Juan Villoro publicó un poema sobre el 19S pocos días después del terremoto. Esto le valió algunos calificativos poco halagadores [“oportunista”, “ridículo”, “mal poeta”] entre los lectores, pero sobre todo explosiones de solidaridad y simpatía. En los muros de Facebook de varios amigos pude leer publicaciones con párrafos y párrafos sobre el tema: uno dijo que era lo único valioso que había hecho Villoro en toda su carrera y el otro le respondía que era una porquería de poema, mientras que un tercero entraba a defender al recién converso villoriano con el contundente argumento de que debía respetarse la experiencia estética del primero. And so on, and so on…, para citar a Žižek. En fin, que lo único que dejaban en claro estas publicaciones era que el terremoto había tirado los muros equivocados.

(Desde ahora advierto que en esta columna pienso hablar de “El puño en alto”, pero desde un lugar diferente al que cultivaron mis contactos de Facebook: si me parece “un buen poema” o no, si creo que Villoro se aprovechó del duelo nacional o si lo hizo como un impulso lírico irresistible, son cosas que ni a mí me interesa contestar ni a ustedes leer; lo único que me parece relevante de todo este asunto es un gesto.)

Decía que, cuando el texto transitó ese Purgatorio que nos ha dado por llamar recepción, aparecieron los muy esperables brotes de odio –nada de lo que valga la pena hablar escapa al odio–, y muchas apologías. El común denominador de éstas, al menos las que yo leí, era ese gesto al que me refiero: pedir la suspensión de los criterios habituales con los que leemos. Para hablar de “El puño en alto” no sólo no era aceptable, estaba prohibido utilizar las categorías convencionales de la crítica. Encima de todas, el análisis. Podías expresarte emocionado por el poema o, salomónicamente, callarte y “respetar” la experiencia de los demás, porque no era ése el momento de discutir un texto que nos reunía ante el desastre. Este gesto, por muy comprensible que pueda parecer ante la tragedia (que no niego), es, cuando menos, peligroso.

En un ensayo sobre Quevedo, Borges se explica la poca resonancia del poeta español, entre “los nombres universales” de la literatura, como una consecuencia de que en su vida y obra falten detalles lacrimosos. Para él, el melodrama es tanto una instancia de legitimación literaria como la “grandeza verbal”. Lo que en el fondo reclama Borges –que se tomen en cuenta sólo los aspectos técnicos para evaluar una obra–, es una ridiculez, pero tiene razón al calificar de nociva la influencia de los patetismos en el juicio de un discurso determinado. En el caso de Quevedo, si se consagró o no como merecía, es una vanidad literaria; en el caso de Villoro existen implicaciones éticas y políticas profundas.

Los lectores del poema de Villoro, en una irónica transmutación de la señal a la que el título del poema hace referencia, pedían silencio para “El puño en alto”.  Un silencio que sólo admitía el contubernio con el llanto. En medio de los escombros pensar, y más aún hablar –que debería ser, aunque no siempre es, la expresión acústica del pensamiento–, no parecía apropiado porque significaba interrumpir los símbolos del luto: el llanto y el silencio. Pero esencialmente porque somos herederos de un prejuicio que dicta que reflexionar es una actividad dirigida al cálculo y la lejanía, mientras que la única forma de involucrarse con algo es sentirlo. En medio del 19S nadie quiso ser ajeno y a ello le debemos la cercanía con la que se vivieron sus secuelas: ir al sitio de los desplomes para llorar, hacer bulto y conmoverse. Paralelamente, este prejuicio hizo a los apólogos de “El puño en alto” y otros discursos solidarios al temblor, pedir silencio.

Esto es lo peligroso: la obligación de sumar la propia voz al monólogo del patetismo o callar. Tal vez esto sea lo que explique la idea de Borges: las cosas se consagran, se solidifican, y por lo tanto escapan de la crítica, también cuando lo que nos es simpático es la circunstancia de su enunciación y no el discurso mismo. Pero esto no explica el peligro; explica, cuando menos, una predicción: en años por venir, Villoro va a descollar entre los lectores como el poeta del temblor. Lo peligroso del gesto viene después del momento exacto de su publicación, cuando se convierte en insignia de la unidad.

