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I

[no figura claramente] “…what remains after the complete abolition of the Will is, for all who are full of the Will, assuredly nothing (Nichts). But also conversely, to those in whom the Will has turned and denied itself, this very real world of ours with all its suns and galaxies, is ‒ nothing”. Arthur S.

Principal error es el de llamar sobrenatural al terror sólo porque en él, como texto, sucedan cosas extrañas o diabólicas. Para cualquiera de ustedes, y para mí también, el término “sobrenatural” está regido por la objetividad (y subjetividad) humana. No es sobrenatural aquello que desconocemos. Propongo, para facilidad de la materia, llamar a aquello que no se puede asimilar de manera inmediata, aquello que es maligno, desconocido y produce miedo: NO HUMANO: la nada, el vacío cósmico, el demonio, la oscuridad o la muerte. Habrá, antes de seguir adelante, que vaciar netamente aquello que consideramos No-Humano: un perro, un carro, por ser estrictamente prototípicos. Intenten pensar en todo lo que conocen, en esto que se denominamos mundo (sincrónica y diacrónicamente), y comencemos a llamarlo planeta, ya que como esa entidad, con esa aproximación se convierte en un mundo para humanos, pero no de humanos; pero mejor sería llamarlo tierra, La Tierra. En esa gigante masa ya no existimos, ni siquiera está diseñada para nosotros. A partir de ahí pensemos el terror y la vida.

II

Este monstruo del que hablo es siempre terrorífico. Le sucede, no obstante, aquello que podríamos llamar secularización. Hay dos tipos de monstruo: el que provoca miedo y el que no: el xenomorfo, por poner el ejemplo más reciente; y Casper, por identificar uno que casi todos conocen. Son evidentemente contrarios, aunque pertenezcan a la misma familia ontológica, al encontrarles un límite. Hay que deslindar, igualmente, a aquellos monstruos que sólo lo son por llevar este adjetivo: dictadores, terroristas, asesinos, violadores, etc. No son monstruos porque no sabemos a priori que puedan causar daño; lo pueden llegar a ser dependiendo del contexto y el proceso por el que comiencen a extrañarse frente a lo humano, es decir, en el momento en el que uno como lector/espectador reconozca una transgresión categórica y, por lo tanto, devenga en impuro. Norman Bates es humano y puede llegar a considerarse un monstruo (aunque no uno prototípico) porque transgrede un orden moral: comete incesto; y transgrede la categoría entre vivo y muerto. Aunque no necesariamente él, su atmósfera y su madre son quienes lo hacen y, por cercanía, se lo otorgan. Más adelante se verá cómo y por qué.

Ahora, habrá que considerar que el monstruo como tal no es el eje central de una ficción. No es necesariamente algo biológico aquello que podría ser monstruoso. Aquí apelo a una categoría que tendría que ser mayor a la del monstruo, y a la que éste se debe supeditar: el objeto-terror o, como a mí me gusta llamarlo, terrorum, es decir, lo perteneciente al terror. Así como el monstruo, el terrorum comprendería objetos, espacios, entidades e ideas. En síntesis: las tres primeras comprenden un plano ontológico y la última uno metafísico. Explico.

Los objetos terroríficos son aquellos que transgreden la categoría de inanimado/animado. Hay un devenir en ellos que no logra definirlos y, por lo tanto, no son seguros, no tienen límites y no son conocidos, puesto que no hay certeza en torno a ellos. Además, por estas razones son peligrosos, generan una situación de peligro en la que cualquier actor dentro del universo en el que esté inserto este objeto teme por su vida. En primer lugar se trastorna su realidad (ficticia o no), lo que hace que desconozcan tal objeto. Por poner un ejemplo clásico se hallan “El retrato oval” de Edgar A. Poe o El retrato de Dorian Gray, una pintura es la que genera la incertidumbre ya que transgrede la categoría, en este caso además de lo animado/inanimado, el de vida/muerte. Ejemplos distintos que generan mayor terror son: “La luz interior” de Arthur Machen o “El color que cayó del espacio” de Lovecraft. En ellos la animación, en el sentido de poseer vida no sólo movimiento, se encuentra en la luz: una luz que tiene como fin extenderse y apropiarse de todo, como sucede al inicio de The Mist de Frank Darabont. Se pueden sumar a los objetos: la mano, un collar, una cabellera, un sillón, una lavadora, etc. De igual manera, estos objetos pueden no ser identificados, y ahí no se genera un desconocimiento de la cosa porque en sí ya es desconocida. Pienso en aquello que casi siempre es extraterrestre, como sucede con la flora del planeta que no es Origae-6 pero que se puede identificar con ese mismo. Algunas narraciones de Thomas Ligotti o Emiliano González se centran en objetos indescriptibles, aunque para referirse a ellos aluden siempre a la metáfora, a la comparación o al símil. Dice Noel Carroll que “Las cosas que se deslizan y arrastran —y que nos ponen la carne de gallina— son los primeros candidatos para ser objeto del terror-arte” (115).

Los espacios siguen la misma composición: una casa encantada se torna animada por tal o cual razón; un pueblo es maligno y transgresor al ser pagano y estar inserto dentro de una cultura “cristiana”. La maldición de Hill House es quizá el prototipo del primero. Puede ser también un espacio en el que el lector/espectador o personajes sepan, de antemano, que algo terrible sucederá, como en “Los perros de tíndalos” de Frank Belknap Long. En “Los altillos de Brumal” de Cristina Fernández Cubas sucede algo similar al ejemplo del pueblo maldito: es ahí donde residen, desde años atrás, brujos y brujas. La malignidad viene a consecuencia del personaje del sacerdote: él es quien encarna la dicotomía entre el paganismo y el cristianismo. Además, se debe sumar a los espacios su configuración, es decir aquello que los describe. El castillo de Drácula es nauseabundo: inspira repulsión el hecho de que convivan ratas y demás alimañas con la comida. La suciedad, me refiero a su historia y lo que gira en torno al edificio lo dotan de esa impureza y esa malignidad. A este proceso se le denomina metonimización.

