Qué maravilloso sería ahora despertar 
una mañana con la temperatura 
rozando el cero y un viento invernal 
anunciando el retorno del viejo mundo. Las torres del olvido, George Turner

Para Sara

Carolina se desplaza dando unos cuantos saltos a través de la habitación. Parece que vuela. 

Ella ve por la ventana a todos sus amigos flotando por todo lo largo, ancho y alto de la ciudad.

–¿Vienes a jugar? –le pregunta Roberto, su mejor amigo.

–¡Sí! Ya voy, deja le pido permiso a mis papás.

Carolina se voltea y da otro salto que la desplaza con ingrávida soltura a través de toda su casa hasta donde están sus padres, que duermen mientras flotan. Los despierta y les ruega que la dejen salir con sus amigos.

–Anda, ve a jugar. Nomás no llegues tarde –le dice su papá, quien vuelve a su sueño levitante. 

La niña, muy contenta, sale por la ventana con un elegante movimiento ingrávido. Se encuentra con sus amigos y empiezan a dar saltos a través de las calles. Este juego se llama “Los astronautas”, porque haciendo esta serie de saltitos, los cuales se amplifican en distancias que superan las decenas de metros, los pequeños se sienten cosmonautas explorando algún planeta desconocido.

La apariencia del cielo aviva esta sensación. Las nubes de diferentes metales pesados se juntan y generan curiosos patrones serpenteantes que les gustan a los niños. Por la diferencia de su composición química, al combinarse, sus colores crean un auténtico espectáculo atmosférico; aunque no tanto como en verano, cuando los tifones de azufre y derivados de fluorocarbonos se fusionan e iluminan el cielo con reacciones volátiles parecidas a los fuegos artificiales, fenómeno que también los adultos admiran y disfrutan por igual durante esas épocas del año. Ahora, en invierno, el clima es un tanto más calmado y parece sumido en la penumbra, pero sigue siendo ideal para divertirse.

–Roberto –le dice Carolina a su amigo–, ayer oí a mis padres decir que antes no se podía jugar a esto: la gente no volaba. 

–¿Cómo qué no? ¿y cómo lo hacían entonces?

–Pues según la gente usaba unas cosas grandes, aviones, helicópteros, que imitaban la forma de unos animales extintos que tenían alas y que vivían nadando en el aire. Lo que me contaron ellos, que según también les contaron sus abuelos, y los abuelos de sus abuelos, es que hace mucho tiempo no se podía flotar en el aire, no era tan denso como ahora. Mi padre me dijo que sus tatarabuelos eran de la última generación de personas que respiró ese tipo de aire tan raro, el llamado «aire puro».

–¡Bah! ¡Qué aburrido debió ser vivir en esa época! Sin el aire denso, supongo que caminaban y pesaban más. Yo también he escuchado a mis abuelos contar historias de gente que se moría si el aire tenía un poco de humo o metales pesados como el de ahora. De alguna forma nos volvimos como peces en el agua, o eso dice la gente vieja.

–¿Qué son «peces»? –dijo Carolina confundida por la palabra, mientras exhalaba e inhalaba bocanadas del aire denso. 

–Eh… la verdad no sé. Los ancianos usan frases muy raras, pero dicen eso, que nos adaptamos al aire denso de hoy como peces en el agua. Quizás es el nombre que antes le daban a los astronautas. 

–Puede ser… pero bueno, no hay que perder el tiempo hablando sobre estas cosas aburridas, ¡hay que jugar! –interrumpió Carolina dando saltos ingrávidos mientras llamaba a sus otros amigos y dejándose ir por la altísima densidad del aire lleno de gases pesados que hacían flotar cualquier cosa sobre la Tierra. 

Y en breve, los niños dieron numerosos saltos a lo largo, ancho y alto de la calle. Parecía que en verdad se trataba de astronautas.

Imagen tomada de Scionnewsroom

Escrito por:paginasalmon

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