Todos los pueblos tienen sus necesarias mitologías. Ya sean remotas o recientes, estas características compartidas que definen a una población sirven de mínimo común nacional: sin las mitologías que alimentan una comunidad espiritual hacia dentro, sin los símbolos, las figuras y los emblemas, las sociedades serían imposibles; pero cuando son demasiadas o demasiado rigurosas, necesariamente degeneran en estatismo. Pienso en algunas regiones de los Estados Unidos, en la Alemania Nazi y en Japón, pero también en quienes ya creen que, porque los terremotos nos unieron espiritualmente en torno a una causa, en torno a un emblema como la vida humana, o en torno a un símbolo como la bandera de México surgida de entre los escombros de Juchitán, el país ya es otro de la noche a la mañana.

Cuando un mito fundacional no permite la réplica deforma en totalitarismo. Tenemos derecho a sentirnos unidos por los símbolos que emanaron de la tragedia (aun los que no lo parezcan, como la perrita Frida, porque es costumbre histórica sólo exaltar seres humanos), pero es un error pedir el silencio para los discursos críticos. Ya no sólo hablo de aquellos que rodean “El puño en alto”, sino de todo lo que se nos presentó como texto para que lo leyéramos durante estas semanas. Yo no quiero recordar a Villoro como el poeta del temblor; más bien me gusta recordarlo como el autor de una novela que me descubrió algunas claves para entender nuestro sistema político: El testigo. En ella hay una crítica de fondo a la forma en la que el priísmo se apropió de Ramón López Velarde para justificar su revolución. En un momento de la novela habla del jerezano como de “un fantasma”, cuya mera cercanía conlleva ya un aura de oficialidad que termina convertida en veneración silenciosa.

Lo mismo pedían esas publicaciones que llamaban a solidarizarse con el dolor a través del silencio. Hay aquí una ironía y una traición. Los lectores del Villoro del temblor están peligrosamente cerca de convertirlo a él y a su poema sobre “nuestra lucha” –nótense los matices hitlerianos–, en una nueva epopeya oficial, como lo fuera, guardando las magnitudes, Ramón López Velarde y “La suave patria” para la Revolución Mexicana. El poema existe como discurso y, por lo tanto, debe ser sometido a análisis e intercambio de ideas: permitir la disidencia discursiva (no violenta, claro está) es uno de los pocos síntomas inequívocos de libertad. No es muy diferente, tampoco es menos violento, censurar la voz de alguien, por muy molesta que pueda resultarnos en medio del desastre, con la falacia de la experiencia estética, a quitarles directamente los medios de expresión. Es ésta otra forma del moralismo estético: el que reduce nuestra relación, con los discursos literarios, a lo que sentimos con ellos.

Exigir que todos callen en el sitio de un rescate es útil para los rescatistas que pugnan por escuchar alguna posible señal de vida; exigir que todos callen en otros lados también es útil, pero hay que preguntarnos a quién. La forma en que el PRI, y sus herederos de derecha e izquierda (porque el priísmo no es una posición en el espectro político, es un modus operandi), ha sobrellevado su vida en nuestro país es ésta: silenciar las voces descaminadas de la oficialidad. En consecuencia, una de las pocas responsabilidades que tenemos es cuestionar la oficialidad a través del acto radicalmente revolucionario de la palabra.

Lo poco que hemos avanzado como sociedad en las últimas semanas lo debemos a los reclamos hechos contra la crueldad de Graco Ramírez y su esposa, a las protestas contra el sinsentido de que los partidos políticos tengan un presupuesto anual de más de 12 mil millones de pesos y el fondo contra desastres naturales, a las denuncias de que Televisa haya querido convertir una tragedia en un reality show. En todos estos casos hay un factor común: la voz. Ejercerla, a pesar de la censura de la que podamos ser objeto, es una responsabilidad y un deber ético. Después de haber callado cuando era debido y donde era debido, no hay que transigir más en el silencio. Mucho menos hay que pedirlo. Contra la canallada de nuestros “dirigentes” no hay que tener el puño en alto, hay que tener el puño de frente.

Imagen tomada de Univision

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Escrito por:paginasalmon

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