Al hablar de entidades se amplía el espectro de constitución. Éstas (los monstruos) tienen una biología determinada, no obstante todas deben ser físicamente peligrosas, impuras, repugnantes y malignas (es decir, hay una manifestación del mal en ellos, un deseo por hacer daño sin consideración, sin anteponer a ello cualquier orden). Los monstruos

tienen que ser peligrosos. Esa condición se puede satisfacer simplemente haciendo que el monstruo sea letal. Que mate y mutile es suficiente. El monstruo también puede ser amenazador psicológica, moral o socialmente. […] Los monstruos pueden poner en movimiento ciertos miedos infantiles duraderos, como los de ser comido o desmembrado, o miedos sexuales relativos a la violación y el incesto. Sin embargo, para ser amenazador basta que el monstruo sea físicamente peligroso. Por supuesto, si un monstruo es psicológicamente amenazador, pero no lo es físicamente —esto es, si va por la mente y no por el cuerpo— seguirá siendo una criatura de terror si inspira repulsión (Carroll 104).

Además de la nómina común de monstruos: vampiros, fantasmas, hombres-lobo, Frankenstein, zombis, payasos; hay que tener presente a monstruos como Freddie de Elm Street que ataca a sus víctimas, o a quien se deje, por medio del sueño. Y aquí todo se bifurca. Existen cinco categorías de monstruo, o cinco maneras para crear un monstruo: la fusión, la fisión, la magnificación [no se percibe en el manuscrito], la masificación [no se percibe en el manuscrito] y la metonimización (que ya se vio).

La fusión y la fisión implican el desarrollo o existencia de la creación en un espacio-tiempo que puede variar. La fusión requiere de elementos categorialmente distintos, es decir, oximorónicos, ya que así se genera una definición (que a su vez no lo es) del monstruo. Estos elementos se deben fundir, condensar, fusionar en una misma entidad, es decir, deben pertenecer a un ser espacio-temporalmente conjugado, homogéneo. En este caso, el monstruo es monstruo siempre: Drácula siempre es vampiro y un demonio también. Todas las criaturas de Lovecraft son monstruos de fusión. La fisión, por el contrario, requiere de estos elementos contrapuestos pero no homogeneizados. Esas categorías contrarias están distribuidas en el mismo ser pero tienen identidades distintas, no son ni temporal ni espacialmente continuas. Aquí sí cabe mencionar de inmediato la figura del hombre-lobo, o la del Jekill-Hyde…

III

Han sido un atento seminario. Queda sólo mencionar que ha terminado una corazonada, que una historia quedaría incompleta sin su espacio. El espacio es importante. No hay mucho qué decir del espacio, el espacio es el tiempo, el tiempo que el personaje X tarda en cruzar una avenida o el tiempo que dura viviendo en una casa. Me importa ahora otra cosa. ¿Mencioné ya lo maligno? Lo he olvidado. Es que eso es lo que creo indispensable, no lo sobrenatural, no lo irruptor: lo maligno, THE EVIL. Que qué es maligno, pues bien, maligno no era Hitler, él era un genocida pero no maligno; el Mal es aquello que no es humano, es la ausencia no de lo moral sino de todo; no logramos reconocer en lo maligno aquello que sí logramos reconocer en un cachorro, en el simio o en nuestra madre. No es difícil: algo no humano como el Universo, como el sol, like de Werewolf, como los colores del espacio no poseen sentimientos humanos, no poseen objetividad, even not a human subjetivity, with note even a single human being to think the absence of all human beings. El Mal es la ausencia, la nada, el vacío, lo cósmico: un demonio intentando poseer a una niña. El desconocimiento lleva a lo maligno y viceversa, ¿lo he dicho ya?: aquello que es maligno no posee o posee muy poco para su reconocimiento, no hay una compleción. Yo no quiero acercarme a algo que no conozco, a la oscuridad. Imaginen que de alguna manera extraña les toca vivir la extinción del sistema solar, pensar que aquello que les era familiar, su mundo o siquiera el planeta, ya no está, ya no existe. Ustedes vieron de frente su extinción, saberse el único ahí afuera waiting for no one, lo único humano frente a todo lo desconocido. Están, estás solo en un desierto, por ningún lado logras observar nada más que tierra, es de noche, pero no importa, sabes que en cualquier momento vislumbrarás algo a lo lejos, verás la luna, escucharás el viento, verás correr, muy a lo lejos, un animal, sentirás alivio por saber que alguien piensa en ti: ahora lo ves, estás en un desierto, pero no hay arena sino una especie de piedra que no reconoces, no verás la luna nunca más, no habrá animales ni escucharás otra cosa sino el silencio, un silencio que no es familiar, ni tus pisadas sonarán, estás lejos de casa, tu casa ya no existe, morirás solo, sin que nadie piense en ti porque dejo de existir tu sol, el que te calentaba, a ti y a tu planeta, ahora estás en el espacio cósmico, sin años durante la eternidad, verás moverse algo, gigante o pequeño, sin rostro, no podrás correr, desearás morir o al menos que te mate un león o un oso u otro humano, pero no, aquello vendrá por ti, lejos muy lejos de casa, de tu sistema, de tu galaxia y espacio, en otra dimensión donde no existe ni existirá ningún dios a quien rezarle.

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Imagen por Jonathan Rosas

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Posted by:paginasalmon

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