In an evolutionary model of feminist studies in literature, work on male authors is often characterized as “early”, implicitly primitive, whereas scholarship on female authors is the later development, enabling us to see women —the writers themselves and the women they write about— as active agents, rather tan passive “images” or victims.

Lillian S. Robinson

El cuento de “Malena, una vida hervida (un relato parcialmente autobiográfico)” gira entorno a la vida culinaria de Malena y su relación con los alimentos a causa de la partida de un hombre, Andrés, y su indefinida espera e idealización. Esta colección de cuentos, Modelos de mujer de Almudena Grandes, se ha abordado mayormente desde la corporalidad, lo cual representó una novedosa propuesta temática desde la perspectiva de la mujer en su momento en España; aunado a la corporalidad, para este ensayo me interesa identificar la función de los alimentos en relación con los cinco sentidos a partir del ayuno voluntario y subordinado de Malena; considero que la corporalidad se potencializa al emplear los cinco sentidos para percibir y apropiarse de los alimentos.

Para tal objetivo, quisiera destacar la importancia de analizar los textos literarios desde áreas temáticas como los food studies o estudios alimentarios. Pese a que es una línea de investigación que lleva varias décadas abierta, ha sido poco abordada en la literatura hispánica en la que, al menos en México, se ha estudiado más bien desde la antropología o historia. Según Julieta Flores Jurado, en nuestro país la comida se asocia a un sentido de culpa y a un problema de “salud pública” más que a lo placentero y sensitivo que resulta relacionarse con los alimentos. Los estudios alimentarios permiten, por ejemplo, abordar la literatura desde un personaje mujer (glotona en el caso de Malena), cuyo cuerpo contradice la premisa de “más bello entre más pequeño” (párr. 27) y no como lo contrario. Según apunta Julieta Flores Jurado, dentro de los food studies hay estudios feministas donde se “comparte esa reivindicación del apetito femenino” (párr. 27).

En el cuento, el personaje de Malena ha sido abordado desde la corporalidad, sus sensaciones y su configuración autónoma a lo largo de la narración, “el vehículo por medio del cual vive el placer de poseer y de ser poseída por otros, cuyos cuerpos se han desdoblado en el de los alimentos que absorbe y la absorben a través de todos los sentidos” (Rolle-Risseto 578). En este sentido, Laura Pache Carballo se une a esta ponderación de los alimentos como materia de análisis, y cita a la misma Almudena Grandes cuando, en una entrevista, dijo que “la comida también es un tema muy importante de mi literatura, en la literatura española contemporánea no se come, o sea, la comida es un tema que no existe” (4).

En este cuento, hay dos configuraciones de un personaje y una narración que se unen por el medio en que Malena las aprehende: los cinco sentidos. Mediante la jerarquización de los sentidos abordada por Carolyn Korsmeyer en El sentido del gusto. Comida, estética y filosofía, y su función en relación con el razonamiento y la corporalidad, pretendo analizar la relación del personaje con la comida. De igual manera, destacaré la doble narración del texto: autobiografía epistolar y la tercera persona del singular, que permite ver cómo se configura un diálogo entre ambas voces y reconocer las sensaciones de Malena, tanto externa como internamente, ante la imposibilidad de comer: “la comida […] como un mecanismo de caracterización y, sobre todo, un objeto cultural cargado de afectos, ansiedades y ambivalencias” (Jiménez párr. 9). En este sentido, busco destacar la importancia del doble papel de Malena como consumidora y como cocinera que no come, así como lo que siente mientras espera el regreso de Andrés. 

