentos que los trae a la vida. En el caso de Herbert dan cuenta de la pérdida de las personas de la comunidad china, masacradas en Torreón. Es la historia de dónde venimos y sobre qué vamos a hacer con eso, no es la historia de lo que se superó: X y Y salieron victoriosos, entonces se forma una nación y vino el México moderno. Siempre se cuenta la historia como una superación seguida de otra superación. En el discurso de Herbert, lejos de la superación, lo que está contando es, en cierta manera, una derrota, la historia de los que fueron masacrados. Me parece que esto nos lleva a preguntarnos cómo queremos vivir. ¿Queremos una historia acelerada o queremos una vida donde no ejerzamos de esta manera indolente estos niveles de indiferencia? Aunque el tema de la ciudadanía o de la justicia pueda parecer abstracto, en realidad, está ahí cuando vas al Zócalo y ves el plantón, está ahí cuando ves el letrero de personas que están desaparecidas, está ahí todo el tiempo.

En otro libro de Rivera Garza, Dolerse. Textos desde un país herido, en uno de los ensayos que reúne, uno sobre poesía documental, hay un texto breve que plantea que este género, considerado más lírico, incluye la posibilidad de “dejar que hable alguien más”. Me acuerdo mucho de una madre cuyo hijo murió en la matanza de Villas de Salvárcar, en Ciudad Juárez, Luz María Dávila. Cuando Felipe Calderón llega a Ciudad Juárez ella le dice “no le doy la mano, señor presidente, usted no es mi amigo”, sus palabras son los versos que abren un poema documental. En ese texto de Rivera Garza yo leo la palabra de alguien más, la palabra de alguien más está aquí, junto a Rivera Garza, junto a mí.

Tanto La casa del dolor ajeno como El invencible verano de Liliana se parecen en los recursos que emplean, uno como crónica de un acontecimiento histórico y el otro como una búsqueda de justicia. También nos podríamos remitir a Antígona González de Sara Uribe o a artículos de Daniela Rea. Hay un entrecruce entre el documento (que puede ser el documento de archivo histórico u oficial) y la literatura como acervo verbal. De pronto las citas constituyen una suerte de diálogo con el propio documento, de pronto está ahí Rosario Castellanos diciendo unos versos y también está un parlamento de Chinatown. Este entrecruzamiento del documento con la literatura, como un acervo de palabras, es producto de una búsqueda,  ya no sabemos cómo decir lo que ocurre, entonces necesitamos de ese diálogo. No basta con la literatura sola, ni con el documento solo, ¿qué hago?, los entrecruzo en un agujero que da vértigo, se abre hacia lo que no habías visto, ¿qué es lo que te dice el dolor?, está aquí al ladito, no está para superarse. Una metáfora que se utiliza mucho es “sostenerlo”, no se va a ir, hay que sostenerlo entre muchos, porque así pesa menos. Creo que hay una suerte de generización de la literatura del duelo que viene del entrecruce entre periodismo de investigación y literatura. También constituye un esfuerzo conjunto de muchos años de tratar de poner en palabras todo el dolor que ha dejado tras de sí la violencia; como no entendemos ni siquiera dónde está la línea del estado, del narco, cuál es la guerra que se está peleando, necesitamos abrir esa vía para pensar cuál sería el otro lado de la guerra. El dolor se vuelve cotidiano, pero hay  que mirarlo porque si no, nos vamos al abismo. No creo que haya un modelo como tal, pero sí hay ese entrecruzamiento y, sin duda, una herencia de tradiciones literarias de este corte, con estas preocupaciones, proveniente de toda América Latina.

Imágenes de la serie «Research» de Katie Boyce

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Literatura del duelo, pérdidas históricas y ciudadanía. Entrevista a Marianela Santoveña | Por Ximena Jiménez

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