Recuerdo los años de mi adolescencia como una época invencible. Podían tirarme sobre el cemento frío o arrastrarme sobre el pasto sin que mi cuerpo sufriera algún daño considerable. Era maravilloso. Mis amigos de ese entonces y yo fantaseábamos con ser luchadores profesionales. Imitábamos entradas al ring y movimientos especiales de los contendientes norteamericanos que veíamos en la televisión como si la vida se nos fuera en ello.

En ese tiempo, lo tengo muy presente, comenzaron a popularizarse, en un canal cuyo nombre no recuerdo, las transmisiones en español de la WWE. Las encendidas voces con las que narraban los combates nos habían abierto las puertas a un mundo donde los fuegos artificiales, las luces parpadeantes, el público apasionado y los grandes escenarios lo eran todo. Y, en nuestras alucinadas mentes adolescentes, recién salidas de la primaria, ese universo no era imposible: era la única forma imaginable de alcanzar lo que creíamos la gloria. Aunque la auténtica gloria era, sin duda, poseer esos cuerpos capaces de aguantar casi cualquier cosa.

Lanzábamos patadas, saltábamos desde camas, sillones y bancas en parques al aire libre. Era, para nuestro grupo de amigos jóvenes y cada vez más fuertes, una especie de religión compartida con nuestros propios rituales, convenciones y compromisos. El ver en la televisión a luchadores famosos como Shawn Michaels, Triple H, el Undertaker, Eddie Guerrero o Goldberg arriesgando el pellejo en ese espectáculo, en esa ficción compartida, suponía una fascinación equiparable a la del sermón de iglesia de alguno de esos grandes oradores parroquiales que conquistan a su audiencia con la emotividad y la capacidad discursiva de su prédica.

Cada fin de semana, sin falta alguna, admirábamos los programas de lucha de RAW o SmackDown y los comentábamos en la semana, emocionados por imitar las proezas de nuestros ídolos con sus súplex, llaves, celebraciones o movimientos especiales. Y, para aumentar las exaltaciones de nuestra pubertad radical, cuando se llevaban a cabo eventos especiales, como el Royal Rumble o el Summer Slam, nos organizábamos para verlos juntos. A veces lo hacíamos en mi casa, otras en la de algún amigo. Y así nos íbamos rotando. Comprábamos pizza y refrescos, comíamos palomitas y papas y cuando recién terminaba el evento, estremecidos por las peleas finales, nos disponíamos a inventar enfrentamientos entre nosotros, hasta terminar agotados y felices.

Sin embargo, en algún momento que no tengo del todo claro, nuestra fascinación por la lucha libre se fue apagando. Entre el aumento de nuestras responsabilidades, los primeros enamoramientos y la búsqueda de una identidad propia, la lucha libre, sus héroes y mitos, poco a poco, comenzaron a ser relegados a un segundo plano. Un día, algún amigo dejó de acudir a nuestros encuentros mensuales, un golpe mal dado nos fue provocando molestias que duraban más días y el encuentro con los deliciosos pero terribles vicios de la recién descubierta adolescencia reconfiguraron la forma en la que veíamos el mundo.

En uno de nuestros últimos encuentros, lo recuerdo bien, luchaba con un amigo en una de las canchas de cemento que solían utilizar los vecinos de mi colonia para jugar futbol o baloncesto y, extasiado por la imaginación de hallarse ante un público invisible —había apenas cinco personas presenciando nuestro juego—, me cargó sobre sus hombros e, imitando un movimiento especial, quizá de Triple H, me arrojó sobre el pavimento con fuerza. Al escuchar el impacto contra el suelo nuestros espectadores gritaron emocionados.

Por fortuna, y después de tantos juegos, había aprendido a caer de cierta forma con la espalda para recibir la menor cantidad de daño. Pero la mueca en mi rostro, que debió haber sido de un dolor inmenso, sorprendió a todos. He de decir que, tras ver tantos enfrentamientos en la televisión, aprendí a fingir el dolor para que se viera más real. Para que la ficción de la tele se traspasara a nuestro mundo como un teatro en el que cada quien interpretaba un papel que debía potenciar el sacrificio y el dolor del que se lanza a confrontar al adversario. Aunque tras la sorpresa inicial cada uno de mis amigos se acercó, un poco asustados, para preguntarme si me encontraba bien. Tras unos minutos, en los que fingí que me había roto la espalda para gastarles una broma pesada, me levanté como si nada y seguimos jugando. Las risas, el espectáculo, la juventud desmedida, continuaron sin contratiempos.

Hoy en día, sin embargo, estoy seguro de que esa caída me hubiera matado. No exagero. Mi cuerpo, muy a mi pesar, ya no es lo que era. Sin pasaporte, sin paso fronterizo aparente, mi cuerpo ha transitado del país de los sanos al de los enfermos. Y con cada tránsito, con cada cobro de peaje, el tiempo ha hecho de las suyas, pasando factura. Los otrora espectadores que coreaban mi nombre se fueron convirtiendo en médicos que me inspeccionaron sobre una mesa de operaciones. Los conteos ascendentes para someter al rival se convirtieron en descendentes para que mi cuerpo se relajara y la anestesia pudiera hacer su trabajo.

Seré directo: he comprendido que mi juventud terminó cuando un neurocirujano de renombre me dijo, sin rodeos, que fijaría mi columna cervical con placas y tornillos. Es necesario para estabilizar tu columna, sentenció, para hacer frente al tumor que me aquejaba. Y no pude hacer nada más que escucharlo, asintiendo con miedo.

Anhelo la edad intacta, el sueño de los héroes, la virtud de la inexperiencia. A veces, cuando termino algún ciclo de rehabilitación, cansado por los ejercicios, lo veo. Veo corriendo, despreocupado, a esa versión de mí que lucha con sus amigos de la adolescencia. Los cargo, con esfuerzo, y los lanzo sobre una cama. Salto encima de ellos y río sin saber que veinte años después me la jugaré a todas por la supervivencia. Y mientras ellos siguen luchando, vigorosos, aprendo, una vez más, a mantenerme en pie.

Fotografía tomada de Pinterest

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Escrito por:paginasalmon

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