Nunca había sentido su cuerpo vibrar de esa forma. El ritmo canario, el ritmo del tambor gomero: no existía en la música que había escuchado a lo largo de su vida. Desconocía la métrica musical. No sabía muy bien de qué hablaban sus amigos músicos cuando explicaban de números como si hablaran de recetas o de sentimientos. Ignoraba por completo lo que eso significaba, pero escuchaba esos tambores a lo lejos y sentía a su estómago, a su piel y a su vagina, moverse milimétricamente a ese son, como si se tratara de cualquiera de las canciones más conocidas del mundo occidental, alguna de Elvis o de Los Beatles, quizás. Puso su cuerpo completamente inclinado contra la pared, para sentir los distintos ritmos en algunas partes de su cuerpo, por fuera y por dentro. Las percusiones se sentían segundo a segundo: unas, más arriba del abdomen; otras, en sus labios menores. 

¿Qué tenía ese ritmo tan desconocido para su cabeza, pero tan familiar para su cuerpo? Los árboles y los perros parecían también reconocerlo. Los primeros se movían también a su demanda, los segundos ladraban al ritmo del compás. Decidió subir a la terraza para escuchar con más claridad y sentir mejor aquello que la hacía vibrar, llevar el ritmo desde cada partícula de su cuerpo. El viento le traía las notas, que venían de decenas de metros abajo, desde aquel centro del pueblo de La Guancha, en donde se hospedaba. Cuando el sonido crecía, su cuerpo se estremecía, su corazón, también; su latido se acoplaba. 

Desde lejos veía a unos niños saltar al ritmo de los tambores. A diferencia de ella, no temían al qué dirán y vivían aún, suertudos ellos, ajenos a mucho de lo que nos impone la sociedad para vivir en comunidad con el paso de los años. El pelo de una niña flotaba en el viento, como hacían las hojas de los árboles. Sintió, al cambio de los tambores, de repente, una vibración en su ano. Esta música hacía que el orificio que coronaba sus nalgas se estremeciera, se moviera con la música alienado del resto, como la cabellera de aquella infante o las ramas de aquel ficus. Parecía como si su recto supiera perfectamente de qué canción se trataba, qué venía luego, qué vendría incluso en otras vidas y más allá. 

La música subía de tono y su esfínter le acompañaba. Keggel se habría quedado perplejo. ¿Qué diría Mozart de esto?, ¿habría él también escrito melodías con el ducto anal? Corazón, axila, estómago, vagina, pies, ano, todo se regocijaba, no ya de reconocer la melodía, sino de escribirla al mismo tiempo que sonaba. Con esa vibración se adelantaba su cuerpo al grupo de jóvenes que tocaba en la plaza, donde ella no había estado, con quienes nunca había visto ni mucho menos escuchado. La lejanía le permitía escuchar sin reparos, cerrar sus ojos y sentir, solo sentir. Si estuviera en la plaza, seguramente se distraería por los pelos al viento, la bandana de color fosforescente de alguna chica o el rostro apetecible de algún joven canario. 

La música paró y su cuerpo se quedó caliente. Se dio un baño para relajarse, pero la música seguía resonando en sus átomos más íntimos. A veces, el orgasmo no llega. Y ni falta que hace. Siglos después, seguiremos vibrando, como el mar que no se detuvo nunca. Ya llegará esa ola que surge en el Golfo de México a romper algún día en las costas canarias o quizás se desvíe unos siglos más y siga su ruta hasta la India, se cuele por el cauce de un río, y pase de largo por Varanasi, siga hasta el Japón o muchas millas más allá. 

Le entró de pronto una jaqueca de pensar en esa inmensidad, en esa impermanencia, en esa eternidad, que se le colaba al ritmo de una batucada, por sus partes más íntimas. La música volvió a sonar en la plaza y entró caprichosa por su ventana. Se fijó entonces en un pájaro, no sabía qué tipos de pájaros volaban sobre Canarias, pero estaba segura de que sus alas también se movían al ritmo de esos aparentemente arrítmicos tambores. Cuántas veces no habría ella movido sus alas a ese ritmo y sido señalada por varios por su incultura, por su insensatez, por no saber contar. ¿Importaba ya? ¿Hacía falta recordar ese rencor que tales reproches le provocaron? 

De pronto, ya no escuchaba solo a los tambores o a los perros, también tuvo consciencia del trinar de los pájaros, del sonido del viento, de los gritos de la multitud en la plaza y de los coches que pasaban por la carretera. De nuevo, sus partes más íntimas, ano, corazón y vagina, se estremecieron nuevamente al unísono. Las olas del mar de fondo parecían las teclas de un órgano infinito que alguien imaginario tocaba y provocaba todos y cada uno de los sonidos que sus oídos podían percibir. El corazón se le salía del pecho. Decidió bailar sin que le importara que el vecino pudiera observarla por la ventana o que la casera pudiera llegar. 

Salió de nuevo a la terraza, el cielo rompió a llover y ella decidió seguir bailando. Sintió las gotas como parte de ese inmenso órgano. El viento, los tambores, su propio cuerpo, las nubes, los pajaritos, la vecina, sus amigos músicos, el mar: todo estaba ahí. Vibró. No como un orgasmo, sino como un instante, un momento que se vive por completo, intensamente, con todas sus consecuencias y la virtud de su momentaneidad, como una mariposa que se cruza en nuestro camino y que nunca más veremos volar, pero que nos llena el día entero, y los que siguen. “Por más momentos así”, pensó, casi deteniéndolo ella misma, acabándolo, cansada de seguirlo sosteniendo. Pero los tambores seguían y retumbaban ahora en su oído izquierdo, en su pezón izquierdo y en su tobillo derecho. En su axila y en sus ganglios, en sus dedos meñiques y en su piel cabelluda. 

No dependía de ella pararlo, no le correspondía a ella decidir, como no puede nunca el mar pedir una pausa. El universo se expandía y ella no era sino una partícula más que poco podía hacer para que eso no fuera así. Luego, los tambores volvieron a parar ahí en la plaza, pero los coches, los perros, los pájaros, el viento y su interior siguieron haciendo ruido. 

Fotografía tomada de Entre chácaras y tambores

Escrito por:paginasalmon

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