Sentado en una mesa, el estudioso abre el volumen con cierta cautela; la pesadez estaba presente. Sabía que tendría que adentrarse en un mundo de notas, referencias y comentarios. Resguardado por una gran terna de guardianes, el sentido del texto tendría que ser siempre el mismo. Los comentaristas y glosistas que lo precedieron no podrían ceder ante la inconformidad. El estudiante sabía, pues, que no habría victoria. Irremediablemente, su única posibilidad era la actualización: hacer un comentario del comentario. Así, el volumen de las Metamorfosis de Ovidio aumentaría siempre.

Los lectores medievales consideraban al texto como parte de un sistema uniforme, las únicas lecturas posibles no “perturbaban” nunca el sentido. Esta, a grandes rasgos, era la base de la escolástica. Un sistema filosófico y de estudio que juzgaba los textos “como conjuntos impersonales de proposiciones”, que podían ser leídos de una sola manera.

Expulsado de la vida política, forzado a recluirse en su finca a las afueras de Florencia, Maquiavelo pasaba sus días leyendo. El 10 de diciembre de 1513, le escribe una carta a su amigo Francesco Vettori, en la que describe en qué consiste su quehacer diario. Hacia el final de la misiva, revela algo maravilloso:

Cuando llega la noche, regreso a casa y entro en mi escritorio, y en el umbral me quito la ropa cotidiana, llena de fango y de mugre, me visto paños reales y curiales, y apropiadamente revestido entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres donde, recibido por ellos amorosamente, me nutro de ese alimento que solo es el mío, y que yo nací para él: donde no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarles por la razón de sus acciones, y ellos por su humanidad me responden; y no siento por cuatro horas de tiempo molestia alguna, olvido todo afán, no temo a la pobreza, no me asusta la muerte: todo me transfiero a ellos. (138)

Maquiavelo resume aquí la manera en que se leía en el Renacimiento, sin intermediarios. Un diálogo derivado de una lectura atenta, comentada, sí, pero también reescrita, retenida, revisada. La lectura renacentista, heredera ingrata de las artes liberales, evita el margen y regresa a las fuentes originales. La escolástica, si bien apremiaba una lectura atenta, no daba posibilidad a diferentes interpretaciones, la figura de autoridad (el auctoritas) mediaba entre el lector y el texto, una Vulgata o una tragedia de Sófocles tendrían al mismo lector siempre.

La disputa sobre cómo leer nunca ha sido únicamente intelectual: también ha sido política.

Harta de la mediación, de la uniformidad, la Reforma llegó con un antídoto contra la autoridad. Lutero y su traducción de la Biblia sería la mayor manifestación de la intención de suprimir la mediación entre lo humano y el saber, entre el lector y el texto. La Reforma marcó el antes y el después en la manera de leer, y el Renacimiento tendió las pautas.

En esa misma carta Maquiavelo revela algo más:

Abandonado el bosque, me voy a una fuente, y de ahí a un terreno donde tengo tendidas mis redes para pájaros. Llevo un libro conmigo, Dante o Petrarca o alguno de esos poetas menores, como Tibulo, Ovidio y otros: leo sus pasiones amorosas y sus amores, me acuerdo de los míos, y me deleito un buen rato en esos pensamientos. (135)

Coexistían durante el Renacimiento varias maneras de leer: una lectura rigurosa, lenta, que requería de una atención particular y otra de divertimento. Estos tipos de lectura, presumimos -lo sabemos también- se podían aplicar a cualquier texto, es decir, se podía leer con la rigurosidad del estudio el Cancionero de Petrarca y a su vez, despreocupadamente, las Vidas de Plutarco.

Dejo estos tiempos pretéritos y doy un brinco en el tiempo.

En su ensayo “Una lectura bien hecha”, George Steiner expone dos ejemplos de lecturas realizadas por dos personalidades discordantes y contemporáneas: un soldado de infantería alemán y un joven burgués que escapa a la guerra. Como brújula del porvenir ambos leen El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer, su destino es muy distinto: uno de ellos se convierte en el genocida nazi Adolf Hitler y el otro en el apocalíptico Thomas Mann. Steiner examina la manera en que estos dos personajes leyeron y se apropiaron de esta obra. A diferencia de una operación aritmética, la lectura no da como resultado algo correcto o erróneo. ¿Quién de los dos leyó “mejor” a Schopenhahuer? Dice Steiner: “Toda lectura es el resultado de presupuestos personales, de contextos culturales, de circunstancias históricas y sociales, de instantes huidizos, de casualidades determinadas y determinantes cuya interacción es de una pluralidad, de una complicación fenomenológica que se resiste a todo análisis que no fuera él mismo una lectura”. (7)

