I.
¿Se puede soñar el llanto? ¿Qué parte de él es ilusión y qué parte vivimos en este plano? Si despierto con los ojos rotos y la almohada empapada, ¿en realidad lo soñé? Si la tristeza me invade dormida y despierto para poder llorar, ya no forma parte del sueño, ¿verdad? ¿En qué parte de nuestro inconciente vive la tristeza?


II.
Esto pasa a menudo cuando hay más ausencia que presencia. La persona comienza a confundir los sueños con la realidad. Los confunde porque hay momentos, situaciones, escenarios, que no pueden existir en otra parte más que en los sueños, pero hay tanto deseo y dolor y tristeza dentro de la persona, lo anhela con tanta fuerza, que es como si ese ígneo deseo-anhelo pudiera traer todo lo que no es al plano de la realidad. Durante medio año soñé, dos veces por semana, sin falta, con nuestro reencuentro.


III.
Dice Maggie Nelson que no debo cometer el error de pensar que todo deseo es anhelo. Pero yo anhelaba, más que nada, volver a vernos.


IV.
El día que regresaste te hice prometerme que no te irías durante la noche, porque entonces, quizá, pensaría que solamente fue un sueño. Hice que nos quedáramos platicando hasta la madrugada. Temía quedarme dormida y ya no sentir tu respiración en mi cuello al despertar. Teníamos tanto tiempo existiendo únicamente en el plano onírico que no me podía permitir pensarnos existiendo de verdad. Siendo. Pudiendo nombrarnos. Un “nosotros” de nuevo. ¿Te imaginas?


V.
He hablado de las dos veces por semana que soñaba con reencontrarnos durante el tiempo que permanecimos alejados. A veces el escenario eran los pocos lugares que nos pertenecían a ambos: la Vasconcelos, Ciudad Universitaria. A veces daba la vuelta en alguna esquina y chocaba contigo y me sonreías. A veces había una llamada, un aviso que convocaba al reencuentro. A veces eras la persona detrás de un libro que me interesaba leer. A veces eras tú quien que se subía distraído al metro sin notar mi presencia. A veces eras tú quien me llamaba por mi nombre. Y a veces, más de las que me gustaría haber presenciado, yo gritaba tu nombre y tú no podías escucharme.


VI.
Un día a las seis de la mañana me despertaste para decirme que había muerto Jean-Luc Godard. Era martes, hacía frío y a esas horas yo ni recordaba quién era Godard, pero me sonaba el nombre. Estabas muy triste y yo tenía sueño. Me dijiste “regresa a dormir, imagina que te abrazo y te beso hasta que vuelvas a quedarte dormida”. ¿En qué plano estábamos? ¿Podría ser posible que despertara dentro del sueño pero que, en realidad, nunca haya salido de él?


VII.
Si esto fuera un museo, de este lado exhibirían la primera conversación que tuvimos. Fue justo hoy, hace un año. Si esto fuera un museo, seguramente habría un evento conmemorativo respecto a esa primera conversación. En el fondo, junto a la columna, donde casi no se ve nada, estaría la primera vez que nos vimos. No sé si sea tan importante porque fue hace cinco años y nunca hablamos en realidad. Nada que definiera lo que decidimos ser después. Nada que yo recuerde, por lo menos. Entonces, lo que estaría junto a la columna no serían palabras. Sería el recuerdo de tu imagen en mi mente.


VIII.
En todos los reencuentros que soñé, terminábamos hablando como si el dolor nunca nos hubiera atravesado, como si nunca nos hubiéramos hecho mal. Platicábamos y siempre me decías que estabas bien, que te habían llegado muchos proyectos, que estabas haciendo lo que te gustaba. A veces me leías en voz alta, me agarrabas de la mano, nos abrazábamos y reíamos. Siempre me dejabas tranquila. He comenzado a pensar si, a la hora que yo soñaba contigo, tú también estabas dormido. Quizá, quizá solamente, tú también estabas soñando conmigo. Quizá los dos entrábamos al plano onírico, nos buscábamos en él hasta encontrarnos y, tal vez, todos esos reencuentros ocurrieron en realidad. Guardo esa pequeña posibilidad muy dentro mío.


IX.
¿Qué de ti habría en el museo de nosotros? Probablemente nada que tú hubieras donado voluntariamente. Probablemente nunca pondrías un pie en él. Yo iría de vez en cuando, si estuvieran en exhibición tu risa y tu voz. Porque hay veces que ya no las recuerdo y porque siempre, siempre fueron las dos cosas que más quise de ti.


X.
Lo irónico es que, cuando regresaste y dijiste que un “nosotros” en el plano de la realidad podría ser posible, mis sueños dejaron de ser sueños tranquilos y se convirtieron en pesadillas. Dejé de soñarte a ti para soñar con tu ausencia. Todas las noches te perdía. Todas las noches dejábamos de ser. Una y otra vez. Al parecer, solo se puede existir en un único plano. Y he de decirte que, para ser sincera, nuestras versiones oníricas siempre se amaron más.


XI.
Otras cosas que yo esperaría que estuvieran en el museo: el elefantito que te regalé pero que nunca te llevaste, la única vez que cargaste a mi conejo, las veces que te ganaba en los juegos de mesa, nuestras risas en el parque de La Bombilla, mi alergia al pasto, los boletos de cine, los sueños, las pesadillas, la fuerza con la que te anhelé y todo el amor que te tuve.


XII.
He pensado que todo lo que sentí por ti solamente podría existir en el plano onírico y en los museos. No existen ya otros lugares para este tipo de cariño.


XIII.
Una cosa lleva a otra, y estiré tanto mi deseo de ser-contigo, que una vez creí verte en la calle. Por si sí o por si no, decidí no hablarte, quizá eso rompería el encanto. En otra ocasión, tú pensaste haberme visto en el Zócalo. No era yo. Pero preguntaste, por mensaje, a la yo-que-sí-soy, si estaba en esa zona. No era yo, pero te hubiera gustado que sí lo fuera y eso a mí me bastaba. Cuando llegó el mensaje habían pasado seis meses desde la última vez que habíamos hablado. Pensé que era el principio, pero solo era el tiro de gracia a algo que ya agonizaba.


XIV.
Muy supersticiosamente, evité que este texto terminara en el número trece. Como si la mala suerte me pudiera dañar más de lo que tú lo hiciste.


XV.
La primera noche después de tu mensaje soñé que me querías.


XVI.
Busqué la manera de quedarme hasta el amanecer, pero ¿cómo hacerlo si tú amabas esa oscuridad y querías permanecer en ella?


XVII.
En la última sala del museo suena “República de la Nostalgia” en repeat. Está la ausencia de mensajes por dos semanas, la última vez que nos dijimos “te quiero” y la playlist que teníamos juntos. También hay una sección de las fotos que no nos tomamos, de aquellas cosas que dejamos para después, todo eso que no hicimos por no querer ir demasiado rápido. Al fondo hay añicos del cariño que nos guardamos y que terminó por reventar, convertido en algo más que nos alejó para siempre.


XVIII.
Después del último audio, vino el silencio. A partir de ese día, no te volví a soñar, por más que me esforzara. No había soñado contigo, ni con tu voz, ni con tu risa. Ni siquiera con tu nombre. Pero anoche… anoche soñé que escribía sobre ti.

Imagen tomada de Seamos Poesía

Escrito por:paginasalmon

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