En la tienda de antigüedades había un cuarto lleno de relojes, carísimos, de diferentes diseños, tamaños y materiales. A pesar de que sus orígenes se remontaban a siglos, seguían imperando en nuestra época y como prueba estaba que marcaban sin falta mi hora de entrada y salida laboral, el tiempo con el que contaba para ir a comer, cada uno de mis retardos, e incluso en mis días de descanso, estaba consciente de que ellos continuaban con su marcha.

Había buscado letreros que solicitaran una empleada por todo el centro de la ciudad, hasta que encontré aquella tienda. Apenas puse un pie dentro, pude observar varios objetos exhibidos en las vitrinas, paredes y techos, excepto los relojes, los cuales se hallaban encerrados en una sección especial. El dueño pensó que sería mejor agruparlos en un solo lugar debido a que había gran cantidad de éstos. En cambio, lo que vi de primera impresión fueron candelabros, vajillas, muebles, pinturas, etcétera. Tal vez el propietario notó lo maravillada que estaba o a lo mejor fui la única que preguntó por el anuncio de trabajo, la cosa es que el hombre me contrató de inmediato.

Al principio, fue placentero para mí hallarme en medio de esos objetos. Me hacían creer que el tiempo estaba a mi merced y que ya no existía una separación cortante entre el pasado y el presente, por lo cual me sería posible creerme en cualquier momento de la historia que yo quisiera, ya fuera colocando en el tocadiscos música de The Rolling Stones o limpiando una vajilla de la Nueva España.

Sin embargo, aquella emoción, la cual me imagino podría parecerse a la eternidad, me era imposible de evocar en el cuarto de los relojes. Odiaba cuando el dueño me mandaba a sacudirles el polvo, teniendo que escuchar sin descanso el repiqueteo de cada reloj, fuese de manecillas o con péndulo… Es más, el sonido de los granos de arena cayendo me parecía insoportable, aunque no estoy segura de si esto se debía a mis oídos perspicaces o a que mi locura ya mostraba sus primeros indicios. Para mí, los ruidos que provocaban los relojes, fuesen graves o agudos, se me figuraban a los gritos del tiempo, recordándome que, si bien el instante estaba ahí, se iría en un segundo, incluso en menos que eso, fugacidad repetitiva sin clemencia de la cual yo no era propietaria.

Saber que durante años aquellos relojes habían estado sin mí, atormentando otros oídos, oídos ahora ya muertos, me causaba una especie de pánico: “Pasaré así mi vida, limpiando el polvo, polvo que yo misma seré en el día menos pensado”, era una frase que mi mente no lograba evitar cada que mis manos pasaban un trapito húmedo sobre aquellas bombas de tiempo. En cierta hora, minuto y segundo, tales relojes marcarían mi fin y sin inmutarse, continuarían avanzando a través de jornadas de trabajo, nacimientos, vidas y otras muertes.

«Anda, vete a matar el tiempo sacudiendo los relojes», me dijo mi jefe una tarde, como tantas otras veces, al ver que no había clientes en el lugar. Solo que, por primera vez desde que empecé a trabajar ahí, se me ocurrió que sería una grandiosa idea tomarme la orden literalmente, así que agarré un palo de escoba y acabé con todos los relojes ante la cara horrorizada del dueño. Los hice añicos y botaron por todos lados manecillas, engranajes y trozos de madera, metal y porcelana. Arena también.

Fui demandada para que pagara los daños, era una cantidad exorbitante, al menos para mí como una simple empleada, ayudante general. El abogado que me asignaron alegó enfermedad mental. En el psiquiátrico, para los pacientes, no hay relojes, horarios laborales, ni visitas. No existen las celebraciones de cumpleaños ni es posible encontrar calendarios a la vista. Creí que había alcanzado mi objetivo, acabar con el tiempo y las obligaciones que nos marcan las manecillas. Pero hace unos segundos, ¡carajo! hace escasos segundos, la enfermera me ha dicho que el medicamento me toca cada ocho horas y agregó: “Incluso he puesto la alarma de mi celular para que me lo recuerde, así que no te preocupes”. Lancé un grito.

Imagen tomada de Flickr

Escrito por:paginasalmon

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