La lectura es un acto complejo que requiere de herramientas específicas, además de la capacidad, evidente, de saber leer, es decir, de decodificar el significado principal de las unidades mínimas de sentido (sean estas las letras, sílabas, palabras, frases, etc.). ¿Cuáles son esas herramientas, por qué las necesitamos, cómo dan “sentido” a lo que leemos? Más adelante, Steiner da muestra del martillo y el cincel que necesitamos para despejar la piedra y extraer el sentido: “Una lectura bien hecha empieza por el léxico. Lo histórico de la palabra es la materia prima de su empleo. […] Ahora, nuestro lector está en posibilidad de emprender la alta aventura del «entender»” (8-9). Estas herramientas podrían parecer arcaicas. Le pertenecen a los renacentistas, a los escolásticos, a los estudiantes de liceos del siglo XIX, podría rebatir algún lector. “¿Quién tendría hoy el tiempo, la educación altamente privilegiada y los medios técnicos para hacer semejante lectura? […] Antes que nada, ¿quién, salvo un talmudista de lo profano, un erudito o sabio de profesión, un bibliófilo o filólogo de una sensibilidad «anticuaria», tendría ganas de entregarse a semejante disciplina de la lectura y de la interpretación?”. (10) No hay que exagerar, dice Steiner, los conocimientos lingüísticos y gramaticales, históricos y filosóficos formaban parte de la educación secundaria hasta entrado el siglo XX. Conocimientos básicos, rudimentarios si se quiere, de latín y griego, eran posibles en el siglo pasado. No sorprende a nadie ver las noticias en torno a la disminución de la enseñanza de las materias de humanidades en la educación media superior –de la básica han desaparecido hace bastante tiempo–: no más filosofía, ni más historia, ni más literatura. El juicio crítico recae entonces en el vacío. “Dejar a un niño en la ignorancia, robarle la gloria difícil de su lengua y de su herencia, no es una ley de la naturaleza”. (10)

Hace unos meses asistí a la presentación de un libro impreso, un poemario que abordaba el viaje del mítico héroe Ulises. El poeta que lo comentaba, ya cerrada la presentación y abierta la discusión (nuevamente, porque todo se hereda) bizantina, primero dijo que el libro ya no era una opción para la lectura; después, que la gente sí leía, que era falsa esa idea. Todos los días, dijo, leen en sus dispositivos mensajes y publicaciones, subtítulos de videos y demás, y lo entienden. La responsabilidad de la lectura de un libro, de algo literario, de un texto en todo caso –declaró–, debe recaer en el autor y editor: es el libro el que se debe adaptar a esta “nueva forma de leer”. Resultaba paradójico escuchar esa defensa de la lectura fragmentaria durante la presentación de un poemario impreso y en formato de libro inspirado en Ulises, en el contexto mexicano. La defensa de este modo de lectura desplaza la responsabilidad del lector hacia un tercero e invisibiliza las condiciones que hacen posible una lectura atenta y crítica.

La lectura es un proceso complejo, no es solo el resultado de leer. Las maneras de leer son muchas. Nos debe interesar (responsablemente) el tipo de lectura de la que hablan Steiner y Maquiavelo: una lectura que hace uso de las herramientas de las que históricamente hemos sido provistos, y que la Edad Media contemporánea, tecnofeudal, vectorialista, ha querido borrar, unificar: esto se debe leer así, ya no hay tiempo para las discusiones bizantinas; la especialización y particularidad es lo apremiante. Los algoritmos de recomendación y la economía de la atención privilegian lecturas rápidas, previsibles y homogéneas. No. Detengámonos, desaceleremos. Sí, tenemos tiempo. Como un buen pan, como el florecimiento de una gardenia, el conocimiento y la reflexión requieren de una lectura lenta y atenta: hay que trabajar la tierra, hay que disponer el cuerpo, hay que cultivar el intelecto.

En Página Salmón queremos detenernos a reflexionar sobre lo que significa leer. Nos interesa cuestionar el cómo leemos bajo un régimen de velocidad, fragmentación y sobreinformación; qué ocurre con la interpretación cuando todo exige inmediatez; qué lugar queda para la lentitud, la relectura y el juicio crítico. Invitamos a nuestros lectores a participar en esta conversación con textos que piensen el acto de la lectura no solo como hábito cultural, sino como una forma de desarrollo intelectual, físico, político y de libertad.

“Querer entender, hacer una buena lectura, ¿no es querer ser libre?”. (12)

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Escrito por:paginasalmon

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