¿Qué pasa cuando cae el telón y los actores se quitan el maquillaje? Cuando se interponen las cortinas, las siluetas comienzan a contorsionarse en formas extrañas, y el espacio entre los pliegues del biombo dan oportunidad de asistir a sus ensayos más íntimos. Atestiguamos los manierismos repetidos y el memorizar de líneas, el truco bajo la naturalidad del mago. El camerino entornado nos devuelve una curiosidad infantil agarrotada y en franco desprestigio; se antoja quitarnos el traje de adulto, ya que nadie nos mira. Merodeadores salidos del retiro, esculcamos cajones, armarios y tras los espejos; backstage, calamos las sillas giratorias, tiramos los ganchos de los probadores, nos medimos las prendas de los artistas, todo a la manera en que se otorga el acceso a ciertas zonas exclusivas en museos o restaurantes históricos. Auditamos hasta los mismos baños, así estén ocupados: la cortina de plástico de la regadera no es para cubrirse, sino para colmar de contornos a nosotros, los espectadores.

Pareciera función de sombras tras cortinas noren, solo que sin kanjis, árboles de cerezo o soles nacientes. En algún portal de internet leí que cruzar un noren, en Japón, es de buena suerte; otros sitios se limitan a señalar que su función radica en establecer una barrera entre el interior y exterior de los hogares y templos, proteger de los caprichos de la ventura. De cualquier marco suelen hacer su morada. Y es que las cortinas tienen la cualidad de engañar al destino sembrándole la duda, desorientan cualquier clima con la impasibilidad de su postura. Ofrecen siempre las mejillas, que es su cuerpo entero; han renunciado a oponer resistencia, son la materialización del “soltar”, por eso dan la impresión de suspenderse en el aire, y por eso mismo asusta batirlas. Sería como interrumpir la meditación de un budista o el rezo de un santo. Y al desistir, caemos víctimas de su proyección trucada, la ilusión óptica de su cerrazón que, bien visto, permanece abierto a todo. La realidad atemperada por los sentidos, aseveran algunas religiones orientales, no es más que una cortina de humo.

Imaginamos lo que queremos ver, atestiguamos lo que de antemano esperamos encontrar. Aumentan el deseo, queman con su pura expectativa. Tan intenso es el fetiche que a la novia se le cubre de tul y a las novicias con hábitos; en algunas partes, las mujeres han de envolverse en burkas de cuerpo entero. Si el velo es el principio de la lencería, la cortina es el encaje de la recámara: inquieta más por lo que disimula y no por exhibicionismo anunciado. El desnudo completo no atrae; lo casto y virgen tiende a cotizar más en el mercado de las filias. La iglesia católica, maestra de la incitación, domina el mecanismo mejor que nadie: plántales una manzana en la cara y ordénales que no la coman; muestrales a María Magdalena en paños y diles que nadie la toque. El cliché de la monja poseída por el pecado del orgasmo no es ningún accidente. Arquetipo del cine erótico, lleva al límite lo que sospechamos ocurre dentro de un convento. Explotan, religión y entretenimiento, el sesgo cognitivo que nos sugiere que no hay diferencias esenciales entre los espacios reales y lo que imaginamos entre muros. Al fin de cuentas, las cortinas son esas verdades a medias. Al delta del pensamiento desembocan los tributarios de las ensoñaciones.

Necesitamos asomarnos: ver, pero no tocar. Bordear la frontera, aunque sea para mirar a los demás saltársela. Especie expulsada del edén, estamos condenados a imaginar siempre lejos, “del otro lado”, el paraíso perdido, teñido de delirio y añoranza. El trauma del pecado original es de semejante envergadura que hasta a la propia vida le hemos erigido un otro lado: la existencia auténtica, aquella sin sufrimiento, donde hablamos de tú a tú con las deidades, aguarda más allá de la tapia. La pregunta es, ¿cómo cruzar? Ninguna muralla es perfecta y siempre hay formas de inmiscuirse. Los médiums logran contactar con los antepasados, los poseídos hacen de su cuerpo una garita y los que caen en coma pasan una temporada en el infierno. Los santos narran visiones y los profetas filtran lo que las cúpulas en lo alto no quieren que se sepa. Atravesar es posible. La cuestión radica en lo dispuesto que estamos a dar la espalda a la calidez de lo conocido a cambio de la llanura inexplorada. A qué tan listos estamos a abandonarlo todo por un puñado de nada. “En verdad les digo: el que deje su casa recibirá cien veces más y heredará la tierra”.