Narración a dos voces: la autobiografía epistolar y la tercera persona

El título del cuento ya nos advierte el carácter autobiográfico de la narración. Su estructura es interesante porque bien pudo estar escrito totalmente en primera persona del singular, enfatizando el “yo siento”, “yo veo”, “yo pruebo”, “yo escucho”. Sin embargo, esta voz nos la presenta a manera de epístola en una carta que le escribe a un juez, donde ella se presenta con nombre y apellido, edad, nacionalidad, estado civil, ocupación desde el presente del relato: 1990. Aquí comienza la historia: Andrés en la cama y ella justificando su suicidio. Entonces entra la tercera persona del singular, narrador omnipresente, que continúa la analepsis del segundo párrafo de la carta. Así, la estructura del texto se desarrolla entre estas dos voces que a menudo dialogan, continúan, nutren la historia e incluso contradice una a la otra, como en los siguientes fragmentos:

Al principio pensé que así sería, porque cuando él volviera de la mili, yo ya estaría imponente, espléndida, hecha una sílfide, vamos.


«[…] Bueno, la verdad es que sílfide, lo que se dice sílfide, no estuvo nunca. Delgada sí, pero siempre dentro de los límites tipológicos de la jamona nacional, estampa mediterránea, como un viejo anuncio de aceite de oliva» (39).

En estos fragmentos la autora comienza a resaltar lo cómico del personaje de Malena; ella, que recuerda y está absorta en su idealización de cuerpo adolescente. Así continúa la historia, con una analepsis de 31 años, cuando descubrimos que está enamorada de Andrés, usa ropa de pre-mamá y decide entonces ponerse a régimen para adelgazar y gustarle a él.

Este tipo de estructura, entonces, funciona para conocer un lado aparentemente objetivo y otro subjetivo de la historia, donde no sabemos hasta qué punto, si es una historia parcialmente autobiográfica como indica el título, la elección de un narrador omnipresente puede servir al cuento para configurarse como una autobiografía completa. La tercera persona sabe qué piensa Malena: “se aguantaba el hambre, que no era insoportable, todavía no, porque aún estaba fresco en su memoria el último festín” (39).

Como dije, esta estructura funciona como introducción entre una parte y otra, lo cual nos permite entender los cambios entre los cinco sentidos o “manías sustitutorias” que va experimentando y adoptando, manera, en que a mi parecer, está dividida la obra: entre las ridículas aventuras de Andrés y sus manías por saciar el apetito sin utilizar el sentido del gusto más que para probar personas: “a medida que aquel cretino se iba enredando en todas las estupideces posibles, yo tenía cada vez más hambre, y no podía comer, no podía, ¿comprende usted?” (40).

Malena: glotona, cocinera y gastrónoma

Menciona Julieta Flores Jurado, que “la cocina, además de un sitio de empoderamiento individual, puede ser para las mujeres una estrategia para crear o fortalecer una comunidad, para sostener a sí mismas y a sus familias, y para recuperar voces y perspectivas frecuentemente ignoradas” (19). Así, es a través no solo de la comida, sino también de la preparación de los alimentos, que Malena, la glotona que ha decidido ayunar a causa de un hombre que no parece regresar pero que esperará, se configura en esta dualidad de cocinera y gastrónoma, diferencias que igualmente remarca Julieta Flores: “la cocina […] enfatiza la producción, la gastronomía se enfoca en el consumo” (24). 

En el relato, la función de los cinco sentidos está presente cuando Malena cocina para consumirlo con las piernas, los senos; para oír “un magnífico sonido capaz de alcanzar su paladar” (45); oler “las sorprendentes propiedades saciantes […] de las vísceras y los embutidos de carne de cerdo” (44); para comer por la boca de alguien más, “a alimentarse a través de él, y a divertirse haciéndolo” (47). Tal es su calidad de cocinera que al final del cuento, después de que le pide a Andresito que se meta a la bañera y se desnude, ya puede consumir los alimentos mediante el paladar: “se encerró en la cocina y vació el congelador, que desde hacía tres meses estaba siempre lleno de platos cocinados” (49). A partir de estas dos voces narrativas autobiográficas entendemos que el cuento gira entorno a la vida culinaria de Malena: cocinera y gastrónoma glotona.

Los cinco sentidos, los alimentos y Malena

En su libro El sentido del gusto, Carolyn Korsmeyer escribe acerca de cómo se han percibido los cinco sentidos a lo largo de la historia de la filosofía, partiendo de Platón y Aristóteles, pensadores que configuraron lo que hoy conocemos como sentidos superiores e inferiores. Ella logra identificar la jerarquización de los sentidos que se ha tenido según los autores que va retomando. Así, la vista y el oído son “ayudas sensoriales en el desarrollo de la sabiduría, mientras que los sentidos corporales y próximos nos tientan con un desvío hacia el placer que impide el progreso hacia el conocimiento” (36), estos últimos son el olfato, el gusto y el tacto.

Me interesa resaltar que estos sentidos superiores o intelectuales (la vista y el oído) son analizados como aquellos que permiten una percepción a distancia del objeto, es decir, “no están vinculados al cuerpo como el olfato y el tacto” (36), sentidos físicos o inferiores que forzosamente necesitan ser percibidos con el cuerpo para manifestarse como sensaciones. Además, todos conllevan ciertos grados de permanencia, su tiempo de duración, es decir: la imagen visual se mantiene intacta y existe siempre, no así, por ejemplo, la comida, que es efímera porque la consumimos. Así, distancia o espacio y permanencia o tiempo son los factores que influyen en la jerarquización de los cinco sentidos, y que definen su nivel de importancia, con respecto al tipo de racionalización que conlleva y sus efectos en el intelecto de las personas. 

De esta manera, en el segundo capítulo de su libro, Korsmeyer concluye que, por ende: “la irracionalidad se puede manifestar en una aparición excesiva de emociones innobles como el miedo (que produce cobardía) o una excesiva indulgencia en los apetitos” (52). Además, la autora menciona que, por un lado, las mujeres representan “los apetitos y placeres de los sentidos físicos e inferiores” (52); mientras que en los hombres se priorizan la vista y el oído de manera casi innata, de ahí que los autores consideren a estos más reflexivos (quienes suprimen el deseo) que las mujeres, que son más impulsivas. Así, “el reconocimiento de un poder y un valor menores a los sentidos inferiores y corporales provoca su vinculación a la feminidad porque es menos valorada que la masculinidad” (59).

Es por estas diferencias tajantes entre los sentidos que, según Korsmeyer, los sentidos corporales han sido considerados objetos de estudio “menos interesantes”. Además, son vinculados a cuestiones de placeres y deseo, lo que, indudablemente, se relaciona con la comida y el sexo, “dos apetitos peligrosos” (59-60). Cuestiones que, en efecto, parecen no relacionarse con el intelecto y la reflexión. Según Julieta Flores Jurado, “las mujeres gastrónomas se han leído como figuras subversivas […] porque situarse como mujer ‘voraz’ o ‘glotona’ es resistir a la disciplina que demanda a los cuerpos femeninos hacerse más pequeños” (Jiménez párr. 15), porque, además, se demanda el poder “expresar su propio apetito”. En el caso de Malena, encontramos a una mujer que manifiesta su apetito con las “manías sustitutorias”, los cuatro sentidos restantes sacian el hambre que le causa la ausencia de Andrés, para quien quiere mantenerse con un cuerpo diferente de la que era a los 15 años.

Malena ayuna para adquirir una figura deseable para Andrés. Al final de la historia, suceden tres acontecimientos que cambiarán su rumbo: (1) la visita al médico, quien le dice lleva varios años con un buen metabolismo; (2) el reencuentro con Andrés, que resulta ser una decepción, lo cual la lleva a querer suicidarse; y (3) el encuentro con Andresito –hijo de Andrés– a quien tiene comiendo sin poder moverse: “su vientre se llenó de calor, y ella miró la bandeja con ojos de estupor purísimo porque la salsa de chocolate estaba allí, intacta, no habían llegado a los postres todavía, pero su cuerpo ardía, ardía de placer y ardía por dentro, y en aquel instante comprendió todo” (50).