Un salto de fe, a eso nos empujan. Así como las reglas están para romperse, las vallas están para saltarse. Cuanto más prohíban el cruce, mayor será el anhelo (poco importa que se trate del mismo pedazo de tierra). La reja es monumento a la provocación. Invitan a agujerearla, horadarla y cubrir luego con un mueble. Y qué mejor lugar para cavar un túnel o practicar el brinco que en una prisión, ese enrejado raquítico que parece agarrado de las uñas. Los reos la sacuden y se recargan contra ella, los más disimulados porque sus huecos sugieren que puede ceder, que es corrompible. Por su parte, la reja permite de tanto en tanto sacar las manos a orearse, contrabandear pequeños bienes o hacerse de la vista gorda ante sus amagos de fuga. Cual celador veterano, su proceder es sencillo, rayando casi en lo paterno (¿acaso no se nos acostumbra a ese trato desde la cuna, nuestra primera jaula?). Te hace encariñarte de la celda, te “institucionaliza” para que no preguntes por lo que hay afuera y prefieras quedarte a su amparo, bajo su cobijo. Como todo el tiempo aparece con los ojos cerrados, creemos que duerme, pero no duda en alzar la voz al menor estremecimiento. Se agarra a gritos con el que pretenda menoscabar su autoridad, escalar por encima de su cabeza. Así responde porque la reja funciona por psicología inversa: te ordena que bajes para que sigas trepando. Quiere saber de qué estás hecho. Una vez arriba, no hay vuelta atrás: o te entregas al vacío o regresas a sus brazos. Rebelarse al padre es el primer síntoma de madurez. Aquel que se fuga siempre es recordado por eso: por ganarse su libertad, la emancipación, prácticamente a golpes.

Los barrotes están más de nuestro lado, se podría decir, porque no pueden hacer mucho. Están atados de manos, presos en un único perfil rendido por lo tirante; amordazados a partir de soldaduras, ya hasta han olvidado moverse. Pero ese ejercitarse de pie y sin descanso los ha puesto en forma. Los barrotes son el fisicoculturismo de las rejas, son el metal en esteroides: es el reino de la fuerza. Su gimnasia cuadricular y paralela hacen de su disposición una escultura palindrómica: no tienen anverso ni revés. En ellos se ejercitan los convictos, tanto de la sociedad como del cuerpo. Practican acrobacias, ejecutan piruetas, intentan sostenerse en el aire con pura desesperación, casi violentamente, Ícaros con alas de carne y nervios. Aún no han aprendido de las cortinas ese dejarse caer, su levitar y sostenerse de nada. El que se aferra y endurece, termina por hundirse; lo duro es más propenso a quebrarse. Tal vez los barrotes sean en realidad hilo viejo, uno que nadie batió y convertido en cerrojos. Un paño es más dúctil, “como un recién nacido, es delicado y flexible” (A. Tarkovsky). El barrote es la última encarnación del lienzo. Enfermo de eternidad, rígido, frío al tacto, está siempre a punto de morirse.      

En cambio, la cerca es más cálida y diplomática. Está abierta al diálogo. Gusta de firmar acuerdos bilaterales, saluda de mano al vecino y su plática, si bien amena, adolece de sustancia. Te trata de igual pero con reservas, manteniendo una distancia considerable, su soberanía. Tras ella, se despliega una vida cuidadosamente acomodada: el jardín, los bebederos y fuentes, las fachadas por las que corren enredaderas, nada está por accidente. Es estándar como las casas de molde que decora. Personificación de la propiedad privada, su rostro pretende la pulcritud de lo empresarial. Es el Hank Scorpio de las cortinas: se esfuerza demasiado en convencerte de su generosidad, de que todo está en regla y su prosperidad es legítima. Una cosa así solo puede surtir efecto en vecindarios demasiado acostumbrados a mentirse a sí mismos para su supervivencia, y entre gente tan aislada que ha olvidado el cotilleo. La murmuración, telar de conjeturas, es el primer y único sistema de vigilancia efectivo, razón por la cual la cortina se adscribe al mutualismo: donde hay trueque de habladurías y vistazos hay, en igual medida, comunión y acompañamiento en las desgracias. Pobre de la cerca: tan lejos de la cortina y tan próxima a la puerta.