Para el momento en que se había reencontrado con Andrés, ella volvió a comer de todo, ya no regresaría a los suplementos alimenticios de la farmacia, ni solo a las verduras hervidas, no retornaría al régimen de ayuno por un hombre; nunca más volvería a “pasar hambre, un hambre horrorosa, tremenda, mortal” (39): el ayuno terminó. Según Carolyn Korsmeyer: “La privación extrema interrumpe el ritmo de la ingesta, pero, a menos que uno se encuentre en una situación de hambruna o pobreza grave o haya decidido ayunar, sobre la tarea de alimentar el organismo recae un aura de normalidad y la contemplamos del mismo modo irreflexivo que cualquier otra actividad rutinaria” (201).

Esto es justo lo opuesto a lo que le sucede a Malena. Parece que el ayuno le provoca irracionalidad, pero sobre todo este ayuno subordinado a la espera de Andrés le permite reflexionar sobre la experiencia de los alimentos y su consumo: el deseo, el placer y sus relaciones con los otros. Remata Korsmeyer el fragmento anterior diciendo que “el hambre puede distraernos de otras ocupaciones, y, por tanto, asume la apariencia de un intruso que debe ser tranquilizado tan pronto como sea posible” (201), y en el caso del cuento, de la manera que sea. Así, menciona Laura Pache Carballo, “la transposición del primitivo deseo de ser amada alcanza una dimensión erótica a partir de la comida por la alta carga sensual que de esta deriva” (484).

Este cuento se nos presenta como una historia de aventuras, donde Malena tiene un camino que recorrer para alcanzar una meta de vida y debe superar esos obstáculos. Finalmente, se configura como una búsqueda de la identidad a través del placer, el deseo y la sensualidad, donde el autoconocimiento toma un papel principal: “la importancia que detenta el cuerpo femenino” pero a través de su relación con la comida, que va desde su preparación hasta las formas de consumo. El cuento nos ofrece a una mujer con un cuerpo diferente a los estándares (aunque dentro de lo normal, nada extraordinario).

Este tema del autoconocimiento, la primera persona, el ¿quién soy yo para mí y no para otros? es un tema que ha tomado una fuerte importancia en los feminismos de la segunda década del siglo XXI. De ahí que un cuento como este llame tanto la atención por fortalecer a una mujer sola, que se subordina a alguien, sí, pero eso mismo la lleva a su vez a construirse y a reconocer, treinta años después. El resultado de esa construcción, cuando entiende todo, se manifiesta en ser “incapaz de hallar dentro de su boca un sabor distinto al de la saliva” (50).

Referencias

Carballo, Laura Pache. (2015). «La transposición de apetitos en Modelos de mujer de Almudena Grandes”. Sobremesas literarias: en torno a la gastronomía en las letras hispánicas. Biblioteca Nueva.

Castro, Libia Brenda. (2009). “La resistencia de Malena a fenecer de hambre. Análisis del cuento ‘Malena, una vida hervida’, de Almudena Grandes”. Revista Digital Universitaria. Vol. 10, No. 11.

Flores Jurado, Miriam Julieta. (2016). La autoría emergente en gastronomía y la escritura autobiográfica de las cocineras: Blood, Bones & Butter de Gabrielle Hamilton. Tesis para obtener el grado de Maestra en Letras. UNAM.

Golubov, Nattie. (2015). “El consumo de cultura: identidad y comida en los cuentos de Jhumpa Lahiri y Chitra Banerjee Divakaruni”. Los estudios de género hoy. Debates y perspectivas. UNAM.

Grandes, Almudena. (1996). “Malena, una vida hervida (Relato parcialmente autobiográfico)”. Modelos de mujer. Tusquets Editores.

Jiménez, Ximena. (2018). «La literatura y los estudios alimentarios: entrevista a Julieta Flores Jurado». Página Salmón. No. 8.

Korsmeyer, Carolyn. (2002). El sentido del gusto. Comida, estética y filosofía. Paidós.

Robinson, Lillian S. (1983). “Treason Our Text: Feminist Challenges to the Literary Canon”. Tulsa Studies in Women’s Literature. Vol. 2, No. 1. 83-98.

Rolle-Risseto, Silvia. (2009). “Decirse desde el cuerpo: Modelos de mujer de Almudena Grandes”. Destiempos. Año 4, No. 19.

Imagen tomada de Creativepro

Escrito por:paginasalmon

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