Poner puertas donde antes no las había jamás ha soluciona nada. Una puerta, la más de las veces, resulta en una traba engorrosa: es tan fija y cuadrada como es su burocracia. Suelen ser duras porque así su oficio se los exige. De instrucción castrense, guardan la disciplina mientras protegen su destacamento. No hablan a menos que sea por mandato; su semblante es el de una seriedad que intenta mantener a raya a todas sus demás partes. Permite el paso únicamente con autorización previa y por escrito, justificando los motivos de la visita y el área a la que se dirige. Su manija está siempre saludando y en firmes, el pomo es el arma que sostienen contra el pecho. No se enfocan en la disuasión; su adiestramiento está basado, principalmente, para el combate. Se enfrascan en la refriega y luego preguntan. Son las primeras en caer durante los allanamientos: nacieron para ser abatidas, “un soldado en cada puerta te dio”. Donde hay estado de sitio, por lo regular, se les verá atrancadas y con doble seguro. Echarles llave es la forma que ha adoptado nuestro toque de queda autoimpuesto: les confiamos la seguridad. Así, cerrada, parece algo demasiado definitivo, hasta grosero; no es gratuito que a “cerrar la puerta en la cara” la cataloguen en las grandes ofensas del ámbito de la cortesía.

Cuando las hay, si es inevitable, yo prefiero que estén entreabiertas: que se cuelen retazos de conversación, el tintineo de trastes, música atravesando los mosquiteros. Que mi cuarto se llene de otros cuartos. Como aquellos andadores y pasillos que coexisten en vecindad y a los que nunca se les pone puerta: lo vedado atrae tentaciones. En cambio, así, a la vista, no se antoja ni meterse. Puertas fantasma, como sucede con los miembros amputados. ¿Acaso no también forman parten del árbol genealógico del cortinaje? Están ahí, las presentimos y, por lo tanto, funcionan. No necesitan de materialidad, existen ya en nosotros. “Felices los que no ven y creen”. Cada habitante al interior de esa ramificación de callejones conoce sus puntos muertos, las zonas rojas y sus esquinas, centros neurálgicos; son oriundos del recuerdo, los unen sus hilos de aconteceres. La cortina reside, antes que en otro lugar, en la mente; necesitan de alguien que las imagine colmadas de aquella naturaleza, con esos límites. Cual apóstol, la cortina es puerta y llave. Su evangelio de filamentos, en la que cada brizna es una memoria, nos inicia, de generación en generación, en los misterios y distribución de lo que fue alguna vez una comarca “rendida de lluvia” (Fabio Morábito).

Por eso queremos ver, escudriñar por la mirilla, “entreabrir una puerta donde no hay puerta” (Luigi Amara): para quitarnos la maldita duda y atestiguar lo que sucede una vez echada la llave del pórtico, una vez doblados los pliegues del biombo. No hay cortina sin voyeur, el árbol del bosque no cae sin testigos que lo confirmen. Sin mirón, las persianas nacen muertas. Son la Mujer de espaldas de Amara (o el retrato de Onésipe Aguado, si se prefiere). “No dejan ver: incitan”. De tener un telescopio, ¿quién no se asomaría al departamento de enfrente desde la oscuridad de la propia recámara? Cada ventana es un telón que oculta una historia: sugiere, especula. Algo sucede, algo subterráneo. Y por más que nos peguemos al vidrio, que prestemos atención a los detalles, que tengamos lista la cámara, esa gran eventualidad solo se alcanza a inferir. No nos da el desenlace al relato, solo vemos la punta del iceberg. ¿Tendríamos los ojos bien cerrados de saber que algo turbio se fragua en la pieza contigua? ¿Despegaríamos el oído ante los gemidos y resuellos? Seguramente los de al lado harían lo mismo, aunque no tuviéramos nada más que ofrecer, salvo “el espectáculo decepcionante de nuestra existencia” (Luigi Amara). Además, ladrón que mira a ladrón…

La cortina es epifanía. Si sabe apreciar sus revelaciones, el curioso sale más próspero sin siquiera haber entrado. Se contempla el prodigio, no la fuente que lo produce. Estar de metiche es reivindicar la vida, es su halago, porque vale la pena presenciarla desde lejos, como a los paisajes; el close up enajena y trastorna por sinécdoque, por saturación atosigante. Medir por longitud es colocar las cosas en perspectiva. El voyeur es el alpinista de la privacidad: en lugar de picos de montaña, anda tras los puntos de fuga en las alcobas para clavarles el ojo y reclamarlas suyas. Su profesión no requiere tanto de las alturas, sino del horizonte. Gracias a su exploración diligente y mapeo de la intimidad, sabemos que nadie es lo que parece una vez corridas las persianas, que la moral y las buenas costumbres tienen relieves. Observa a sus semejantes y, en su humanidad, se le revela la propia. Todo su ser es un grito ahogado en busca de conexión. No con otros mundos, “otros lados”, otras personas, sino, acaso, consigo mismo.

Fotografía de Hossein Eftekhari

Escrito por:paginasalmon

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